Sábado de la Semana XII del T.O Memoria de Santa María

¡Dios Sea Bendito!

 SEÑOR, NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES BAJO MI TECHO (Mt. 8, 5-17)

 Nuestro Señor, siendo Dios, no tenía en sí nada por lo que humillarse, sin embargo quiso humillarse y dijo: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de Corazón y hallaréis reposo para vuestras almas.” El más alto grado de humildad es humillarse por nuestro Señor, porque Él se ha humillado por amor nuestro, para darnos ejemplo y hagamos lo que Él hizo.

Tenemos que ser humildes en todos nuestros actos, volvernos a Dios, abatiéndonos y reconociendo nuestra nada, nuestra bajeza y vileza. Sed, pues, muy humilde y podréis serlo en el momento en que el Señor os lo pida.

Me estoy refiriendo a una humildad verdadera y sólida, que os haga más dócil a la corrección, más manejable y pronta a la obediencia.

Id en paz, querida hija, y manteneos humilde ante Dios. Que vuestras imperfecciones os sirvan de ayuda en esto, pero que nunca os descorazonen. Nada hay que nos pueda dañar si no es nuestra propia voluntad: por lo tanto prescindamos de ella, olvidémosla puesto que se la hemos consagrado toda a Dios. Tengamos ánimo, pero sin presunción…

Para que la gracia de Dios pueda estar en nuestro corazón lo hemos de vaciar de nuestra propia gloria y decir: Dios mío, mira a esta criatura mala y colmada de miseria y llénala de tu misericordia…

Hay que tener una dignidad de princesa, puesto que somos esposas del Hijo de Dios; pero sencilla y sin afectación; como la humildad del publicano: llena de confianza.

Cuando cometáis faltas contra la mansedumbre, humillaos; y cuando las faltas sean contra la humildad, dulcificaos… Hemos de ir siempre de la humildad a la mansedumbre y de la mansedumbre a la humildad. (San Francisco de sales. Consejos a Sor M. Adrienne Fichet. XXVI, 295-297)

Al recordar en este día a la Madre de tu Hijo, Te rogamos,, Señor, que venga en nuestra ayuda la intercesión poderosa de Santa María, la mujer humilde que hizo tu Voluntad, para que nos veamos libres de todo peligro y podamos vivir en paz. (De la Liturgia del día)

24 Junio: San Juan Bautista

¡Dios Sea Bendito!

JUAN ES SU NOMBRE… Y TODOS LOS QUE LO OÍAN REFLEXIONABAN DICIENDO: ¿QUÉ VA A SER ESTE NIÑO? (Lc. 1, 57-66)

Tengo, hija mía, un gran sentimiento de júbilo por este hombre angélico o este ángel humano cuya fiesta del nacimiento celebramos hoy.

Le encuentro más que virgen, ya que es virgen hasta de ojos, pues no los posó sino en los objetos insensibles del desierto.

Más que confesor, pues confesó al Salvador aún antes de que el Salvador se confesase a Sí mismo; más que predicador, pues no solamente predicó con la lengua sino hasta con la mano y el dedo, que es el colmo de la perfección. Más que Doctor, porque predicó sin haber oído la fuente de la doctrina. Más que mártir, pues los otros mártires mueren por quien ha muerto por ellos, pero él muere por quien todavía está vivo… Más que evangelista, porque predica el Evangelio antes de haber sido evangelizado.

Más que apóstol, porque va delante de Aquél a quien los apóstoles siguen. Más que profeta, porque señala al que los profetas predicen. Más que patriarca porque ve a Aquél en quien ellos creyeron. Y más que ángel y más que hombre, porque los ángeles son sólo espíritu sin cuerpo y los hombres tienen demasiado de corporal y demasiado poco de espiritual: él es el que tiene un cuerpo y no es más que espíritu…

Nace de una mujer estéril, vive en el desierto y predica a los corazones áridos y pedregosos. Y muere entre los mártires. Y en medio de todas esas asperezas conserva su corazón lleno de gracia y bendiciones.

Y hay algo muy de notar, y es que cuando nuestro Señor dijo que entre todos los nacidos de mujer ninguno había más grande que Juan, Él añadió: “pero el menor en el Reino de los cielos (es decir, en la Iglesia), es mayor que él.” ¡Qué cierto es esto, querida hija mía! El menor cristiano que comulga, es mayor en dignidad que san Juan.

¿Qué explicación tiene el que nosotros seamos tan pequeños en santidad? (Carta a la Madre de Chantal. 24 de junio de 1611. XV, 74)

Jueves de la Semana XII del T.O.

¡Dios Sea Bendito!

NO TODO EL QUE ME DICE “SEÑOR, SEÑOR” ENTRARÁ EN EL REINO DE LOS CIELOS, SINO EL QUE HACE LA VOLUNTAD DE MI PADRE QUE ESTÁ EN LOS CIELOS (Mt. 7, 21-29)

Me decís que no hacéis nada en la oración. Pero, ¿Qué otra cosa querríais hacer sino lo que hacéis. O sea, presentarle a Dios una y otra vez vuestra nada y vuestra miseria? Son las palabras más oportunas que nos dicen los mendigos, cuando exponen a nuestra vista sus llagas y sus necesidades. Y decís que hasta algunas veces ni siquiera hacéis eso, sino que os quedáis allí como un fantasma o una estatua.

Hija mía, no es poco eso que decís. En los palacios de los príncipes y de los reyes se ponen estatuas que solamente sirven para recrear la vista del príncipe; así que alegraos de servir para eso mismo en la presencia de Dios; Él dará vida a esa estatua cuando le plazca.

Son unas palabras maravillosas esas que me decís: “Ya me puede meter el Señor en la salsa que quiera; todo me es lo mismo con tal de servirle.” Tened mucho cuidado en rumiarlo bien esto en vuestro ánimo; dadle vueltas en vuestra boca, para que no os traguéis ningún pedazo grande. La Madre Teresa, a la que Vos. queréis tanto, cosa que me alegra mucho, dice, en alguna parte, que muchas veces hablamos así por costumbre y lo que nos conviene es decirlo desde el fondo del alma, aunque luego en la práctica, todo se quede en apenas nada.

Me decís, Hija, que os da igual en cual sea la salsa en la que el Señor os meta, y resulta que sabéis perfectamente en la salsa en la que os ha metido, sabéis cuál es vuestro estado y condiciones; ahora decidme: ¿realmente os da todo igual? Sabéis muy bien que Dios quiere que paguéis esa deuda diaria de la que me habéis hablado y sin embargo, no os da igual. ¡Dios mío; qué solapado está el amor propio en nuestros afectos y preferencias, por devotas que nos parezcan!

Ánimo, debéis acostumbraros, poco a poco, a que vuestra voluntad sirva a la de Dios dondequiera que os lleve. Que no se quede impasible y fría cuando os diga la conciencia: el Señor lo quiere. Y debéis combatir especialmente para que no salgan al exterior las demostraciones de repugnancia que lleváis dentro. O al menos conseguir que cada vez sean menores. (San Francisco de Sales. Carta a la Presidenta Brûlart, 1605. XIII, 20)

Miércoles de la Semana XII del T.O.

¡Dios Sea Bendito!

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS… ASÍ, TODO ÁRBOL SANO                           DA FRUTOS BUENOS (Mt. 7, 15-20)

Pero, me diréis, si hay consolaciones que vienen de Dios y que son buenas y otras que provienen de la naturaleza y que son inútiles, o sea, peligrosas, ¿cómo distinguir las unas de las otras?

La regla general es ésta, mi querida Filotea: como se reconoce al árbol por sus frutos, por sus frutos se reconoce el valor de una pasión o de un afecto.

El corazón es bueno cuando tiene buenos sentimientos, y los sentimientos son buenos cuando producen buenos frutos, actos buenos. Si esas consolaciones nos van haciendo más humildes, más pacientes, más caritativos, más compasivos, más ardorosos en mortificar nuestras malas tendencias, más fieles en nuestras resoluciones, más obedientes, más sencillos en nuestra manera de vivir… entonces, sin duda alguna, vienen de Dios.

Pero si esas “dulzuras”son solamente dulces para nosotros, si nos van haciendo curiosos, amargos, insoportables, impacientes, tercos, orgullosos, presuntuosos, duros para con los hermanos; si, al creernos santitos rechazamos todo consejo y advertencia… entonces, esas consolaciones indudablemente son falsas y malas, porque un árbol bueno sólo produce frutos buenos.

Recibamos con humildad esas dulzuras, no por lo que son en sí mismas, sino porque es Dios el que nos las ofrece, como hace una madre, la cual, para atraer a su hijito, le pone un caramelo en la boca. Si el niño reflexionase, debería apreciar más la dulzura de las caricias de su madre que la dulzura de los caramelos.

Y si nos faltasen los consuelos, aceptemos generosamente esta privación ya que no es el consuelo lo que debemos buscar, sino al Consolador. Y tenemos que estar dispuestos a mantenernos firmes en su amor, incluso aunque en toda nuestra vida no experimentásemos nunca su dulzura.

Tanto en el Calvario como en el Tabor, hemos de decir: Qué bien se está contigo, Señor, lo mismo si estás en la cruz, que si estás en la gloria. (San Francisco de Sales. Introducción a la Vida Devota., 4ª parte, Cáp.. 13. III, 322)

Martes de la Semana XII del T.O.

¡Dios Sea Bendito!

TODO LO QUE DESEÁIS QUE LOS DEMÁS HAGAN CON VOSOTROS, HACEDLO VOSOTROS CON ELLOS (Mt. 7, 12-14)

Cuando, como sucede con los religiosos, se tiene la obligación de seguir a la comunidad en todo lo que es de la perfecta observancia He aquí un ejemplo de Jacob que es muy admirable y apto para demostrar que hay que acomodarse a los más débiles y frenar nuestras fuerzas para ponernos a su paso, sobre todo Jacob pues, volvía de la casa de su suegro Labán hacia su propia casa con todas sus mujeres, hijos, servidores y rebaños y en el camino se encontró con Esaú.

El pobre Jacob se asustó al verle, pues venía muy acompañado de gran tropa de soldados. Le saludó y vio que venía con afabilidad hacia él. Esaú dijo: hermano mío, ya que nos hemos encontrado, sigamos el viaje juntos y en compañía.

Pero Jacob respondió: Señor y mi hermano; os ruego comprendáis que no puede ser así. Porque voy con todos mis hijos, y sus pasitos cortos ejercitarían vuestra paciencia; yo estoy obligado y con gusto acomodo mis pasos a los suyos y lo mismo hacen mis servidores. Además, mis ovejas están recién paridas y los corderitos son tiernos y no pueden ir deprisa. También a ellos nos tenemos que acomodar y todo ello entorpecería tu camino.

Si queremos que el Señor bendiga nuestro caminar, sujetémonos a la observancia con toda sencillez, sin querer doblar los trabajos, ya que esto estaría en contra de la intención del Fundador.

Acomodémonos, de buena gana, con los más achacosos y os aseguro que no por ello llegaremos más tarde a la perfección, al contrario, eso mismo será lo que nos conduzca a ella más aprisa, pues al no tener mucho que hacer, lo haremos más perfectamente.

Y así es como nuestras obras agradan más a Dios, pues Él no tiene en cuenta la multiplicidad de cosas que hacemos por su amor, sino solamente el fervor de la caridad con que las hacemos. (San Francisco de Sales. Conversaciones espirituales. Espíritu de las Reglas. Tomo VI, 231)

Danos, Señor, buen juicio y discernimiento para saber actuar en toda ocasión a la luz de tu Palabra.

Lunes de la Semana XII del T.O

¡Dios Sea Bendito!

NO JUZGUÉIS… ¿POR QUÉ TE FIJAS EN LA MOTA QUE TIENE TU HERMANO EN EL OJO Y NO REPARAS EN LA VIGA QUE LLEVAS EN EL TUYO? (Mt. 7, 1-5)

No juzguemos antes de tiempo; juzgar corresponde a Dios; Él ve el corazón humano y el hombre no ve más que la cara.

Pero cuando todas las probabilidades nos dicen que se ha cometido un acto malo y la razón no puede convencerse de lo contrario, se debe achacar a la sorpresa, al apresuramiento, a la tentación y, en último término, no ocuparse más en ello, quitárselo del pensamiento y no hablar más de ello, pues:

“Toda verdad que no es caritativa proviene de una caridad que no es verdadera.” Es una injusticia pedir el ser absueltos de nuestras faltas cuando condenamos las más pequeñas de los demás. Todavía no he visto a nadie que se haya arrepentido de hablar bien del prójimo.

Toda la belleza del alma estriba en el amor que tenga a su prójimo.

Quien no mire a su prójimo santa, caritativa y piadosamente, con el respeto que le debe como cristiano, estropeará todo lo bueno que hay en su alma; pues de ahí le vendrá la soberbia, se hará insolente, envidioso y no conservará ningún rasgo de la imagen de Dios en él.

Felices quienes se ocupan en considerar sus propios defectos y no abren los ojos para fijarse en los de los demás.

Y fijaos que siempre es así: los que siempre tienen algo que decir sobre las menores faltas del prójimo, de ordinario son personas que tienen grandes defectos. (San Francisco de SAles. Opúsculos. XXVI, 93)

Domingo de la Semana XII del T.O.

¡Dios Sea Bendito!

SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE MÍ, QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO, TOME SU CRUZ CADA DÍA Y ME SIGA. (Lc. 9, 18-24)

No solamente hay que cumplir la voluntad de Dios, sino que hay que cumplirla con alegría.

No tenemos que llevar la cruz de los demás, sino la nuestra. nuestro Señor quiere que cada uno se renuncie a sí mismo, es decir, a su propia voluntad.

Yo querría esto o lo otro. Yo estaría mejor aquí o allá; todo eso son tentaciones. Nuestro Señor sabe bien lo que necesitamos; hagamos lo que Él quiere, quedémonos donde Él nos ha puesto.

Hay que amar lo que Dios ama; y Dios ama nuestra vocación. Amémosla también nosotros, sin entretenernos en pensar en la de los otros. Cumplamos con nuestro deber, cada uno con su cruz, que no es mucho.

Nuestro Señor nos ha dicho que tomemos su cruz. ¿Queréis saber, en dos palabras, lo que esto significa? Es lo mismo que decir: Tomad y recibid con agrado todas las penas, contradicciones, aflicciones y mortificaciones que os van llegando en esta vida.

Incluso cuando renunciamos a nosotros mismos estamos haciendo algo que nos da satisfacción, pues somos nosotros mismos los que estamos actuando.

Pero hay que tomar la cruz tal como se nos impone; y en esto hay mucho menos de elección nuestra y por eso es un grado de perfección mucho mayor.

Tomar su cruz significa recibir bien las contradicciones que nos salen a cada paso, aunque sean pequeñas y de poca importancia.

Todo cristiano que aspira al cielo, va en pos del Salvador, pues espera la posesión solamente por los méritos de Jesús, si observa los mandamientos; pero seguir a nuestro Señor es seguir sus pasos, imitar sus virtudes, hacer su voluntad y tener sus mismos deseos. (San Francisco de Sales. Carta a la Presidenta Brûlart y Sermón. XII, 349, 351 y IX, 18, 19, 21)

Sábado de la Semana XI del T.O.

¡Dios Sea Bendito!                                                                                        Memoria de Santa María

MIRAD LOS PÁJAROS DEL CIELO: … Y, SIN EMBARGO, VUESTRO PADRE CELESTIAL LOS ALIMENTA. ¿NO VALÉIS VOSOTROS MÁS QUE ELLOS? (Mt. 6, 24-34)

Nuestro Señor ha amado tanto a sus criaturas que no le pareció suficiente enviar ángeles ni santos para mostrarnos el amor que nos tiene, sino que vino Él mismo en persona a tomar nuestra humanidad, dando su sangre y su vida por nuestra redención.

Esto nos tiene que animar mucho a servirle y amarle de todo corazón y con alegría.

… Y ¿cómo hacer para amarle? Sólo hay que amarle, y poner todo nuestro amor en Él. Poned vuestro gozo en Él y siempre estaréis gozosos. Aunque no hubiera más que Dios y tú en el mundo, ¿no sería suficiente? Sin necesidad de tantas criaturas que te distraen con una serie de tonterías que se te pasan por la cabeza.

Las Constituciones nos dicen que debemos caminar rectamente. Hemos de imitar a los que van por un bello camino llenos de flores; tienen muchos motivos para distraerse de su camino, pero no lo hacen, ni se paran a oler o cortar las hermosas flores, sino que continúan caminando.

Tenemos que hacer lo mismo: ir derechos a Dios, mirándole siempre ante nosotros, sin distraernos con nada. Y no es ir derechos el pensar mucho en nuestras faltas, ni averiguar si los otros nos aman.

… No miréis más que a Dios, hija mía, para agradarle en todo y caminad en todo lo que hagáis, siempre ante Él. Y no os preocupéis de lo que otros digan .seguid vuestro paso en el amor de Dios.

Cuando nos parece que no tenemos confianza en Dios, hay que irla a buscar en su Corazón, que está lleno de ella. Por esas pequeñeces no nos quita nunca su gracia; tampoco se enfada con nosotros cuando faltamos, siempre que volvamos a Él y nos humillemos con amor y confianza.

Hay que emprender la tarea de perfeccionarse, no para satisfacción nuestra, sino para agradar a nuestro Esposo que así lo quiere. (San Francisco de Sales. Consejos espirituales a la Hna. Marie Adrienne Fichet. Opúsculos, XXVI, 307)

Viernes de la Semana XI del T.O.

¡Dios Sea Bendito!

DIJO JESÚS A SUS DISCÍPULOS: “ … ATESORAD TESOROS EN EL CIELO… PORQUE DONDE ESTÁ TU TESORO ALLÍ ESTÁ TU CORAZÓN…” (Mt 6, 19-23

El amor que tenemos a Dios tiene su origen en una primera complacencia que siente nuestro corazón; tan pronto como se apercibe de la divina bondad, comienza a tender hacia ella. Y cuando acrecentamos y reforzamos esta primera complacencia, mediante el ejercicio del amor, vamos atrayendo a nuestro corazón las divinas perfecciones, y gozamos de la bondad divina.

Estamos practicando esa primera parte del gozo amoroso que expresa la esposa sagrada cuando dice: “Mi Amado es para mí.” Y como ese gozo amoroso está en nosotros, pero también está en Dios, del cual lo hemos tomado, nos trae consigo a su divina bondad. De este modo, por este santo amor de complacencia, nosotros gozamos de los bienes que hay en Dios como si fueran nuestros.

… Sí, nuestro corazón, al ponerse en la presencia de la bondad divina y atraer hacia sí las perfecciones divinas, por la complacencia que en ellas tiene, puede decir con toda verdad: la bondad de Dios es toda mía puesto que gozo de sus excelencias; y yo soy todo suyo puesto que sus gozos me poseen.

La complacencia, en cierto modo, nos hace poseedores de Dios, atrayendo hacia nosotros sus perfecciones; y nos hace posesión de Dios. Siempre es muy agradable y muy deseable el gozar de un bien que da siempre contento y que nunca se marchita, sino que se renueva y florece sin cesar.

Cuando un bien acaba, se termina el deseo puesto que ya ha dado su gozo, y quita el gozo cuando da el deseo, ya que no es posible poseer y desear todo al mismo tiempo.

Pero el bien infinito, deja reinar el deseo junto con la posesión y la posesión con el deseo, pues el deseo puede saciarse en la santa presencia y puede seguir viviendo por la grandeza de su excelencia. Esta excelencia nutre un deseo siempre satisfecho y una satisfacción siempre deseosa en todos aquellos que la poseen. (San Francisco de Sales. Tratado del Amor de Dios. V,3 IV, 263)

Jueves de la Semana XI del T.O

¡Dios Sea Bendito!

VOSOTROS ORAD ASÍ: “PADRE NUESTROS QUE ESTÁS EN EL CIELO… HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO (Mt. 6, 7-15)

Padre, que vuestra santísima voluntad se haga en la tierra como se hace en el cielo. Haced, oh Padre, que mi alma cumpla vuestra santa voluntad.

Vuestra voluntad, oh Padre, es santa y buena; la mía es mala; por tanto, que vuestra voluntad se haga en la tierra de mi alma como en el cielo. Mi alma será bendita cuando se conforme en todo a vuestra voluntad.

Padre Santo, os ruego que quitéis de mi alma la propia voluntad e injertéis en ella la vuestra, para que en todo se haga tu voluntad y jamás la mía.

Cuando a un árbol se le corta una rama y se le injerta otra mejor, mucho mejores son también sus frutos. Cortad de este árbol, oh Padre, la ramita de la propia voluntad e injertad en ella la de vuestra santa voluntad. Estoy seguro de que entonces llevará buenos frutos. Todos mis pecados y defectos proceden de esta mala voluntad.

¿A qué esperáis, Señor? Cortad todo lo que es mío e injertadme lo vuestro.

Os digo, oh Padre, con vuestro Hijo el Amado, nuestro Señor Jesucristo: Padre, que no se haga mi voluntad sino la vuestra, Padre, no lo que yo quiero, sino lo que Vos queréis.

Os pido, con insistencia, oh Padre, que se cumpla en mí tu voluntad, y en todos. Porque estoy seguro de que vuestra voluntad es que todos seamos santos.

Que el cumplimiento de vuestra voluntad sea un placer, un deleite, una alegría para mi alma en todo lugar y en todo tiempo. (San Francisco de Sales)