DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO.

MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE (Mt 15,21-28)

La fe, para ser grande, ha de tener tres cualidades: Ha de ser confiada, perseverante y humilde.

Señor, dice la mujer, ten piedad de mí porque mi hija está terriblemente atormentada por el diablo. ¡Qué gran confianza! Ella cree que si el Señor se apiada de ella, su hija se curará.

No duda ni de su poder ni de su querer, porque exclama: solamente ten piedad de mí. Como queriendo decir: yo sé que eres piadoso con todos y no dudo de que si te pido que me tengas piedad, la vas a tener; y en cuanto la tengas, mi hija quedará curada.

Ciertamente, el mayor defecto que tienen nuestras oraciones y todo lo que nos sucede, es que nuestra confianza es pequeña. De ahí viene que no merecemos recibir el socorro tal como lo deseamos o pedimos.

La segunda cualidad de la fe es la perseverancia. Nuestra cananea al ver que el Señor no le respondía nada y parecía no atender a su petición, no por eso dejó de gritar: ‘Hijo de Dios, ten piedad de mí’. Hasta que los Apóstoles le decían. Señor, atiéndela, que no cesa de gritar detrás de ti.

Perseveremos en nuestra oración en todo tiempo, pues, aunque el Señor parezca no oírnos, no es que nos quiera desairar; es para obligarnos a clamar más fuerte y así hacernos percibir mejor la grandeza de su misericordia.

qué grande es tu feLa tercera cualidad de la fe es la humildad. Cuando nuestro Señor dijo a esta mujer “no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos”, ella no se ofendió sino que replicó: “sí, pero los perritos se alimentan de las migajas que caen…” Esta humildad fue tan agradable a nuestro Salvador, que le concedió todo lo que pedía, diciendo: “Oh mujer, qué grande es tu fe, hágase como lo quieres.” Es cierto que todas las virtudes son muy gratas a Dios, pero la humildad le gusta sobre todo y parece que no pudiera resistirse a ella.                                                                                           (San Francisco de Sales. Sermones . X, 224)

Domingo 19º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

 Y LE DIJO: «¡QUÉ POCA FE! ¿POR QUÉ HAS DUDADO?» (Mt 14,22-33)

TO19DA¡Oh, qué agradable y provechosa es esta ley de no hacer nada sino por Dios y dejarle a El todo el cuidado sobre nosotros! Y no hablo solamente respecto a lo temporal, ya que estando a solas con vosotras, eso se da por entendido; hablo de lo referente a lo espiritual, al avance de nuestras almas en la perfección.

¿No veis cómo la paloma no piensa sino en su querido palomo y no se mueve de encima de sus huevos? Y nada le falta, porque el palomo se lo paga cuidando de ella.

¡Qué felices seríamos si todo lo hiciéramos por nuestro amable palomo, que es el Espíritu Santo! Porque, entonces, El cuidaría de nosotros y, a medida que nuestra confianza, que nos hace descansar en su providencia, fuera siendo mayor, mayor sería también el cuidado que de nosotros tendría.

Nunca deberíamos dudar que algo nos faltase pues su amor es infinito para el alma que descansa en El. La gran confianza de la paloma en su pareja es la que la hace vivir en paz y en una maravillosa tranquilidad.

Pues mil veces más feliz es el alma que dejando todo cuidado de sí misma y de todo lo que necesita ella y su palomo, no piensa sino en cubrir y alimentar a sus pequeños para agradarle a él y darle descendencia.

Porque ella goza en esta vida de una tranquilidad y una paz tan grandes que no hay con qué compararlas, ni hay reposo igual al suyo en el mundo, únicamente allá en el cielo, donde ella gozará eternamente de los castos abrazos del Celestial Esposo.

…. La paloma se ocupa solamente de su trabajo, para hacerlo bien, dejando los demás cuidados a su querido palomo: el alma que quiere mucho a Dios, se aplica sencillamente y sin apresuramientos, a hacer todo lo prescrito para su perfeccionamiento, sin buscar otras cosas, por perfectas que puedan ser.

Mi Amado, dice ella, piensa por mí, y yo le espero; El me cuida y yo confío; El me ama y yo soy toda suya para así testimoniarle mi amor. (SAN FRANCISCO DE SALES: Conversaciones espirituales. De las 3 leyes espirituales. VI, 105)

 

 

DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE TAMBIÉN A UN COMERCIANTE DE PERLAS FINAS, QUE AL ENCONTRAR UNA DE GRAN VALOR SE VA A VENDER TODO LO QUE TIENE Y LA COMPRA (Mt 13, 44-52)

  El puro amor de Dios es esa perla preciosa que los negociantes del cielo buscan y encuentran. Y para comprarla, venden todo cuanto tienen. Así vemos que hacían los antiguos cristianos, que dejaban todo, sin reservas.

A ese renunciamiento perfecto habéis sido llamadas vosotras, mis queridas hijas, y es muy alta pretensión la de conquistar el puro amor de Dios; es la perla preciosa que buscáis y que habéis encontrado, la cual no se puede comprar más que al precio de todas las demás cosas.

la perla finaSi queréis poseerla, está en vuestra mano, pero habréis de practicar el perfecto abandono de todo y, lo que es aún más, tenéis que dejaros a vosotras mismas, pues el puro amor de Dios no sufre otra compañía. Y no solamente quiere quedarse sin ningún rival, sino que quiere estar sólo en nuestros corazones y reinar en ellos pacíficamente. Pues si cesase de reinar, cesaría de estar allí.

Si os asombra tanta dificultad, os presentaré tres pequeñas consideraciones por las que conoceréis que la empresa es más fácil de lo que lo que pensáis…

La primera es que quien os llama a la conquista de su purísimo amor es suficientemente poderoso para ayudaros. Decidle resueltamente: puesto que nos llamas, haz por tu Gracia que vayamos; Tú has comenzado la obra de nuestra perfección, no podemos nunca dudar de que la acabarás.

La segunda consideración consiste en saber en qué consiste esto último; y el saberlo nos levantará el ánimo.

Lo tendréis tanto más alto cuanto más pequeñas os hagáis, más dóciles, más disponibles y humildes, como niños, pues nuestra grandeza está en nuestra pequeñez y nuestra exaltación en nuestra humildad.

La tercera es pensar en el honor que supone que podáis hacer vuestra ofrenda bajo la protección de la gloriosa y santísima Madre de Dios, la cual, como una madreperla, pasó por este mundo sin que entrara en Ella ni una sola gota de agua salada. Estad seguras de que os tomará bajo su protección al veros venir con humildad y sencillez de corazón a traer vuestras ofrendas. (San Francisco de Sales. Sermón del 26-7-1618)

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

AL QUE TIENE SE LE DARÁ Y TENDRÁ DE SOBRA, Y AL QUE NO TIENE, SE LE QUITARÁ HASTA LO QUE TIENE  (Mt. 13, 1-23)

Aunque por la sola inclinación natural no pudiésemos alcanzar la dicha de amar a Dios como se debe, si nos empleamos en ello fielmente, su bondad nos ayudaría con algún socorro mediante el cual podríamos avanzar.

Y si correspondemos a ese primer socorro, su bondad paternal nos suministraría otro mayor, llevándonos de bien a mejor con toda suavidad hasta ese soberano amor al que nuestra inclinación natural nos empuja.

Pues es cosa cierta que a aquel que es fiel en lo poco y hace lo que puede, la benignidad divina no le niega jamás su asistencia para avanzar cada vez más…

SIEMBRAEs Dios, por tanto, el que da este crecimiento, considerando el empleo que nosotros vamos a hacer de su gracia, según está escrito:

“Al que tiene, es decir, al que emplea bien los favores recibidos, recibirá más, y abundará”, como si dijera:

Añadid cada día buenas obras a las precedentes pues ellas son las partes de que va a estar compuesto vuestro tesoro… y añadiendo nuevas partecitas, los tesoros crecen y su valor se aumenta.

Así, las menores acciones, aunque hechas con un poco de dejadez, no dejan de ser agradables a Dios y de tener su valor ante Él.

De suerte que, aunque ellas de por sí, no pueden añadir crecimiento al amor precedente, pues son menos fuertes que él, la Providencia divina en todo caso lo tiene en cuenta, lo estima y lo recompensa, acrecentándole esa caridad aquí en la tierra y asignándole una mayor gloria en el cielo.

Dios ama mucho a un alma que tiene caridad y nunca deja de premiarla dándole más caridad. Así, nuestro amor hacia Él es el efecto de su Amor hacia nosotros. (SAN FRANCISCO DE SALES. Tratado del Amor de Dios, III, 2)

Domingo 14º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

“TE DOY GRACIAS, PADRE… PORQUE HAS ESCONDIDO ESTAS COSAS A LOS SABIOS Y ENTENDIDOS, Y SE LAS HAS REVELADO A LOS PEQUEÑOS” (Mt 11, 25-30)

jesus-y-los-nic3b1os-4-1“San Francisco (de Asís), al enviar a sus hijos de viaje, les daba este consejo en lugar de dinero y como toda provisión: Arrojad vuestros cuidados en el Señor y Él os alimentará. Yo os digo lo mismo, mis queridas hijas, arrojad todo vuestro corazón, vuestras pretensiones y solicitudes y afectos en el seno paternal de Dios y Él os guiará y hasta os llevará allí donde su amor os quiere.

Mis queridas hijas, ¡no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Jesucristo que vive en nosotros! Y cesarán todas las inquietudes de nuestro corazón, que provienen del deseo que el amor propio nos suscita y de la ternura hacia nosotros mismos, que nos empuja a la búsqueda de nuestras satisfacciones y nuestras perfecciones.

Embarcados en el ejercicio de nuestra vocación, con la brisa de esta siempre y amorosa confianza, no nos percataremos de nuestros progresos, pero serán grandes. Sin caminar, avanzaremos; y sin movernos de nuestro sitio avanzaremos, como los que navegan en alta mar con viento propicio.

Así, se van recibiendo con dulzura y suavidad todos los acontecimientos que nos llegan. Porque quien está entre las manos de Dios y descansa en su seno, quien se ha abandonado a su amor y dispuesto a todo lo que Él quiera ¿qué es lo que le puede perturbar?

Ciertamente, en todas las circunstancias y sin meterse a filosofar sobre las causas, razones y motivos de los acontecimientos, Él da de todo corazón su aquiescencia, la del Salvador: “Sí, Padre, porque así lo has querido.” Las hijas de la Visitación deben tener una confianza muy sencilla, que las haga permanecer en reposo entre los brazos de su Padre celestial y de su querida Madre, nuestra Señora, estando seguras de que las protegerán siempre con amorosa atención, puesto que ellas se han reunido para gloria de Dios y honor de la Santísima Virgen.”

                     (SAN FRANCISCO DE SALES. Conversaciones Espirituales, sobre la sencillez. VI, 218)

DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

NO TENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO, PERO NO PUEDEN MATAR EL ALMA… NO TENGÁIS MIEDO: VALÉIS MÁS VOSOTROS QUE MUCHOS GORRIONES (Mt. 10, 26-33)

En las cosas difíciles, molestas y desagradables es donde podemos practicar la fidelidad hacia Dios, y ésta será tanto más excelente por no haber intervenido para nada nuestra elección.

Dice la Sagrada Escritura: ¿Qué sabe aquel que no ha sido probado? Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, pues después de haber sido probado recibirá la corona de gloria que Dios ha prometido a los que lo aman.

Si teméis a la tentación más de lo debido, daréis entrada al enemigo; y al contrario, si tenemos una confianza filial en Dios y nos volvemos hacia Él, para asegurarnos de su Bondad, el enemigo temerá tentaros, pues ve que su tentación es causa de que os echéis en los brazos de nuestro Señor.

Despreciad la tentación, volviendo, sencillamente, vuestro corazón a Dios y, al volveros hacia Él, decidle por ejemplo: Soy tuya, Dios mío. ¡Jesús es bueno! ¡Viva Jesús! y otras palabras semejantes.

En suma, es un buen medio, para vencer, el no mirar al enemigo, sino volverse hacia el Amado celestial; y, aunque el enemigo aúlle y eche venablos, para rechazarle basta con no responderle, con no entretenerse con él ni hacerle caso…

Confiemos a Dios nuestros buenos deseos y no estemos ansiosos pensando si fructificarán; pues quien nos ha dado la flor del deseo, también nos dará el fruto de su cumplimiento para su gloria, siempre que tengamos una fiel y amorosa confianza en Él.

Sed todas de Dios, pensad en Él y Él pensará en vosotras. Él os ha atraído hacia Sí para que seáis suyas y tendrá cuidado de vosotras. No temáis nada; si los pollitos se ven seguros cuando están bajo las alas de su madre, cuánto más seguros deben sentirse los hijos de Dios bajo su paternal protección.

Manteneos pues, en paz, puesto que sois hijas suyas dejad reposar vuestro corazón con todos sus cansancios y desfallecimientos en el pecho de ese Salvador, que es para sus hijos un Padre por su Providencia y una Madre por su dulzura y su tierno amor. (San Francisco de Sales. Opúsculos. XXVI, 348)

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO Solemnidad

PAN VIVO 3

YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO;

EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE (Jn 6, 51-58)

 

 

Todo lo que Dios ha hecho, lo ha hecho por obra del Espíritu Santo; esas cosas sobrenaturales que sin la fe no se pueden concebir.

“¿Cómo será esto, dijo la Virgen, pues no conozco varón?.” El arcángel Gabriel respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra.” Y tú te preguntas ¿cómo se convertirá el pan en el Cuerpo de Jesucristo? Yo te respondo: el Espíritu Santo lleva a cabo esas cosas por encima de toda palabra y de toda inteligencia.

¿Hay más perfecta comunión de los santos que esto? Por ello somos todos un pan y un cuerpo, puesto que participamos de un mismo pan bajado del cielo, vivo y vivificante.

¿Cómo sería posible comer todos de un mismo pan si éste no fuera el Cuerpo de Jesucristo? Y si no comiésemos de un mismo alimento espiritual por la fe, ¿cómo podría un cristiano tener una tan grande comunión con los otros cristianos?

Y de hecho, ¿qué otro alimento, Salvador nuestro, si no es vuestro Cuerpo, puede dar vida eterna?

PAN VIVO 2Se precisa un pan vivo para dar la vida… Un pan bajado del cielo para dar una vida celestial, un pan que seáis Vos mismo, mi Señor y mi Dios, para dar la vida inmortal, eterna, perdurable.

Porque, ¡oh Señor admirable! si un poco de levadura hace subir una gran masa, si una chispa de fuego basta para abrasar una casa, si un grano echado en tierra produce tantos otros, ¿con qué seguridad puedo esperar yo que vuestro sagrado Cuerpo, al entrar en el mío, al llegar el tiempo de la cosecha, le levantará de su corrupción, lo inflamará con su gloria y lo hará inmortal, impasible, sutil, resplandeciente y provisto de todas las cualidades gloriosas que se pueden esperar? (SAN FRANCISCO DE SALES. Opúsculos. XXIII, 23-25)

LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Solemnidad)

TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE ENTREGÓ A SU HIJO ÚNICO PARA QUE NO PEREZCA NINGUNO DE LOS QUE CREEN EN ÉL, SINO QUE TENGAN VIDA ETERNA. (Jn. 3,16-18)

 Sermón predicado por San Francisco de Sales en Annecy para la Fiesta de la Santísima Trinidad de 1595. Obras Selectas I, pg.325

“La Santísima Trinidad de las Personas divinas es el artículo fundamental de nuestra fe cristiana, cuya celebración solemniza la Iglesia en el presente día.

Aunque parezca que esta Santa Trinidad deba reducirse a la unidad de su esencia, pues según nuestro modo de comprender, lo uno ha de ser antes que lo otro, el artículo de la unidad de Dios no es tan familiar a los cristianos como el de la Trinidad; muchos conocen a Dios y su unidad sin ser cristianos.

Fundándose San Pablo sobre esto, dice a los romanos: Las cosas invisibles de Dios se echan de ver en la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que ya existen, de modo que ellos son inexcusables, porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios (Rom 1, 20-21)

El artículo de la Santísima Trinidad es tan propio de los cristianos, que el mismo pueblo hebreo no tenía conocimiento expreso de él en su mayoría y nunca los paganos lo habían imaginado… Sobre el artículo de la Trinidad se funda la Encarnación, y sobre la Encarnación, toda nuestra salvación: sobre él se funda la misión del Espíritu Santo, y sobre esta misión, toda nuestra justificación.

He aquí, pues, el artículo de los artículos: “LA FE CATÓLICA ES ESTA: QUE CREAMOS EN UN SOLO DIOS”…

En tiempos de Carlomagno, habiendo surgido varias herejías contra la Santísima Trinidad, se instituyó esta Fiesta Solemne para testimoniar nuestra fe. ¡Con qué fervor deberíamos en nuestros miserables tiempos celebrar tan santa festividad y decir:

¡GLORIA AL PADRE, GLORIA AL HIJO, GLORIA AL ESPÍRITU SANTO!

¡COMO ERA EN EL PRINCIPIO, AHORA Y SIEMPRE, Y POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS!

¡AMÉN!

Trinidad

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO… (Jn 20, 19-23)

pentecostés 2Celebramos hoy la fiesta de los presentes, las dádivas, del don de los dones, que es el Espíritu Santo.

El Señor, soplando sobre sus Apóstoles, les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”, constituyéndoles así prelados de su Iglesia y dándoles el poder de atar y desatar.

Podemos considerar la grandeza del don del Espíritu Santo con todos sus efectos, como enviado por el Padre Eterno y por nuestro Señor a su Iglesia, o también como enviado a cada uno de nosotros en particular.

El temor, que se llama don del Espíritu Santo, no solamente nos hace temer los juicios divinos sino que nos hace temer a Dios como Juez nuestro y por tanto, nos lleva a huir del mal y de todo aquello que sabemos desagrada a Dios. Pero no debemos estar en postura de temor, ni dejarle entrar en nuestros corazones, ya que ese lugar ha de estar ocupado por el amor…

La piedad es un temor filial por el cual miramos a Dios como juez, pero también como Padre, temiendo desagradarle y deseando darle gusto. Por el don de ciencia, el Espíritu Santo nos ayuda a reconocer las virtudes de las que tenemos necesidad y los vicios que debemos evitar.

El cuarto don también nos es muy necesario, el de la fortaleza, porque sin él, los precedentes no nos servirían de nada. ¿En qué consiste este don?

Con él se supera uno a sí mismo para poder someterse a Dios, mortificando y suprimiendo en nosotros toda superfluidad e imperfección, por pequeñas que sean.

Pero ya resueltos y fortalecidos, necesitamos el don de consejo, para saber escoger las virtudes que nos son más necesarias, según cada vocación.

El don de entendimiento nos hace comprender la verdad de los misterios de nuestra fe, y la necesidad que tenemos de fijarnos en la verdadera esencia de las virtudes y no solamente en la apariencia exterior que puedan tener.

El don de sabiduría nos da sabor, estima y contento en la práctica de la perfección cristiana.(San Francisco de Sales. Sermón del 7-6-1620. IX, 315-317, 322)

pentecostés 3

LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (Fiesta)

MARÍA SE PUSO EN CAMINO Y FUE APRISA A LA MONTAÑA… PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS, MI SALVADOR (Lc. 1, 39-56)

VISITACIÓNLo que indujo más especialmente a la gloriosa María a hacer esta visita fue su ardiente caridad y su profunda humildad, que le hicieron subir con presteza la montaña de Judea. Ciertamente, la caridad no es ociosa y la santísima Virgen estaba llena de ella hasta el punto de que llevaba al mismo Amor en sus entrañas…

… La santísima Virgen escuchó lo que su prima Isabel dijo en su alabanza y Ella, humillándose, rindió por ello su gloria a Dios. Después, confesando que toda su dicha provenía de que Dios había mirado la humildad de su sierva, entonó el admirable canto del Magníficat.

Mis queridas Hermanas, que tenéis a esta Virgen por Madre. Hijas de la Visitación de nuestra Señora y de Santa Isabel, ¡qué cuidado debéis de tener en imitarla!, sobre todo en su humildad y su caridad, que son las principales virtudes que la hicieron hacer esta Visitación.

Vosotras debéis brillar particularmente en ellas, estando dispuestas a visitar, con gran alegría y diligencia, a vuestras Hermanas enfermas; aliviándoos y sirviéndoos cordialmente unas a otras en vuestras enfermedades, ya espirituales, ya corporales. Y siempre que se trate de ejercer la humildad o la caridad, debéis acudir con cuidado y prontitud singulares. Porque, creedme, no es suficiente para una hija de nuestra Señora contentarse con estar en la casa de la Visitación y llevar el velo de religiosa. Sería hacer un agravio a tal Madre; sería degenerar si con eso os contentaseis. Tenéis que imitarla en su santidad y sus virtudes.

Por Dios, sed muy cuidadosas en conformar vuestra vida a la suya. Sed dulces, humildes, caritativas. Y magnificad, junto con Ella, al Señor en esta vida. Si lo hacéis fiel y humildemente en este mundo, indudablemente cantaréis en el cielo, junto con la Virgen, el Magníficat. Y al bendecir mediante este sagrado canto a la divina Majestad, seréis benditas, por Ella, durante toda la eternidad. Amén. (S. Francisco de Sales. Sermón del 2 de julio de 1618. IX, 159-168)