DOMINGO IV DE CUARESMA

AL PASAR JESÚS, VIO A UN HOMBRE CIEGO DE NACIMIENTO. Y SUS DISCÍPULOS LE PREGUNTARON: «MAESTRO, ¿QUIÉN PECÓ, ESTE O SUS PADRES, PARA QUE NACIERA CIEGO?» JESÚS CONTESTÓ: «NI ESTE PECÓ NI SUS PADRES, SINO PARA QUE SE MANIFIESTEN  EN ÉL LAS OBRAS DE DIOS»  (Jn 9, 1-41)

CIEGO DE NACIMIENTO 3 ¿Qué es más fuerte, decidme, el amor para hacer mirar al amado, o la vista para hacerle amar? Teótimo, el conocimiento es un requisito para que se produzca el amor, porque nunca podemos amar lo que no conocemos y a medida que aumenta el conocimiento, el amor va creciendo más.

Sin embargo, muchas veces sucede que, cuando el conocimiento ha despertado el amor sagrado, éste ya no se detiene en los límites del conocimiento que le procura el entendimiento, sino que sigue adelante, mucho más allá del entendimiento. Por eso, en esta vida mortal, podemos tener mucho más amor que conocimiento de Dios y el gran Santo Tomás asegura que a menudo los más sencillos y las mujeres tienen mucha devoción y en general son más capaces del divino amor que gentes expertas y sabias.

¿Qué te parece, Teótimo: quién amará más a la luz, el ciego de nacimiento que sabe todos los discursos de los filósofos sobre la luz y todas las alabanzas que le dedican, o el labriego que tiene buena vista y siente el agradable esplendor del bello sol de la aurora?

Aquel tiene más conocimiento y éste goza más de ella y este gozo le produce un amor mucho más vivo y animado porque la experiencia de un bien le hace infinitamente más amable que todas las ciencias que sobre él podamos tener. Empezamos a amar por el conocimiento que nos da la fe sobre la bondad de Dios, la cual gustamos y saboreamos luego, por el amor; el amor estimula nuestro gusto y nuestro gusto afina nuestro amor.

Cuando los niños chiquitos todavía no han probado la miel y el azúcar, cuesta trabajo que abran la boca para metérselas, pero cuando ya conocen su dulzura, les gusta mucho y querrían comer más de lo que deben, y tratan de conseguir siempre más. (San Francisco de Sales. Tratado del Amor de Dios. Libro VI, Cáp. 4. Pág. 244)


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