SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

AL ANOCHECER DE AQUEL DÍA, EL PRIMERO DE LA SEMANA, ESTABAN LOS DISCÍPULOS EN UNA CASA, CON LAS PUERTAS CERRADAS… TOMÁS, UNO DE LOS DOCE, LLAMADO EL MELLIZO, NO ESTABA CON ELLOS CUANDO VINO JESÚS… ÉL LES CONTESTÓ: “SI NO VEO EN SUS MANOS LA SEÑAL DE LOS CLAVOS, SI NO METO EL DEDO EN EL AGUJERO DE LOS CLAVOS Y NO METO LA MANO EN SU COSTADO, NO LO CREO” (Jn 20, 19; 24, 25)

Fijaros, os ruego, en el pobre Santo Tomás. Se había separado de la compañía de los Apóstoles para ir a pasear. Paseo y separación que le costaron caro. Dejó la comunidad y al irse, por poco se pierde, si la bondad del Maestro no le hubiera socorrido misericordiosamente…

¡Gran incredulidad! Esa desgracia le sucedió solamente por dejar la santa conversación de los Apóstoles y de nuestra Señora… Así sucede con personas que abusan de su libertad que no admiten otras leyes que las que les dicta su propia voluntad.

La segunda fuente de incredulidad de santo Tomás fue el orgullo de la vanidad… Es lo propio del orgullo, el arrastrar a las almas a toda clase de males, pero especialmente al de apegarnos de tal modo a nuestro propio juicio que nos hace obstinados en no someterlo al del otro, por mucha autoridad que tenga sobre nosotros. La vanidad de esa estima del propio juicio produce la incredulidad y el poco aprecio del juicio de los demás…

Nuestro Señor, tan bueno y misericordioso, no pudo sufrir que esa querida oveja de su rebaño anduviera errado y vacilante en la fe, y salió, dulce y benigno, al encuentro de Tomás en presencia de los Apóstoles y después de saludarlos, como de costumbre, diciendo: “la paz sea con vosotros”, se dirigió al más enfermo de todos y hace frente a su incredulidad, punto por punto, pues lo primero le llama por su nombre y dice: “Tomás, mete tu dedo en los agujeros de mis manos e introduce, si quieres, tu mano en la herida de mi costado y coge, si quieres, mi corazón… y piensa que un espíritu no tiene carne ni huesos, y reconoce que soy Yo. yo soy el que es, y no seas incrédulo sino creyente…” Al instante se le abrieron los ojos y vio el peligro del que su querido Maestro le había sacado. (San Francisco de Sales. Sermón del 26-4-1620. IX, 311-314)


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