LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (Fiesta)

MARÍA SE PUSO EN CAMINO Y FUE APRISA A LA MONTAÑA… PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU EN DIOS, MI SALVADOR (Lc. 1, 39-56)

VISITACIÓNLo que indujo más especialmente a la gloriosa María a hacer esta visita fue su ardiente caridad y su profunda humildad, que le hicieron subir con presteza la montaña de Judea. Ciertamente, la caridad no es ociosa y la santísima Virgen estaba llena de ella hasta el punto de que llevaba al mismo Amor en sus entrañas…

… La santísima Virgen escuchó lo que su prima Isabel dijo en su alabanza y Ella, humillándose, rindió por ello su gloria a Dios. Después, confesando que toda su dicha provenía de que Dios había mirado la humildad de su sierva, entonó el admirable canto del Magníficat.

Mis queridas Hermanas, que tenéis a esta Virgen por Madre. Hijas de la Visitación de nuestra Señora y de Santa Isabel, ¡qué cuidado debéis de tener en imitarla!, sobre todo en su humildad y su caridad, que son las principales virtudes que la hicieron hacer esta Visitación.

Vosotras debéis brillar particularmente en ellas, estando dispuestas a visitar, con gran alegría y diligencia, a vuestras Hermanas enfermas; aliviándoos y sirviéndoos cordialmente unas a otras en vuestras enfermedades, ya espirituales, ya corporales. Y siempre que se trate de ejercer la humildad o la caridad, debéis acudir con cuidado y prontitud singulares. Porque, creedme, no es suficiente para una hija de nuestra Señora contentarse con estar en la casa de la Visitación y llevar el velo de religiosa. Sería hacer un agravio a tal Madre; sería degenerar si con eso os contentaseis. Tenéis que imitarla en su santidad y sus virtudes.

Por Dios, sed muy cuidadosas en conformar vuestra vida a la suya. Sed dulces, humildes, caritativas. Y magnificad, junto con Ella, al Señor en esta vida. Si lo hacéis fiel y humildemente en este mundo, indudablemente cantaréis en el cielo, junto con la Virgen, el Magníficat. Y al bendecir mediante este sagrado canto a la divina Majestad, seréis benditas, por Ella, durante toda la eternidad. Amén. (S. Francisco de Sales. Sermón del 2 de julio de 1618. IX, 159-168)


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