DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE TAMBIÉN A UN COMERCIANTE DE PERLAS FINAS, QUE AL ENCONTRAR UNA DE GRAN VALOR SE VA A VENDER TODO LO QUE TIENE Y LA COMPRA (Mt 13, 44-52)

  El puro amor de Dios es esa perla preciosa que los negociantes del cielo buscan y encuentran. Y para comprarla, venden todo cuanto tienen. Así vemos que hacían los antiguos cristianos, que dejaban todo, sin reservas.

A ese renunciamiento perfecto habéis sido llamadas vosotras, mis queridas hijas, y es muy alta pretensión la de conquistar el puro amor de Dios; es la perla preciosa que buscáis y que habéis encontrado, la cual no se puede comprar más que al precio de todas las demás cosas.

la perla finaSi queréis poseerla, está en vuestra mano, pero habréis de practicar el perfecto abandono de todo y, lo que es aún más, tenéis que dejaros a vosotras mismas, pues el puro amor de Dios no sufre otra compañía. Y no solamente quiere quedarse sin ningún rival, sino que quiere estar sólo en nuestros corazones y reinar en ellos pacíficamente. Pues si cesase de reinar, cesaría de estar allí.

Si os asombra tanta dificultad, os presentaré tres pequeñas consideraciones por las que conoceréis que la empresa es más fácil de lo que lo que pensáis…

La primera es que quien os llama a la conquista de su purísimo amor es suficientemente poderoso para ayudaros. Decidle resueltamente: puesto que nos llamas, haz por tu Gracia que vayamos; Tú has comenzado la obra de nuestra perfección, no podemos nunca dudar de que la acabarás.

La segunda consideración consiste en saber en qué consiste esto último; y el saberlo nos levantará el ánimo.

Lo tendréis tanto más alto cuanto más pequeñas os hagáis, más dóciles, más disponibles y humildes, como niños, pues nuestra grandeza está en nuestra pequeñez y nuestra exaltación en nuestra humildad.

La tercera es pensar en el honor que supone que podáis hacer vuestra ofrenda bajo la protección de la gloriosa y santísima Madre de Dios, la cual, como una madreperla, pasó por este mundo sin que entrara en Ella ni una sola gota de agua salada. Estad seguras de que os tomará bajo su protección al veros venir con humildad y sencillez de corazón a traer vuestras ofrendas. (San Francisco de Sales. Sermón del 26-7-1618)


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