21 de noviembre. Presentación de la Virgen en el templo

presentacion-de-maria-pEl 21 de noviembre de cada año, las visitandinas, se encuentren donde se encuentren, renuevan con todo su corazón el SI que un día dijeron a Dios, consagrándose a Él en castidad, obediencia y pobreza, según el carisma de sus fundadores, imitando la entrega incondicional de la Virgen María.

Según una venerable tradición, la Niña María fue presentada al templo por sus padres a la edad de tres años. Ella es modelo de las visitandinas.

Entremos en sus sentimientos, leyendo este sermón de San Francisco de Sales un 21 de noviembre…

 

“Mira y haz según el ejemplar que te he mostrado en el Monte”. Ex,25

En la ley antigua mandó la Majestad divina a Moisés que hiciese el Arca según la forma que le había mostrado y después mandó, que adornase el Tabernáculo para ponerla y que todo se ejecutase según las  particularidades que le había señalado, lo cual se cumplió de un modo tan admirable que no había cosa en este Tabernáculo, que no estuviese llena de muy grandes misterios:

Entre todas estas cosas mandó especialmente a Moisés hacer una fuente de aguamanos de metal con su pie para lavarse y la colocó (como le dijo Dios) entre el Tabernáculo y el Altar.

Habiendo considerado los Padres todas las particularidades de este Tabernáculo, lo que más les provocó la admiración fue la parte más inferior y baja de todas que era aquella pila que había mandado Dios que se pusiese entre los dos Tabernáculos: quiero decir, entre el Tabernáculo exterior, en el cual estaba el pueblo que iba a ofrecer los sacrificios y el Tabernáculo interior, en donde asistían los sacerdotes de la Ley, o entre los dos Altares: esto es, entre el altar sobre el cual se sacrificaban las víctimas y holocaustos y el altar sobre el cual se quemaban los perfumes.

Dios había mandado a Moisés, repito, que se hiciese una pila de metal y que estuviese llena de agua para que los sacerdotes se lavasen pies y manos antes de ir a ofrecer los sacrificios; y que para su hermosura, la adornasen toda al rededor de espejos iguales a los que tenían en sus casas las hebreas.

Los antiguos Padres dieron varias interpretaciones a esta pila y espejos, en que tendría materia abundante para emplear en ello todo el tiempo que tengo; pero para predicar hoy con alguna utilidad, me detendré sólo en considerar qué significa aquella pila llena de agua y lo que debemos entender con ella, por qué estaba colocada entre dos Tabernáculos y qué es lo que nos representan aquellos espejos de que estaba cercada.

En cuanto a lo primero dicen todos los Padres antiguos, que aquella pila representaba el Bautismo y tienen razón y aun por esto estaba puesta entre el Tabernáculo interior y exterior, para significar que nadie podía pasar al Tabernáculo interior que no es otra cosa sino el Cielo, sin haber pasado antes por el exterior que es la Iglesia, en la cual está esta pila o fuente bautismal, donde es preciso lavarse y remojarse, porque estas aguas purifican y justifican borrando todos los pecados que tienen los que se bautizan y es tan necesario el lavarse con aquella agua efectivamente, o al menos con un muy ardiente deseo de ella, para ofrecer y sacrificar a nuestro Señor víctimas y holocaustos que le sean agradables, que sin este lavatorio todas las ofrendas y oblaciones que se le hiciesen, no sería ofrendas sino execraciones.

Otros dicen que esta pila representa la Penitencia; yo soy por ahora de este mismo sentir porque ¿qué otra cosa es la penitencia sino unas aguas en las cuales es conveniente y necesario quo lavemos nuestros pies y nuestras manos? Quiero decir nuestras obras y afecciones manchadas con tantos pecados e imperfecciones.

Aunque es verdad cierta, que la puerta sola para entrar en el Cielo es la redención sin la cual no hubiéramos tenido nunca entrada en él, sin embargo para que el fruto, de esta redención se nos aplique, es necesario lavarse en las aguas de la penitencia, y así es preciso que todos aquellos que se quisieren salvar laven sus pies y sus manos en estas sagradas aguas: Si no hacéis penitencia, dice nuestro Señor, pereceréis todos.

Es regla tan general ésta que nadie se puede exceptuar de ella sino la Reina de los Ángeles, María Santísima, Señora nuestra, que como no pecó nunca, no tuvo por consiguiente necesidad de penitencia, aunque no entró en el Cielo por otra puerta que por la de la redención, como todas las demás criaturas.

Y digo otra vez, que para  que el fruto de esta redención se nos aplique, es necesario que hagamos penitencia; y aunque es verdad, que es distinta la penitencia que se ha de hacer por los pecados mortales que por los veniales, con todo esto es absolutamente necesaria, así para los unos como para los otros y quien no la hiciere en este mundo, la hará infaliblemente en el otro.

Por eso los Padres antiguos dicen que esta pila estaba puesta entre los dos Tabernáculos, el exterior y el in tenor, para significar que las aguas de la penitencia están entre los dos Tabernáculos, el exterior de la Iglesia militante y el interior de la triunfante y que para pasar de la militante, en la cual estamos al presente, a la triunfante es preciso lavarse en las aguas de la Penitencia.

Otros han dicho que aquella pila llena de agua representaba la doctrina evangélica; y en verdad que tienen razón, porque la doctrina evangélica no es otra cosa sino unas aguas de las que cualquiera que bebiere, no tendrá más sed, y como dijo nuestros Señor a la samaritana, se hará en él una fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna:

En las sagradas aguas de esta doctrina evangélica se han de lavar  todas nuestras obras y afectos malos para purificarlos, formarlos, enderezarlos, según ella nos ordena, porque sin esto no podremos nunca hacer sacrificio, ni oblación que pueda ser agradable a Dios y menos nos podremos salvar sino creyendo y formándonos según esta doctrina cristiana, en la cual debemos vivir, esperar y obrar nuestra salvación.

Nadie, pues, viva engañado, creyendo que sin lavarse en las aguas de esta doctrina evangélica se pueda salvar, haciendo leyes según su capricho y fantasía, o contentándose sólo con la ley natural, pretendiendo con ella llegar al tabernáculo interior de la gloria para sacrificar a Dios sacrificios de alabanzas, porque esto no puede ser.

Ya habéis oído cómo esta pila de agua, que estaba puesta en medio de los dos tabernáculos, nos da a entender que el bautismo, la penitencia, y la doctrina evangélica están en medio de la militante y la triunfante.

Y aplicando esta doctrina a nosotros, digo, que tenemos también dos tabernáculos, el uno exterior que es el cuerpo y el otro interior que es el alma, con la cual vivimos y esto es lo que quiso decir el Apóstol san Pablo cuando dijo que estos cuerpos que tenemos, son unos tabernáculos hechos y formados de barro, en los cuales encerró la Majestad de Dios grandes tesoros, que nos son otros sino nuestras almas, que como unos tabernáculos interiores están escondidos dentro de nuestros cuerpos. Y así como el alma anima y da la vida al cuerpo, la doctrina evangélica alimenta y vivifica el alma y le da luz y fuerza para caminar a aquel otro tabernáculo más interior de la Iglesia triunfante, en donde tiene el Altísimo su habitación.

Día vendrá en que resucitemos y estos cuerpos mortales que tenemos ahora sujetos a corrupción, serán espirituales e inmortales, como nos lo asegura el Apóstol y serán reformados y semejantes al Cuerpo glorificado de nuestro Salvador Soberano: y entonces veremos con increíble consuelo aquellos cuerpos gloriosos, por la reunión con sus almas, con las que no tendrán ya divorcio ni rebeldía, sino que estarán rendidos del todo y los poseerán las almas de tal suerte, que los gobernarán sin resistencia alguna de ellos.

Hablando ya de aquellos espejos con que estaba adornada aquella pila, digo, que nos representan los ejem­plos de los Santos; los cuales practicaron esta doctrina cristiana con tanta perfección que bien podemos decir que las historias de su vida y sus ejemplos son otros tantos espejos hermosos que adornan y enriquecen aque­lla pila de la doctrina evangélica. Y así como esta santa doctrina los ha adornado y enriquecido y habiéndose lavado con sus sagradas aguas, los purificó e hizo capaces de ofrecer a la bondad Divina sacrificios de precio y valor inestimable; ellos también hicieron de su parte, ador­nándola con la práctica y consejos que sacaron de ella, dejándonos ejemplos admirables de sus virtudes para imitar que son como unos espejos dentro de los cuales nos debemos mirar siempre para formar con ellos todas nuestras obras, acciones y afectos.

Pero entre todos estos espejos de los Santos, debemos particularmente considerar a la Virgen Santísima, nuestra Señora, cuya presentación al templo celebramos hoy, porque ¿qué más precioso y hermoso espejo os pudiera yo proponer que éste? ¿No es esta Soberana Señora el espejo más excelente que hay en toda la doc­trina evangélica?

¿No es su  Majestad la más adornada y enriquecida entre todas las criaturas de todos géneros de gracias y virtudes? pues que no hay Santo ni Santa que la puedan igualar, porque esta Virgen Soberana sobrepuja en dignidad y excelencia no sólo a los mayores Santos, pero aún a los más encumbrados Querubines y Serafines, habiendo logrado esta ventaja sobre todos los Santos, porque se dio y totalmente se dedicó al culto de Dios, desde el mismo instante de su concepción.

Pues no hay duda alguna, que esta Santísima Virgen fue del todo Purísima y que tuvo el uso de la razón desde el instante que fue depositada su alma en su cuerpecito formado en las entrañas de Santa Ana y aunque por nacer esta Soberana Virgen de padre y madre como los demás hombres, pareció a algunos, que como ellos había de contraer la mancha del pecado original, sucedió al contrario, pues la Providencia Divina lo dispuso y la preservó, alargándole su Santísima mano, que la detuvo para que no cayese en el precipicio miserable del pecado.

Algunos teólogos dicen, que nuestro Señor arrojó un rayo de su luz y de su gracia en el alma de San Juan Bautista cuando estaba en las entrañas de Santa Isabel, con que le santificó y dio el uso de la razón, con el don de fe, con que conoció a su Dios y Señor que estaba aún en las virginales entrañas de su Santísima Madre, donde le adoró y se consagró para su culto.

Pues si nuestro Señor hizo esta gracia al que había de ser su Precursor, ¿por qué no se ha de creer hiciese no sólo la misma gracia, sino que usase de un privilegio mucho mayor para con la que tenía escogida para Madre suya, no sólo santificándola en el vientre de Santa Ana, como a San Juan en el de santa Isabel, sino haciéndola toda Santa y toda pura desde el mismo instante de su concepción santísima?

Y así luego que nació esta Señora, empezó a emplear todo su ser en el culto del Sagrado amor; y desde que empezó a desplegar su pequeña lengua, empezó a cantar las alabanzas de Dios, el cual la inspiró desde la edad de tres años para retirarse de la casa de sus Padres e irse al Templo para servir más perfectamente y en esta corta edad se portaba esta Soberana Virgen con tanta sabiduría y discreción, que daba admiración a su padre y madre, los que juzgaron y conocieron, así por sus discursos como por sus acciones, que esta Niña no era como las demás criaturas; pues que ya tenía uso de razón y por esto se debía anticipar el tiempo para llevar al Templo a que sirviese en él a Dios con las demás niñas que estaban en él con este motivo.

Tomaron pues a esta Virgen de edad solamente de tres años y la llevaron al Templo de Jerusalén.

¡Oh, cuán grandes serían los suspiros amantes que daban a Dios el padre y la madre de esa Soberana Virgen! Y especialmente la misma Virgen, como quien iba a sacrificarse de nuevo a su Divino Esposo que la llamaba y le había inspirado esta retirada, para recibirla no sólo por esposa suya, sino para prepararla. para ser su Madre, y con cuánta suavidad y gusto cantaría por el camino aquel cántico Sagrado que es tan admirable por las alabanzas y bendiciones que se dan en él a la Majestad Divina, que el Real Profeta decía: Sirve este cántico para mí de una dulce recreación y para entonar y cantar en los diversos tiempos que voy al Templo a adorar en él a mi Dios y Señor, según está ordenado por la Ley.

Lo mismo hacían las mujeres hebreas, las cuales cantaban este cántico con grande devoción cuando iban a él.

¡Oh, quién pudiera decir y explicar el afecto de amor y dilección con que esta Sacratísima Virgen lo diría, sabiendo que este cántico no trataba de otra cosa, que del cumplimiento de la Ley y voluntad da Dios, para lo que se presentaba en el Templo!

Y aunque muchas niñas hebreas se habían retirado y dedicado ya al culto de Dios en este Templo, ninguna pudo llegar a competir en las virtudes y perfección con esta Soberana Virgen, porque se ofreció y dedicó con tanto fervor, amor y humildad, que los ángeles y más encumbrados serafines que se andaban paseando por los balcones y galerías del Cielo para mirarla, se quedaron admirados, espantándose de ver que pudiese hallarse en la tierra criatura tan pura y dotada de tan perfecta caridad y que un alma vestida del cuerpo humano pudiese hacer una ofrenda y oblación tan perfecta y agradable a Dios.

No quiero ahora detenerme en hablar de las bendiciones que recibió en su concepción y en su nacimiento, sino solamente de lo que toca a esta fiesta, que sólo se trata de la ofrenda que hizo de sí misma a Dios en el Templo en la edad de tres años, dejando su patria y la casa de su padre en edad tan tierna, para mejor dedicarse y consagrarse enteramente al culto de la Divina Majestad.

Ya he dicho que hablo sólo de la acción y ofrenda que toca a esta fiesta, pues no ignoro que estaba ya del todo dedicada a Dios desde el instante de su concepción y que fue como flor hermosa que exhaló su olor muy temprano.

Hay dos géneros de flores, ambas olorosas, las rosas y los claveles, aunque la suavidad de su olor es diferente, porque las rosas son más olorosas por la mañana y antes que el sol llegue al mediodía, su olor es más suave y mejor; el clavel es al contrario, pues es más oloroso por la tarde y su olor, cuanto más suave es más agradable. Y así esta Soberana Virgen fue como la rosa hermosísima entre espinas, que aunque siempre y todo el tiempo de su vida exhaló un olor de suavidad grandísima, en la mañana de su infancia despidió como rosa, olores maravillosos delante de la Majestad Divina.

¡Oh, cuán dichosas son las almas, que imitando a esta Soberana Señora, se dedican al cuto de nuestro Señor desde su infancia! iY qué dichosas deben considerarse por haberse retirado del mundo, antes que las conociese éste! Estas son con razón flores hermosas nuevamente abiertas, que nunca han sido tocadas ni marchitas de los ardores de la concupiscencia y estas son las que delante de Dios exhalan un olor de gran suavidad con sus virtudes y buenas costumbres.

Para animar a las almas que no han logrado este favor, he dicho algunas veces, que hay dos clases de infancia: La primera es aquella con que se corresponde pronta y fervorosamente a las secretas inspiraciones de Dios, cuando al primer movimiento y llamamiento de la gracia se dejan con generosidad todas las cosas del mundo para seguir la inspiración y si las almas que esto ejecutan, andan fielmente la vereda que nuestro Señor les señala, no dejarán de tener parte en la fiesta que celebramos hoy, pues que esta Santísima Virgen en su tierna edad y a la primera señal de su inspiración se presentó en el Templo.

Esta fiesta, pues, queridas hermanas mías, debe ser para vosotras una gran solemnidad, pues que en ella venís a ofreceros a Dios con esta Soberana Virgen, o por mejor decir; a renovar la ofrenda que le habéis hecho ya de vosotras mismas; pero me diréis: enseñadnos con qué perfección esta gloriosísima Virgen hizo su oblación, porque siendo sus hijas, deseamos seguirla e imitarla en cuanto fuere posible.

No tenemos otro Evangelio en este día, sino el mismo que se lee en las demás fiestas de nuestra Señora, en donde se refiere, que predicando Cristo nuestro bien al pueblo que le seguía, queriéndole iluminar y alumbrar para que se convirtiese y siguiese su doctrina, hizo muchos y grandes milagros, por lo que los fariseos, llenos de envidia, empezaron a murmurar y a calumniarle, diciendo que ni en su nombre, ni en su poder obraba aquellas cosas, sino con poder del Príncipe de las tinieblas Belcebú.

Más entre estas calumnias, murmuraciones y blasfemias se levantó una mujer, que los Padres antiguos dicen era Santa Marcela, y toda atónita por las maravillas que obraba este Divino Señor, exclamó diciendo: Bienaventurado el vientre que te ha traído y los pechos que te alimentaron. A lo cual respondió nuestro Señor: Bienaventurados son aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan.

Aunque me acuerdo haberos hablado en otra ocasión sobre este Evangelio, tiene tanta doctrina y es tan fecundo que, aunque se diga de él mucho, aún queda mucha doctrina que decir para nuestra enseñanza. Bienaventurado, dijo aquella mujer, es el vientre que te ha traído y los pechos que te alimentaron.

Y le respondió nuestro Señor, y dijo: ¡Verdad es, oh mujer! lo que tú dices, que el vientre que me ha traído es bienaventurado y los pechos que me han alimentado son así mismo bienaventurados. Porque ¿qué mayor dicha, queridas hermanas mías, podía tener una mujer, que el haber traído en su vientre a aquél que era igual al Padre Eterno y a quien no se puede comprender? Y ¿cuánta honra os parece recibiría esta Señora por haber dado su sangre más pura para formar aquella Sacratísima Humanidad de nuestro Salvador y dueño?

Y así digo, que es verdad jOh mujer! lo que tú dices, pues no sólo el vientre, sino los pechos que le alimentaron, son bienaventurados, porque alimentaron al que alimenta y sustenta todas las criaturas. Y si aquel grande limosnero Abrahán fue tenido por bienaventurado, porque hospedando a los peregrinos, tuvo en una ocasión la dicha de hospedar en ella a este Rey y Señor y comer con Él y lavarle los pies: ¿cuánto más dichoso debemos decir que es el vientre de nuestra Señora que hospedó en su casa, no un día solo, como Abrahán, sino nueve meses enteros a este Rey Divino, Peregrino en la tierra? ¿Y por qué no han de aclamarse bien-aventurados los pechos que le alimentaron, no con pan, sino con su propia sangre, néctar y propia sustancia?

Y si antiguamente se daba tanta veneración al Arca en que se guardaba el Maná, la Vara de Aarón y las Tablas de la Ley, ¿cuánta más veneración se le debe a esta Arca viviente, nuestra Reina y Señora? Porque ¿qué otra cosa nos representa el Maná, sino la Divinidad del Hijo de Dios, bajada del Cielo para unirse a nuestra naturaleza? y si en aquella Vara milagrosa y aquella Piedra viva se escribieron los Mandamientos de la Ley de Gracia, también se grabaron en su sagrado cuerpo con el buril de los azotes, de los clavos, de las espinas y de la lanza: luego el sagrado vientre de nuestra Señora es sin comparación mucho más digno de veneración que la antigua Arca que no contenía más que la figura.

Cuán dichosa, pues, fue en haber sido elegida para Madre de Dios, porque ninguna otra criatura podrá merecer tal título, pues no le mereció sino esta Virgen sola; y así como nuestro Señor, en cuanto Dios, no tiene más de un padre sin madre, así se decretó, que en cuanto Hombre no tuviese más de una madre, su padre: y como no tiene más de un Padre en el Cielo, no debe de tener más de una madre en la tierra.

Pasemos ahora a otra explicación más particular de la respuesta que dio nuestro Señor a aquella mujer. Tú dices (le respondió este Divino Salvador) que mi Madre es bienaventurada por haberme traído en sus entrañas y haberme alimentado con sus pechos; pero yo te digo, mereció también ser dichosa porque escuchó la palabra de Dios y la guardó. Y pues todos los cristianos pueden participar de aquella Bienaventuranza, veamos como esta Virgen Soberana oyó la palabra de Dios y la guardó para imitarla. Y dejando ahora otras cosas, diré sólo de su vocación.

¡Oh Dios mío y qué fiel estuvo en esto! Nuestro Señor le dijo al oído o al interior del corazón, estas palabras del salmista: Escucha, hija mira, estate atenta olvida a tu pueblo y a la casa de tu padre, y el Rey Eterno apreciará tu hermosura. Pero reparad en estas palabras: Escucha, hija, como si la dijera: para oír bien, es necesario escuchar; es necesario abatirse y humillarse para entender y ejecutar lo que es de la voluntad de Dios: olvida tu patria y retírate de la casa de tu padre y el Rey apreciará tu hermosura como si dijera: no te contentes solo con escuchar la palabra o la inspiración y abatirte para oírla mejor, sino que has de retirar tu corazón y tus afectos de tu patria y de tus parientes y así querré tu hermosura.

Con esta inspiración santa llama Dios muchas veces al corazón de muchas criaturas; y no hay duda que muchos entienden y oyen esta palabra de vocación; pero sin salir de su patria ni ir adonde Dios los llama porque hacen antes muchos exámenes y consideraciones, para saber si la inspiración es verdadera; si viene de Dios y si  se ejecutará, o no.

Estos exámenes y consideraciones detienen el alma y no camina donde Dios la Ilama.

No digo esto para impedir ni reprobar Ias consideraciones que se deben hacer legítimamente hacer para conocer mejor la inspiración. Pero conviene  no detenerse  para salir e ir a la tierra que Dios nos señala y no escuchar las razones que el mundo suele dar. No hay que detenerse en oírle porque os ponéis en grandes peligros; y no hay que dormirse, sino estar prontos para obedecer y seguir los llamamientos.

¡Oh Dios mío cuán diligente fue la Virgen, nuestra Señora cuán prontamente se levantó para obedecer la palabra de su vocación! No fue menester hacer muchos exámenes, porque tenía la gracia de distinguir y así sin tardanza alguna fue donde Dios la conducía; y el Rey del cielo, viendo esta prontitud y su hermosura, la escogió, no sólo por esposa suya, sino también para su madre. Bienaventurados; pues; son los que escuchan  la palabra de Dios y la observan, como dice el Evangelio, pero porque son muchos los llamados y los que oyen la inspiración, para que mejor lo entendáis me explicaré con este ejemplo.

Contemplad la Iglesia como corte de algún gran Príncipe, que está en su palacio cercado de muchos señores y caballeros, y que están todos llamados a la corte y gozan generalmente de la gracia del príncipe; pero con alguna distinción, porque mira a algunos y favorece más particularmente, a  otros: se ríe con el uno habla con el otro, da dignidades a los unos: acaricia y favorece a los otros y todos estiman y aprecian sus favores, pero entre aquellos se hallan siempre algunos a quienes favorece mucho más el Príncipe que a los demás, porque explica con ellos más su amor y estos son aquellos a quienes da entrada en su gabinete para entretenerse familiarmente con ellos y descubrirles y comunicar sus secretos.

Todos los cristianos son estos caballeros y señores, que están en corte del supremo Príncipe, nuestros Señor, que no es otra cosa sino la Iglesia y este Señor como su Rey, los mira y favorece a todos, aunque con alguna diferencia; porque aunque generalmente reparte sus favores a todos, tiene algunos a quienes reparte más especialmente favores particulares, y éstos son los religiosos, a los cuales recoge en su retiro, esto es, en la religión, para entretenerse con ellos familiarmente, revelándoles y comunicándoles sus secretos y hablándoles al corazón.

Pero entre todos los que merecieron este especial favor, nuestra Señora fue particularmente privilegiada, habiéndole descubierto Dios especiales secretos y más profundos misterios que a ninguna otra criatura, por lo que podéis inferir cuán bienaventurada fue en haber oído y ejecutado la palabra divina, y cuán dichosas seréis vosotras, queridas hermanas mías, si la imitáis siguiendo prontamente las inspiraciones en que Dios os manifiesta su santísima voluntad.

La Escritura Sagrada dice, que todas las cosas son y subsisten con la palabra de Dios, y esta palabra divina es la que quiere es la que quiere que garbemos en nuestras almas, prometiendo para esto a los hijos de la Iglesia, quiero decir, a los verdaderos cristianos, quitarles el corazón de piedra que tienen y darles otro de carne, capaz de que se imprima en él aquella palabra divina, que Él mismo grabará con el buril de la caridad.

Y supuesto esto, que todos los cristianos deben escuchar y guardar la palabra de Dios y corresponder a sus inspiraciones y hacer su voluntad ¿cuál será la causa de que haya tan pocos que la oigan y guarden como se debe y menos, que sigan las inspiraciones que su bondad divina les da para alcanzar la perfección?

No ignoro, que es necesario que haya muchos en el mundo que usen de las riquezas, honras y dignidades que la ley de Dios les permite poseer, pero no abusar de ellas; y que como estos arreglen sus afectos y la posesión de todas cosas a los mandamientos de Dios no dejarán de ser bienaventurados y llegarán de la felicidad eterna.      Pero hay muchas personas que quieren darse a Dios y reservar para el mundo alguna cosa. Quiero darme a Dios; dicen ellas; pero no tan cabalmente, que el mundo no tenga alguna parte: daré a Dios lo que se debe a su Majestad y reservaré lo que se debe al mundo, sin hacer cosa en esto que ofenda a su Divina Majestad, ni que sea contrario a su Santa Ley: estos oyen la inspiración; pero no corresponden a ella de to­do su corazón; aunque se salven no llegarán nunca al grado supremo de la perfección.

Otros hay que quieren seguir la inspiración y voluntad de Dios y quieren ser del todo suyos; pero no totalmente.

Reparad en esta palabra, porque hay mucha diferencia de ser todo de Dios y totalmente suyo: a lo menos quieren por su voluntad escoger los ejercicios espirituales y dicen que para servir mejor a Dios.

¡Oh y en qué peligro se ponen estos de ser engañados, gobernándose según su antojo! Porque no desean éstos humillarse, sino que deciden el modo de vivir, según su capricho.

¡Ay de mí! ¿No conocéis, que no sois totalmente de Dios, haciendo esto, aunque digáis que lo hacéis por Dios?

Nuestra Señora la Virgen Santí­sima no lo hizo así, sino que se dio totalmente a Dios en el día de su Presentación,  sin distinción alguna y  nunca se valió de su voluntad ni de su elección.

¡Oh Dios mío! ¡Qué dulzura y suavidad comunica al corazón la consideración de la vida de esta soberana Señora, siempre que se meditan los grandes y raros ejemplos de virtud que nos dejó!

¡Oh Dios mío! Yo digo, que si quisiese tener dulzura y aún comunicarla al corazón del prójimo, se ha de tomar en consideración de la vida de esta soberana Virgen, la cual, queridas hermanas mías, ha de estar siempre delante de vuestros ojos, para ejemplar y forma de la vuestra, componiendo siempre todas vuestras acciones y afectos, según el perfecto modelo de las suyas, porque sois sus hijas y por eso la debéis seguir, imitar y serviros de ella, como de un espejo, en cual os debéis siempre   mirar y remirar; y aunque la dulzura que recibís con mirar y considerar sus virtudes, caiga en vaso de barro, no por eso perderá la gran suavidad que en sí contiene; pues aunque el bálsamo se eche en vaso de barro, queda en sí tan suavísimo en una redoma cristalina.

Mirad, que esta gloriosísima Señora nos dejó maravillosos ejemplos de obediencia para la voluntad de Dios en todo el discurso de su vida, en su casamiento con San José y en su huida a Egipto.

¿A dónde vais, gloriosísima Virgen, con este tiernísimo Infante? Me voy a Egipto, dirá su Majestad. Pero ¿quién os obliga a ello? La voluntad de Dios. ¿ha de ser para mucho tiempo? Todo el que Dios quisiere. ¿Y cuándo habéis de volver? Cuando lo ordene su Majestad.

¿Y cuando volváis no estaréis más alegre que ahora que os vais? No por cierto. ¿Y por qué? Porque hago en todo, sólo lo que fuere la voluntad de mi Dios, yendo y quedándome, como volviendo, Señora, ¿no iréis a vuestra patria? ¡Oh, Dios mío! respondería, no tengo más patria que cumplir la voluntad de mi Dios en todas las cosas.

¡Oh ejemplo admirable de obediencia! Ya que tengo ocasión de hablaros de esta virtud de la obediencia, os referiré dos condiciones de ella que son fundamentales, las cuales contaré brevemente.

La primera es, que para obedecer perfectamente se ha de amar a Dios, que lo manda.

La segunda es, que se ha de amar la cosa que está mandada; y todas las faltas que tenemos en la obediencia, proceden de ordinario de la falta de estas dos condiciones.

Muchos aman a Dios, que es el que manda; pero no aman la cosa mandada: Otros aman la cosa manada y no aman a Dios que la manda.

Hay un predicador, con nombre de grande, que anuncia la palabra de Dios, todos le van a oír ¿Y por qué? Es porque habla bien, lo presenta de maravilla. Hay otro que predica la misma palabra y nadie va a oírle: este predicador, dicen, no tiene gracia: su retórica no me gusta. ¿De qué procede esto? No será por no tener bastante elocuencia para explicarse y lisonjear vuestros oídos? ¡Ay de mí! ¡Que ceguera!  ¿No es una siempre la palabra y voluntad de Dios, lo que os anuncia? ¿Si amáis esta divinal palabra y a Dios, que os la envía y que manda se haga su voluntad, por qué no la recibís igualmente de éste como del otro?

Si un Rey o algún Príncipe grande os enviase unas cartas con uno de sus pajes, ¿repararíais, para que estas cartas os agradasen de qué color estaba vestido aquel paje? No, por cierto, sino que las recibiríais y las pondríais sobre vuestra cabeza en señal de reve­rencia, sin reparar en la librea de aquel que las había traído: ¿por qué, pues, no escucháis, y no recibís aquella divina palabra de los unos, como de los otros, supuesto que siempre se os anuncia de parte de Dios?

Aman muchos la cosa mandada y no aman a Dios, que la manda: se ordenar a una persona que vaya a hacer oración, o a otro tal ejercicio que le gusta: iOh Dios mío!  Irá de buena gana. ¿Y por qué? Porque Io ama, por causa de alguna suavidad y consuelo que re­ciben en ella; y ¿quién causa esto sino el amor propio?

Lo experimentaréis así, porque si la apartáis de ella, y la ocupáis en otra cosa que no ama, veréis que no la hará sin dar muestra de su desconsuelo. Con que ésta no ama a Dios que manda, sino a la cosa mandada, que si le  amara, estaría tan contenta  haciendo una cosa u otra, porque en todo encontraría igualmente su divina voluntad.

Otros aman a Dios que lo manda y no aman la cosa mandada, y dicen: Muy bien, se dirá, que lo que está mandado es su voluntad; pero es una cosa a la que tengo tanta repugnancia y dificultad, que no me puede agradar; y aun cuando yo quisiera amarla, aquel que lo manda de parte de Dios tiene tan mal modo y tal frialdad que esto es motivo de no hallarse suavidad alguna en la cosa mandada.

Verdaderamente que aquí está la causa de todos nuestros males, cuando nuestros superiores y los que nos mandan son de nuestro agrado y según nuestras inclinaciones, no hallamos dificultad en lo que nos mandan; pero si no son tales, las cosas más pequeñas que ordenaren, repugnan a nuestras inclinaciones.

No, es esto, no, considerar que Dios es el que nos envía el mandato, sino que para admitirle reparamos si el lo trae está vestido de verde o de pardo; quiero decir, que reparamos en su presencia de modo.

¡Oh Dios mío! Esto no se debe hacer, sino que se ha de admitir la obediencia de cualquiera que mandase, sin excepción ninguna, como  voluntad de Dios, amando no sólo a Dios que manda; sino aun a la cosa mandada, recibiendo el mandato del Superior y poniéndole sobre nuestra cabeza: es a saber, en lo profundo de nuestro corazón: quiero decir, en lo interior de nuestra voluntad para agradarle y ejecutarlo con fidelidad.

Si lo hacéis así, queridas hijas mías, imitaréis a la Virgen Santísima, nuestra Señora y con su ejemplo os entregaréis totalmente a Dios; y haciendo vuestras renovaciones tomareis nuevas fuerzas y vigor  para el culto de su de su Divina Majestad: hacedlo, pues, fielmente porque mientras vivimos, tenemos necesidad de renovarnos.

Todos los Santos tuvieron gran cuidado de hacer esta renovación, y aun se practicaba en la ley antigua, porque nuestra naturaleza está tan debilitada de por sí, que con gran facilidad se resfría y llega a desmerecer de sus buenas resoluciones.

Aun la misma tierra se cansa y no siempre produce sus frutos y parece que descansa en el invierno; pero cuando vuelve la primavera se renueva y nos alegramos de ver que habiendo tomado nuevos alientos, nos ofrece libremente sus frutos.

De este modo, queridas hijas mías, para reparar vuestros defectos y tomar nuevas fuerzas llegáis hoy a renovaros como nuestra Señora y Soberana Reina os enseña en su santa presentación, porque aunque no tuvo necesidad de renovarse, como no pecó, no podía desmerecer de la resolución que tenía tomada de ser en todo de Dios: sin embargo, la Providencia Divina permitió para nuestra enseñanza, que confirmase en este día el sacrificio y la ofrenda que le tenía hecha ya de sí misma desde su santísima concepción.

Hacedlo, pues, a su imitación con gran fervor de espíritu, humildad profunda y ardiente caridad. Derramad suspiros y congojas enamoradas a nuestro Soberano Salvador, y acompañad a esta gloriosísima Virgen en su santa presentación; poned vuestros corazones, vuestra alma y todo vuestro ser en sus manos y os presentará a la Santísima Trinidad y os alcanzará mil bendiciones en esta vida, que os facilitarán para alcanzar la gloria eterna en la otra a donde nos lleven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.


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