Entrada en la Vida de Santa Juana F. de Chantal

SANTAMADRE ASanta Juana Francisca de Chantal terminó su peregrinación por la tierra el 13 de diciembre de 1641. Su gran biógrafa, la Madre de Chaugy, nos ha dejado un relato sobrio y luminoso de lo que fue, en realidad, su muerte: un suave paso de la vida a la Vida, del tiempo a la Eternidad.

Toda la existencia en la tierra de la Madre de Chantal se recapitula en estos cuatro últimos días y se completa sin terminarse. La presencia de esta mujer que muere se prolonga en lo invisible. Leamos este incomparable testimonio.

“En fin, nada es permanente bajo el Sol, y las más hermosas vidas encuentran su término cuando menos se espera. Nuestra digna Madre, que acababa de hacer una carrera por París, don­de había aparecido como un sol en santidad, apenas hubo lle­gado a Moulins, cuando tuvo indicios de que se encontraba en su ocaso y que tenía que acostarse en el lecho de la muerte, la cual, no por ser impensada, fue imprevista. Hacía más de cua­renta años que la esperaba a pie firme por una esmerada prác­tica de todas las virtudes; pero quiso aún disponerse mejor por medio de serias prácticas. Con este objeto, al sentir que La muerte se acercaba, el sábado 7 de diciembre, víspera de la Inmaculada Concepción, aunque se encontraba muy cansada y agobiada, se puso de rodillas en el refectorio, durante la cola­ción de las Hermanas, y con los brazos en cruz, a imitación del fogoso Apóstol de las Indias, repitió por dos veces estas pala­bras: O Mater Dei! Memento mei (Oh,Madre de Dios, acuérdate de mí); después añadió: “¡Oh Santísima Madre de Dios! Por vuestra Inmaculada Concepción, acordaos de asistirme siempre, pero especialmente a la hora de mi muerte.” Dedicó una parte de la recreación de la noche a hablar, según su costumbre, de cosas santas y útiles, con la Du­quesa de Montmorency.

A eso de las nueve de la noche se dispuso a atravesar un gran patio para ir desde su cuarto a la enfermería a consolar a una Hermana enferma, que temía mucho la muerte; pero, como no se lo quisieran permitir, envió allí a la Superiora, con palabras de confianza en Dios, y después, lanzando un profunda suspiro: “¡Ay! —dijo—. ¡Cuántos cuidados tendremos a la hora de la muerte, y yo la primera!” Al día siguiente se levantó, como de ordinario, una de las primeras de la casa, como la más ardiente en demanda del Esposo, a quien el alma busca en la santa oración. Cuando hubo empezado la suya, el frío de la fiebre la sobrecogió; no dejó, por eso, de continuar su oración; y después de Prima fue a ver a la Hermana enferma en la En­fermería, y le habló cuanto ésta quiso, aunque el frío de la fie­bre iba aunientando. Quisieron que se acostara, o que al menos comulgara antes de la Comunidad, para evitar la espera y el frío:

—No, no —dijo afablemente—; no necesito más que que­darme aquí, cerca de Dios, en recogimiento y con mi librito en la mano. (Este era un compendio que había hecho de las prin­cipales instrucciones que nuestro Bienaventurado Padre le había dado para su dirección interior.) ¡Ay! -dijo aún—. Dejadme tener el contento de comulgar con la Comunidad; este día es para mí muy señalado, pues hoy hace treinta y un años cumplidos que, por mandato de nuestro Bienaventurado Padre, comulgo todos los días, indigna, como soy, de esta gracia.

Fue, pues, al sagrado banquete con la Comunidad; pero, ape­nas terminada la misa, hubo que meterla en cama. El médico de la señora Duquesa de Montmorency fue llamado inmediata­mente, y juzgó que no era más que la fiebre del resfriado; pero a las cuatro de la tarde cambió de opinión, y aseguró que se trataba de una fiebre peligrosa, con inflamación de los pul­mones.

Sería dar aquí lugar a superfluidades, que queremos evitar a toda costa, si dijéramos que no se escatimó nada para aliviar a esta inestimable enferma, y que se le aplicaron todos los re­medios que se pudieran ocurrir, puesto que hasta la digna señora De Montmorency ofreció a Dios su vida para salvar la de la enferma. La excelente Madre De Musy, que era entonces Su­periora, fue a hacer idéntico ofrecimiento de la suya y de la de todas sus hijas, con su consentimiento; mas Dios, el dueño soberano, quiere lo que quiere y a Él sólo le pertenece querer. Se expuso el Santísimo Sacramento para las Cuarenta Horas en nuestra iglesia. Todas las casas religiosas de Moulins se pusie­ron en oración. Se recurrió a hacer numerosas limosnas, votos y misas, que se hacían celebrar en diferentes iglesias; pero Dios quiso que las alas de esta paloma, que se lanzaba hacia las re­giones eternas, tuviesen más fuerza para llevársela al Cielo que todo el esfuerzo que se empleaba para retenerla en la tierra, y su mal, siempre en aumento, la conducía a su verdadero bien. El martes, por la mañana, dijo a nuestra querida Hermana Juana Teresa, que la asistía y acompañaba, que fuera a comulgar y a hacer buenos actos de resignación a la voluntad de Dios, sig­nificándole con esto que era preciso separarse.

A la una de la madrugada del cuarto día, como la opresión aumentase, el médico juzgó que ya no había esperanza, y dis­puso que se le diera el Santo Viático.

La señora de Montmorency, que casi no se movía, ni de día ni de noche, del cuarto de esta digna Madre, deshecha en lágrimas, le suplicó que se aplicara las reliquias de nuestro Bien­aventurado Padre. Ella le respondió:

—Señora, lo haré gustosa, puesto que lo queréis; pero, si no fuera por el afecto que os profeso, tendría en ello alguna repugnancia.

Condescendiendo, pues, tornó con gran reverencia aquellas santas reliquias, por cuya aplicación había curado a tantas otras; enfermas, y dijo en alta voz, con las manos juntas:

—Dios mío, si es vuestra voluntad y vuestra mayor gloria, para consuelo de mi querida señora, dadme la salud por inter­cesión de nuestro Bienaventurado Padre.

Después dijo:

—No creo que quiera curarme.

Mas, advirtiendo que estas palabras entristecían mucho a todas las que se hallaban presentes, añadió:

—Hay que esperar en lo posible que nuestro Bienaventu­rado Padre hará alguna cosa en favor de mi querida señora.

Demostrando bien con esto su perfecta indiferencia a morir o a vivir. Hacia, las cuatro de esa misma madrugada hizo una revista de su conciencia, y se confesó con el R. P. De Lingen­des, Rector de la Compañía de Jesús, que la asistió en su último trance; ordenándolo así Dios para hacerla más conforme a nues­tro Bienaventurado Padre, que estuvo también asistido, a la hora de la muerte, por un Padre de esta misma Compañía.

Después de esta revisión de su conciencia, hizo llamar a nuestro señor Confesor, que la acompañaba en su viaje, y a nuestra querida Hermana que había llevado de compañera, para hablarles por última vez, encargándoles que escribieran de su parte su despedida a esta Comunidad de Annecy, y que nos conjuraba a vivir en grande unión y recíproco amor, conservando la sin­ceridad y sencillez del espíritu del Instituto; que, sobre todo, se guardaran mucho de ambicionar los cargos; que Dios debía bas­tar para todo.

Esta digna Madre, que tanto había amado siempre el buen orden de la casa de Dios, no quiso que se le llevara el Santísimo Sacramento ante que se levantara la Comunidad. Al oír el despertador, se dispuso a recibir ese Pan de vida por medio de actos de sincera humildad, pidiendo perdón a la Comunidad por haberla —decía— desedificado, y que no tenía más pena que la de no haber observado bien sus Reglas. Estando presente el Santísimo Sacramento, le dirigieron algunas palabras, según or­dena la Santa Iglesia, tocantes a la fe en este augusto Sacra­mento; entonces, haciendo un sagrado esfuerzo, la ardiente llama de su amor, a pesar de la opresión que tenía en el pecho y de la debilidad a que la había reducido una continua y abrasadora fie­bre, levantó su voz y, con palabra viva y potente, dijo:

—Creo firmemente que Jesucristo está en el San­tísimo Sacramento del Altar; siempre lo he creído y confesado, y ahí le adoro y reconozco por mi Dios, mi Criador, mi Salva­dor y Redentor, que me ha rescatado con su preciosísima San­gre; yo daría de buen corazón mi vida por esta creencia; pero no soy digna; confieso que no espero mi salvación lino únicamente de su misericordia.

Después de la santísima Comunión, dijo con gran fervor:

—Padre mío, mientras tengo el juicio sano, es pido con todo mi corazón los Santos Óleos, suplicándoos me los deis cuando sea tiempo.

Aquel mismo día dedicó una parte de la mañana a conferenciar con el R. P. De Lingendes sobre el asunto de la carta que deseaba escribir por última vez a toda nuestra Congregación. Este buen Padre admiraba su gran presencia de espíritu y la solidez de su juicio en medio de tan grande fiebre y opresión; le habló mucho de la sumisión que el alma debe tener a la voluntad de Dios, a lo que la enferma asentía dando testimonio de que aquel discurso le agradaba en extremo.

A la caída de la tarde, le suplicaron que aceptara que le llevasen la santísima Comunión inmediatamente después de las doce de la noche, a causa de su debilidad, y que, habiendo comulgado por Viático, no tenía que comulgar en ayunas; contestó que no había que hacer todo aquel trastorno en la noche, puesto que ya había recibido el Santo Viático, y que era indigna de la gracia que tenía de comulgar todos los días. Se privó, pues, humildemente, para someterse a Dios, a su enfermedad y a la tranquilidad de la noche y del silencio monástico, de la Comunión de aquel jueves, que era el quinto día de su enfermedad. El médico la hizo tomar algunos remedios extraordinarios, y, no obstante la violenta agitación que le producía su mal, obedeció su orden de permanecer dos largas horas sin moverse. Durante ese reposo, su mal se agravó, y le preguntaron si no habría que darle los Santos Óleos.

—No, todavía no urge; me encuentro aún bastante fuerte para esperar.

A las dos de la tarde, próximamente, se sentó en su cama, y con rostro sereno, la mirada firme y voz bastante fuerte, que daba alguna esperanza de curación, hizo escribir a todas nuestras casas su despedida y las santas instrucciones de humildad, sencillez, observancia y perfecta unión que nos ha legado corno maternal testamento. Después que pusieron esta carta en limpio y que la hubo firmado, dijo que su conciencia se encontraba en extrema paz y que no tenía nada más que decir. La prontitud de este espíritu vehemente iba debilitando cada vez más la carne flaca de esta digna Madre, que después de ese trabajo se adormeció un poco; después, al despertar, creyendo haber ha­blado en sueños y que la señora de Montmorency estaba, como de costumbre, a la cabecera de su cama, dijo:

—Señora, ¿me habéis oído?

Se le dijo que la Duquesa liabía ido a cenar al refectorio.

—Dejadla —añadió—; es que quería hablar con ella del bre­ve reposo que he tomado en Dios.

Aprovechándose de esta ausencia, habló a nuestras Herma­nas del agradecimiento que debían a Dios por haber llamado entre ellas a esta virtuosa Princesa, a quien debían respetar y amar mucho. Como volviera entonces del refectorio, la enferma le dijo:

—Mi querida señora, he conversado con vos en espíritu; pero mañana, Dios mediante, os diré más.

Pues por la noche se sentía más fatigosa.

Aquella noche, que fue la última de su vida, no pudiendo descansar, se hizo leer el epitafio de San Jerónimo en la muerte de Santa Paula, a lo que prestó maravillosa atención, y repitió varias veces:

—¿Qué somos nosotras?… ¡No somos más que átomos, al lado de esas grandes y santas religiosas!

Se hizo leer también el capítulo de la muerte de nuestro Bienaventurado Padre, para conformarse a él, lo mismo en la muerte que en la vida. La señora de Montmorency se encon­traba a su lado cuando le leían el capítulo del libro noveno del Amor de Dios, en el que nuestro Bienaventurado Padre dice:

Mi madre y yo, pues es todo uno, estamos enfermos; yo debo estar indiferente en la, voluntad de Dios, sea que el mal venza a los remedios, o los remedios al mal.

Miró bondadosamente a esta virtuosa señora, que lloraba copiosamente, y estrechándole la mano con cariño:

—Esto es para vos, señora —le dijo—; añadiendo otras varias palabras para inducirla a una perfecta resignación, confesando que Dios la había unido de tal manera a su corazon, que, no obstante lo mucho que había deseado la muerte, de buen grado hubiera aceptado vivir algún tiempo para servicio y contento de esta gran señora, pues el dolor en que la veía sumida ante la separación la hacía sufrir más que su mismo mal.

El resto de la noche se hizo leer las Confesiones de San Agustín, la muerte de Santa Mónica, y como se encontraran en el pasaje en que San Agustín hace notar que Santa Mónica no se preocupaba de morir fuera de su país, dijo:

—Eso es para nosotras—, manifestando su indiferencia por morir fuera de su Monasterio de profesión.

Hacia las cuatro de la mañana le preguntaron cómo se en­contraba, y respondió:

—La Naturaleza rinde su combate, y el espíritu sufre.

Poco después, para cumplir su promesa, habló en particular con la señora Duquesa, durante hora y media, próximamente; dio su bendición, por obediencia, a todas sus hijas, tanto ausentes como presentes, especialmente para las de esta Comunidad de Annecy. Todo el tiempo de su enfermedad observó con gran rigor el documento de “nada pedir y nada rehusar”, obedecien­do tan exactamente a todo lo que el médico la ordenaba tomar o abstenerse, que él estaba en profunda admiración; de lo cual, dándose ella cuenta, le dijo:

—Señor, nos está mandado obedecer al médico.

El viernes, a eso de las ocho de la mañana, pidió que fuera el R. P. De Lingendes, por quien deseaba ser asistida en su último momento. Conversó con él largamente en particular, ha­ciéndole una narración de toda su vida, y en especial de su estado presente, preguntándole si tenía algo que cambiar para disponerse a la muerte. Le dijo que Dios la había puesto en un estado de reposo, de sencillez y de confianza en su bondad para no querer más que su beneplácito; que nuestro Bienaventurado Padre y alguno de sus venerables Prelados la habían confirmado en este camino. El buen Padre, a su vez, la confirmó en su paz, y ella le declaró lo que contenía la bolsita que llevaba colgada al cuello, suplicándole que se la pusiera en las manos cuando estuviera en la agonía, y que la enterraran con ella. Sintiéndose agotada, suplicó al Padre le diera los San­tos Óleos, los que recibió con tal fervor de espíritu, que, contestó ella misma a todas las oraciones; terminado el acto, puesto el Padre de rodillas delante de la cama, le suplicó que diera su bendición a él y a todas sus hijas, para todas las de su Insti­tuto. Ella se excusó humildemente, rogándole que más bien él la bendijera, lo que se vio precisado a hacer; pero también, por virtud de la obedíencia, forzó la humildad de la enferma, y ella, con las manos juntas y los ojos levantados al cielo, dijo:

—Mis queridas hijas, he aquí, pues, la última vez que voy a hablaros, puesto que tal es la voluntad de Dios: os recomien­do con todo mi corazón que rindáis gran respeto y obediencia a vuestras Superioras, mirando a Nuestro Señor en ellas; vivid perfectamente unidas unas con otras, pero con la verdadera unión de corazones —repitiendo muchas veces estas palabras: pero con la unión de corazones—. Vivid en una gran sencillez y conservad la integridad de la perfecta observancia; por este medio atraeréis sobre vosotras las bendiciones de la misericor­dia divina, que yo le suplico se digne derramar sobre todas las hijas de la Visitación.

Después de haber dado su bendición, dijo todavía a la Co­munidad:

—Hijas mías, no hagáis ningún caso de las cosas de esta vida, que pasa; pensad a menudo que os encontraréis algún día en el mismo estado en que me veis al presente; que habrá que dar cuenta a Dios de todos vuestros pensamientos, palabras y obras. No hagáis aprecio más que de lo que puede servir a vuestra salvación y perfección.

El reverendo Padre Rector, que veía a nuestras queridas Hermanas todas deshechas en lágrimas, se sintió conmovido a su vez, ante una acción tan generosa, por una parte, y tan dolo­rosa por la otra, y temiendo que la enferma se debilitara dema­siado si continuaba hablando con tanta vehemencia, dijo a las Hermanas que se retiraran.

—Ya es tiempo, pues, de separarse, hijas mías —dijo ella—, y -de darse el último adiós.

Todas, una a una, se acercaron a ella para besarle la mano, y las iba mirando con ojos verdaderamente maternales, diciendo a cada una al oído una palabrita para su perfección. Después que ­hubo hablado a todas las Hermanas, el Reverendo Padre Rector le suplicó le dijera algo para su propio provecho; ella le respondió con gran humildad, haciéndole presente la gratitud que tenía, en general y en particular, a la santa Compañía, y sobre todo a él, por el trabajo que se tomaba en asistirla en su último día; él se puso de rodillas y le besó con reverencia la rnano, haciendo grande estima de su santidad.

Desde ese momento, la Santa moribunda no habló más que de Dios, no pensó más que en su bondad, y miraba a cada ins­tante la imagen del Crucificado y la de Nuestra Señora de los Dolores, que estaban cerca de ella; de tiempo en tiempo, el Pa­dre Rector le hablaba de alguna cosa santa y decía oraciones, a las que ella contestaba siempre con él. Escuchó con admirable atención la lectura de la Pasión de Nuestro Señor, en francés, y la profesión de fe según el Concilio de Trento, al fin de la cual protestó que lo creía tan firmemente, que hubiera querido mo­rir por sostenerlo; de vez en cuando decía: Maria, Mater gra­tiae, etc. (1). Pidió al Padre que le hiciera la recomendación del alma, y cuando llegó a las oraciones le anunció que las repetiría varias veces; lo que fue verdad, pues su agonía fue larga; y una vez, como el Padre dijera esas oraciones en francés, ex­clamó:

—¡Oh, Jesús, qué hermosas son estas oraciones!

Demostró deseos de quedarse un poco sola y en silencio, pero casi en el acto hizo que el Padre volviera, y le dijo:

—¡Oh, Padre mío! ¡Qué terribles son los juicios de Dios!

El Padre le preguntó si eso le daba pena:

—No —dijo—; pero os aseguro que los juicios de Dios son bien terribles…

Habiendo ido el médico a verla, le agradeció muy cordial­mente todos sus cuidados, diciéndole que ya no necesitaba más que de sus oraciones. Quiso hacerle tomar una gelatina excelente; pero ella se excusó, diciendo que era cosa perdida: que aquello no servía ya de nada; y preguntó el parecer de] Padre Rector, que respondió que había que prolongar su vida para emplear todos los momentos de ella en glorificar a Dios; desde entonces continuó tomando, sin decir palabra, todo cuanto qui­sieron. Le dijo, además, que, así como Dios había inspirado en nosotros el espíritu de su vida, así también venía en nuestra muerte a llevarse a Sí el espíritu y el alma que había infundido en nosotros,

Esto la hizo estremecerse de gozo:

—¡Ah! —dijo—. ¡Qué dulce es este pensamiento!

Él le preguntó si no esperaba que nuestro Santo Padre, con nuestras Madres y Hermanas fallecidas, vendrían a su encuentro:

—Sí, confío en ello, porque así me lo ha prometido.

Renovó solemnemente sus votos, según el formulario de nuestras profesiones; después de lo cual se vio su rostro todo encendido, y su cuerpo presa de diversas agitaciones.

El Reverendo Padre le preguntó si quería que le llevaran una mitra de nuestro Bienaventurado Padre que se conserva en nuestra casa de Moulins como una preciosa reliquia:

—No —dijo—, si es para mi salud o para mi alivio.

Pero el Padre le replicó:

—Es con objeto de que la voluntad de Dios se cumpla en vos.

LÁMPARA2Entonces la besó con reverencia, y también una imagen de Nuestra Señora de Monteagudo. Desde ese momento cesaron sus inquietudes, y su fiebre aumentó violentamente. Se llamó otra vez a la Comunidad para volverle a hacer aún la recomenda­ción del alma; tomó en la mano derecha el Crucifijo, y en la izquierda el cirio bendito, para ir así engalanada al encuentro de su Amado.

El P. De Lingendes le dijo “que aquellos grandes dolores que sufría eran los clamores que precedían a la venida del Esposo; que ya venía, que se aproximaba y que si no quería ella salirle al encuentro.

—Sí, Padre mío —dijo con claridad—; ya me voy. ¡Jesús, Jesús, Jesús!

Crucifijo de Santa Juana Francisca de Chantal

Crucifijo de Santa Juana Francisca de Chantal

Con estas tres palabras de vida, con estos tres dulces y amorosos suspiros, acabó de morir para comenzar a vivir y aparecer en la verdadera vida, con Jesús en la gloria. Expiró al tiempo que el Padre Rector pronunciaba estas palabras: Subvenite, sancti, etcétera, el 13 de diciembre de 1641, entre las seis y las siete de la tarde, a la edad de cerca de setenta años, de los cuales había pasado nueve viviendo santamente en estado de viudez, y trein­ta y uno en el estado monástico, en el que ha fallecido, según su deseo, en la condición de simple súbdita, sin cargo y ocupando el último lugar. De lo cual, según las palabras de Jesucristo, deducimos que es grande en el reino de los cielos.



 


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