Es Navidad…

nav-araceli“El Verbo creó a María y nació de ella, como la abeja hace a la miel y la miel a la abeja, sin que nunca se haya visto abeja sin miel ni miel sin abeja”.

Son frases de un sermón, quizá el último, que pronunció San Francisco de Sales en la noche de Navidad de 1622, cuatro días antes de nacer él mismo a la eternidad. A ese sermón pertenecen los párrafos siguientes:

“Celebramos hoy, pues, el nacimiento del Salvador en la tierra; pero antes de hablar de ello digamos algo del nacimiento divino y eterno del Verbo. Desde toda la eternidad, el Padre engendró a su Hijo, semejante a él y coeterno con él; pues nunca tuvo principio, siendo igual en todo al Padre. El Hijo nació del Padre, de su seno, de su propia sustancia, como los rayos solares nacen del sol, porque sol y rayos son la misma cosa. Nos vemos obligados a emplear unas palabras y a servirnos de ellas porque no tenemos otras. Si fuéramos ángeles; hablaríamos de Dios con un estilo muy diferente y de manera mucho más excelente; pero, ¡ay!, no somos sino un poco de polvo y unos niños que no sabemos hablar. El Hijo, pues, fue engendrado del Padre, procede del Padre, sin ocupar otro sitio que este. Nació en el cielo, sin madre, del Padre Eterno, que aun siendo el origen de la Santísi­ma, Trinidad, permanece virgen sobre todas las vírgenes. En la tierra nació de una Madre, Nuestra Señora, sin padre. Diremos unas palabras sobre estos dos nacimientos, de los cuales tene­mos pruebas ciertas, como veremos enseguida.

El Evangelio nos asegura que el Verbo divino se encarnó en las entrañas de la Santísima Virgen tras las palabras del ángel, el cual anunció que el Espíritu Santo descendería sobre ella y la cubriría con su sombra (Lc 1,35). No se puede decir, sin embargo, que en Jesucristo haya dos personas, pues al unirse la divinidad con nuestra humanidad fue perfectísimamente Dios y hombre en el mismo instante de su concepción, sin separación alguna.

Pongamos algunos ejemplos. Los naturalistas dicen que la miel se hace de cierta goma que mana del cielo y se viene a unir o a mezclar con la flor, que, por otra parte, extrae la sustancia de la tierra, y las dos sustancias al mezclarse no forman más que una sola miel. Así, en Nuestro Señor y Maestro, la divinidad ha como unido nuestra naturaleza a la suya y Dios nos hizo partí­cipes de su divinidad (1 Pe 1,4) al ser hombre como nosotros (Flp 2,7; Heb 4,15).

Hay gran diferencia entre la miel de tomillo, que es muy sabrosa, y la de acónito y otras flores; cuando se prueba, se co­noce enseguida la del tomillo, porque es dulce y fuerte al mismo tiempo, mientras que la otra causa la muerte. Lo mismo ocurre con la humanidad sagrada de Nuestro Señor, pues por salir de la tierra virginal de María es muy diferente de la nuestra, que está manchada de corrupción y de pecado. En efecto, así como el Padre Eterno quiso que su único Hijo fuera cabeza y Señor ab­soluto de todas las criaturas (Col 1,15-18), quiso igualmente que la Santísima Virgen fuera la más excelente entre todas, puesto que él la había escogido antes de todos los siglos para Madre de su divino Hijo. Y verdaderamente el vientre sagrado de María es una mística colmena, donde el Espíritu Santo amasó ese dulce de miel con la sangre más pura. Además, el Verbo creó a María y nació de ella, como la abeja hace a la miel y la miel a la abeja, sin que nunca se haya visto abeja sin miel ni miel sin abeja.

En el nacimiento de Nuestro Señor hallamos pruebas de su divinidad, y pruebas muy evidentes: los ángeles bajan del cielo para anunciar a los pastores que un Salvador les ha nacido (Lc 2,8-14); y los Reyes Magos vienen a adorarle (Mt 2,1-11). Todo eso muestra que es más que hombre, como los vagidos que exhala en el pesebre temblando de frío nos lo representan como a hombre verdadero.

Consideremos la bondad del Padre Eterno; de haberlo que­rido, habría creado la humanidad de su Hijo como creó a nues­tros primeros padres, o bien dándole la naturaleza de los ángeles, pues estaba en su poder. Pero, si ello hubiera sido así, Nuestro Señor no tendría nuestra naturaleza y nosotros no tendríamos ninguna alianza con él. Su bondad le llevó hasta hacerse nuestro hermano, a fi n de darnos ejemplo (Rm 8,29) y hacernos por este medio partícipes de su gloria; por eso quiso ser de la semilla de Abrahán, a la que pertenecía la Sacratísima Virgen, de la cual ella misma cantó: Abraham y su descendencia (Heb 2,11-17).

Os dejo a los pies de esta bienaventurada parturienta a fin de que, como industriosas abejas, recojáis la miel y la leche que destilan de tan adorables misterios y de sus castísimos pechos, y mientras esperáis a que os explique el resto de mi sermón, si Dios nos otorga esta gracia dándonos tiempo para ello; a él le suplico nos colme de sus bendiciones. Amén.

 

(Oeuvres de Saint François de Sales. Ed. Annecy. Tomo X, 25 de diciembre de 1622)

 


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