Tanto amó Dios al mundo…

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”Jn 3,16

 Estamos esperando la venida, el nacimiento de nuestro querido Salvador y Maestro. Bien; mi plan es daros una pequeña catequesis sobre la Encarnación, ya que esto no es ni una predicación ni una exhortación. Según Sto. Tomás, todos estamos obligados a oír sobre los misterios de la fe y a saber lo que debemos creer; no como los teólogos, para discutir esos misterios; ¡No! No digo eso, sino a la manera que conviene a los simples fieles.

Por tanto, no voy a hablar aquí doctamente sobre el misterio de la Encarnación, sino con sencillez, para que se me pueda comprender mejor. Y para ello dividiré mi discurso en tres puntos:

En el primero veremos quién ha hecho el misterio de la Encarnación.

En el segundo, lo que es la Encarnación.

En el tercero, para qué se ha llevado a cabo la Encarnación.

Ante todo, sabemos que es el Padre quien nos ha dado a su Hijo, pues leemos que “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único.” Sin embargo, no es sólo el Padre el que ha hecho la Encarnación, sino también el Hijo y el Espíritu Santo. Y aunque toda la Santísima Trinidad haya intervenido en este misterio, sin embargo, es solamente la Segunda persona la que se ha encarnado.

Los antiguos doctores nos aportan muchas comparaciones para que lo comprendamos; pero para hacerlo más inteligible, me acomodaré a nuestra manera.

Pensemos en una joven a la que se la da el hábito: la Superiora, la Maestra, la visten, le ponen el hábito, pero no por ello deja ella misma de colaborar. Por tanto, intervienen tres personas en este acto: la Superiora, la Maestra y la joven y sin embargo, una sola queda vestida, la que toma el hábito. Así pasa en la Encarnación: El Padre hace la Encarnación, el Espíritu Santo la hace y lo mismo el Hijo, que es el que se encarna. Ni el Padre ni el Espíritu Santo se encarnan, solamente la persona del Hijo es la que queda revestida de nuestra humanidad.

Así podemos entender cómo las tres Personas de la Santísima Trinidad han colaborado en el misterio de la Encarnación, aunque solamente el Hijo se haya revestido de nuestra naturaleza.

Sermón a las hermanas de la Visitación de Annecy: 24 de diciembre 1620


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