Solemnidad de San José

EN LA FIESTA DE SAN JOSÉ

STJ01046El justo es semejante a la palmera (Sal 91,13). Así nos hace cantar la Iglesia en cada fi esta de un santo confesor; pero como la palmera tiene muchas dotes particulares, siendo la reina de los árboles por su belleza y por la bondad de sus frutos, así es también la variedad de la justicia. Todos los justos son justos, y, sin embargo, los actos particulares de su justicia son diferentes; de esto es símbolo la vestidura de José, la cual, larga, hasta los talones, aparecía recamada de bella variedad de flores (Gén 38,3; 91,42). Todo justo tiene la vestidura de la justicia, larga hasta los pies (Is 61,10; Bar 5,2); es decir, todas las facultades y potencias de su alma están cubiertas de justicia, tanto exterior como in­teriormente, porque ellos son justos tanto en los actos visibles como en los ocultos. Sin embargo, toda túnica está recamada con diversa y bella variedad de flores, y tal variedad no las hace ni menos agradables ni menos preciosas. San Pablo, primer er­mitaño, fue justo con justicia perfecta; sin embargo, nadie du­dará de que no ejercitara la caridad hacia los pobres como aquel san Juan llamado el Limosnero, ni tuvo nunca ocasión de practi­car la munificencia; por esto no poseyó esta virtud en grado tan sublime como muchos otros santos la poseyeron. Tenía todas las virtudes, pero no todas a la misma altura. Unos santos se han distinguido en una virtud; otros, en otra; todos lo son de distinto modo, existiendo tantos géneros distintos de santidad cuanto son los bienaventurados del cielo.

Dicho esto como introducción, empiezo por encontrar en la palmera tres propiedades particulares presentes en ella y no en los demás árboles; propiedades que cuadran bien al santo cuya fi esta hoy celebramos, y a quien la santa Iglesia llama semejante a la palmera. Él no es solo patriarca, sino el modelo de todos los patriarcas; no es simplemente confesor, sino más que confe­sor, porque bajo este nombre se comprenden la dignidad de los obispos, la generosidad de los mártires y las virtudes de todos los santos. Razonablemente, por tanto, san José es parangonado a la palmera, reina de los árboles, que tiene las dotes de la virgi­nidad, de la humildad, de la resistencia y robustez; tres virtudes en las que san José sobresalió excelsamente. Si fuera lícito hacer comparaciones, me atrevería a decir que superó a todos los san­tos en su práctica.

La palmera abarca los sexos masculino y femenino. La pal­mera masculina no da frutos, pero cumple su misión; si la fe­menina no estuviera plantada junto a ella, permanecería estéril y no produciría dátiles; si, por el contrario, está plantada cerca, da bastante fruto. Produce la palmera femenina, pero produce virginalmente, porque no es tocada por la palmera masculina; están cerca y no se unen; aquella da frutos a la sombra y como bajo la mirada de esta, pero con pureza virginal. La masculina no contribuye a la producción con su propia sustancia, pero tiene relación muy importante en el fruto de la femenina, que sin su proximidad permanecería estéril e infecunda.

Habiendo Dios determinado desde toda la eternidad en su providencia divina que una virgen concibiera un Hijo (Is 7,14), Dios y hombre al mismo tiempo, quiso que la Virgen estuviera despo­sada. Pero ¿por qué Dios, preguntan los santos doctores, ordenó dos cosas diferentes, virgen y casada? Responden la mayor parte de los Padres que para evitarle ser calumniada por los judíos, los cuales indudablemente no la habrían dispensado de oprobios, constituyéndose en jueces de su pureza; para conservar esa vir­ginal pureza, la divina Providencia la puso bajo la custodia de un hombre virgen, y la, Virgen dio a luz su dulce fruto de vida bajo la sombra (Cant 2,3) de un casto matrimonio. San José fue así como una palmera que, sin dar fruto, no queda infructuosa, sino que participa en la producción de la planta femenina; no es que hu­biera aportado nada suyo a esta gloriosa producción, pues solo fue la sombra del matrimonio para librar a la Madre de toda eventual calumnia; pero, sin haber contribuido, tuvo su parte importante en la vida del fruto bendito de su divina Esposa, que pertenecía a él y estaba plantada junto a él, como la palmera de que hablamos; y, según el orden de la Providencia divina, no debía ni podía dar fruto sino a su sombra y bajo su mirada; bajo la sombra de un matrimonio legal, que no era como los otros, tanto por la comunicación de bienes externos como por la de los internos. La Virgen recibía de José muchos ánimos y auxilios, mientras que José participaba de todos los bienes espirituales de su querida Esposa, creciendo así maravillosamente en per­fección; esto sucedía por el trato continuo con ella, que poseía todas las virtudes en el grado más excelso que ninguna criatura puede alcanzar. San José era quien se le acercaba más.

Si colocáis un espejo frente al sol, el espejo recibe perfecta­mente los rayos solares; poned otro frente a este; si bien recibe los rayos por reflejo o por reverbero, los reproduce tan al vivo, que no se puede casi distinguir el que recibe inmediatamente los rayos del que los recibe por reflejo. Así la Virgen es como un purísimo espejo expuesto a los rayos del Sol de justicia (Mal 4,2), que aportaban a su alma todas las virtudes en su perfec­ción, y estas se reflejaban tan perfectamente en san José, que parecía que él tuviese las virtudes a la altura misma de la Virgen gloriosísima.

En particular, para seguir con nuestro argumento, ¿en qué grado de virginidad pensamos nosotros que estaba de esa virtud que nos hace semejantes a los ángeles? Si María no fue solamen­te virgen toda pura y blanca, sino también la misma virginidad (como canta la santa Iglesia en el responsorio de maitines: santa e inmaculada), ¿en qué grado debía poseer esta virtud aquel a quien se la confió el Padre Eterno como guarda de su virginidad o, por mejor decir, como compañero, ya que ella no tenía nece­sidad de ser custodiada por nadie? Ambos habían hecho voto de virginidad por toda la vida, y he aquí que Dios les une con el santo vínculo del matrimonio, mas para reforzarlo y ayudarse mutuamente a perseverar en su santo propósito; por esto hicie­ron también voto de vivir virginalmente por toda su vida.

El esposo, en el Cantar de los Cantares, emplea magníficas palabras para describir el pudor, la castidad y el candor inocente de sus amores con su querida Esposa: Nuestra hermana es pequeña y no tiene pechos; ¿qué, haremos cuando tengamos que hablarle? Si es como una torre, alzaremos encima contrafuertes de plata; si es como una puerta, la reforzaremos con tablas de cedro o de madera incorruptible (Cant 8,8-9). Escuchad cómo el Esposo divino habla de la pureza de la Santísima Virgen: Nuestra hermana es pequeñita y aún no tiene pechos, no piensa en el matrimonio; se suele decir: «Esta joven ya es mayor y apta para casarse». Pero la Virgen, como asegura el celestial Esposo, no piensa en el matrimonio, porque no tiene ni pensa­miento ni pechos para ello: ¿cómo haremos cuando tengamos que hablar de ello? El Esposo divino, ¿no le habla siempre que quiere? El día en que debamos hablarle significa el momento en que tengamos que tratar con ella del matrimonio; asunto importante, porque requiere discernimiento y elección para un estado en el que habrá obligación de perseverar toda la vida. Sí es una torre, dice el sagrado Esposo, hagámosle contrafuertes de plata; si, por el contrario, es una puerta, en lugar de forzarla, la reforzaremos con tablas de cedro, madera incorruptible.

La gloriosa Virgen era una torre (Cant 4,4; 7,4), donde el ene­migo no podía entrar ni ponerle ningún otro deseo que el de vivir en perfecta pureza y virginidad.

¿Qué haremos?, porque ella debe casarse; así lo ha dispuesto aquel que la ha movido a permanecer virgen. Si es una torre o una muralla, pongámosle contrafuertes de plata, que, en lugar de abatir la torre, la refuercen. San José, ¿no es acaso una fortaleza colocada junto a la Virgen? Siendo esta su Esposa, vivía sujeta a él, que la cuidaba. San José no fue colocado junto a la Virgen para hacerle romper su voto de virginidad, sino como compañero de esa virginidad, para que la pureza de María más admirable­mente permaneciera en su integridad bajo el velo y la sombra de un santo matrimonio y de la casta unión que reinaba entre ellos. «Si esta Virgen es puerta ―dijo el Eterno Padre―, no quiero que esté franqueada; es necesario reforzarla con madera incorrupti­ble, darle un compañero de su pureza». Este fue san José, el cual debía por ello superar a todos los santos y a los mismos ángeles y querubines en la admirable virtud de la virginidad, que, como hemos dicho ya, le hacía semejante a la palmera.

Pasemos al segundo punto, esto es, a la segunda virtud que yo noto en la palmera, la santa humildad. Aunque la palmera es la reina de las plantas, aparece como la más humilde; lo demuestra escondiendo sus flores en bolsas bajo la forma de vainas y de fundas. Podemos reconocer, considerando esta virtud, la diferencia entre las almas que tienden a la perfección y las otras; en­tre los justos y los que viven según el mundo. Cuando los mun­danos nutren algún buen pensamiento o alguna consideración que les parece digna de estima, o cuando tienen alguna virtud, no sosiegan hasta manifestarlo y hacerlo brillar ante todos los que se encuentran. Corren el mismo peligro que aquellos árbo­les en primavera todo florecidos como los almendros; si, por acaso, la helada los sorprende, pierden las flores y no dan frutos. Tales hombres, tan ligeros en hacer salir sus frutos a la primave­ra de esta vida mortal por un espíritu de orgullo y de ambición, están siempre en peligro de ser sorprendidos por la helada que abrasa los frutos de sus acciones. Los justos, por el contrario, tienen todas las flores encerradas en la guarda de la santa humil­dad, y no las dejan aparecer, si les es posible, hasta que lleguen los grandes calores, cuando Dios, divino Sol de justicia (Mal 3,20), venga a calentar sus corazones en la vida eterna, donde darán por siempre los dulces frutos de la dicha y la inmortalidad. La palmera no enseña sus flores hasta que el ardor vehemente del sol desate las bolsas en que están encerradas, después de lo cual brinda sus frutos. Así hace el alma justa; tiene escondidas sus flores, es decir, sus virtudes, bajo el velo de la santa humildad hasta la muerte; entonces Nuestro Señor le hace mostrar sus virtudes, porque los frutos no tardarán en venir,

Fidelísimo fue en esto el glorioso Santo de que hablamos. ¡En cuanta modestia pasó toda su vida! Debajo de ella ocultó sus grandes virtudes y su dignidad ―¡y qué dignidad!―, la de ser custodio de Nuestro Señor, como también padre adoptivo suyo y esposo de su Madre. Yo pienso que los ángeles, arrebatados de admiración, bajarían en legiones hasta el modesto taller para honrarle y enaltecer esa dignidad cuando trabajaba por alimen­tar al Hijo y a la Madre que con él estaban.

Mis queridas hijas, ¿no fue san José más valeroso que David y más sabio que Salomón? Pues vedlo empleado en el oficio de carpintero. ¿Quién habría podido creer que estuviese tan lleno de luz celeste, teniendo tan escondidos los dones que Dios le ha­bía dado? Y ¡cuánta sabiduría debía poseer desde el momento en que Dios le había confiado en custodia a su hijo carísimo! Si los príncipes de la tierra tienen tanto cuidado en escoger pedagogos para sus hijos entre las personas más inteligentes, Dios habrá escogido para su hijo, príncipe glorioso y universal del cielo y de la tierra, al hombre más perfecto y más virtuoso. ¿Cómo creer que, pudiéndolo hacer, no lo haya querido? Sin duda, lo quiso. Por consiguiente, san José fue dotado de todas las gracias y de todos los dones convenientes para el cargo que el Eterno Padre quiso encomendarle: el misterio de la Encarnación y el gobierno de la familia compuesta por tres miembros, que representaban a la santísima y adorable Trinidad. No se pueden hacer compa­raciones, porque solo nuestro Señor es persona de la Santísima Trinidad, y los otros son meras criaturas; sin embargo, podemos llamarlos la Santísima Trinidad terrestre; Trinidad maravillosa y digna de todo honor: María, Jesús, José.

Entended, por tanto, cuán grande debía ser la dignidad de san José y cómo debía estar adornado de toda virtud.

Notad también hasta qué grado se humilla; en verdad, so­brepasa todo cálculo. Su ejemplo nos lo demuestra. Él va a su ciudad, Belén, y le niegan todo alojamiento, de manera que, se ve obligado a conducir a su casta Esposa a un establo entre los bueyes y los asnos (Lc 2,4-7).

¡A qué punto llegan su abyección y su humildad! Su humil­dad le aguijonea a alejarse de su Esposa guando la ve encinta (Mt 1,19). San Bernardo dice que él pensaría así: «Yo sé que es virgen, porque entrambos hemos hecho este voto, y no puedo pensar que ella no lo haya cumplido; mas ahora veo que es ma­dre; ¿cómo puede ser que la virginidad se dé con la maternidad? ¡Oh Dios! ¿Es acaso ella aquella gloriosa virgen que los profetas dicen que concebirá y será Madre del Mesías? (Is 8,14). Si es así, ciertamente Dios no quiere que yo, tan miserable, permanezca con ella». Humildad admirable que obligó a san Pedro a gritar cuando en la navecilla en que se encontraba con Nuestro Señor vio su poder en la pesca milagrosa: «¡Oh Señor!, apártate de mí (Lc 5,3-8); yo, no soy digno de estar contigo. Yo sé que si me arrojara en el mar, me hundiría; pero tú, omnipotente, caminas sin peligro, a pie enjuto, sobre el mar; por eso te suplico que te retires, porque yo no puedo hacerlo»  [1].

Si san José buscaba tener ocultas sus virtudes baja la guarda de la humildad, ponía particular empeño en silenciar la preciosí­sima perla de la virginidad; por esto consintió en casarse, porque así ninguno se la podría conocer, y bajo el velo del matrimonio viviría escondido.

Aprendan de este ejemplo las vírgenes y cuantas almas quie­ran vivir en castidad; no basta ser virgen si no se es humilde y si no se esconde la pureza en el estuche precioso de la humildad; de otro modo, acontecerá lo que a las vírgenes necias, que, no siendo humildes, fueron arrojadas de las bodas del Esposo (Mt 25,7-12) y obligadas por esto a ir a las bodas del mundo, donde no se guarda el consejo del Esposo divino, el cual nos recomienda la práctica de la humildad cuando se nos invite al banquete; yendo a las bodas dice él (Lc 14,8-10), o siendo invitado a las bodas, ocupa el último asiento. Con esto vemos cuán necesaria es la humildad para conservar la pureza, porque sin ella seremos indudablemen­te alejados del festín nupcial que Dios prepara a las vírgenes en la morada celeste.

No se exponen las cosas preciosas y, sobre todo, no se tie­nen destapados los ungüentos exquisitos; de lo contrario, no solo el perfume se volatilizaría, sino que las moscas lo estro­pearían, menoscabando su precio y su valor (Ecl 10,1). Así las almas justas, temiendo perder la estima y el merecimiento de sus buenas acciones, las guardan en un frasco; pero no en un frasco cualquiera, donde se conservan los perfumes ordinarios, sino en vasijas de alabastro como aquella que la Magdalena rom­pió para derramar el perfume sobre la cabeza sacratísima de Cristo (Mt 26,7) cuando él le devolvió la virginidad reparada, acaso ya más preciosa, por ser reconquistada por la penitencia, que la que nunca sufrió afrenta, y que es por eso menos humilde. Vaso de alabastro, sí, donde nosotros, imitadores de san José y de María debemos guardar nuestras virtudes y todo cuanto puede sernos de estima ante los hombres, contentándonos con agradar a Dios mientras vivamos bajo el velo sagrado de nuestra abyección y aguardamos que, viniendo el mismo Dios a llamarnos al lugar de la salvación, esto es, a la gloria, él manifieste nuestras virtudes para su honor y su gloria.

¿Podemos imaginar humildad más perfecta que la de san José? No hablo de la humildad de María, porque ya he dicho que su casto esposo recibía, gran aumento en las virtudes propias como reverbero de las de ella.

José participaba intensamente de aquel tesoro divino que tenía en su casa, Nuestro Señor, pero vivía humilde y sumiso. Jesús, después de a la Virgen Santísima, le pertenecía a él más que a nadie, siendo como era familiar suyo e hijo natural de su Esposa. Si un pajarillo o una paloma (por usar una comparación más adecuada con la pureza de los santos de quienes estamos hablando) llevase en el pico un dátil y lo dejara caer sobre un jardín, no se diría que la palmera nacida de tal semilla pertenece a la paloma, sino al amo del jardín. Y ¿quién osaría entonces dudar de que el Espíritu Santo, divina paloma, dejó caer este dátil celestial en el jardín cerrado (Cant 4,12) de la Virgen Madre?, defendido en torno suyo por los setos vivos del voto de virginidad y pureza inmaculada, que pertenecía al glorioso san José, como la esposa al esposo, y que tan divina palmera, rica en frutos de inmortalidad, no pertenece también a nuestro santo, el cual ni se asombra, ni se ensoberbece, ni se vanagloria, sino que se hace cada día más humilde?

¡Qué conmovedor hubiera sido ver su reverencia y respeto hacia la Madre y el Hijo! Había deseado abandonar a la Madre no conociendo aún la grandeza de su dignidad, pero ¡qué maravilla y qué profunda intimidad sintió viéndose luego tan honrado por Nuestro Señor y la Virgen, obedientes a su voluntad, que nada hacían sin su mandato! Es cosa imposible de comprender; por eso dejaremos este punto, ya que cuanto pudiéramos decir sobre la humildad de este glorioso santo no sería nada comparado con lo que dejaríamos de decir.

La tercera propiedad de la palmera es la robustez, la resistencia, la fuerza, y se encuentra altísima en nuestro Santo. La palmera tiene una resistencia mayor que cualquier otro árbol; por esto es la reina. Su fuerza se cifra en el hecho de que, cuanto y más cargada está de frutos, más crece; esto no sucede en los otros árboles, que, cuanto más se cargan, más se doblan hacia el suelo. La palmera no se rinde por muy pesada que sea su carga; tiene el instinto de lanzarse hacia lo alto, que nadie puede impedir. Y simboliza el valor, porque sus hojas tienen forma de espada, y hay en ella tantas espadas como hojas.

Con mucha razón, pues, a san José se le compara con la palmera, porque es siempre fuerte, valeroso, constante y perseverante. Existe gran diferencia entre constancia y perseverancia, entre fuerza y valor. Decimos que un hombre es constante si está firme y pronto a soportar los asaltos enemigos sin asombrarse ni asustarse; pero la perseverancia se refiere a aquella tristeza inte­rior que alguna vez probamos cuando las penas se prolongan; no se puede imaginar tristeza más fuerte y terrible que esta. La per­severancia hace que el hombre la desprecie; de modo que quede victorioso con la continua igualdad de espíritu y conformidad a la voluntad de Dios. La fuerza ayuda al hombre a resistir valerosa­mente los ataques del enemigo, mientras que el valor es una vir­tud que nos impulsa a resistir las ocasiones que se nos presentan y a atacar al enemigo cuando este menos lo espera.

Nuestro Santo tuvo todas estas virtudes y las practicó de manera maravillosa. ¿No mostró admirable constancia viendo a la Virgen encinta y no sabiendo qué hacer? «¡Dios mío, qué desgracia, qué violento dolor, qué confusión!» Ponderad esa constancia. No niega a su esposa sus habituales obsequios; no la maltrata; permanece respetuoso y dulce como de costumbre. ¡Qué valor y qué fuerza demostró en la victoria alcanzada sobre los dos enemigos más acérrimos del hombre: el demonio y el mundo, mediante la práctica de una profunda humildad durante toda la vida! El demonio es enemigo de la humildad; precisa­mente por no tenerla fue arrojado del paraíso y precipitado en el infierno (Is 14,2-15). Desde entonces viene empleando todo artificio para alejar al hombre del amor de esta virtud, que le hace infinitamente querido por Dios. Bien podemos decir: ¡Fuerte y valeroso aquel que persevera en humildad, porque es al mismo tiempo vencedor del mundo y del demonio, llenos ambos de ambición, vanidad y orgullo!

¡Cuánto fue probado san José por Dios y por los hombres en la perseverancia contraria a aquella tristeza, anterior que nos viene cuando nos acaecen innumerables desgracias! Considerad su viaje a Egipto (Mt 2,13-14). Lo emprende enseguida sin pre­guntarse: «¿A dónde iré? ¿Qué camino tomaremos? ¿Quién nos alimentará y quién nos acogerá?» Parte sin ningún plan, sus ins­trumentos a la espalda, para poderse ganar algo con el sudor de su frente. ¡Cómo debía oprimirle la tristeza de que hablamos! Sin haberle determinado tiempo el ángel, no podía establecerse y quedar tranquilo, por ignorar cuándo le daría orden de regresar. Hasta bien pudo temer que el anuncio se le diese mientras iba de camino, porque había tiempo suficiente para morir el enemigo, causa de la huida.

San Pablo admira tanto la obediencia de Abrahán cuando recibió el mandato divino de abandonar su tierra sin saber qué camino tomar y sin preguntarlo siquiera (Heb 11,8-9; Gén 13,1), diciendo al Señor: «Me mandas partir, pero dime al menos qué rumbo seguir». Y no, se puso en camino y marchó donde el Espíritu Santo le conducía. Pero ¡qué maravillosa es la perfecta obediencia de san José! el ángel no le dice hasta cuándo debe permanecer en Egipto, y él no se lo pregunta. Según la opinión más acreditada, permaneció cinco años, sin saber nada del regre­so, pero seguro de que quien le había mandado partir le indicaría el momento del retorno; y estaba siempre pronto a obedecer.

Se hallaba en una región no solo extranjera, sino también enemiga de los israelitas, porque los egipcios estaban aún arrepentidos de haberlos dejado partir, y tanto más cuanto que habían sido la causa de la muerte de los suyos en las aguas del mar Rojo. Imaginad con qué ansias suspiraría por la vuelta temiendo a los egipcios. La tristeza por ignorar la fecha del regreso debía indudablemente afligir su espíritu y atormentar su angustiado corazón; pero siempre queda tranquilo, dulce y perseverante en la sumisión al beneplácito divino, por el que se dejaba conducir totalmente y San José era justo (Mt 1,19), porque su voluntad estaba en perfecta justicia unida y conforme a la de su Dios en toda suerte de eventualidades prósperas y adversas. No hay duda de que él se sometía completamente a Dios. ¿No veis cómo le trata el án­gel? Le dice que marche a Egipto, y José va; le indica que vuelva a Nazaret, y José retorna; Dios quiere que sea pobre, no solo por cierto período de tiempo, sino durante toda vida. Y ¿con qué pobreza? Pobreza despreciada y menesterosa, ¡la mayor de todas las pruebas!

La pobreza voluntaria que los religiosos profesan es amabilí­sima porque no les impide aceptar y recibir cuanto les sea necesario; les priva solo de lo superfluo. No así la pobreza de Jesús, y de María y de José; aunque también voluntaria, era una pobreza abyecta, humillante, necesitada de todo, pero no menos querida y predilecta para ellos.

Todos conocían a José como a un pobre carpintero (Mt 13,55; Mc 8,3) que, a pesar de su trabajo, no podía impedir que de vez en cuando faltase algo a la familia, mientras le procuraba el sustento con amor incomparable. Estaba sometido humilde­mente a la voluntad de Dios, viviendo en la pobreza y abyección, sin dejarse vencer ni turbar por la tristeza interior, que, sin duda, le asaltaría miles de veces; era, por el contrario, constante y feliz en su resignación, que, como toda otra virtud, acrecentaba y se perfeccionaba de día en día. También la Virgen se lucraba continuamente en las virtudes y perfecciones de su Hijo san­tísimo, el cual, por cierto, no podía perfeccionarse, pues desde el instante de su concepción ya era tal como lo es por toda la eternidad (Heb 13,8). Así, esta sagrada familia crecía cada día en perfección, porque la Virgen la recibía de Jesús, y san José, por reflejo de la Virgen.

¿Qué nos resta por decir? No dudemos ni temamos; el glo­rioso patriarca tiene un crédito grandísimo en el cielo con aquel que tanto le favoreció, conduciéndole al cielo en cuerpo y alma; opinión esta muy probable, porque no tenemos ninguna reliquia suya; ninguno dudará de esta verdad. ¿Cómo iba a negarle esta gracia quien toda su vida le obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús en el limbo después de su muerte, le diría: «Señor mío, acuérdate de que, cuando bajaste del cielo a la tierra, te recibí en mi familia y en mi casa y cuando apareciste sobre el mundo te estreché tiernísimamente entre mis brazos. Ahora tómame en los tuyos y, como te alimenté y te conduje durante tu vida mor­tal, cuídate de conducirme tú a la vida eterna».

Si creemos que, en virtud del santo bautismo, nuestros cuer­pos resucitarán el día del juicio (Jn 6,55) ¿cómo dudaremos de que Nuestro Señor haya llevado consigo al paraíso, en cuerpo y alma, al glorioso San José, que tuvo el honor y la gracia de llevar tan frecuentemente a Jesús entre sus brazos? ¡Oh, cuántos besos debió haberle regalado el divino Niño, con transportes infinitos de ternura, para recompensarle de sus trabajos!

Muy felices seríamos mereciendo la intercesión de este excelso patriarca, pues nada le niegan Jesús y María. Si confiamos en él, nos obtendrá una especial perfección en todas las virtudes, y más en las que él poseyó ―como hemos declarado― en grado altísimo; gran pureza de alma y cuerpo, humildad y constancia, ánimo y perseverancia, que nos harán salir victoriosos de nues­tros enemigos en esta vida y nos merecerán la gracia de gozar en la eterna las mercedes dispuestas para cuantos hayan seguido aquí abajo el ejemplo de san José. Mercedes que consistirán en la felicidad eterna, no otra que la visión clara del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Alabado sea Dios.

(OEA VI, 19 de marzo de 1622)



[1] Hom. 2 sobre «Missus est».


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