Capítulo 1 – JESUCRISTO, MODELO DIVINO DEL SACERDOTE

Jesús es el modelo en el que debe formarse cada hombre. Es la forma que deben adquirir los elegidos antes de ser admitidos a participar en el Reino de Dios. Pero, si es el modelo sublime que deben reproducir todas las almas, si todos los hombres deben regular los latidos de su corazón según los del Corazón del Hombre–Dios, hay algunos de entre ellos que deben conformarse más especialmente aún al divino Modelo.

Estos privilegiados, llamados a seguir más de cerca al divino Maestro, estos afortunados que vivirán una vida en todo similar a la suya y que, alimentándose de su Palabra y reproduciendo sus ejemplos serán imágenes vivientes del Redentor en medio del mundo, son los sacerdotes de Jesucristo.

Jesús, divino Sacerdote, continúa en la gloria las obras de su Sacerdocio eterno. Pero quiere que, a través de los siglos, otros Cristos continúen en el mundo su obra redentora.

Antes, Dios se había reservado la tribu santa para su culto. La había tomado como su porción, la había destinado y consagrado a su servicio. Del mismo modo, en la ley de gracia y amor, Dios se ha destinado una tribu elegida. De entre la multitud de cristianos extrae almas más especialmente amadas por Él. Las hace, más que a las otras, conformes a la imagen de su único Hijo; las favorece con mayores gracias, las enriquece con mayores dones, vierte en ellas más amor, las colma de privilegios divinos y revistiéndolas con parte de su poder, las hace, con la santa unción, sacerdotes y reyes, ministros de su justicia y dispensadores de su misericordia.

El sacerdote es otro Cristo: es el ungido del Señor. Signado por un carácter sublime e imborrable, pasa en medio de los hombres dominándolos con toda la altura de su divina dignidad y descendiendo misericordiosamente hasta las miserias más abyectas. Pasa, como Jesús entre la multitud de las almas, haciendo el bien, curando toda enfermedad y flaqueza, derramando verdad en las inteligencias, consuelo en el dolor y perdón ante el arrepentimiento.

Como Jesús, pasa por el mundo sin ser del mundo. Se roza con la fealdad y el fango, pero se conserva puro; encuentra mucho odio, pero sigue siendo bueno. Pasa sin mirar atrás, sin edificar nada temporal para el porvenir. Dedicado por entero al presente, entrega su alma con caridad a las almas de los más débiles y menos felices. Pasa, sí, pero su acción queda. Si su alma, alma de sacerdote, reproduce el alma de Jesús, si su corazón, corazón de sacerdote, es conforme al Corazón de Jesús, ¡su acción no es ya la acción de la criatura enferma y limitada, sino la acción de Jesucristo, del divino Sacerdote!

¡El corazón de Pablo es el Corazón de Cristo! ¡Ah! Si se pudiera decir siempre: el corazón del sacerdote es el Corazón de Jesús, ¡qué frutos admirables produciría en las almas este sacerdote de Cristo, qué milagros de gracia lograría a ejemplo del gran Apóstol de las gentes! Mas, con demasiada frecuencia, ¡qué pena! la gracia de la consagración no transforma al sacerdote. Su corazón permanece frío, su alma sigue siendo muy humana, su espíritu no se eleva por encima del común de las gentes y en lugar de ser, por el esplendor de sus virtudes y la irradiación de su santidad, el faro luminoso que iluminando las tinieblas de la noche y dominando la tempestad, conduce las naves al puerto, no es sino una barca más a merced de las pasiones humanas.

Este sacerdote no se ha elevado a las alturas desde donde podría alumbrar a las almas sumidas en la perdición; no ha querido mantenerse sobre la roca, desde donde hubiera podido tender la mano a los náufragos de la vida. Quizá, la espuma de las mareas le habría mojado a veces los pies, tal vez los vientos se habrían desencadenado en su contra, pero se habría mantenido inconmovible y fuerte con la fortaleza de Dios.

Sin duda, el sacerdote no debe retirarse a la soledad ni esconderse en la penumbra del templo. Es necesario que viva entre sus hermanos, en medio de ellos, siempre pronto a estrechar junto a su corazón, con éxtasis de caridad, todas sus miserias y todos sus dolores. Es necesario que permanezca allí, siempre entregado y oferente, como Jesús, semilla de amor ofrecida por la vida de todos.

Pero si el sacerdote debe vivir entre los hombres, no debe vivir como un simple hombre. Para que sus hermanos tengan confianza en él y puedan apoyarse en él, es necesario que le vean superior a ellos, más fuerte que ellos, más iluminado, más puro, más libre, mejor y realmente santo.

El sacerdote de Jesús llegará a transformar su corazón estudiando el de su divino Modelo y apropiándose sus virtudes. Por eso, que vaya a ese Corazón divino, que entre en Él con la meditación amorosa, y, sobre todo, que se deje penetrar de las influencias vitales que de Él emanan. Trate de pensar como su divino Maestro, amar como Él, vivir como Él; que con la unión, llegue a ser un mismo sacerdote con Jesús, un mismo corazón con su Corazón.

Jesucristo, Dios y Hombre, encierra en Sí la plenitud de dones y virtudes. Pero de todas las perfecciones que posee, algunas pueden ser llamadas más especialmente perfecciones de su inteligencia, otras, perfecciones de su Corazón, otras, perfecciones externas. Por ejemplo, su ciencia divina, su sabiduría, son más bien perfecciones de su espíritu y de su inteligencia, mientras que su caridad y misericordia parecen perfecciones de su Corazón, y la incomparable modestia y atractivo de su divina Persona pueden considerarse perfecciones externas.

Sin embargo, si consideramos a su Sagrado Corazón como el símbolo, órgano y tabernáculo de su Amor Infinito, si pensamos que este amor es principio y motor de sus actos, de sus palabras y de su vida de Salvador, ya no temeremos llamar virtudes y perfecciones de su Corazón a todo lo que admiramos en Él.

Cuando Jesús llama a los sacerdotes hacia su Corazón, los llama a la fuente del amor, los invita a que vayan a beber en las fuentes de la caridad divina; pero quiere también con ello atraerlos al estudio de sus divinas perfecciones. Quiere a sus sacerdotes, a sus predilectos, semejantes a Él, santos como Él, buenos como Él, realmente formados en su Corazón.

Entre las adorables virtudes de ese divino Corazón, algunas parecen ser particularmente las virtudes sacerdotales de Jesús. Las practicó en sus relaciones de Sacerdote con el Padre celestial y con las almas; e incluso algunas las practicó sólo para servir de ejemplo a quienes, después de Él, debían continuar su obra de sacerdotes y apóstoles en el mundo.

Oh, Jesús, Maestro adorado, descubre Tú mismo a los sacerdotes tus admirables virtudes. Son adorables porque son divinas, pero pueden imitarse porque son también humanas. Con la fortificante unción de tu gracia, las has hecho accesibles a la debilidad del hombre, y cuando marcas a tus elegidos con el carácter sagrado que contigo los hace sacerdotes por toda la eternidad, al mismo tiempo los revistes de luz y fuerza.

Deja reposar en tu Corazón a quienes quieres asociar a tu obra, y concédeles que sientan tus sagrados latidos. Es más, hazlos entrar en la intimidad de tu Corazón mediante una santa contemplación. Que beban en esta divina fuente de amor y de verdad el espíritu del Sacerdocio: espíritu de oración y sacrificio, espíritu de celo y dulzura, espíritu de humildad y pureza, de misericordia y amor.

¡Así sea!


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>