Capítulo 2 – EL ESPÍRITU DE ORACIÓN, PRIMERA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

El momento en el que Jesús debía manifestarse al mundo había llegado. Estaba a punto de comenzar sus correrías apostólicas y de ponerse en busca de las ovejas descarriadas de Israel[1].

Treinta años de vida oculta, enteramente entregada al trabajo, a la oración y al silencio, parecían una preparación más que suficiente para los tres años de vida pública. En cambio, Él no lo juzga así y en el momento de emprender esta nueva etapa, le vemos en el desierto, impulsado por el Espíritu. Busca una última e inmediata preparación en una soledad más profunda, una penitencia más austera y una oración más ardiente y continua. Sin duda, Jesús no tenía necesidad de ir a buscar en el seno del Padre gracias y luces que ya poseía en Sí por la unión de su Humanidad con su Divinidad; pero quería darnos ejemplo y mostrar a sus sacerdotes, que debían continuar su obra, la sublimidad de su ministerio y la necesidad que tienen de buscar en Dios las luces, los dones y las gracias que les exige su formidable tarea.

¡El trabajo de las almas es el más grande! ¡Es el trabajo de Dios! ¡Pero qué difícil y pavoroso para el hombre que siente la propia debilidad! Cuando Dios llama a una de sus pobres criaturas a una misión tan elevada, al mismo tiempo se compromete a darle todo lo que necesita. Pero si el corazón del sacerdote no se pone en comunicación con el Corazón de Dios y si, con la oración, no trata de adquirir los tesoros divinos, queda vacío y se ve solo frente a sus graves deberes, con su debilidad e insuficiencia. “Sin Mí, no podéis hacer nada”[2]. Y la impotencia de la criatura se pone de manifiesto sobre todo en el trabajo divino de las almas.

Dios mismo siente a menudo que la voluntad de la criatura se le resiste y es necesario que la doblegue con el peso de sus beneficios o que la someta con su poder. ¿Cómo podrá entonces dominarla el hombre, para conducirla por el camino estrecho del Evangelio? ¿Qué es la palabra del hombre para someter las voluntades rebeldes y qué puede la acción externa del sacerdote, si la unción interior de la gracia no la hace fructificar en las almas?

Jesús no oró solamente para disponerse a las funciones santas del Sacerdocio, sino que, durante sus tres años de apostolado, el Evangelio nos lo muestra con frecuencia recurriendo a su divino Padre. Y así le vemos en la cima de la montaña mientras prolonga su oración durante la noche[3], o apartarse de la multitud y buscar un lugar más a propósito para la oración, a la sombra de los olivos del jardín[4] o en la pacífica morada de Betania[5]. Por los caminos de Judea o de Galilea, le vemos a menudo un poco alejado del grupo de discípulos, recogido y en oración.

Cada vez que va a realizar alguna obra grande, o alguna maravilla, eleva su alma con la oración hacia su Padre celestial[6]. Cuando se une a sus discípulos caminando sobre las aguas del lago ya es casi de día, y ha pasado solo, en la montaña, una larga noche de oración[7]. Si quiere abrir los oídos del sordomudo, exhala un profundo suspiro y eleva la mirada al cielo[8]. Junto al sepulcro de Lázaro, después de haber sollozado de dolor ante el espectáculo horrible de la muerte y su corrupción, Jesús eleva las manos y los ojos hacia el Padre con una oración llena de amor: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que Tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”[9].

El sacerdote, en su ministerio con las almas, debe caminar con frecuencia al borde del abismo. También debe abrir los oídos de los sordos y desatar la lengua de los mudos, y resucitar a la gracia a las almas adormecidas en la corrupción del pecado. ¿Cómo podrá realizar estas obras divinas si no va a buscar en Dios la fuerza que le falta? Para estas obras, tan superiores a los medios humanos, es necesaria la intervención de Dios.

Terminada la Cena, Jesús eleva su alma en ardiente plegaria. Ruega por su Iglesia, por todos aquellos que el Padre le ha dado[10], y el amor desborda de su Corazón. En aquel momento cumple este oficio sublime del sacerdote: oficio de intercesor entre Dios y los hombres, transformándose así en divino enlace entre el Padre que está en los cielos y sus hijos de la tierra. Jesús ruega por los suyos y también por Él mismo.

En el Huerto de los Olivos, donde acaba de llegar, comienza a sentirse invadido de tristeza mortal. La turbación se enseñorea de su alma; le invaden el temor, la náusea, y lo abaten[11], y de su Corazón destrozado se escapa este lamento doloroso: “Padre, si es posible, que pase de Mí este cáliz”. Pero ora y poco a poco vuelve la calma.

Entonces, “se le aparece un Ángel del cielo para confortarlo”[12] y se levanta templado para la lucha y pronto para todos los combates.

El sacerdote, en su vida aislada, superior a la vida ordinaria, a veces debe luchar en contra de sí mismo, contra las aspiraciones de una naturaleza que, aunque purificada y santificada, aún no ha muerto. Cuando vuelve a su casa casi desierta, cuando se ve solo en el presbiterio, aislado, desconocido, sin perspectivas terrenales y privado de toda alegría humana, entonces, la soledad pesa sobre su corazón de hombre. Si se siente invadido por la tristeza, si la tentación, como viento huracanado, subleva sus pasiones adormecidas, trastornando su alma con indecible turbación, entonces precisamente debe recurrir a la oración. Como su adorable Maestro, es preciso que se postre ante el Padre celestial, que implore socorro de lo alto, que llame a su lado al único Consolador, al hermano, al amigo, a ese Jesús que únicamente puede llenar el vacío de su corazón con su incomparable amor.

Jesús reza en la cruz. Mientras le llegan los escarnios y blasfemias, brota de sus divinos labios esta sublime oración: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”[13] Cuando las tinieblas envuelven el patíbulo y su alma es torturada por incomprensible abandono, lanza un grito de angustia, una llamada de desesperación al Padre: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”[14] En fin, cuando todo se ha cumplido, hace su última plegaria, la plegaria de la confianza y del abandono: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”[15].

El sacerdote, como su divino Maestro, está expuesto a los escarnios, injurias, maldiciones de la multitud ignorante y grosera. Que ruegue por quienes le ultrajan y su oración hará descender inesperadas gracias de conversión sobre esas almas. Que ruegue cuando sufra, cuando agonice. Que viva de la oración, a ejemplo de su adorable Maestro. Que por medio de la oración se mantenga en constante comunicación con la fuente de todo bien.

El sacerdote debe dar mucho; ¡que vaya entonces a buscar todo lo que necesita en Dios!



[1] Mt 15,24

[2] Jn 15,5

[3] Cf. Lc 6,12

[4] Cf. Lc 22,39

[5] Cf. Mt 21,17

[6] Cf. Lc 6,20; Jn 11,41. 17,1

[7] Cf. Mt 16,23-25

[8] Cf. Mc 7,33-34

[9] Jn 11,41-42

[10] Cf. Jn 6 ss.

[11] Cf. Mt 26,37 ss.

[12] Lc 22,43

[13] Lc 23,34

[14] Mt 27,46. Mc 15,34

[15] Lc 23,46


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