Capítulo 3 – LA DONACIÓN DE SÍ, SEGUNDA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

El Verbo encarnado, al entrar en el mundo dijo a su divino Padre: “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo”[1]. Sí, debió añadir Jesús: Tú me has dado un cuerpo, un corazón y un alma humana; aquí los tienes, te los ofrezco, los consagro a tu gloria, los consagro a la salvación de mis hermanos.

En efecto, toda la vida de Jesús en la tierra no fue sino un acto ininterrumpido de donación de Sí mismo. Se olvidó completamente de Sí y se dio por entero, sin reservarse nada. Dio su trabajo y su descanso, su tiempo y sus fuerzas. Hizo sacrificio completo de su vida y, antes de darla íntegra, en un solo momento, con el sacrificio cruento del Calvario, la consumó poco a poco con una inmolación de cada instante. Dio su Corazón a sus hermanos: he aquí el secreto de esa incansable donación de Sí. “Amó y se entregó”[2]. Jesús ha reunido en Sí la soberana cualidad de sacerdote y sacrificador con la cualidad de víctima. Como Sacerdote, no ha sacrificado otra víctima, y ha sido sacrificado al ofrecerse y entregarse íntegramente. Pero no ha sido otro sacerdote quien lo ha ofrecido e inmolado. Se ha inmolado a Sí mismo. Verdaderamente, Jesús es al mismo tiempo Sacerdote y Víctima. ¡Sacerdote eterno, Víctima eterna de un eterno sacrificio!

A aquéllos a quienes Jesús llama en su seguimiento a la cumbre del Sacerdocio, a sus sacerdotes, los quiere en todo semejantes a Él. El carácter que les imprime los hace partícipes de su sagrado estado; son sacerdotes con Jesús Sacerdote, víctimas con Jesús Víctima. Son llamados, muy pocas veces, sin duda, a ir con Jesús hasta el extremo del sacrificio, a mezclar realmente su sangre con la Sangre de la adorable Víctima. La inmolación que se les pide es mística, como la inmolación de la Eucaristía, pero además es una inmolación visible, la donación de sí mismos.

Jesús dio su trabajo y su reposo. Ya desde los albores de su vida pública lo vemos predicar de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, enseñar en las sinagogas la Buena Nueva, curar enfermos y consolar afligidos. Los días no le pertenecen; están a disposición de todos. Va de un lugar a otro, de una enfermedad a otra, de un dolor a otro, siempre servicial y bondadoso. Las noches no le pertenecen mayormente: las que no consagra a la adoración del divino Padre o a la intercesión por los pecadores, las emplea en conferencias con discípulos secretos[3]. Da realmente todo su tiempo; da también todas sus fuerzas. Sin mirar la debilidad del cuerpo, está siempre listo para el trabajo y el sacrificio. ¡Cuántas noches pasadas sin dormir, cuántas comidas tomadas de prisa, cuántas jornadas sin descanso! ¡Cuánta fatiga en esas largas marchas al sol abrasador, qué cansancio en medio de esas multitudes que lo circundan por todas partes! Nada logra disminuir su celo, ni las calumnias con las que se le deshonra, ni las injurias con las que se le amarga, ni la ingratitud de aquellos a quienes colma de beneficios. Se entrega, se agota, se anonada con incomparable abnegación.

También el sacerdote de Jesús debe darse a sus hermanos y a su Padre celestial; no es sacerdote para sí mismo. Al recibir el carácter sagrado llega a ser, como Jesús y con Jesús, el bien de todos: se transforma en la víctima santa ofrecida al Padre por los pecados del mundo. Todo lo que posee pertenece a Dios, todo lo que está en él pertenece a las almas. Su trabajo, su reposo, su tiempo, sus fuerzas, su vida misma, no son ya para él; todo está ofrecido, todo consagrado.

Había comprendido bien esto aquel sacerdote según el Corazón de Dios que respondía a quien le reprendía por su celo excesivo: “¿De qué sirve un sacerdote si no se consume?” ¿De qué sirve el racimo de uva si permanece entero y sus granos quedan intactos? Si no se exprime todo el zumo, el vino no llena la copa. ¿De qué sirve el sacerdote si no se ha entregado por completo? ¡Si en cierto modo no se ha vaciado de sí, Dios no tiene su cáliz y las almas no pueden saciar su sed!

Con sublime generosidad, Jesús abandonó todo. Como Verbo, dejó las alturas del cielo, el inefable reposo de que gozaba en el seno del Padre, la radiante paz de la morada de la eterna bienaventuranza. Dejó todo eso para tomar forma de esclavo y encerrarse en la debilidad y enfermedad de una carne mortal. Como hombre, renunció a las dulzuras de una familia y a la pacífica seguridad de una vida laboriosa y oculta. Lo abandonó todo para abrazar una vida de renuncia y sacrificio, colmada de incertidumbres y angustias, sufrimientos y desprendimientos. No buscó la propia gloria, sino que, dejando que la gloria se dirigiera al Padre, no se reservó más que el sufrimiento y la humillación.

Siguiendo el ejemplo de Jesús, los apóstoles, sus primeros sacerdotes, lo abandonaron todo. Pedro podía decir en verdad a su divino Maestro: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?”[4]

El sacerdote debe dejarlo todo. No es que esté obligado a abandonar todo realmente, sino que sus afectos no pueden ya estar ligados a nada terreno. Sin embargo, no es que deba romper los sagrados lazos de la familia y de la amistad. ¡No! ¿Acaso Jesús amó menos a la Virgen, su Madre, por haberse dado a las almas? ¿No amó tiernamente a Marta, María y su hermano Lázaro? ¿No dejó descansar junto a su Corazón a Juan, el predilecto? Estos lazos tan dulces que Jesús bendice no son de este mundo.

Los que el sacerdote debe romper son esos lazos humanos que obstaculizan su celo. Debe dejarse a sí mismo[5], sus ambiciones, su inclinación al descanso, sus miras naturales, sus satisfacciones puramente humanas, todo lo que es propio del hombre carnal y mundano, todo lo que sabe a tierra, todo lo que empequeñece y rebaja. Haga de las almas una familia celestial y conságrese a ella por entero. Abra de par en par su corazón, llénelo de los sentimientos del Corazón de su divino Maestro. Entréguese, renúnciese, olvídese. Sacrifíquese con Jesús sacrificado. Sea el pan de las almas con Jesús Sacramentado.



[1] Hb 10,5 ss.

[2] Gal 2,20. Ef 5,2

[3] Cf. Jn 3,2 ss.

[4] Mt 19,27

[5] Cf. Mt 16,24. Lc 9,23


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