Capítulo 4 – EL CELO, TERCERA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

Personificando a Jesucristo, el Rey profeta exclamaba así, dirigiéndose a Dios: “El celo de tu casa me devora”[1]. El celo, esa ardiente ambición por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, consumió, devoró el Corazón de Jesús, y como todas las pasiones violentas, lo llevó a excesos inauditos, a locuras de amor y de donación de Sí mismo. Apasionado por la gloria del Padre celestial, resolvió luchar contra todo lo que podía tender a disminuirla y derribar todo lo que podía servirle de obstáculo. No menos ardiente por el bien y la salvación de la humanidad, resolvió combatir hasta la muerte lo que pudiera perjudicar al hombre y comprometer su eterna felicidad. Este celo iluminado y ardiente de Jesús, le mantuvo siempre listo para la lucha contra el mal, armado contra el error, en guerra contra el espíritu del mundo, ese mundo por el que no quiso rogar y le llevó a condenar todo lo falso, todo lo injusto y todo lo que va contra Dios.

Jesús luchó contra el mal. Venido al mundo para arrojar al espíritu de las tinieblas, le vemos incesantemente luchando contra él. Lo echa del cuerpo de los posesos, lo amenaza, le habla con autoridad. No se conforma con libertar los cuerpos, lo expulsa también de las almas y lo persigue, cualquiera que sea la forma bajo la que se disimule. Jesús, bien sumo e infinito, se encuentra en constante oposición a Satanás, espíritu del mal.

Nada detiene el celo de Jesús. Sin lisonjas para con los grandes y poderosos de este mundo, ni deseo de obtener el favor popular, va derecho al mal dondequiera lo descubra. Cierto día se arma con un látigo de cuerdas y dispersando los animales destinados a los sacrificios, volcando las mesas de los cambistas, purifica el Templo de la turba de traficantes[2]. No teme arrojar con fuerza el anatema contra todas las pasiones humanas. “¡Ay de vosotros, ricos…! ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley…! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…!”[3] Jesús combatió todos los errores.

Este adorable Maestro venía a traer la luz al mundo, venía para darle la verdad. Todos los errores que encontró en su camino –errores de doctrina, errores de moral…–, todas las falsas interpretaciones de las Escrituras, todas las discusiones vanas acerca de observancias legales, todo lo que va en contra de la recta razón iluminada por la fe, todo eso fue denunciado por Jesús y perseguido por Él sin piedad.

En fin, Jesús declaró la guerra al espíritu del mundo: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. […] Porque lo que hay en el mundo –la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre sino que procede del mundo”[4]. Así se expresaba Juan, el apóstol predilecto que había descansado sobre el pecho del Maestro y que más que cualquier otro conocía y comprendía los sentimientos íntimos del Corazón de Jesús. Todas las palabras de Jesús, todos sus actos, se alzaron en contra de ese espíritu del mundo, tan opuesto al espíritu de Dios. Abrió la brecha y derribó ese muro de la triple concupiscencia que retenía prisionera al alma humana.

El sacerdote es ¡soldado de Dios! Así como en otro tiempo los legionarios avanzaban en los desiertos y en las montañas inhóspitas y trazaban los caminos de la civilización, así como combatían hasta la muerte a la sombra del águila romana, por la gloria del César, así el sacerdote debe combatir constantemente por el bien bajo el estandarte de la Cruz y luchar con invencible coraje contra el mal invasor. Debe trabajar por la gloria de su divino Rey y caminar en pos de Él a la conquista del mundo. Si trata de adueñarse de las almas, no es para esclavizarlas, sino para liberarlas. ¡Oh, qué hermosa es la misión del sacerdote, qué noble y grande! Con Jesús, es el defensor de la verdad y debe sostener sus derechos y hacerlos triunfar. Con la palabra, si puede hablar, con los escritos, si sabe manejar la pluma, y sobre todo con el ejemplo y con su vida debe condenar todo lo falso, todo lo que puede menoscabar el tesoro de la verdad, del cual es depositario.

Su celo, ardiente como el del Maestro, iluminado por la fe e inflamado por el amor, debe llevarlo a servirse de todo lo que hay en él para la gloria de Dios y salvación de los hermanos. El sacerdote, creado para defender los derechos divinos, para defender la heredad de Dios, para proteger la debilidad de las almas de los ataques de los enemigos, para extender el reino de Jesucristo y procurarle universal imperio en las inteligencias y corazones, debe templar su valor para la lucha. Con la ciencia, con la pureza de la doctrina y sobre todo con la virtud, con esa fuerza de la santidad a la que nada iguala y con el celo tierno y ardiente, que sólo el amor puede inspirar, debe ser, como Jesús y después de Jesús, la luz del mundo; luz resplandeciente, pero también vivificante y cálida, que convence las mentes e inflama las voluntades, que se apodera de las fuerzas espirituales de las almas y las conduce hacia el Bien supremo.

¡Oh, qué poderoso es el sacerdote lleno del celo del Corazón de Jesús! El sacerdote según el Corazón de Dios, ardiente por la gloria del Maestro, apasionado por la salvación de las almas, es verdadera llama de amor, surgida de la caridad divina para inflamar al mundo.



[1] Sal 68,10. Jn 2,17

[2] Cf. Jn 2,12 ss.

[3] Cf. Mt 23,13 ss.; Lc 6,24

[4] 1Jn 2,15-16


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