Capítulo 5 – LA DULZURA, CUARTA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

La dulzura constituye la forma de la bondad; forma exquisita y delicada que la hace atrayente. Una bondad tosca y descortés es una bondad sin forma, una bondad que no podría imponerse a los corazones. Pero cuando está revestida de dulzura adquiere una autoridad soberana y atrae todo a ella con poderoso atractivo. Tal fue la bondad de Jesús.

La dulzura, atemperando el celo ardiente del Maestro, lo hacía suave, afable, atrayente. Había impreso en todo su ser un encanto tan irresistible que todos, niños y ancianos, enfermos y multitudes compactas iban hacia Él y seguían sus pasos. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de Corazón”[1], había dicho Jesús.

Esta dulzura íntima, al proyectarse en su exterior le ganaba todos los corazones. Su conversación era amable, sus enseñanzas eran bien recibidas, pues mediante la unción divina que afloraba a sus labios eran fáciles de entender y sencillas para cumplir. Le seguían hasta los confines de los desiertos, olvidando las necesidades de la vida; una vez que se habían gustado los atractivos tan dulces de su palabra, ya no era posible separarse de Él.

“No impidáis a los niños acercarse a Mí”[2], decía. Constantemente rodeado de estas débiles criaturas, se complacía en tomarlas en brazos, bendecirlas y presentarlas a los discípulos como ejemplo de sencillez y de pureza. “¡Ay de quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí!”[3], decía también.

¡Cuánta benignidad y qué tierna compasión con los enfermos e inválidos que se acercaban a Él! ¡Cómo se dejaba conmover con facilidad por el espectáculo de sus miserias! Sediento de sufrimientos, ansioso de derramar su sangre, anhelante de la Cruz, espinas y latigazos, no puede soportar la vista de los dolores de sus hermanos; no puede ver llorar a Marta y Magdalena sin derramar lágrimas también Él; no puede enterarse de una enfermedad sin curarla. ¡Y con qué alegría y prodigalidad emplea el poder de sanar y resucitar que hay en Él, principio de vida y amor!

Usa de infinita paciencia para con sus discípulos, aún tan carnales y rudos. Los instruye, alienta, en ocasiones los reprende, ¡pero lo hace con tanta dulzura! Los invita a descansar después de trabajos fatigosos: “Venid… a descansar un poco”[4], les dice.

Cuando el pensamiento de su muerte los turba y abate, procura endulzarles ese dolor, les promete un divino Consolador[5] y les asegura que estará siempre con ellos[6]. Permite que Juan, el más joven y amante de los apóstoles, apoye la cabeza en su sagrado pecho[7] y permanezca así como un hijo amoroso que reposa en el pecho paterno. Tomás comprueba que Jesús responde con amorosos favores a las resistencias de su incredulidad: “Trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino creyente”[8]. Y cuando Pedro le ha negado, no le dirige reproche alguno, sino que a fin de calmar su dolor, le hace expresar tres actos de amor, tres protestas de devoción y fidelidad que compensen la triple negación[9].

Todas las palabras de Jesús trasuntan paz y bondad: “Soy Yo, no tengáis miedo”[10]. “Ten fe, tus pecados te son perdonados”[11]. “¿Por qué molestáis a esta mujer?”[12] “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”[13]. “La paz esté con vosotros”. “Yo os doy mi paz”[14].

El Profeta había dicho que Jesús no vocearía y que ninguno oiría su voz en las plazas públicas[15].  En efecto, su palabra está llena de dulzura; sus enseñanzas revisten de ordinario, formas sencillas y graciosas, tomadas de la hermosa y sonriente naturaleza que lo rodea. Y cuando su celo le lleva a fustigar las malas pasiones y delitos de los hombres, se nota en su voz más amor por los pecadores que desprecio o cólera.

Jesucristo mostró la exquisita dulzura de su Corazón durante el tiempo de su apostolado y de su vida resucitada, pero sobre todo dio pruebas de ella en la hora de su Pasión. Cuando terminada la Cena, Jesús dice a Judas que haga su detestable acción, le habla tan dulcemente que todos los apóstoles presentes creen que le envía a distribuir alguna limosna; y en Getsemaní, cuando el discípulo traidor se le acerca y le besa, el Maestro responde con un beso y con estas suaves palabras: “Amigo, ¿a qué vienes?”[16] Apenas Pedro ha hecho uso de la espada, le dice: “Envaina la espada”[17], y volviéndose hacia el herido, lo cura[18]. En casa de Anás, un servidor insolente lo golpea brutalmente en la mejilla, y Jesús, al recibir esta cruel injuria, dice con incomparable dulzura: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado, pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”[19]. Ante los inicuos jueces que lo condenan, en medio de los soldados que lo ultrajan y torturan, frente a ese pueblo que ha colmado de beneficios y que ahora lo insulta y se burla, conserva una dulzura inalterable y permanece mudo Cordero en las manos de los verdugos[20]. ¡Ni un lamento escapa de sus labios mientras le clavan en la Cruz, ni una palabra amarga para aquellos que lo crucifican![21]

El sacerdote está llamado a reproducir en el mundo la mansedumbre de Cristo. Viene para conquistar las almas y no hay arma más poderosa para conquistar los corazones que la dulzura y la bondad. Por ello, ¡que el sacerdote de Jesús se haga bueno con esa bondad del Salvador, lleno de paciencia y dulzura, de tolerancia y de caridad! Muchas miserias llegarán a él; muchas debilidades tratarán de apoyarse en él. Por los caminos misteriosos de la Providencia se dirigirán a él almas extenuadas o heridas, corazones doloridos por las desigualdades de la vida, espíritus falseados por los errores del siglo y voluntades abatidas o desviadas. Entonces, ¡qué necesario es que su mano sea dulce y delicada para curar todas estas llagas!

¡Qué suave y paciente deberá ser su acción en las almas! Sin duda, podrá hablar con fuerza, fustigar el vicio y advertir a los pecadores; pero sus palabras, las verdades que anuncia, serán más penetrantes y más aptas para convencer si están empapadas de dulzura.

El sacerdote debe hacer conocer a Jesús, hacerlo amar, dando con su forma de ser la idea de lo que es el mismo Jesús, Bondad encarnada. Al encontrar en el sacerdote tanta paciencia, tanta dulzura y una ayuda tan caritativa, las personas comentarán entre sí: Si el siervo es tan bueno, ¿cómo será de bueno el Maestro?

La dulzura es un imán potente que atrae a las almas. Es esa red misteriosa que el sacerdote, pescador de hombres, debe arrojar en los corazones para sacarlos de los abismos del pecado y conducirlos en la barca de la Iglesia hacia la virtud, hacia la vida perfecta.

Discípulo fiel, amigo y compañero de Jesús, dulcísimo de Corazón, el sacerdote que ha modelado su corazón a semejanza del de su divino Maestro, puede realizar en el mundo la obra de Cristo. Es una obra de amor; es la obra de la reconciliación, de la paz y de la caridad que sólo el amor, la bondad –hija del amor–, y la dulzura –flor y perfume de la bondad– pueden continuar y terminar.



[1] Mt 11, 29

[2] Mt 19,14

[3] Cf. Mc 9,41; Mt 18,6; Lc 17,2

[4] Mc 6,31

[5] Cf. Jn 16,7 ss.

[6] Cf. Mt 28,20

[7] Cf. Jn 13,23.25; 21,20

[8] Jn 20,27

[9] Cf. Jn 21,15 ss.

[10] Mt 14,27

[11] Mt 9,2

[12] Mt 26,10

[13] Mt 11,28

[14] Lc 24,36; Jn 14,27

[15] Cf Mt 12,19; Is 42,2

[16] Mt 26,50

[17] Mt 26,52

[18] Lc 22,51

[19] Jn 18,23

[20] Cf. Is 53,7; Hch 8,32

[21] Cf. Lc 23,34


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