Capítulo 6 – LA HUMILDAD, QUINTA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

¡Grandeza infinita que se empequeñece, majestad soberana que desciende, autoridad, potencia sin límites que se inclina y se hace débil! ¡He aquí lo que vemos en Jesús! Vemos a un Dios humillado hasta la condición del hombre miserable, hasta la carne pasible y mortal. Sin embargo, no son estas divinas humillaciones del Verbo las que deseamos considerar, sino los sometimientos de su naturaleza humana. Hoy se presenta para nuestra meditación la adorable humildad que mostró en los días de su vida pública.

Jesús comienza su vida apostólica con una humillación: se inclina ante la mano de Juan y recibe el bautismo de penitencia[1], confundiéndose con los pecadores. En el desierto, adonde el Espíritu lo ha conducido, desciende voluntariamente hasta el grado más bajo de nuestras miserias[2], quiere ser tentado[3]. Permite que el espíritu maligno se dirija a las inclinaciones naturales de su humanidad, permite que Satanás lo toque.[4]

¿Por qué este exceso de humillación, Salvador mío? Porque en ocasiones, la tentación, las más de las veces, constituye para el hombre una humillación necesaria. Le descubre su debilidad, lo pone en guardia contra las ocasiones peligrosas y hace que su corazón agitado y tembloroso se dirija hacia Aquel que únicamente puede sostenerlo y salvarlo.

También la tentación es necesaria para el sacerdote. ¡El sacerdote es tan grande, su dignidad tan sublime! ¿No se sentirá inclinado a creer que el carácter sagrado que ha recibido lo pone a cubierto de las miserias humanas? ¿No se enaltecería por los divinos privilegios que le son concedidos? Y por otra parte, “quien no ha sido probado poco sabe”[5]. El sacerdote llamado a instruir y guiar a las almas, debe haber experimentado, si no todas, por lo menos una parte de sus debilidades.

Cuando el divino Maestro se entrega a la predicación, lo vemos a veces tomar asiento en las ricas sinagogas de Cafarnaum o de Jericó; sentimos resonar sus palabras en el Templo de Jerusalén o en el espléndido pórtico de Salomón; lo oímos dirigirse a los grandes del sacerdocio y a los brillantes cortesanos de Herodes. Pero ¡con cuánta más frecuencia lo vemos rodeado del pueblo, hablar en las playas a pobres pescadores, o saciar, en el desierto, con pan milagroso, a la multitud harapienta y hambrienta que lo sigue! ¡Esta es la caridad del Maestro! Quiere salvar a muchas almas y sabe que los ricos y los poderosos son los menos y que los pequeños y los pobres forman la multitud. Por eso se dirige a los pequeños y a los humildes, porque allí la mies será más abundante.

¡Qué lejos del espíritu de su divino Maestro estaría el sacerdote que, desdeñando el apostolado de los sencillos e ignorantes, no quisiera dirigirse más que a las inteligencias privilegiadas o a aquellos a quienes sonríe la fortuna; el que, encontrándose oprimido en las pobres iglesias de campo o en las de nuestros populosos suburbios, no se sintiera a sus anchas más que en las grandes cátedras de amplias basílicas y juzgara indigna de su celo la instrucción de los niños o la visita a los pobres! En cambio, el sacerdote de Jesús, penetrado de los pensamientos de su adorable Modelo, no ve nada que sea demasiado bajo para él. Sabe cuánto vale un alma, sabe que vale toda la sangre de Cristo; y da, sin contar, tiempo, fuerzas y vida para salvar aunque sea una sola. Para dar un poco más de gloria a Jesús, acepta gustoso ser anonadado y olvidado.

La humildad de Jesús aparece también en el cuidado que pone en ocultar su acción en la acción de su divino Padre y en hacer desaparecer lo más que puede su personalidad. Cuántas veces le oímos repetir: “No hago nada por mi cuenta”[6]; “Yo incomunico al mundo lo que he aprendido de Él”[7]; “mi Padre sigue actuando y Yo también actúo”[8]. Trata por todos los medios de disminuir el esplendor de los grandes milagros que realiza. Dice a los ciegos que cura: “Cuidado con que lo sepa alguien”[9], y al leproso: “No se lo digas a nadie”[10]. Prohíbe expresamente a los demonios, que forzadamente proclaman su divinidad, decir que Él es el Cristo, el Hijo de Dios[11] y no se denomina a Sí mismo sino el Hijo del Hombre[12].

Pero Jesús nos descubre su profunda humildad sobre todo en su dependencia, en ese espíritu de sumisión que muestra en todo. Los primeros treinta años de su vida se han podido resumir con estas breves palabras: “Les estaba sujeto”[13]. En los últimos años no varió su conducta, se mostró siempre dependiente y sumiso en todo. Igual al Padre por su divinidad, no obstante no hace nada sin recurrir a Él con la oración y se gloría de hacer siempre lo que a Él le agrada[14]. Parece olvidar casi las grandezas, dones y privilegios de su naturaleza divina para recordar únicamente la impotencia y debilidad de su naturaleza humana: “Padre –exclama en el Huerto de los Olivos–, que no se haga mi voluntad sino la tuya”[15].

Jesús, Legislador divino, se muestra siempre perfectamente obediente a la ley de Moisés, a sus santas órdenes y a las múltiples observancias del culto. Obedece no sólo a las leyes religiosas, sino también a las civiles. Recomienda entregar el tributo[16]; paga el tributo personal y el de los discípulos. Toda autoridad legítima recibe el homenaje de sumisión y respeto por su parte. Va todavía más lejos: quiere depender de todos, de las turbas que lo rodean y de quienes lo detienen a cada paso para implorar un favor. El centurión le hace saber la enfermedad de su siervo: “Voy Yo a curarlo”, dice en seguida[17]. Apenas Jairo le ha puesto al tanto de la muerte de su hija, se pone en camino hacia la morada del afligido padre[18]. Ha venido “para servir y no para ser servido”[19], y su humildad le hace actuar como si fuera deudor de todos.

Sí, Jesús obedece hasta a sus verdugos. Se deja despojar, golpear, revestir de púrpura irrisoria, coronar de espinas. Abre la mano para recibir la vara que se le pone como cetro. Carga la cruz, extiende las manos para facilitar la tarea de quien le crucifica. Oprime con los labios la esponja empapada de hiel y vinagre que se le ofrece para calmar su sed[20]. Expira cuando todo está consumado y cuando ha cumplido hasta el final las Escrituras y verificado las divinas profecías.

¡Qué hermosa es la sumisión de Jesús! ¡Qué conmovedora esta dependencia del único Independiente, del Omnipotente, del Dueño soberano! Pero ¡qué lección para el hombre! Este ser débil y miserable, obligado a depender de tantos otros seres y de tantas otras cosas por la condición de su naturaleza, trata siempre de liberarse y sustraerse a este estado de sumisión fuera del cual, sin embargo, no puede sino errar.

Jesús se desliga, por así decir, del conocimiento y del sentimiento de su omnipotencia, de su eterna sabiduría y de su ciencia infalible, para considerar en Sí, únicamente, la nulidad de su estado de criatura; por el contrario, al hombre, vano y orgulloso, olvidando su inferioridad y el cortejo de miserias que arrastra en pos de sí, le gusta recordar sólo aquello que cree son sus excelencias y que puede, según su ciego juicio, elevarlo ante sus propios ojos y los de sus hermanos. Prefiere siempre su acción a la de los demás. La estima que tiene de sus propios pensamientos, el apoyo en sí mismo, la confianza que conserva en la fiabilidad de su juicio y en la solidez de su espíritu, a pesar de las derrotas y fracasos, le hacen desdeñar los consejos de la experiencia y los avisos caritativos de los prudentes.

¡Qué distinto es el sacerdote de Jesús! Dulce y humilde de corazón como su divino Maestro, reconoce su debilidad, confiesa su impotencia y desconfía de las propias miras. Postra voluntariamente su inteligencia, las luces de su espíritu y las aspiraciones de su celo ante la autoridad soberana de Dios. Y ve resplandecer esta aureola de la autoridad divina en muchas frentes.

Hijo sumiso de la Santa Iglesia, ve en su Cabeza suprema al representante infalible de Jesucristo y le gusta apoyarse en la Cátedra de Pedro. La plenitud del Sacerdocio de la que está revestido su Obispo le inspira sumo respeto. Le obedece como al sucesor de los Apóstoles, y le venera y ama filialmente.

Actúa con humilde desconfianza en sí mismo en las obras que emprende  lleno de celo y en los diversos ministerios que se le confían. Se apresura a buscar la luz junto a quienes se distinguen por la edad,  por una larga carrera sacerdotal, una vida ejemplar, o una notoria virtud, y se encuentra lejos de actuar por sí mismo o de preferir su consejo al de ellos.

No estima más las obras que él dirige o que ha creado que las que ve florecer junto a las suyas. No desea obtener mayores éxitos, lograr más lo que emprende o hacer mejores cosas que los que trabajan como él por la gloria de Dios. Esta gloria, el pleno desarrollo del Reino y del amor de Dios en las almas, constituye todo su deseo y su única ambición. Se olvida de sí, y a fin de que se haga el bien y su Maestro sea más amado y mejor servido, se siente satisfecho y se alegra tanto del éxito de sus hermanos como del suyo.

Alaba de buen grado el talento y las obras de ellos, se edifica con sus virtudes. Si ve que alguno se aleja del camino recto o cae en el error, procura conducirlo de nuevo al bien, si no con sus consejos, al menos con sus ejemplos; ruega por él, sufre por él y siente religioso temor de caer él mismo en lo que ahora condena.

El sacerdote dulce y humilde que pasa por el mundo, no es sólo el sacerdote de Jesús, es el Sacerdote–Jesús. Sí, es Jesús mismo; Jesús, cuya grandeza se ha rebajado divinamente por amor, cuya santidad es tanto más esplendente y cuya virtud es tanto más irradiante cuanto más la rodean las sombras misteriosas de la humildad.

La humildad fue, tal vez, el encanto más atrayente de la santa Humanidad de Jesús. Ella otorga a la acción del sacerdote y a su palabra un encanto parecido; reviste al sacerdote completamente de Jesucristo.



[1] Cf. Mt 3,13 ss.

[2] Cf. Mt 4,1-12

[3] Hb 4,15

[4] Cf. Mt 4,5-8

[5] Eclo 34,10

[6] Jn 8,28

[7] Jn 8,26

[8] Jn 5,17

[9] Mt 9,30

[10] Mc 1,44; Lc 5,14

[11] Cf. Mc 1,25

[12] Cf. Mt 26,64

[13] Lc 2,51

[14] Cf. Jn 8,29

[15] Lc 22,42

[16] Cf. Mt 22,21; Mc 12,17; Lc 20,25

[17] Mt 8,7

[18] Mt 9,23

[19] Mt 20,28

[20] Mt 27,34


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