Capítulo 7 – LA PUREZA, SEXTA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

Nadie ha dudado nunca de la suma pureza de Jesús. Pudo, en efecto, lanzar este desafío a sus contemporáneos sin temor de ser desmentido: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?”[1] Sus enemigos, con furor envidioso, insultándole en la cara, lo llamaban endemoniado y blasfemo, pero no se atrevieron a poner en duda su virtud. La multitud, entusiasmada por las grandes obras de Jesús y llena de respeto por su vida santa y pura, lo reconocía, si no como el Mesías, al menos como un profeta, un enviado de Dios, en la verdad, justicia y santidad. Pero nosotros sabemos que es nuestro Dios, lo adoramos en su divina pureza a la que ninguna mancha ni sombra podrá empañar jamás.

Él es el Puro, el Santo por excelencia. Verbo de Dios, esplendor de la luz eterna, posee, en su naturaleza divina, esplendores, transparencias y candor luminoso de los que nada de cuanto ha sido creado puede darnos una idea, por muy imperfecta que sea.

Su naturaleza humana era perfectamente pura. Su alma, al salir de las divinas manos poseía un inefable esplendor de inocencia. Su Corazón, tabernáculo del Amor Infinito, santuario de las virtudes más adorables, al no palpitar más que por la gloria del Padre y la salvación del hombre, era, es y será, el templo, el altar de los sacrificios más puros y la víctima santa que un fuego sagrado consume eternamente.

Su cuerpo, formado por el Espíritu Santo con la purísima sangre de una Virgen, Virgen Inmaculada que al dar a luz su fruto bendito quedó aún más virgen; su carne sagrada, que debía inmolarse por el pecado y transformarse en antídoto del veneno de impureza, inyectado en la sangre del hombre a causa del pecado original, esta carne de Jesús es más delicada, más pura y más idealmente blanca de lo que jamás pueda imaginarse.

Nada nos puede dar una idea de esta pureza adorable. El rayo refulgente del sol en el instante en que sale del astro luminoso que lo produce, cuando todavía no ha atravesado las nubes del cielo y la densa niebla de la tierra, ¡ese rayo refulgente del sol es menos puro que Jesús!

El blanco copo de nieve que cae de las heladas regiones del aire, que nada ha tocado, y que los vientos mecen en el espacio, ¡ese blanco copo de nieve es menos puro que Jesús!

El lirio apenas abierto en el fondo del valle solitario, no contaminado aún por hálito alguno, que ninguna mirada ha rozado y en cuyo cáliz aún no ha venido a posarse la abeja, ¡ese lirio perfumado del valle es menos puro que Jesús!

Todo lo que hay en Jesús, todo lo que de Él emana, respira pureza. La menor de sus palabras, el menor de sus gestos y de sus actos, toda su persona inspira pureza y la exhala como un perfume. Esto es lo que parece decirnos el místico exiliado de Patmos cuando, al querer describirnos a Jesús, nos lo muestra vestido con una larga túnica, ceñida por un cinturón de oro, con la cabeza y hasta los cabellos de una blancura resplandeciente, blancos como la lana y como la nieve[2].

Sí, no tenemos la más mínima duda de esta exquisita pureza de Jesús, y ante todo, parece superfluo buscar pruebas de ella en sus palabras, en sus acciones, en ese Evangelio en el que  le vemos vivir. No obstante, es bueno para nuestras almas y saludable en grado sumo, considerar la estima y amor del Maestro por la pureza y las precauciones que quiso tomar, no precisamente para preservarse Él, porque nada tenía que temer, sino para enseñarnos con el ejemplo la prudencia que debe acompañar nuestros actos.

Jesús promete la visión de Dios, la visión beatífica que colmará todos nuestros deseos, que saciará todas nuestras necesidades, a la pureza de corazón. ¿Y no encierra ella todas las purezas? Si el corazón es puro, los pensamientos serán elevados, los afectos santos, las palabras castas, los gestos y modales modestos.

Varias veces, en el transcurso de su vida pública, el Maestro hablará también de castidad a las multitudes ávidas de sus enseñanzas. Pero los atractivos divinos de la castidad perfecta y las exquisitas delicadezas de la virginidad que la masa del pueblo, demasiado terrena, no podría aún comprender, no los describe sino al oído de sus más íntimos; no se dirige más que a las almas elegidas que pueden fijar la mirada en las altas y luminosas regiones de una vida más perfecta: “¡El que pueda entender, entienda!”[3]

Lo que debe llevarnos a la búsqueda y al amor de esta virtud angélica es, sobre todo, el ejemplo del Maestro. Jesús abrazó voluntariamente una vida austera y mortificada: eligió la pobreza con sus privaciones, fatiga y sudores. Se entregó al ayuno, se impuso vigilias prolongadas, soportó las incesantes fatigas de la vida apostólica. Durmió sobre la tierra desnuda, envuelto en el propio manto; no concedió a su cuerpo más que lo necesario, lo indispensable. ¡Ah! Es porque Él, nuestro divino Modelo, sabe qué útil es para nosotros, pobres hijos de Adán, tener bajo el yugo y reducir a servidumbre nuestra naturaleza tan inclinada al mal y nuestros sentidos tan prontos a la rebelión.

Es verdad que el Evangelio nos muestra a Jesús tomando parte a veces en fiestas y bodas; pero ¿qué hace en medio de estos festejos terrenos? Sin perder de vista su gran misión, se asocia a las alegrías humanas tan sólo para bendecirlas y santificarlas. Siempre grave, tranquilo y digno, toma parte en las conversaciones sólo cuando con sus palabras puede instruir, iluminar, edificar o consolar.

Una sola palabra del Libro sagrado basta para revelarnos la reserva extrema que tenía Jesús en sus relaciones con las mujeres. Cansado de caminar, el Maestro se había sentado junto al pozo de Jacob y había iniciado con la Samaritana aquel sublime coloquio, a cuyo término la pecadora de Sicar quedó transformada en apóstol. El texto sagrado dice que los apóstoles, al regresar junto a Él, “se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer”[4]. ¡Se maravillaron! Tenía que ser algo muy fuera de las costumbres del Maestro, algo muy extraño y nunca visto por los apóstoles.

No obstante, sabemos que Jesús hablaba a veces con las mujeres. Habló a la hemorroísa después de su curación; a Magdalena para asegurarle el perdón; a Marta para calmar su excesivo apresuramiento; a la mujer de Zebedeo, a quien un ciego amor materno conducía a sus pies. Sí, pero no les hablaba a solas. Lo hacía en medio de la multitud, rodeado de sus discípulos, generalmente en presencia de quien pudiera dar testimonio de la santidad de sus palabras y de la pureza de sus actos. Incluso después de la resurrección mantiene esta reserva. Permite a las santas mujeres que encuentra en el camino que le besen los pies, pero a Magdalena, su predilecta, a la que encuentra sola en el jardín, le prohíbe que lo toque: “No me toques”[5].

Cuando el profeta Eliseo trató de devolver la vida al hijo difunto de desolada dueña de la casa donde se hospedaba, se extendió sobre el pequeño cuerpo. Colocó sus ojos junto a los ojos del niño, su boca y su corazón junto a la boca y el corazón del niño, calentándolo con su aliento y vivificándolo con su contacto. Cuando Jesús quiere realizar sus milagros evita tocar los cuerpos. Sin duda, de esta forma quiere mostrar la omnipotencia de su palabra, pero también quiere prevenirnos y ponernos en guardia contra las familiaridades condenables y las libertades peligrosas.

Jesús está siempre atento para predicar una pureza suma con el ejemplo. Quiere verla brillar en todos sus fieles. Traza reglas para todos. Pero para con sus apóstoles, sus privilegiados, para con esos otros Cristos, ¡cuáles no serán sus divinas exigencias!

¡Oh, sacerdotes de Jesucristo, ministros del Altísimo, dispensadores de los divinos misterios, cuál no deberá ser vuestra pureza! Mediante el Sacerdocio, Dios os ha colocado por encima de los mismos ángeles. Os ha dado poderes, os ha concedido privilegios que ha negado a esas inteligencias puras. Vosotros estáis llamados a prestar al Cuerpo Eucarístico de Jesús los cuidados que la Virgen Inmaculada tenía para con el sagrado cuerpo de su divino Niño. Lo tenía en sus manos virginales, lo envolvía en pañales, lo presentaba a la adoración, enjugaba la sangre producida por el cuchillo de la circuncisión, le daba besos maternales, lo ofrecía al Padre celestial y se sacrificaba también con Él. ¡Qué puras deben ser las manos del sacerdote que tocan ese Cuerpo sagrado, que lo elevan al cielo ante los fieles arrodillados! ¡Qué puros esos labios que todos los días le dan el casto beso de la comunión! ¡Qué puras esas miradas que lo contemplan tan a menudo, y tan de cerca, bajo los velos del Sacramento!

Si fuera posible, el sacerdote debería ser más puro que el ángel  y casto como la Virgen Madre. Pero el sacerdote es un hombre, y su carne, como un pesado manto, lo inclina hacia la tierra y lo oprime dolorosamente. ¿Qué hará entonces para mantenerse en la cima donde la gracia quiere que esté? Caminará sobre las huellas del Maestro, conformará la propia vida según los ejemplos de esa vida. Si Dios no le concede el don inestimable del sufrimiento y de la enfermedad, los suplirá cansando el cuerpo con los trabajos fatigosos de un ministerio abnegado y sacrificado. Abrazará una vida privada de las satisfacciones de la carne y de los sentidos y se esforzará por acrecentar en sí con el estudio, la oración y la búsqueda constante de los bienes superiores, la vida de su alma y de las facultades  intelectuales.

El sacerdote es sacrificador con Jesús, pero es también víctima. Las víctimas deben ser puras, santas y sin mancha para ser agradables a Dios; una víctima manchada es rechazada por Dios, ¡es un horror delante de Él! Entonces, el sacerdote de Jesús debe esforzarse en purificarse cada vez más de todo apego humano, de toda satisfacción vulgar y de todo placer de los sentidos. No es un hombre ordinario: es un Cristo, un Ungido, un Bendecido, un Elegido. ¡Es tan grande, tan digno de respeto y de amor cuando se presenta puro en medio de sus hermanos, libre de pasiones groseras, elevado por encima de lo terreno y meramente humano! ¿Aquél que cada mañana apaga su sed en el cáliz del altar, que bebe ese vino sagrado que hace germinar vírgenes, querrá sentir todavía la sed de los placeres de la tierra? ¿Aquél a quien Jesús ofrece la casta embriaguez de su amor, querrá buscar otras delicias? No; ¡el sacerdote encontrará, si quiere, en el amor de su Dios, en el Corazón de Jesús, su adorable Amigo, todo lo que puede saciar las legítimas necesidades de su corazón, las aspiraciones de su alma, por muy tierno y cariñoso que sea!



[1] Jn 8,46

[2] Ap 1,13-14

[3] Mt 19,12

[4] Jn 4,27

[5] Jn 20,17


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