Capítulo 8 – LA MISERICORDIA, SÉPTIMA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

El Corazón de Jesús es el santuario divino donde residen todas las virtudes. Las posee todas en sumo grado. Es la hoguera siempre ardiente de la que irradian todas las bellezas morales, todos los dones naturales, sobrenaturales y divinos que pueda imaginar nuestra pobre inteligencia.

Entre todas las virtudes que moran en ese Sagrado Corazón, como en su templo particular, hay una que parece ser suya en forma especial, su virtud, su inclinación: es la misericordia. Sí, la misericordia es realmente el atributo del Corazón de Jesús.

La Sagrada Escritura y en particular los inmortales salmos de David, cantan las alabanzas de la misericordia de Dios, la exaltan y magnifican de mil maneras. Pero solamente cuando vino nuestro Salvador, la misericordia divina apareció en forma sensible y palpable, por así decir, a la inteligencia y al amor del hombre. Bajo la ley del temor, la misericordia era solamente entrevista; bajo la ley de gracia se la puede ver y palpar.

El amor era Dios, y el amor estaba en Dios y vino al mundo; al cubrirse con los velos de la humanidad y al descender a la tierra, siguió siendo el Amor, pero tomó un nombre y una forma nueva. Tomó el nombre y la forma de la Misericordia, se transformó en Jesús, o sea, en la Misericordia. ¡La Misericordia, Jesús, es la misma forma divina y adorable del Amor!

Todas las palabras, todos los actos, todos los divinos gestos de ese Amor humanado, de Jesús, llevan el sello de la misericordia. Sale de Él naturalmente como el agua de su fuente, como el calor de la hoguera ardiente. “Misericordia quiero y no sacrificios”[1], dice. Quiere ser misericordioso. “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”[2]. Vino a traer gracias de rehabilitación y perdón celestial a la criatura caída. Fue enviado al mundo para salvar y no para juzgar[3]. Por eso, le oímos decir a los apóstoles, prontos a exigir justicia: “¡No sabéis de qué espíritu sois!”[4].

Esta misericordia infinita del Corazón de Jesús aparece de manera muy conmovedora en dos pasajes del Santo Evangelio. María, la pecadora de Magdala, arrepentida y realmente humilde, acude a la casa del fariseo para ofrecer a Jesús el devoto homenaje de su corazón y de su adoración. El divino Maestro, que de ordinario rechaza semejantes testimonios, recibe en ese momento de buen grado, las señales de su amor porque de esa forma quiere rehabilitarla públicamente. ¡Y con qué delicadeza exquisita, con qué divino tacto muestra a Simón cuán injusta es su opinión acerca de ella! Nuestro Señor ama a las almas penitentes y declara a Magdalena que “sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho”[5].

En otra ocasión, conducen ante Él a una mujer sorprendida en pecado. La Ley ordena lapidar a tales personas. ¿No quiere Jesús siempre que se obedezca a la Ley? Él mismo ¿no es fiel a sus prescripciones? ¿Qué hará entonces? ¡No temamos! Su misericordia le sugerirá el medio de hacer prevalecer la bondad sobre la justicia: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”[6]. Uno tras otro, todos se van y no quedan sino Jesús y la pecadora, una gran miseria y una Misericordia aún más grande. “Mujer, ¿ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor. Tampoco Yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”[7].

Pero nada mejor para hacernos conocer el fondo inagotable de la Misericordia de Jesús que las dos adorables parábolas, verdaderas perlas de amor, engarzadas en el precioso joyel de los Evangelios: la oveja perdida y el hijo pródigo. El Corazón misericordioso del Maestro se revela aquí por entero, con delicadezas tan suaves, tan idealmente tiernas, que no hay corazón humano, por poco sincero que sea, que no se sienta conmovido.

Jesús, divino Pastor, va en busca de su oveja. La encuentra y la perdona. La vuelve a conducir al redil. El cansancio y el sufrimiento del regreso serán, sin duda, una expiación justa, si bien ligera, de sus culpas pasadas; pero el tierno Pastor no quiere que sufra más, no quiere que se canse recorriendo los caminos. Si el cansancio o los sufrimientos expiatorios son necesarios, será Él quien los soporte. Toma en brazos a la fugitiva, la estrecha junto a su Corazón, y le prodiga los privilegios y caricias que no había recibido en los días de su inocencia[8].

Y cuando el hijo pródigo vuelve al hogar paterno, ¡qué perdón tan amplio le otorga su padre! No sólo lo recibe, no sólo le devuelve todos sus derechos para el porvenir, sino que también desea que en medio del gozo de las fiestas y de las armonías olvide las amarguras de su pasado.

¡Qué poco hace falta para conmover al Corazón de Jesús y provocar su Misericordia! Una palabra de confianza, una invocación del pobre ladrón crucificado a su lado, bastan para que lo perdone en el acto y le abra el Cielo[9]. En verdad, el espíritu de Jesús, Jesús mismo, ¡es la Misericordia!

La gran misión del sacerdote es revelar a las almas la misericordia divina. Todas, más o menos, han pecado. Todas sienten entre la santidad infinita de Dios y la propia miseria un abismo que les parece insuperable y cuya vista las aterra. Aun cuando estén sumidas en las tinieblas, hay en el fondo de cada alma humana un vestigio de verdad que le muestra al Ser supremo infinitamente santo y sumamente puro. Por eso, cuando se ve culpable, procura alejarse de Dios, se esfuerza por olvidarlo e, impotente para aniquilar efectivamente a ese Ser divino que la condenará, quiere por lo menos  borrarlo de la mente y destruirlo en su pensamiento. Entonces se interna cada vez más en el mal y se hunde en el abismo.

Pero, por poco sincera que sea, cuando se le hace ver el amor misericordioso de su Dios, el temor desaparece, se apodera de ella el arrepentimiento y la gracia de la reconciliación termina lo que la misericordia había comenzado.

He aquí la obra del sacerdote: hacer conocer a Jesús bajo el aspecto más amable, dulce y atrayente; hacer penetrar en las almas el conocimiento de la Misericordia; abrir los corazones a la confianza y al amor. ¡Qué consoladora misión! Mas, ¿cómo podrá convencer a las almas con la palabra, si no se muestra él verdadero discípulo del divino Misericordioso, colmado de sentimientos de amorosa compasión por los pecadores? Es necesario que le vean santamente apasionado por la salvación de las almas, yendo en pos de las huellas de su Maestro en busca de las ovejas extraviadas, sin dejarse descorazonar por la duración de la búsqueda o las asperezas del camino. Y cuando haya encontrado a esas pobres almas culpables, cubiertas con las vergonzosas lacras del pecado, que se mueva a compasión, que se incline hacia ellas, que derrame aceite y vino en sus heridas, las tome en sus brazos y las reconduzca a Jesús.

¡Qué feliz es el sacerdote al ser ministro de un Dios de Misericordia! El corazón debería fundírsele en el pecho por los ardores de un amor indescriptible al sentirse con poder para decir al alma pecadora en nombre de Jesús estas divinas palabras: “¡Yo te absuelvo!” Nunca es Dios tan grande como en sus divinos perdones. El sacerdote nunca se encuentra tan elevado, tan revestido de Dios y tan realmente Jesús, como cuando perdona y absuelve.



[1] Cf. Mt 9,13

[2] Lc 19,10

[3] Jn 3,17

[4] Lc 9,55

[5] Lc 7,47

[6] Jn 8,7

[7] Jn 7,10-11

[8] Lc 15,5

[9] Lc 23,43


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