Capítulo 9 – EL AMOR, OCTAVA VIRTUD SACERDOTAL DEL CORAZÓN DE JESÚS

La Sagrada Escritura nos enseña que el Creador colmó el Paraíso terrenal de toda suerte de delicias[1]. Dios se encontraba con el hombre y se entretenía con él en coloquios inefables, y los encantos de la naturaleza, tan hermosa en aquel despertar del mundo, servían de maravilloso marco a esos divinos encuentros. Allá, el cielo estaba siempre apacible, la tierra era siempre fecunda. El árbol de la vida que crecía en medio daba sus inmortales frutos y de allí brotaban cuatro ríos que, al correr hacia el exterior llevaban lejos la vida y la fertilidad[2].

El Corazón de Jesús, ¿no podría compararse a este Edén, elegido como morada de los primeros representantes de nuestra humanidad? ¿No es Él un jardín de delicias, abierto por Dios a las almas sedientas de un insaciable deseo de luz, de verdad y de amor? Colmado de los dones más excelentes, adornado con la hermosura más admirable, verdadera morada de las divinas complacencias, es el lugar del encuentro del hombre con Dios. La Divinidad, amorosamente empequeñecida, desciende allí hasta la miseria del hombre, y éste, bajo el peso del pecado, encuentra en Él misteriosos senderos para subir hasta Dios. En el centro se alza el árbol de la Caridad divina, cargado de los frutos más exquisitos, y cuatro ríos de amor lo riegan y desbordándose, llevan al exterior las ondas vivificantes de la sagrada dilección.

En ese Corazón adorable, verdadero Corazón del Verbo encarnado, el Amor Infinito vive en su plenitud. El Corazón de Jesús siente todos los sentimientos inefables, puros, sagrados que puede sentir la Divinidad; ese Sagrado Corazón experimenta todos los sentimientos nobles y elevados que un corazón humano puede experimentar. Su amor abraza y sumerge en sus olas ardientes la inmensidad de los mundos y la multitud de los seres: ¡es el Amor Infinito sin límites ni medida!

Nos parece, sin embargo, que en el Corazón de Jesús Sacerdote, en el Corazón de ese divino Sacrificador y divino Sacrificado, el amor, dirigiéndose a cuatro objetos diferentes, ha tomado cuatro formas distintas: se ha dividido, por así decir, en cuatro corrientes de amor, en cuatro ríos sagrados de flujo impetuoso y fecundo. Jesús ha amado a su Padre celestial con amor de hijo y de criatura, lleno de respeto y de piedad; ha amado a su Madre, la Virgen, con amor de hijo, todo lleno de confianza y dulzura; ha amado a la Iglesia, formada de su sagrado Costado como una nueva Eva, con amor de esposo, impregnado de ternura y fidelidad; ha amado, ha querido a las almas con amor de padre tierno, providente y olvidado de sí.

El Corazón de Jesús se nos ha mostrado como lugar de delicias; y el corazón del sacerdote, ¿no es también objeto de las divinas complacencias? Este corazón de hombre tan puro, tan por encima del fango de la tierra, tan libre de ligaduras humanas, ¿no es también un espectáculo gozoso a los ojos de Dios? Sin duda, el Padre celestial se complace en descender hasta él cuando lo ve en todo semejante al Corazón de su Hijo. Por lo tanto, el estudio constante del sacerdote debe consistir en formar su corazón según el Corazón del divino Modelo, imprimir en él las mismas virtudes, la misma pureza, la misma dulzura y, sobre todo, el mismo amor, pues ¿no se asemejan los corazones por el amor?

El corazón del sacerdote es un vaso en el cual Dios destila su celestial amor. ¡Debe ser un vaso muy puro, muy grande! Es necesario que sea tan vasto como un océano y tan profundo como un abismo, porque el torrente del Amor Infinito quiere atravesar por él para llegar hasta las almas.

El Corazón de Jesús y el corazón del sacerdote, ¡un solo corazón! ¡Las mismas virtudes, las mismas grandezas, las mismas palpitaciones amorosas por Dios, por María, por la Iglesia y por las almas! “El que tenga sed, que venga a Mí y beba”[3]. ¡Vayamos a ese Corazón divino, manantial de vida y de amor; vayamos a esas fuentes del Salvador[4] siempre desbordantes, vayamos a embriagarnos en esa copa sagrada que el Amor Infinito colma!

 Amor del Corazón de Jesús por el Padre

 Jesús amó a su divino Padre. Una de sus adorables palabras nos revela su amor filial y ardiente: “Yo hago siempre lo que le agrada”[5]. La prueba más cierta del amor es hacer siempre lo que agrada al ser amado, es ese cuidado en observar atentamente sus deseos, en abrazar su voluntad y complacerle en todo. El pensamiento de Jesús estuvo continuamente fijo en la voluntad del Padre, las miradas interiores de su alma siempre se dirigieron hacia Él. Se complació en la consideración de sus perfecciones, se anonadó y empequeñeció para exaltar más la grandeza del Padre celestial. Se sacrificó en reparación de su gloria ultrajada por el pecado del hombre; para extender esa gloria y aumentarla, no ahorró nada: se inmoló a Sí mismo.

El amor del Padre dominó toda la vida de Jesús. En la noche de la Cena, a pocas horas de su dolorosa Pasión, dejó que su Corazón prorrumpiera en esos arrebatos sublimes de amor, de adoración y de confianza filial, que no pueden leerse sin doblar las rodillas y derramar lágrimas. Ama al Padre y se sabe amado por Él, y este Amor Infinito, que va de uno a otro en un flujo y reflujo divino, tiene profundidades, ardores, pureza y arrebatos inexplicables: “¡Padre, ha llegado la hora! Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti… La vida eterna consiste en conocerte a Ti, único Dios verdadero… ¡Padre justo, el mundo no te ha conocido, Yo sí te he conocido! …Que todos sean uno como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti… para que el mundo crea que Tú me has enviado”[6].

Y cuando Jesús lo haya consumado todo, cuando haya cumplido hasta el fin la voluntad del Padre, se volverá una vez más hacia ese Padre amadísimo para decirle con amoroso abandono: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”[7].

El amor de Dios debe dominar también la vida del sacerdote. El amor por el Padre celestial, que ha hecho de él una criatura bendita entre todas, que lo ha señalado desde toda la eternidad para participar en la unción de su Cristo: el amor, sobre todo, a Jesús, a ese adorable Maestro, a ese incomparable Jesús que lo ha dotado de sus dones más magníficos, que lo ha elevado a las divinidades más altas, que lo ha hecho otro “Él mismo”; el amor a Jesús, un amor profundo, íntimo, vivo, debe ser el gran motor de las acciones, de los pensamientos y de la vida del sacerdote. Si conoce bien a Jesús, si está unido a Él por medio del amor, realizará las obras de su Maestro y tendrá la vida en Él.

“El que me ama, será amado por mi Padre… y vendremos a él y haremos morada en él”[8]. Estas palabras de Jesús se dirigen a todos los fieles, pero con mayor razón a sus sacerdotes. Jesús vive en el sacerdote en forma especial. En el altar, en el tribunal santo, en la cátedra de la verdad, no es un hombre cualquiera, es Jesús, Jesús que enseña e ilumina, Jesús que perdona y absuelve, Jesús que ofrece y sacrifica.

Y una vez que ese divino Salvador ha investido así a su sacerdote, cuando lo ha llenado de Sí mismo, cuando ha vivido en él estas tres grandes acciones del Sacerdocio, ¿se retirará? No, sin duda. Mientras la vida puramente natural, los desórdenes del espíritu o los sentidos, o el pecado no lo expulsen Jesús continúa viviendo en su sacerdote. Y vive en él hasta el punto de querer que el sacerdote diga, al referirse a su sagrado Cuerpo, a su Sangre adorable: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”. ¡Oh, si el sacerdote pensara en esta morada de Jesús en su alma, en esta investidura sagrada, cómo le gustaría retirarse en su interior y cerrar tras de sí la puerta para atender con comodidad al divino Huésped! Jesús vive en su alma íntegramente: Dios y Hombre, con sus esplendores divinos y atractivos humanos, con el poder y sabiduría de un Dios y la dulzura y ternura de un hermano, con la amabilidad de un amigo.

Todo Jesús vive en el sacerdote. Son los dos una sola cosa: la divina inteligencia de Jesús se aplica a la inteligencia del sacerdote y le comunica sus luces; el Corazón de Jesús late en el corazón del sacerdote y lo inflama de un ardiente amor por las almas; el cuerpo de Jesús se une a los miembros del sacerdote, les imprime una vida sobrenatural y la gracia de la castidad. ¡Qué amor recíproco debe existir  entre estos dos seres! ¡Qué intercambio de ideas y sentimientos, qué unión de voluntades, qué conformidad de vida, qué armonía entre estos dos corazones, qué intimidad entre estas dos almas!



[1] Cf. Gen 2,8

[2] Cf. Gen 2,10

[3] Jn 7,37

[4] Cf. Is 12,3

[5] Jn 8,29

[6] Jn 17

[7] Lc 23,46

[8] Jn 14,21.23


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