Capítulo 9 – AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LA VIRGEN, SU MADRE

Jesús amó a la Virgen, su Madre. Desde el principio de su vida pública quiso dar prueba de su amor filial. Fue en Caná de Galilea. Jesús y su santa Madre asistían a un banquete de bodas. Faltó el vino y los sirvientes vinieron a dar la nueva a María. Al momento, la Virgen bendita se vuelve hacia el Hijo y le dice: “No tienen vino”[1]. Y Jesús responde a su Madre: “Mujer”, tú, la mujer por excelencia, la única entre todas que no tienes pecado, “¿qué tengo Yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”[2]. Todavía no he comenzado a hacer los grandes milagros que debo realizar. Pero al dirigirte a Mí en esta ocasión, sin duda quieres recordarme lo que hay de común entre nosotros; quieres traer a mi memoria los vínculos tan dulces que nos unen, la comunidad de vida, de sangre, de pensamiento, de deseos, de amor, que reina entre nosotros. ¿Podría resistirme a tu ruego y no anticipar la hora que me había fijado? Y la Madre de Jesús, interpretando su pensamiento, segura de su Corazón de Hijo, se dirige a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”[3]. Y cuando las tinajas están llenas de agua hasta el borde, Jesús realiza su primer prodigio.

Sabemos que estas palabras de nuestro Salvador han sido interpretadas de diversos modos. Pero para quien conoce un poco el Corazón de Jesús, ¿no pueden encerrar una delicada y afectuosa alusión a esta unión tan estrecha que forma la naturaleza entre una madre y su hijo? Jesús quiso que entre Él y su Madre purísima todo fuera común; la asoció a sus grandezas, la unió a sus alegrías, la hizo partícipe de sus dolores, la hizo víctima con él, sacerdote con Él, y en cierto modo, redentora con Él, Redentor divino. El amor quiere esta unión, esta unión íntegra de sentimientos y estado.

Las primeras miradas de Jesús, que llora en el pesebre, fueron para María; el primer milagro de su vida pública se obró gracias a sus ruegos; los últimos pensamientos de Jesús crucificado y sus últimas miradas, serán también para Ella. Viendo a la Virgen María de pie junto al patíbulo, agonizando en medio de un dolor indecible, se inclina hacia Ella y, a punto de morir, arroja en sus brazos lo que le es más querido después de Ella: ¡las almas! Es su legado supremo, su último don de amor. Le confía a todos sus hijos en la persona de Juan, su predilecto. La hace la Madre fecunda entre todas las madres, la reina del universo, la dispensadora de gracias.

Entre los sentimientos del corazón del hombre probablemente no hay ninguno más delicado y más profundo que el amor de un hijo por su madre. Mezcla exquisita de fuerza y ternura, de sumisión respetuosa e infantil familiaridad. Cuando el hijo descansa la cabeza contra el seno materno que lo ha nutrido, se cree niño todavía, débil pero muy amado; cuando estrecha a la madre junto a su corazón, se siente fuerte y ardiente para defenderla, poderoso para protegerla. Es para con ella dócil como un niño, sencillo y lleno de confianza. Le habla de sus deseos, le confiesa las propias debilidades, le hace saber sus proyectos, recibe con gusto sus consejos, querría obedecerle siempre.

El amor a la madre es el primero que se despierta en el corazón del hombre, y el último en abandonarlo. Es un amor que conserva, que protege, que purifica, que consuela y que sostiene. Es un amor, tal vez el único, al que podemos abandonarnos de todo corazón, sin peligro de marchitarlo y sin temor de amarguras.

Para el hombre, para el sacerdote, la madre es el don de Dios. Encuentra en ella, en su amor tan discreto, tan lleno de abnegación, todo lo que su corazón, sobre todo si es tierno y ardiente, puede desear: apoyo, dulzura, salvación.

Si el sacerdote debe amar a su madre, si la ama siempre, ¡cuánto más deberá amar a la Madre incomparable, a la Madre del Amor Hermoso, a su divina Madre María! Muy a menudo hemos repetido que el sacerdote es otro Cristo. Lo que María era para su Jesús lo es también para el sacerdote. Es Madre: Madre amorosa, caritativa, dedicada a él por entero. Lo rodea de cuidados, lo mira con amor, le inspira cuanto conviene, lo instruye, lo defiende, lo bendice.

También el sacerdote deberá ser para María lo que Jesús era para la Virgen, su Madre: hijo obediente, respetuoso, lleno de amor. Que sea siempre con María, como con su madre: un hijo Que se refugie en sus brazos cuando sufra, vaya hacia Ella cuando se sienta alegre, la interrogue cuando quiera saber, recurra a Ella en sus necesidades más insignificantes, le confíe todos sus deseos, le descubra sus debilidades. Que nunca hable, actúe y ni siquiera se detenga a pensar, sin que la imagen idealmente pura de la Virgen proyecte sobre él su sombra protectora.

Para el corazón del sacerdote, el amor a María es un elemento necesario. Es el bendito rayo de sol y el rocío benéfico que hacen brotar en su alma la flor de la castidad. Es un principio de vida, un germen de virtudes. El sacerdote que ama a María como Madre, que confía y depende de Ella, no se alejará del recto camino, se mantendrá humilde, puro, fervoroso, ¡hará que Jesús viva en él!



[1] Jn 2,3

[2] Jn 2,4

[3] Jn 2,5


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