Capítulo 9 – AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LA SANTA IGLESIA

El amor de Jesús por la Santa Iglesia es un amor de Esposo. Para unirse a ella abandonó las delicias del Cielo, se entregó por entero a ella. Le ha dado su alma, aplicándole sin medida ni restricciones su divina inteligencia, su memoria y todas las operaciones de su espíritu. Le ha dado su Corazón, consagrándole un amor fiel, ardiente, único, eterno. Le ha dado su cuerpo y ¡de qué modo tan inefable! La ha adornado con las joyas más valiosas. La ha rodeado de los cuidados más tiernos y vigilantes. La ha hecho grande, noble, digna de honor. La ha hecho fecunda. Le ha conservado una fidelidad inviolable.

¿Hubo alguna vez unión más estrecha, más indisoluble que la de Jesucristo con su Iglesia? Entre esposos ¿reinó alguna vez amor más ardiente y fuerte, donación más completa y eficaz? La unión mística se consumó en la Cruz como en un lecho nupcial. Desde entonces, desde aquellas divinas nupcias, siempre se han sido el uno para el otro. En la prosperidad y en la desgracia, en la persecución y en el honor, en la alegría y en la angustia, nunca se han separado. Cuando se despreció a Jesús, la Iglesia participó en el oprobio; cuando se abandonó a Jesús, la Iglesia, su esposa, conoció el abandono; cuando se alabó y amó a Jesús, la Iglesia participó en el gozo. Del mismo modo, todos los ultrajes hechos a la Iglesia hirieron a su divino Esposo; todas las pruebas que debió sufrir, las compartió con Él. ¡Se encuentran tan estrechamente unidos y ligados que los golpes dirigidos contra Cristo por la impiedad de todos los tiempos, siempre han herido a la Iglesia; y el fango arrojado al manto de la Iglesia ha recaído siempre sobre las vestiduras de Cristo!

La primera lágrima de Jesús en la cuna bastaba para rescatar al mundo; más aún, el primer suspiro de su Corazón al entrar en la vida hubiera sido rescate abundante. Entonces, ¿por qué tantos trabajos, tantos sufrimientos, tantas lágrimas y tanta sangre derramada? ¡Es el amor de Jesús por su Iglesia! Quería enriquecerla con tesoros divinos. Quería revestirla de púrpura y dio la propia sangre para teñir su manto; quería rodear su cuello de perlas preciosas y derramó lágrimas; quería coronarla de honores e inmortalidad y dio su propia vida y su propio honor para formar su corona.

¿Puede el amor llegar más lejos? ¿Puede prolongarse más allá de la tumba? ¿Puede sobrevivir a la muerte? Cuando el esposo ha dado la vida por la esposa, ¿qué más puede darle? Jesús dio más todavía. Volvió a tomar la vida que había sacrificado, la transformó y, encerrándose con esta nueva vida en un estrecho sagrario, permanece, por amor a la Iglesia, en estado de perpetuo sacrificio hasta el fin de los tiempos.

Y mientras todos los días se inmola así por ella, continúa colmándola de sus dones: la ilumina con luces celestiales, la inflama con el fuego de su Corazón, la nutre con un delicioso alimento, alimento que es su mismo cuerpo, ¡su carne divina!

La fortalece y la provee de armas en medio de los combates que ella debe sostener, ya que milita sobre la tierra. La consuela en sus angustias y le prepara un triunfo definitivo para la eternidad, una glorificación completa.

Si la santa Iglesia es la esposa de Cristo, lo es también del sacerdote: es su compañera elegida. En el momento en que debía entregar su corazón y tomar una decisión sobre su vida, el elegido de Cristo consideró en su alma el lugar hacia el cual dirigiría su destino y movido por el impulso suave de la gracia divina, iluminado por los dulcísimos rayos que el Amor Infinito esparcía en su corazón, eligió. Desdeñando la hermosura que pasa, la gloria que perece y esa felicidad incierta que se va con el tiempo y que la muerte siempre destroza, elevándose por encima de los placeres pasajeros y falaces de los sentidos y la imaginación, mediante un acto libre, eligió a la Iglesia como única esposa. La tomó como su herencia y se entregó a ella por entero. El subdiaconado fue el día de la pedida de mano, el Sacerdocio el de la unión total. Desde entonces caminan juntos por la vida. Participarán de la misma fortuna, sufrirán y gozarán juntos; el honor de uno será el honor de la otra; ya no pueden separarse.

¡Es tan bella la santa Iglesia que, con su juventud siempre renovada, desafía la sucesión de los siglos! ¡Es tan rica en tesoros celestiales! Hija de Dios, nacida de sangre divina, ¡es tan noble y tan grande! ¡Con cuánto amor debe amarla el sacerdote! ¡Con qué celo debe conservarla en su integridad! ¡Con qué santo ardor debe defenderla contra los enemigos perpetuamente aliados contra ella! ¡La Iglesia! ¡Debe ser la gran pasión del sacerdote! Para hacerla libre y feliz, para verla irradiar desde el centro de su espléndida unidad hacia la universalidad de las almas, debe estar dispuesto a afrontar todas las fatigas y abrazar todos los sacrificios.

Con sus dogmas tan ciertos, con sus enseñanzas tan luminosas, con su admirable jerarquía y con las maravillas de virtud, de pureza, de abnegación y de genio que produce desde hace veinte siglos, la Iglesia bien merece que el hombre se entregue a ella con la plenitud de su alma, con todo el impulso de su corazón. ¡Ella sabe restituir tan bien y mejorar lo que se le da! Sabe dilatar tan bien las inteligencias, elevar los espíritus, inflamar los corazones. Cuando toma a una criatura humana, sabe muy bien transformarla, perfeccionar sus cualidades, ampliar sus horizontes y desarrollar su poder de ser y de conocer. ¡Ella es, con Dios, la gran reformadora de la humanidad, la maravillosa transformadora de las almas, de las sociedades, de las naciones!

El sacerdote debe amar a esta esposa incomparable como la amó Jesús: en las fatigas, en las persecuciones, ¡hasta la santa locura del sacrificio y de la Cruz!


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