Capítulo 9 – AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LAS ALMAS

¿Qué diremos del amor de Jesús por las almas? Este amor fue su vida, su razón de ser. Junto con el deseo apasionado por la gloria del Padre, fue la continua aspiración de su alma, el latido de su Corazón, el principio y fin de sus actos, de sus palabras, de todos sus pensamientos. Nació para las almas, murió por ellas y en los treinta y tres años transcurridos sobre la tierra, entre el pesebre y el sepulcro, ese amor, como un fuego devorador, no cesó un instante de consumir su alma.

¿Citaremos algún rasgo de la vida de Jesús, alguna palabra salida de su boca que pueda hacer comprender la ternura de su Corazón por las almas? ¡Habría que transcribir todo el Evangelio! ¿No es, acaso, este sagrado libro el poema del amor? ¿En esas sublimes páginas no vemos al Verbo divino voluntariamente descender de su trono de gloria, exiliado del cielo, humillado, envilecido, oculto bajo la miserable vestidura humana, pasar por la tierra como un mendigo? ¿No lo vemos entregado a los más penosos trabajos, soportar los mayores padecimientos y ofrecerse, por fin, a la muerte? ¡Y todo esto para conquistar el alma humana, para unirse a ella en un abrazo de amor!

Si nos acercamos a la Cruz, si desprendemos de sus ramas el fruto empurpurado que pende de ellas, si exprimimos este fruto divino, madurado con el sol del dolor, el amor sale a borbotones; ¡es todo amor! Es imposible contemplar a Jesucristo en la Cruz sin persuadirnos de su infinito amor por las almas.

¿No dijo que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”[1]? Él tuvo este gran amor por las almas. Desde el principio dio su vida gota a gota, con plegarias continuas y trabajos prolongados; con los tres años de correrías apostólicas, predicaciones, privaciones y pruebas; con el continuo dolor que la multitud de los pecados del hombre imprimía en su alma.

Dio, en fin, esta vida toda pura, toda santa, con la total efusión de su sangre, comenzada en el Huerto de los Olivos en medio de las angustias de la agonía, continuada en el Pretorio con los golpes de la flagelación y las espinas de la corona, completada en el Calvario por los clavos de la crucifixión y culminada sobre la Cruz por la lanzada que nos abrió su Corazón.

Si no podemos mirar la Cruz sin  creer en el amor, tampoco podemos acercarnos al Sagrario sin sentirnos sumergidos en sus olas vivificantes. El amor tiende invenciblemente a la unión. En el Corazón de Jesús, el deseo de unirse a las almas fue continuo, apremiante. Este deseo de unión parece haber sido el gran tormento del Maestro y para satisfacerlo, inventó medios siempre nuevos, sobrepasó todos los obstáculos, desplegó todo su poder divino.

Después de unirse al hombre con la conformidad de naturaleza, estrechó esta unión mediante una semejanza perfecta de vida, de ejercicios, de sentimientos y de estado. Quiso vivir en el alma humana con su gracia, pero esta unión no le bastó. Encontró en su sabiduría y obró con su potencia una unión íntima, real y hasta entonces inaudita; una unión por medio de la cual viene a vivir en nosotros espiritualmente, mediante la cual vivifica con su divina influencia todas las partes de nuestro ser: ¡la unión eucarística!

¡He aquí la obra maestra del amor! Más amante y sacrificado que un padre que alimenta a los hijos con el fruto de su trabajo; más tierno que una madre que les da su propia leche, Jesús se hace pan para nutrir de Sí mismo a su amada criatura. Penetra en nosotros y nos compenetra de Él. Con su divina sustancia vivifica la nuestra. Se incorpora a nosotros, se transforma en nosotros y nosotros nos transformamos en Él. ¡Oh, el inefable amor de Jesús por nuestras almas! ¡Por ellas, por cada una de ellas se sacrifica y se da, se agota y se anonada!

El amor a las almas reina en el corazón del sacerdote como en el Corazón de Jesús, porque estos dos corazones, unidos en el mismo amor, no forman más que un solo corazón. Ante todo, el sacerdote ama a las almas porque su Maestro las ha amado; quiere sacrificarse por ellas porque Jesús se ofreció en sacrificio por su salvación. La necesidad de imitar en todo a su adorable Modelo lo lleva con irresistible atracción hacia esas almas tan ardientemente amadas por Jesús.

Otros motivos lo mueven, además, para amarlas tiernamente: el sacerdote fue creado por amor, fue creado para las almas. Dios es amor; todo lo que sale de Él es amor; todos los seres que crea, son criaturas del amor. Mas el sacerdote es una creación de amor en forma completamente especial. Dios ha amado tanto a las almas que les dio su único Hijo, ¡el Verbo las ha amado tanto que se encarnó y sacrificó por ellas! Y cuando Jesús tuvo que volver a la gloria, Dios, en su amor, creó al sacerdote para las almas, para que hubiese siempre otros Jesús con ellas, para instruirlas, consolarlas, absolverlas y amarlas.

Por eso el sacerdote debe amarlas tanto: él es lo que es, el privilegiado de Dios, otro Jesús, sólo para ellas, por causa de ellas. El sacerdote ha sido dado a las almas, y las almas se le entregan a él. De esta doble donación debe resultar en el corazón del sacerdote una abnegación, un celo, una ternura sin límites. Ama en las almas a la criatura de Dios, al objeto del amor apasionado de su Maestro, al don especial de la divina caridad. ¡Las almas son la razón de ser de las gracias, favores, privilegios que se le han concedido! ¡son la causa de su grandeza!

Las almas son de Dios, el sacerdote es de las almas. Para ellas, pues, sus fatigas, sudores, lágrimas y sangre; para ellas los esfuerzos de su inteligencia, los ardores de su voluntad; para ellas sus palabras, su pensamiento, la actividad de su vida; para ellas los primeros ardores de su juventud, las obras fuertes de su virilidad, los últimos trabajos y esfuerzos de su vejez.

Jesús amó a las almas y dio prueba de su amor sufriendo por ellas y uniéndose a ellas hasta el extremo de convertirse en su alimento. El sacerdote de Jesús sigue el ejemplo de su divino Maestro, entra en sus amorosas disposiciones, participa de sus sentimientos. Sufre por las almas, y en ocasiones muy dolorosamente, pero en las angustias de la procreación espiritual se alegra, ya que de esa forma da nuevos hijos a Dios. Se une a ellas dándose por completo, no viviendo sino para ellas, de modo que todo cuanto hay en él les sirva para su bien y su salvación.

Esta salvación eterna de las almas es el grande, el único pensamiento del sacerdote. Todo su gozo consiste en conquistar una más, para que ame a Jesús. Va siempre adelante en sus conquistas sublimes, con la mirada puesta en Dios. La santa pasión de las almas lo domina a tal punto que se olvida por completo de sí. Su felicidad, su mayor consuelo, consiste en deponer a los pies de su adorable Maestro el fruto de sus fatigas, los trofeos de amor sus victorias pacíficas. Abrir para el pecador el seno de la Misericordia, limpiar las imágenes de Dios del barro que las cubre y, con un trabajo incesante y retoques sucesivos, volver a darles la semejanza divina, ver formarse bajo su mano obras maestras de santidad; estas son las alegrías sagradas y la embriaguez divina que el amor de las almas reserva al sacerdote de Jesús.

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Dice Bossuet hablando de la Santísima Virgen: “María es un Cristo comenzado”. El sacerdote es un Cristo continuado. Su vida es como una prolongación de la vida terrena de Jesús a través de los siglos; su palabra no es un eco más o menos sonoro de la palabra del Maestro: es la misma palabra de Jesús que pasa a través de su voz, ya que nuestro divino Salvador dijo a sus sacerdotes: “Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha”[2].

Si esto es así, si el sacerdote es otro Cristo, ¡de qué respeto debería estar rodeado! Encuentra aún este respeto y este honor debidos a su carácter sagrado en quienes han conservado una conciencia recta y la idea de las cosas elevadas. Pero con demasiada frecuencia se le insulta, y es para él un honor y una alegría esta semejanza con su divino Maestro.

No obstante, el sacerdote ¿se respeta a sí mismo siempre como debe? ¿Tiene idea cabal de su dignidad, de su grandeza? ¿Tiene conciencia de la adoración y el reconocimiento que debe a Dios, el amor e imitación que debe a Jesucristo, la edificación y la entrega que debe a sus hermanos? Jesucristo desea ardientemente ver a sus sacerdotes, -penetrados de la sublimidad de su carácter y al mismo tiempo, del sentimiento de la propia debilidad-, ir a su Corazón y reciban en esa divina hoguera la luz que ilumina y el calor que vivifica.

¡Sacerdotes de Jesús, acudid, pues, a las fuentes del Salvador! ¡Id a pegar vuestros labios a esa llaga de amor de donde mana la sangre de vuestros cálices! ¡Acercaos a esa hoguera de Amor Infinito, llenad de fuego vuestro pecho, colmaos de amor y derramadlo en el mundo! Jesús trajo el fuego a la tierra, su deseo es en que se encienda y arda[3]; os corresponde a vosotros, sacerdotes de Jesucristo, atizar esas llamas divinas y abrasar el mundo de amor.



[1] Jn 15,13

[2] Lc 10,16

[3] Lc 12,49


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