Capítulo 1 – AMOR DE JESÚS POR LOS SACERDOTES ANTES DE SU NACIMIENTO

El Verbo divino –Dios de Dios, luz de luz, engendrado y no creado, engendrado por el Amor Infinito, Él también Amor, tan realmente Amor como verdaderamente Dios– en su Encarnación sigue siendo eso mismo que es. Y porque Jesucristo, Verbo encarnado, es Dios, también es el Amor.

La Humanidad santísima de Jesús, unida a este Amor, penetrada de Él y por Él animada, debe amar y ama: ama apasionadamente, ardientemente. Ama en el transcurso de su vida terrestre con plenitud y ardor tales que nada la puede igualar. Su Corazón tiene palpitaciones de amor que nuestros corazones nunca han experimentado.

Ahora que el Salvador está en la gloria, continúa amando. Amará en el inmenso espacio de los tiempos y como Jesús resucitado ya no muere, tampoco su Corazón puede cesar de amar. ¡Amará por toda la eternidad con amor indefectible, sin fin!

Este amor del Sagrado Corazón de Jesús que no tendrá fin, tuvo, sin embargo, un principio. El Verbo amó siempre, pero el Corazón humano de Jesús, formado en el tiempo, comenzó a latir cierto día; un día comenzó a amar.

Cuando vemos un gran río que se desliza majestuosamente con sus hermosas aguas, pensamos, como es natural, que esas ondas que se empujan y suceden irán por fin a perderse en el vasto mar, en ese océano inmenso con el cual se confundirán. Pero también, en ocasiones, nuestra mente se dirige hacia la fuente de donde ha salido el río de aguas caudalosas y con gusto remontamos su curso, en busca del lugar, de ordinario solitario y oculto, donde brotaron las primeras gotas de sus aguas. Asimismo, al meditar en el Amor Infinito del Corazón de Jesús, no nos conformamos con considerarlo tan solo en su eterna duración, sino que encontramos también un gozo dulcísimo en investigar el principio de ese Amor y en elevarnos hasta los primeros latidos de este Corazón Sagrado.

En la Encarnación, el Verbo descendió para reparar la gloria del Padre celestial y para rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte. Los primeros latidos del Corazón humano de Jesús fueron, sin duda alguna, por su divino Padre, por la Virgen Inmaculada que le daba lo mejor de su sangre y su propia carne, y por el hombre culpable a quien venía a salvar. Mas, junto a estos tres grandes amores, vemos nacer en este adorable Corazón otra inclinación, una tierna predilección, un poderoso afecto que dominará por completo su vida y del que no cesará nunca de dar pruebas.

Recién concebido en el seno virginal de María, inspira a su Madre que vaya aprisa a las montañas de Judea y entre en casa del sacerdote Zacarías. Siente premura en comunicar a Juan, oculto aún en el seno materno, una pureza sin mancha y la santidad más sublime. ¿Quién es, pues, este niño que lo atrae con tanta intensidad y a quien previene con favores tan llenos de ternura? ¿Qué clase de amor es éste, tan ardiente, que el Corazón de Jesús no puede contener y que quiere derramar con liberalidad del todo divina?

Es el amor de Jesús a sus sacerdotes, a ese Sacerdocio cuya cabeza es Él mismo, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, Sacerdote único en el cual y sólo por el cual todos los demás sacerdotes tienen poder y dignidad. Jesús ama con amor de predilección a quienes hace partícipes de su Sacerdocio… Los ama, y su Corazón, palpitante de amor, reconoce en el hijo de Isabel el eslabón misterioso que debe unir el Sacerdocio antiguo, a punto de desaparecer, con el nuevo Sacerdocio que Él va a fundar. Gracias a Juan, la cadena sacerdotal no se interrumpirá. Por su intermedio, el retoño vigoroso que pronto brotará en el viejo tronco abatido de Aarón, podrá absorber la savia de un glorioso pasado, en tanto que los ardores del Espíritu de Amor y el divino torrente de la sangre de Jesús le harán producir flores admirables y exquisitos frutos. He aquí la atracción de amor que conduce al Verbo encarnado hacia el hijo de Zacarías e Isabel.

Pero se dirá, tal vez, que Juan no fue sacerdote. No sucedió a su padre en las santas ceremonias del culto. No se le vio en el Templo para ofrecer incienso en la hora de los perfumes, ni sacrificar carneros sobre el ara. Nunca gustó la carne de las víctimas figurativas inmoladas a Jehová. No ejerció tampoco los ministerios del Sacerdocio cristiano: no tomó parte en la Cena del Señor, no consagró el cáliz de la sangre de Jesús, no administró los sacramentos vivificantes de la Nueva Alianza. Todo eso es cierto, y sin embargo, Juan fue sacerdote; pero como debía servir de eslabón entre dos Sacerdocios, convenía que no perteneciera completamente ni al uno ni al otro, y que en cambio, participara de ambos.

El Evangelista parece complacerse en hacer resaltar el carácter sacerdotal de Juan cuando hace notar, en la primera página de su libro que no sólo Zacarías, sino también Isabel, pertenecían a la estirpe de Aarón. El anuncio de la próxima concepción de Juan se le comunica a su padre en el Templo, en el lugar reservado a los sacerdotes, mientras Zacarías se encuentra en el ejercicio exclusivo de su Sacerdocio, ofreciendo al Señor el sacrificio de los perfumes. Juan viene al mundo. Muy pronto se retira al desierto y allá crece separado del resto de los hombres, instruido por el mismo Dios.

Juan es sacerdote. El desierto es el templo en donde cumple las funciones de su ministerio. Allí, bajo la espléndida bóveda del cielo oriental, hace subir hacia Dios el incienso de su adoración y los armoniosos cantos de su amor; allí ofrece una víctima, sin duda más perfecta que las de la Antigua Ley, y con todo, no tan excelente como la divina Víctima de la Nueva, porque esta víctima es él mismo; él mismo que se inmola, víctima cruenta e incruenta a la vez, mediante el cuchillo de una austeridad aterradora.

Juan es sacerdote. Anuncia la buena nueva, predica la penitencia, muestra el Salvador a las almas, instruye, ilumina, corrige, igual que los sacerdotes del Sacerdocio cristiano. ¡Juan, qué hermosa figura de sacerdote! Tan libre de las ligaduras de la tierra, tan puro de costumbres, tan ardiente por la verdad, tan celoso por las almas y tan fuerte para detener del mal. En su enseñanza se sentía aún el rigor de la ley del temor, no penetrado todavía de la benignidad de Jesús. Pero ¡qué humilde y olvidado de sí mismo, qué respetuoso y tierno con Jesús!

Juan era el precursor de Cristo. ¿Los sacerdotes no están todos llamados a ser como él, precursores de Jesús? ¿Y el “Ecce Agnus Dei” que repiten desde hace más de diecinueve siglos, al presentar la Hostia divina no es un eco fiel de las palabras del Bautista?[1]

Por tanto, fue el profundo y ardiente amor de Jesús por sus sacerdotes el que lo condujo a Juan y lo llevó a derramar el torrente de sus gracias en el alma del precursor. Al purificarlo, santificarlo y llenarlo de alegría desde el seno materno, purificaba de antemano, separaba y elevaba a su Sacerdocio por encima del resto de la humanidad. Y más adelante, cuando pedía a Juan el bautismo en las riberas del Jordán y se inclinaba bajo su mano, lo hacía, es cierto, para asumir la forma del pecador y hacerse semejante a nosotros, pero también para rendir homenaje a su Sacerdocio. Preludiaba así esa dependencia adorable que debía tener de sus sacerdotes y esa obediencia de amor para con ellos, poniéndose entre sus manos y entregándose a su voluntad.

Jesús da a sus sacerdotes las primicias de su amor en la persona de Juan. ¡Oh, sacerdotes de Jesús, qué consuelo os debe dar el pensamiento de que los primeros latidos de su Sagrado Corazón fueron para vosotros! ¡Sois los que Él amaba ya en su precursor, los que prevenía con sus gracias, los que dotaba de sus dones más preciosos! Pero también, ¡qué aguijón para animaros a amar e induciros a dar a este adorable Maestro los primeros ardores de vuestra juventud, los primeros latidos de amor de vuestros corazones!



[1] Cf. Jn 1,29


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