Capítulo 2 – AMOR DE JESÚS POR LOS SACERDOTES EN SU VIDA OCULTA Y EN SU VIDA PÚBLICA

Jesús amó a sus sacerdotes desde los albores de su existencia, desde ese instante en el cual se formaron en María los primeros rasgos de su humanidad. Y así como el vaso se impregna más y más y conserva durante más tiempo el perfume del primer licor que el de todos los que lo llenan después, el Corazón de Jesús, al estar lleno desde un primer momento del amor por sus sacerdotes, por su Sacerdocio, se impregnó casi más íntima y profundamente de él que de todos los demás amores. Durante toda su vida dejó entrever esta tierna inclinación, dejó escapar de sus labios amorosas palabras y no cesó de mostrar el respeto y amor que tenía por su Sacerdocio.

Un solo rasgo nos ha llegado de los largos años de su vida oculta en Nazaret. A los doce años de edad, habiendo ido a Jerusalén para las fiestas, permaneció en la ciudad santa sin que lo supieran María y de José, que lo encuentran sólo después de tres angustiosos días de búsqueda. Jesús se quedó en el Templo y allí lo encontraron, no en adoración ante el Arca santa, no postrado ante el altar, en donde el fuego consume las víctimas, sino con los doctores y sacerdotes, escuchándoles y haciéndoles preguntas[1].

Más tarde, en los días de su vida pública, ¡que respeto demuestra por el Sacerdocio! Cierto día cura a un leproso: “Ve –le dice–, preséntate a los sacerdotes”[2]. Como si añadiera: ríndeles homenaje, reconóceles autoridad y cumple su voluntad. Obligado, para iluminar al pueblo, a repudiar los vicios y la degradación personal del Sacerdocio judaico, tan grande en un tiempo y entonces tan decaído, el divino Maestro no deja de poner de manifiesto la dignidad sacerdotal y de proclamar a sacerdotes y doctores como dispensadores de la verdad y maestros de las almas. Ellos “están sentados en la cátedra de Moisés. Haced y cumplid todo lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen”[3].

El Evangelista, inspirado por el espíritu de Jesús, al hacer referencia a las palabras de Caifás, “conviene que muera un solo hombre por el pueblo”[4], nos hace ver la grandeza del carácter sacerdotal y de los privilegios que confiere: “Por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente”[5], dice el Evangelio. A pesar de su indignidad, a pesar de los sentimientos de odio y de vil envidia de que estaba animado, por el solo hecho de ser sumo sacerdote recibió de Dios el don de profecía. Con esas pocas palabras, acaso sin saberlo, reveló la maravillosa economía del misterio de la Redención. Sí, aun cuando el sacerdote haya caído, aun cuando el pecado lo envilezca y contamine, es necesario, no obstante, respetar su dignidad. Dios la respeta, también cuando la ve rebajada y envilecida en un Caifás.

En las últimas horas de su vida, Jesús también respeta a ese Sacerdocio antiguo cuyas bases se tambalean. Se muestra deferente y respetuoso hacia quienes se han transformado en sus jueces. De pie, ante el sumo sacerdote, lo escucha y le responde. Sus palabras graves y medidas y su porte humilde y modesto son suficiente testimonio de que ve en quienes le condenan una autoridad superior. De sus divinos labios no sale ni una palabra de reconvención. Se deja golpear, se inclina, perdona.

¡Qué bien sabe instruir a los fieles este Maestro adorable! ¡Qué bien sabe demostrarles hasta dónde deben llevar su respeto por el carácter sacerdotal! El sacerdote tiene debilidades, es hombre. Arrojemos un velo sobre las humanas miserias, elevémonos más. Veamos las grandezas divinas ocultas en la bajeza y la nada, veamos la acción de Jesús oculta entre las sombras humanas. Y aunque la decadencia sea total, respetemos todavía al sacerdote. ¿Es una ruina? Lloremos sobre esos restos dispersos, lloremos sobre ese templo que Dios se había reservado para morada, sobre ese templo consagrado por una unción sagrada y que ahora, profanado y abatido, sirve de refugio a las fieras. Lloremos y recemos.

Si Jesús respetó al Sacerdocio hebraico, ¡cuánto más amó al Sacerdocio cristiano! Él mismo lo eligió y le enseñó. Lo formó con sus propias manos. Es su obra preferida, la obra de su Corazón.

Sigámoslo paso a paso durante los tres años de su vida pública: lo veremos incesantemente ocupado en la formación, instrucción y perfeccionamiento de sus sacerdotes. Es Él quien los elige y los llama en su seguimiento. Su mirada dulce y profunda, esa mirada que penetra hasta la intimidad de las almas, se fija en ellos. Con su divina presciencia ve de qué serán capaces, y, a pesar de sus debilidades y de su miseria actual, los eleva hasta Sí. Algunos llamados por Él se retirarán después de haberle seguido; otros sentirán desde un principio que su valor se debilitará frente a los sacrificios que impone esta vocación divina. El Corazón de Jesús sufrirá por esas deserciones y por esas cobardías y dirigiéndose a los que han permanecido fieles, les dirá: “¿También vosotros queréis marcharos?”[6]

Después de haber hecho príncipes de su Iglesia a los Doce, separa todavía setenta y dos de entre los más fieles y fervorosos de la multitud de sus discípulos, a los que destina al Sacerdocio. Les da directivas, abre los tesoros celestiales para adornar a esos nuevos apóstoles con admirables dones y privilegios divinos[7]. Más tarde los envía de dos en dos para anunciar la salvación a toda criatura[8].

Cuando regresan de sus correrías apostólicas, con qué ternura los recibe, con qué maternal solicitud los invita al descanso: “Venid y descansad un poco”[9].

Habla a la multitud en parábolas, velando el esplendor de las verdades divinas con la sombra de las imágenes, para no deslumbrar sus débiles miradas. Pero cuando sus discípulos le piden, en particular, cualquier explicación, con qué afectuosa dulzura responde a sus interrogantes: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos”[10]. Si los ve atemorizados ante la grandeza de alguno de sus prodigios, les dice: “¡Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo!”[11]

El divino Maestro siempre les dirige palabras suaves y con adorable bondad les aclara las dudas y les resuelve las dificultades. Atento a sus más ínfimas necesidades, busca las ocasiones de instruirlos, formándolos con dulzura en aquellas virtudes sacerdotales de las que Él mismo es modelo perfecto.



[1] Cf. Lc 2,46

[2] Mt 8,4; Lc 5,14; Mc 1,44

[3] Mt 23,2-3

[4] Jn 18,14; Jn 11,50

[5] Jn 11,51

[6] Jn 6,68

[7] Cf. Lc 9,1; Mt 10,1

[8] Cf. Lc 10,1

[9] Mc 6,31

[10] Mt 13,11

[11] Mt 14,27


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