Historia del Monasterio de Barcelona

¡Viva † Jesús!

Historia de la Fundación del Monasterio de la Visitación de Santa María en Barcelona

La Orden de la Visitación llegó a España en 1749, donde fue acogida en Madrid. De este querido Monasterio salieron las hermanas fundadoras del Monasterio de Barcelona, donde la Divina Providencia les preparaba su morada.

barcelona antiguo copiaEn el año 1874 cuando nuestra nación vivía bajo el dominio de una república revolucionaria y casi infernal, pues atacaba todo lo más sagrado de la Religión, quiso el Señor dar una mirada amorosa a nuestra querida Cataluña, disponiendo en sus designios divinos una colmena cuyas abejas, místicas labradoras, libarán la miel del amor reparador, así las ofensas hechas a su Divinas Majestad se verían recompensadas por una entrega generosa oculta y silenciosa.

En esta ciudad vivía el señor D. Ramón Martí Aixelá, abogado y diputado, su esposa Ángela del Romero y sus tres hijas: Matilde, Antonia y Amalia, todos eran muy estimados por sus dotes personales, pero en especial por la religiosidad que los caracterizaba, siendo el modelo de las familias cristianas, ya que toda su vida la empleaban en obras de piedad y caridad. Doña Ángela tenía en el Primer Monasterio de la Visitación de Madrid una hermana, Sor María Ignacia del Romero, con la que mantenía una estrecha relación y también con el Monasterio.

Sus tres hijas tenían vocación religiosa, pero nunca lo habían comunicado hasta que un día manifestó la mayor, Matilde, deseo de entrar donde su tía; las otras dos hermanas confesaron su deseo y así las tres pidieron ingresar en el Monasterio de Madrid, y fueron admitidas. Pero surgió entonces una gran dificultad, el gobierno de aquel tiempo había decretado la supresión de las Órdenes Religiosas y estas no podían acoger nuevos sujetos. Con este contratiempo, Hna. María Ignacia del Romero, les insinuó si no sería el caso de hacer una fundación en la Ciudad de Barcelona. La idea fue muy bien acogida. Se estudió todo lo concerniente y se consultó a varias personalidades, siendo el primero el director espiritual de la familia, Don Salvador Casañas (más tarde Cardenal) y, viendo claramente en ello la voluntad de Dios, aprobaron la decisión y solo se pensó en dar cumplimiento a tal proyecto.

El Monasterio de Madrid que sólo pretendía la gloria de Dios, dio su aprobación prometiendo enviar a las hermanas necesarias para la fundación. Doña Ángela del Romero poseía en Gracia, una casa-torre muy espaciosa cerca de la Ciudad, al píe de San José de la Montaña y la ofreció para el caso. Se empezaron las obras y pronto la casa quedó convertida en un pequeño y lindo Monasterio, allí nada faltaba para llevar en ella una vida de clausura. Cuando se comunicó a Madrid que todo estaba listo, se fijó la fecha de la llegada de las hermanas. Barcelona se encontraba dispuesta a acoger a las nuevas Fundadoras, con el señor Obispo a la cabeza, los Padres Jesuitas y los Sacerdotes más influyentes las apoyaron y ayudaron siempre con gran interés.

El Rvdo. Padre Dr. D. Juan Palau Canónigo de la Catedral con el Dr. Casañas, fueron a visitar la casa para ver cómo estaba todo y bendecir los locales.

Al día siguiente, salía para Madrid el Dr. Don Salvador Casañas, la señora Doña Ángela del Romero y sus tres hijas en busca de las hermanas.

Y llegó el inolvidable 23 de octubre de 1874, día en que las hermanas salieron de Madrid hacia Barcelona. La “abejitas” que formaban esta pequeña colmena eran las hermanas…
Hna. María Ignacia del Romero, Superiora
Hna. Teresa María de Bustos y Castillo, Asistente y Maestra de novicias
Hna. Francisca de Borja López Martínez
Hna. María Magdalena Michel
Hna. María Agustina Ortiz de Castro.

Hicieron el viaje por ferrocarril hasta Valencia y allí pasaron una noche en el Convento de las Religiosas del Servicio Doméstico, continuaron por mar a causa de la guerra civil pues no se podía de otra manera. El 30 de octubre llegaron a Barcelona, se las condujo enseguida en coches particulares de las familias y amigos, que lo hicieron con gusto, hasta su nueva morada que se encontraba ya preparada. Cuando se abrió la puerta de clausura, las tres señoritas Martí se pusieron de rodillas ante la superiora, pidiendo la gracia de ser recibidas como postulantes en el Monasterio, la Rvda. Madre María Ignacia no sólo les abrió los brazos, también el corazón para recibirlas y éste fue el broche de oro para inaugurar la nueva Comunidad.

La Sra. Martí habiendo quedado viuda en este tiempo, manifestó su deseo de hacerse religiosa, era su mayor ilusión alimentada durante muchos años, pero deseó permanecer como seglar hasta que sus hijas hicieran su Profesión. A las tres Postulantes se les puso los nombres de: Francisca de Sales, Juana Francisca y Margarita María.

El 6 de Diciembre de 1875, Profesaron las tres Novicias; su madre, la Sra. Martí, pidió entonces la admisión al Noviciado, empezando su vida religiosa. La empleada que les servía en la casa también sintió el deseo de hacerse religiosa, entró en el Monasterio, tomó el Santo Hábito, hizo su Profesión y se le dio el nombre de Hna. María Marta.

CONSTRUCCIÓN DEL NUEVO MONASTERIO

Las pretendientes llegaban sin cesar y el número aumentó tanto que pronto se pensó en hacer un nuevo Monasterio. Se compraron unos terrenos en el Paseo de San Juan y se empezaron las obras. El día 28 de marzo de 1875 se colocó la primera piedra. Las obras fueron confiadas al Arquitecto Don Juan Martorell, en él descansamos puesto que le habíamos indicado lo que deseábamos según nuestras necesidades.

Nuestra vida seguía su curso ordinario, en esto la Sra. Ángela Martí, que se preparaba con mucho fervor, tomó el hábito el 18 de mayo de 1876 con el nombre de Hna. Matilde Chantal. Alma ardiente, sólo buscó agradar a Dios en una vida pobre y humilde, como violeta de suave olor, después de haber renunciado a la comodidad y bienestar que disfrutaba en su casa.

La ilusión por habitar nuestro nuevo Monasterio iba en aumento, hasta el día en que nuestra Madre, nos anunció la buena noticia de partir. El día fijado, 6 de septiembre de 1878, aún no estaba concluido, faltaba mucho, pero ya se podía habitar; sin embargo nos esperaba una gran sorpresa, ¡qué arcos, qué columnas, qué dimensiones! a decir verdad, no era este nuestro deseo, pero siendo de clausura era muy difícil vigilar lo que hacían, nosotras lo deseábamos muy sencillo y pobre, aún así damos gracias a Dios por esta morada que nos concede y que Él mismo nos la ha preparado.

paseo san juan

LA IGLESIA

Como faltaba la Iglesia, centro de nuestra vida, trabajamos incansables para poder empezar los trabajos y felizmente se pudo hacer el 18 de mayo de 1882, al colocarse la primera piedra; ceremonia llevada a cabo por el Rv. Sr. Obispo Urquinaona.

Antes de terminar este año de 1884 murió santamente el 6 de noviembre nuestra querida hermana, bienhechora y fundadora Matilde Chantal, quien con tanto esfuerzo implantó la semilla de la Visitación en Barcelona.

Nos encontramos justamente en el 26 de abril de 1885, día escogido para la consagración de nuestra Iglesia, por el Iltre. Sr. Obispo D. Jaime Catalá, asistido por los Obispos de Urgell y de Lérida. Y así quedó concluido Monasterio e Iglesia y vio Dios que todo estaba muy bien hecho y lo bendijo. Damos gracias a Dios Padre Providente, por las obras realizadas tanto en lo espiritual como en lo temporal. Nuestra Comunidad crecía en número y santidad, hermanas consagradas a Dios, olvidadas de sí mismas fueron ejemplo de virtud.

SEMANA TRÁGICA

A fines de julio de 1909 tuvo lugar un alzamiento popular y fueron quemadas unas cuantas Iglesias y casas religiosas; el Señor nos preservó por su gran bondad haciendo que la Guardia Civil, en varias ocasiones evitara que los revolucionarios lo hicieran, dispersándolos. Duró 8 días y la Comunidad, pudo continuar su vida normal.

LA PERSECUCIÓN Y EL EXILIO

En el año 1936, nuestra vida cambió repentinamente; esto era el 19 de julio cuando la Comunidad se vio obligada a abandonar el Monasterio; ya al atardecer, sin pérdida de tiempo, pedimos una ambulancia, que provisionalmente nos habían ofrecido la víspera, para trasladar algunas Hermanas ancianas. Mas… ¡no venía! ¡Había tantos heridos a consecuencia del tiroteo de todo el día! Mientras tanto las demás, acompañadas por una persona de confianza, salimos en pequeños grupos a casa de familiares o de amigos.
¡Qué momentos aquellos! La última en salir, fue la Madre María Alacoque Muntadas con otras dos Hermanas, para ir a un piso cerca del Monasterio que les cedieron en la calle del Bruch, allí ya se encontraban las ancianitas. El martes 21 por la tarde ¡qué impresión al escuchar a un grupo de mujeres que gritaban: “¡a quemar a las Salesas, a quemar a las Salesas!…” Pocas horas después, vimos una columna de humo negro que subía, y la madre dijo dulcemente: “Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó”, sin añadir más. Rápidamente les escribió a las Hermanas: “Ahora, hijas mías, solo palabras de perdón, ni una lágrima, ni una queja, ni un lamento…, y sobre las ruinas de nuestro Monasterio, levantar muy alto el edificio de nuestra santidad…”
Todo allí seguía normal, hasta que el miércoles 29 de julio, en el momento de sentarse a la mesa, llegaron los inoportunos visitantes llamando precipitadamente al piso, eran seis o siete los rojos armados de fusiles y pistolas. Cogieron enseguida el dinero que encontraron y quemaron cuanto les vino a las manos… Habiendo roto uno de ellos algunos papeles, vio una palabra que le llamó la atención y dijo: ¡Esto es malo! Se puso a buscar por el suelo los pedazos y leyó: “que, si no éramos virtuosas y obedientes, seríamos como los anarquistas”, esto le sacó de tino, pero al ver que nos reíamos, volvió a leer y comprendiendo, los tiró de nuevo sin decir nada. Al marcharse nos dijeron que estuviéramos tranquilas, que no nos pasaría nada. Después vino la portera a decir que estaban registrando otros pisos, pues buscaban a un sacerdote.
En efecto, no había trascurrido ni media hora, cuando de nuevo llamaron a la puerta, presentándose otro grupo que empezó a revolverlo todo y a preguntar por el dinero, les dijimos que ya se lo habían llevado y que no teníamos más. Pero estaban empeñados en buscar “los millones de las Salesas”. Se atrevieron a traer una señora para que nos revisara, lo hizo muy por encima y hasta se puso a nuestra orden para lo que llegáramos a necesitar.
Por fin se fueron, pero al rato volvieron insistiendo sobre el dinero, ¡el dinero era lo único que se deseaba! Esto era una tensión de ánimo atroz para todas, no hallando los medios de convencerlos. Después de muchos altercados y amenazas se fueron; pero al poco rato penetraron en el piso otros tres rojos, siendo uno de ellos muy joven, tan malo que parecía una furia salida del mismo infierno. Éste, pistola en mano, amenazando y asegurando que acabaría con todas si no salía el dinero, se metió por todos lados. Cogiendo a la Hermana Ecónoma, la hizo entrar en una habitación y se fue tras ella; a la Madre, que quería seguirla, le dio un empellón diciendo: “déjenos solos”. Cerró la puerta y se quedó unos pocos minutos que a todas nos parecieron eternos. Salieron por último después de haber tenido apuntada la pistola en la garganta de la Hermana, amenazándola que si no le daba el dinero, disparaba. Volvió a revolverlo todo y, no encontrando el dinero que quería, hizo ahora descalzar a las Hermanas, para ver si lo tenían en los zapatos… ¡Y qué iba a encontrar si ya se lo habían llevado antes! Vomitando injurias y amenazando se marchó, mandándoles que no saliesen y que no recibiesen a nadie y sobre todo que la portera, no les llevara de comer, quedando esta pobre más asustada que las Hermanas. Rendidas de tanto jaleo, se sentaron para deliberar con serenidad qué se podía hacer…, cuando, apenas había trascurrido un cuarto de hora, volvieron a llamar presentándose un miliciano, el cual hacía de jefe en el primer registro, con un papel firmado que decía las habían registrado ya y que no las molestasen más. La Madre habló con él, y contó todo lo que les había sucedido con las amenazas del último visitador. Este decía que de curas y monjas no debía quedar semilla, pero no se sabe si fue el tono suave de la que hablaba o que el Señor le tocó el corazón al ver tanta ancianita, el caso es que se conmovió y dijo: Ustedes se han de ir de aquí…¡-Oh! sí; pero ¿cómo?-, le contestaron. ¿Tienen ustedes casas a donde puedan ir? Sí, -fue la respuesta que recibió-. ¡Pues yo vendré al anochecer y las llevaré de dos en dos, donde quieran. Estén preparadas. Y se fue…
Se quedaron estupefactas, pero con una gran confianza en ese hombre, empezaron a arreglar algunos paquetes, lo que se podía sin llamar la atención; eran las cuatro de la tarde. A eso de las cinco fueron a verlas el hermano de una Hermana, con otro amigo de la Comunidad, les contaron lo sucedido y estos quedaron espantados de que tan a ciegas se fiaran de un rojo desconocido. Pero ¿qué iban hacer si el mismo rojo les había dicho que, de quedarse en aquel piso, corrían gran peligro? Pronto les despidieron, no fuera que volvieran los inoportunos visitadores y les sucediese algo desagradable a esos amigos, que se quedaron por las cercanías vigilando un poco.
Llegó el atardecer, y, fiel a su promesa, compareció el comunista. Estaba algo nervioso, diciendo que se jugaba la vida, y hubo que dejarle hacer en la distribución de los viajes. La Madre y una Hermana fueron las primeras en partir. Como dio muchas vueltas y revueltas para despistar, y tardaban en volver, las que pudieron se fueron por su propio pie a casas conocidas; eran ya las diez de la noche cuando se llevó a la octogenaria Hna. María Ignacia, ayudándola a subir con mucho cuidado en el auto, y se metió con ellas uno de los buenos amigos que se habían quedado vigilando. Al llegar a la casa donde iban, hizo abrir el rojo la puerta de la calle con mucho sigilo, pues era ya muy tarde, no dejando a la Hermana hasta que estuvo aposentada. El amigo mencionado, quiso darle una propina, pero en manera alguna quiso aceptarla despidiéndose muy cortés. ¡Pobre! decía que se jugaba la vida, pero fue para salvarla, pues, al ser liberada Barcelona, se acordó de las monjas y, por las influencias de la Madre, le fue conmutada la pena capital.
Dada las circunstancias, Madre María Alacoque, empezó a ocuparse en disponer los medios para el traslado de sus hijas a Italia. Con este motivo, animosa como era, quiso salir un día al anochecer con la hermana Provisora, para hablar sobre el asunto con otra Hermana que se encontraba no muy lejos de la casa en que estaba. Estuvieron allí un buen rato y, al marcharse, quisieron pasar a visitar a otra Hermana, que se encontraba no muy lejos y ponerla al corriente, pero al subir las escaleras, se dieron cuenta de que las habían reconocido y las espiaban; llamaron al piso, dijeron quines eran y bajaron para no comprometerlas. En efecto ya estaban allí unos hombres que las detuvieron, les hicieron un interrogatorio y quería llevarlas a un comité, molestándolas mucho. Por fin las dejaron ir.
No pasaron muchos días tranquilos… El 19 de agosto, hacia las cinco de la tarde, se les presentó un comunista alto, moreno y con aspecto que, solo el verle, atemorizaba. Encarándose con la Madre le preguntó si era la Superiora de las Salesas. “Lo he sido” –contestó-. No lo ha sido, sino que lo es, replicó él; lo sé muy bien. “Pues, sí, lo soy”, -dijo la Madre con entereza-. Aquí empezó aquel hombre que iba con orden de llevársela al cementerio para fusilarla, porque era “muy mala”, y mil improperios más. Esto no le hizo impresión, así que contestó muy serena: “como usted quiera”. La dueña de casa empezó a decirle llorando cuán buena era, y la Hermana, en el colmo del dolor, se echó a sus pies rogándole que la dejase en paz, que a cambio le darían lo que tenían. Fue a buscar el dinero, y él mismo registró las habitaciones para cerciorarse si había más y, como no hallase dijo: ¿pero ustedes se quedarán sin nada? Y les dejó parte del dinero, para que comieran algunos días, se marchó dando su mano a la Madre.
Ya tampoco era posible permanecer allí. Perseguida de muerte la Superiora de las Salesas y descubierto otra vez su refugio, urgía buscar lugar más seguro. Fueron a hospedarse esa noche a casa de Doña María, amiga de la Comunidad. Allí se encontraba la Superiora de Manresa, estaba enferma y se avisó al servicio que llegaban dos señoras a velar a la enferma. Al día siguiente salieron a casa de su hermana Montserrat, y se quedó varios días; los aprovechó para las gestiones del viaje a Italia en lo cual brilló de un modo maravilloso la acción del la Providencia. Fue de veras providencial lo que aconteció en lo tocante a la firma del pasaje colectivo, pues en un mismo día, lo firmaron el Comité Rojo, la Generalita, el Gobierno Civil, el Consulado. Eran las nueve de la noche cuando la Hermana fue a darle cuenta a la Superiora, y ésta le dijo: “Hermana, todo el día he estado en oración pidiéndole a Nuestro Señor que pudiéramos marchar todas juntas”, cosa a la que ponía reparo el Consulado. Anteriormente, al preguntarle la Hermana, cómo debía encabezar los pasaportes, le dijo sin titubear: “Religiosas de la Visitación de Santa María. Orden Francesa”, mandando recado a todas las Hermanas, para que no soltasen la palabra “Salesas”, lo que como veremos salvo a la Comunidad. La Víspera del embarque, mientras la Hermana encargada del viaje, visitaba los diversos grupos de Hermanas, para darles las últimas instrucciones, los rojos llegaron a la casa donde se hospedaban, para hacer un registro y se llevaron todo el dinero y las joyas de la señora, entraron todos ellos al cuarto de la Hermana donde tenía encima del tocador el dinero y los pasaportes, pero esto no lo tocaron. De haberlos visto la partida hubiera sido imposible; Dios seguía velando.
Era el 10 de septiembre y a las 8 de la mañana, ya se encontraban todas las Hermanas de la Comunidad, al frente de la Estación Marítima. Era imponente el espectáculo que allí se ofrecía: Entre un vaivén continuo de rojos y cientos de cientos de personas que esperaban entrar en la Estación. Las Comunidades formaban grupos aparte; allí no había ni un triste banco, en vista de ello unas Hermanas formaron una especie de asiento con las maletas para las ancianitas; aquí permanecieron hasta las diez en que entraron en la Estación, y allí las apreturas aumentaron…Mas de 900 Religiosas se hallaban allí reunidas, expuestas a toda clase de burlas, improperios y amenazas, mientras las iban llamando por orden alfabético. Las Salesas eran las últimas en la lista y a duras penas pudieron encontrar un banco donde hacer sentar a las ancianitas, las demás de pie hasta las seis de la tarde, en que les tocó el turno de pasar a la Aduana para los requisitos. Fueron horas de verdadera agonía y muy peligrosas pues los rojos estaban furiosos de ver tanta monja. No querían dejarlas marchar; llegando a tal extremo sus protestas y alboroto que el Cónsul de Italia y el capitán del buque tuvieron que tomar cartas en el asunto, consiguiendo al fin que viniera una orden terminante de la Generalita para que marcharan todas, los rojos dijeron a gritos: “bueno, que marchen, pero irán al agua”. Después de lo cual algunas Hermanas oyeron decir a un rojo que le decía al que tenía la lista de los que iban a salir: “si están las Salesas no las llame, a ésas las detendremos”. Mas he aquí que por fin escuchamos decir: “La Visitación de Santa María, Orden Francesa –añadiendo en son de burla- ¡de Barceloneta!”. Con esto quedaron despistados los rojos. Anochecía cuando las Salesas subían a bordo del Sicilia. Los buenos marineros italianos se mostraron en extremo atentos y respetuosos con todas. A las 9 levantaron anclas, y pronto se vio el buque en alta mar. “¡Qué paz se respiraba!, dijo una Hermana, a pesar de la tristeza que sentía al dejar la tierra amada!” Un barco de guerra nos fue escoltando hasta que salimos de aguas españolas, para evitar que hundieran el barco los milicianos.
¡Qué tranquilidad se sentía en estos momentos, después de pasar dos meses de penas y sufrimientos viendo a la Comunidad dispersa, nuevamente reunidas en medio de las aguas nos sentíamos en la manos de Dios!; sólo se quedaron 4 hermanitas ya que, siendo muy ancianitas, la familia se hizo cargo de ellas: eran Hnas. María Chantal, María Josefina, Maria Engracia, y Hna. María Micaela que se encontraba en la clínica. Precisamente esta Hermana fue la causa de que a nuestra Hna M. Engracia le ocurriese lo siguiente:
“Hermana María Engracia, después de visitar a Hermana Mª Micaela en la clínica, iba a casa de su hermana para permanecer con ella, cuando se le acerca unos hombres y le dicen: ¿es usted una monja?, Sí, -contesta ella serena-; sin más la obligan a subir a un coche y la llevan a un sitio solitario. Al llegar le dicen que la van a matar, ella muy tranquila les dice: “bueno pero antes déjeme escribir a mi madre, para decirle que me han matado y que no me busque”. Sacó un papel y lápiz y escribió: “Querida Madre no te aflijas, me han matado por ser religiosa, así que no me esperes. Adiós”. Ellos cuando leyeron esto, se miraban unos a otros y le dijeron: “bueno váyase”, salió de aquel sitio pero al no ver ningún coche se volvió y les dijo: es mejor que ustedes me lleven, ¿porque, cómo me voy a estas horas…? La llevaron en el coche hasta su casa, en el camino, le preguntaron qué era lo que hacia en el convento y ella les dijo sencillamente: pues yo hago lo que me mandan en la cocina, y en la huerta; uno de ellos dijo, furioso: ¡se acabaron los esclavos!, luego le preguntó si había comido: -les dijo que no, y que, la verdad, tenía hambre; le preguntaron si quería tomar algo en un bar y les respondió: “si Ustedes me lo pagan, sí”. Así pues la invitaron a tomar un café. Al llegar a su casa le advirtieron que no volviera más al Convento”-. Al llegar contó a su hermana la causa de su demora, y ésta muerta del susto no la quiso recibir, tuvo que ir a otra parte. Allí permaneció hasta que pudo ir a casa de su madre, con ella permaneció hasta su muerte y al volver la Comunidad de Italia, de nuevo la tuvimos entre nosotras”.
En el barco nos sentíamos en Iglesia, por tanta variedad de Órdenes Religiosas y muchos seglares que, por las mismas circunstancias dejaban Barcelona; se podía respirar tranquilamente, allí todo era paz y sosiego. Los marineros muy buenos, atentos y serviciales con nosotras. Dios les recompense tanta caridad.
El 12 por la mañana llegábamos a Génova, donde nos esperaban familiares de nuestras hermanas y nos condujeron al Monasterio, donde fuimos acogidas con gran cariño y cordialidad, ¡cómo agradecimos tanta bondad de estas queridas hermanas, que no sólo nos abrieron sus puertas sino sus corazones donde encontramos el calor fraternal y el consuelo para nuestras penas!. Nunca alabaremos bastante las pruebas de afecto y caridad entrañable de la que fuimos objeto durante nuestra permanencia en este país. Nos lo tuvieron que dar todo. Pasados dos días el día 15, veintiséis hermanas partían para Turín, y otras seis siguieron para Pinerolo, permaneciendo cuatro en Génova.
Durante nuestra estadía en tierra italiana, nuestra oración subía constante hasta el trono de Dios, pidiendo misericordia por nuestra querida patria, que se desangraba en medio de tanta guerra; bien pueden imaginar nuestro gran dolor al escuchar las pocas noticias que nos llegaban de nuestra amada tierra; todo lo ofrecíamos por esta causa.
RUMBO A LA PATRIA

El tiempo para nosotras iba pasando lentamente, pues nos parecía largo nuestro exilio en tierra extranjera y allí, “cómo cantar un cántico a nuestro Dios…”, estábamos como el Profeta tristes y desconsoladas. Hasta que un día empezó a despuntar una lucecita en el horizonte, las negras nubes comenzaban a disiparse, la guerra iba a terminar; una carta de Ntra. Rvda. Madre, María del Sagrado Corazón de Santander, nos ofrecía acogernos en su Monasterio, en espera de que Barcelona quedara libre. ¡Cuál seria nuestra alegría al empacar nuestras pocas cosas para nuestro regreso!, eso sólo lo puede comprender el que ha vivido tales circunstancias.
El 21 de noviembre de 1938, un grupo de diez hermanas partió de Turín y entró en España por la frontera de Irún hacía Santander. Con un intervalo de 8 a 10 días salieron otros dos grupos de Génova en dirección a Santander. Reunidas allí nos sentíamos una sola familia, tal era la acogida fraterna que nos proporcionaron estas amadas hermanas, jamás la olvidaremos.
Quedando libre Barcelona, se nos avisó, a fin de que pudieran ir cuanto antes unas hermanas para evitar que se apropiaran del Monasterio. Ntra. Rv. Madre María Alacoque envió a las hermanas María Eulalia, María Gabriela y Elena Serafina, que pasando por Burgos llegaron felizmente a Barcelona. Eran unas de las primeras Religiosas que se veían por la calle, la gente las acogió con júbilo, ¿y que decir de las familias y amigos que tanto habían sufrido durante estos tres años?, fueron momentos muy emocionantes.
Se hospedaron en el Servicio Doméstico, debido a que el Monasterio estaba completamente destruido. Aquí no hay palabras para expresar el sufrimiento en espera de ¿arreglar o adquirir otro Monasterio?, solo Dios sabe lo que se paso en el corazón de Ntra. Rv. Madre María Alacoque, cuando supo el estado del Convento y la profanación de la Cripta.
Aquí nos encontramos ante una grave situación, ¿arreglar el Monasterio? ¿De donde sacábamos el dinero? Y venderlo ¿Quién lo compraba en este estado? De nuevo la Providencia vino en nuestra ayuda, los Hermanos Maristas lo quisieron comprar y nosotras compramos una torre en Horta, fuera de la ciudad; por su precio y el sitio, ésta nos convenía. Después de visitar varios terrenos se decidió por el de Horta… el 16 de julio de 1940…

EL NUEVO MONASTERIO

CASA (FILEminimizer)Él día 1 de octubre de 1940 el Rv. Sr. Cura Párroco de Horta, D. Miguel Pujol, bendijo la finca y el día 4 un Padre Salesiano celebró la Santa Misa, por primera vez en esta casita, de modo que Jesús ha sido el primero en tomar posesión de ella. Las obras no se hicieron esperar, pues era necesario para poder reunir a la Comunidad cuanto antes; todo se hizo en paz y sosiego. El día 5 de noviembre de 1940 Ntra. Rvda. Madre María Alacoque, con algunas hermanas vinieron a establecerse definitivamente y por tanto, esta fecha puede considerarse como: “el día del establecimiento de nuestra Comunidad aquí en Horta”. Después fueron viniendo de Santander por grupos, encontrándonos todas reunidas el 16 de noviembre y el 21 pudimos renovar nuestros Votos todas juntas en la Capillita Provisional. A nuestra vuelta solo faltaban Hna. María Micaela, que murió en la Clínica, a los pocos días, estando bien asistida por las Religiosas que la cuidaban y felizmente pudo recibir los Sacramentos, por un sacerdote jesuita que se encontraba allí. Igualmente nuestras hermanas María Chantal y María Josefina murieron en este tiempo, pero nos volvió Hna. María Engracia.
Todo eran estreches por todas partes, incomodidad en todo lugar, faltando hasta lo necesario, pero nuestros corazones rebosaban de alegría, estábamos en el “Convento y nuestro por añadidura”. ¿Qué más deseábamos? Pero pensando en una vida regular se le encargaron los planos al arquitecto Sr. Bonet Garí, que añadiendo un ala a cada lado de la torre con gracia y armonía quedó el lindo Monasterio que actualmente existe.

LA NUEVA IGLESIA

mrio-fachada (FILEminimizer)Pero la iglesia no fue posible por falta de recursos y tuvimos que esperar hasta 1960, en que gracias a nuestra bienhechora la madre de Nuestra Rv. Madre María Teresa Bultó, que siempre nos había favorecido y colmado de beneficios, muy bondadosamente se comprometió a costear la obra; otro de los bienhechores fue el Sr. Amadeo Borrás, padre de nuestra Hna. María Margarita, quien tuvo un gran afecto por la Comunidad y nos favoreció siempre en aquello que necesitábamos. Cuando se trató de la iglesia no puso límite a su generosidad, esto nos sacó de muchos apuros. Nos regaló un precioso órgano para la Iglesia, pero como este no lo podía tocar su hija, que era una gran pianista, regaló otro más pequeño y es el que tenemos para cantar las alabanzas al Creador de todas las maravillas.
¡Y llegó por fin el gran día para la Comunidad!, 17 de julio de 1960 la Consagración de la Iglesia por el Ilmo. Sr. Obispo D. Gregorio Modrego. Todo se llevó a cabo con la mayor solemnidad y éste era el deseo de nuestros corazones, en agradecimiento a Dios por tantos favores obtenidos. La Iglesia se encontraba plena de familiares y amigos, también ellos desearon compartir nuestra alegría.
Nuestra Comunidad pudo seguir su vida oculta entregada a la oración, abnegación y sacrificio, por la salvación del mundo, y el Señor a su vez continuo enviando almas generosas con deseo de entrega en pobreza, castidad y obediencia, según el deseo de nuestros Fundadores.

¡Dios sea Bendito!


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