San Francisco de Sales

nsp_vicenteFrancisco nació el 21 de agosto de 1567 en el Castillo de Sales, en Saboya. Su madre, Francisca de Sionnaz, aún no había cumplido los dieciséis años; su padre contaba alrededor de cuarenta y cinco. Tal desproporción, que ahora nos parece extraña, no asombraba en absoluto en aquella época; y quizá esté ahí la fuente secreta de la gracia ingenua, del candor del alma, de la delicadeza y frescura de sentimientos que concurrieron en el futuro obispo de Ginebra junto a la madurez de espíritu, prudencia y ponderación de juicio.

La madre de Francisca entregó como dote a su hija el señorío de Boisy, poco distante del de Sales, a condición de que su esposo adoptase ese nombre; así se explica que, desde entonces, se llamase al Sr. de Sales, Sr. de Boisy.

Muy pronto tuvo el niño a su lado un preceptor, el Sr. Déage, sacerdote recto y austero, de carácter más bien áspero y de una abnegación absoluta. Sus maneras rudas, a veces extrañas, y totalmente desprovistas de gracia, procuraban al joven Francisco continuas ocasiones de ejercitar la tolerancia, la paciencia y la dulzura, virtudes éstas en las que llegaría a sobresalir.

El Sr. de Boisy empezó a temer que “el exceso de mimos”, sobre todo por parte de su esposa, llegara a ser contraproducente en la formación viril que quería para su hijo. Y decidió enviarle, con sólo seis años, a la vecina escuela de La Roche y después a la de Annecy. Sus pequeños camaradas sentían hacia él una amistad llena de respeto.

A los doce años dijo que quería ser sacerdote y pidió recibir la tonsura. Como eso en nada comprometía su futuro, el Sr. de Boisy no puso obstáculos. Pero tenía para su hijo muy distintos proyectos, por lo que al cumplir quince años, Francisco fue enviado a París para cursar allí sus estudios.

En el colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas, siguió los cursos de célebres maestros; estudió retórica y filosofía y, por elección propia, griego, hebreo y teología. Como su padre “había pedido al Sr. Déage que su hijo aprendiera todo lo que era propio de la nobleza”, Francisco tuvo además que dedicarse a la esgrima, la equitación y la danza. Estos ejercicios le ayudaron en su desarrollo físico de adolescente, confiriéndole una agilidad de movimientos, una soltura y una gracia, que más adelante contribuyeron a su poder de atracción.

Mas por entonces una prueba íntima, con su fuerza purificadora, templó esta alma dilatándola para siempre en la alegría de la amistad divina:

En aquella época se discutía apasionadamente en las Escuelas el problema de la predestinación. La doctrina que sostenía la vieja Sorbona, pretendiendo apoyarse en san Agustín y santo Tomás –a quienes excedía y deformaba–, era que por una decisión absoluta de su voluntad soberana, Dios destinaba a los hombres a la salvación o a la condenación sin tener en cuenta sus méritos.

¡Qué angustia para el corazón de Francisco! ¿Cómo estar seguro de no encontrarse entre aquellos a los que la voluntad divina condena a las penas eternas y a la privación perpetua del amor de Dios? ¿Es realmente así como Dios manifiesta su misericordia para con los que destina a su gloria y su justicia para los que condena?

Para no caer en la desesperación, Francisco tuvo que sostener una lucha extenuante. Su salud se resintió por ello y el trabajo excesivo a que se había sometido en sus estudios le agotó, hasta el punto de que al principio ni siquiera lograba ver cuánto más conforme era a la sabiduría y a la bondad divinas la opinión de los jesuitas, que, aun manteniendo la gratuidad de la predestinación –puesto que la elevación al orden sobrenatural sobrepasa las fuerzas naturales–, pone de relieve los méritos y deméritos de los hombres, que Dios tiene previstos, y según los cuales Él predestina a la gloria o al castigo.

Francisco estudiaba las razones, sopesaba los motivos que le movían a abrazar una u otra tesis, pero no conseguía decidirse.

Este desconcierto tan cruel no podía calmarse sólo mediante el razonamiento. Además, Francisco no había cesado de invocar el auxilio de lo alto. Y un día, al entrar, según su costumbre, en la iglesia de Saint-Etienne des Grès, se arrodilló a los pies de la imagen de la Virgen, cogió una tablita que estaba colgada en la balaustrada de la capilla y leyó en ella la oración “Acordáos oh piadosísima Virgen María…”. Inmediatamente desapareció la duda. La luz divina alumbró su espíritu y cautivó su mente, madura ya tras esa dolorosa lucha de seis semanas. En agradecimiento, “consagró a Dios y a la Virgen su virginidad y en memoria y testimonio de esto se comprometió a rezar el rosario todos los días de su vida”.

Esta crisis fue decisiva en la vida de Francisco. Además de fortalecer su profunda devoción a la Virgen, lo afianzó en el optimismo, al que se sentía inclinado por temperamento, y lo confirmó en la confianza y abandono filial en Dios, a los que le impulsaba su alma. Este optimismo, esta gozosa confianza, iluminarán más tarde su dirección espiritual.

 * * *

En el verano de 1588 Francisco ya estaba de vuelta en Sales. Pero permaneció allí poco tiempo. Su padre, que quería para él una formación amplia y sólida, le envió a Padua, cuya Universidad era tan ilustre como la de París. En Padua estudió sobre todo Derecho y profundizó sus conocimientos teológicos. Tras una brillante defensa de su tesis, que le valió el título de doctor “en Derecho civil y canónico”, emprendió el camino de vuelta y, después de visitar Venecia, Loreto y Roma, regresó a Saboya.

 ¡Qué hermosos sueños de futuro se había forjado M. de Boisy para su hijo mayor, de quien se sentía tan orgulloso! Le regaló una propiedad, cuyo nombre llevaría Francisco: se le llamará desde entonces ‘ Sr. de Villaroget’; le envió a Chambéry, y allí fue recibido como “abogado del soberano Senado”; le presentó a una familia de la alta nobleza, cuya hija sería para él una perfecta esposa…

 Bruscamente se desvanecieron esos sueños. Francisco, tras haber vacilado durante un tiempo por temor de contrariar excesivamente a su padre, le comunicó que estaba resuelto a consagrar su vida a Dios y sería sacerdote.

Sucedió por entonces algo que  ayudó al Sr. de Boisy, por otra parte profundamente cristiano, a aprobar la decisión de su hijo: el deán del cabildo de la catedral había muerto, y Monseñor de Granier, obispo de Ginebra[1], había dado los pasos necesarios para lograr que Roma otorgara el cargo vacante al Sr. de Villaroget. ¡Cómo no iba a sentirse halagado el Sr. de Boisy por esta designación que convertía a su hijo en el primer personaje eclesiástico después del obispo!

Francisco de Sales fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1593. Muy pronto se le presentó una vasta empresa, difícil y audaz: la evangelización del Chablais. Esta región, perteneciente a la diócesis de Ginebra y que se extendía desde el lago Léman a los montes de Faucigny, se había pasado al calvinismo hacía sesenta años y seguía tenazmente adicta al mismo.

Esta empresa, en la que el duque de Saboya estaba muy interesado, se la propuso Mons. Granier al deán, que la aceptó con prontitud.

No hay más remedio que admirar sin reservas el heroísmo del misionero, durante los cuatro años que pasó en el Chablais. Ni la obstinación de los protestantes, que se negaban a escuchar su palabra, ni los rigurosos fríos del invierno, ni los atentados que estuvieron a punto de costarle la vida, ni las dificultades de toda clase –llegaron a prohibir que fueran a escuchar al “papista”- que intentaban paralizar su acción, lograron hacerle desistir de su empeño.

Como los habitantes de Thonon no venían a escuchar sus sermones, decidió ponerlos por escrito; y todas las semanas, durante casi dos años, hizo distribuir por las casas del pequeño pueblo sus instrucciones sobre la doctrina cristiana. Esas hojas, que se encontraron sesenta años más tarde en los archivos de la casa de Sales, fueron reunidas y publicadas en un compendio titulado “Las Controversias” o “Meditaciones sobre la Iglesia”. Su argumentación precisa y exacta, presentada en un estilo sobrio y ágil, obliga a reflexionar, despeja las dudas y prepara a la adhesión.

Roturar el campo costó mucho tiempo, pero la cosecha fue magnífica: a finales de 1598 todo el Chablais había vuelto a la fe de la Iglesia Romana.

Mientras tanto, Mons. de Granier había solicitado al Soberano Pontífice que nombrara al deán su coadjutor. Y Francisco, pese a su resistencia al honor del episcopado, acabó aceptando, no queriendo oponerse a la voluntad de Dios que así se le manifestaba. Y en los últimos meses del año 1598 marchó a Roma a buscar las bulas o documentos que lo acreditaban como obispo coadjutor de Ginebra.

Recién vuelto a Saboya, Francisco se vio obligado a trasladarse a París con una misión delicada que le había encomendado Mons. de Granier: obtener de Enrique IV que las parroquias católicas del país de Gex (entre el lago Léman y el Franco–Condado), retenidas por los protestantes, fueran devueltas a los católicos. El asunto supuso mucho tiempo y obligó a Francisco a prolongar su estancia en la capital, donde estuvo en contacto con la sociedad más distinguida. Allí frecuentó especialmente el círculo de la Sra. Acarie, cuya discreción y profunda piedad admiraba. Y, sobre todo, predicó. Predicó la cuaresma en la “Capilla de la Reina” en el Louvre; predicó en Fontainebleau ante Enrique IV; predicó en numerosas iglesias y capillas, donde multitudes de fieles acudieron con interés a escucharle.

En sus predicaciones empleaba un lenguaje sencillo, agradable, fácilmente accesible a todos. Ya con ocasión de sus primeros sermones, en Annecy, su padre le había hecho este reproche: “Deán, predicas demasiado a menudo; oigo tocar al sermón, incluso en días de trabajo, y siempre me dicen que es el deán. En mis tiempos no era así; los predicadores escaseaban, pero ¡había que ver qué predicaciones! Bien lo sabe Dios: eran doctas, muy estudiadas; en ellas se decían maravillas. Cada una contenía más citas en latín y griego de las que tú empleas en diez sermones. Tú has convertido esta actividad en algo tan común, que ya no se te estima tanto.

¡Qué le importaba a Francisco la estima en que le tuvieran! No buscaba su propia gloria. Lo que pretendía era instruir a las almas, elevarlas a Dios y comunicarles la llama que a él le abrasaba.

 

En el camino de vuelta a Saboya se enteró de la muerte de Mons. de Granier. A partir de ese momento, Francisco era, por tanto, obispo de Ginebra. Recibió la consagración episcopal el día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 1602.

Inmediatamente se dedicó a sus nuevas obligaciones, pero la administración de la diócesis no le impedía dedicarse a las almas. Se hacía todo para todos, mostrando sus preferencias con los pobres, los humildes, los pequeños.

Le gustaba mucho enseñar el catecismo a los niños. Tenía asimismo su confesonario en la catedral, “junto a la puerta del lado del Evangelio”, para estar más accesible a quienes quisieran encontrarle allí.

Y seguía predicando como antes.

 * * *

 El año 1604 es una fecha importante en la vida de san Francisco de Sales.

A petición de los regidores de Dijon fue a predicar allí la cuaresma. Y en esa ciudad tuvo lugar el encuentro con la baronesa de Chantal, hermana de Mons. Andrés Frémyot, joven arzobispo de Bourges, que invitaba a menudo a Francisco a su casa.

Ese fue el comienzo de una amistad magnífica, bella y pura como la que más, preparada por la Providencia y que desembocaría en la fundación de la orden de la Visitación.

También conoció en Dijon a la abadesa de Puits d’Orbe, Rosa Bourgeois, y a su hermana, María Brûlart, esposa del presidente del Parlamento de Borgoña. Ellas habían notado la unción y la piedad del obispo de Ginebra en sus instrucciones cuaresmales y quisieron beneficiarse de su dirección espiritual. Tanto las cartas dirigidas a la Sra. de Chantal, como las que Francisco escribió a la abadesa de Puits d’Orbe y, en especial, a la Sra. Brûlart, mujer de inteligencia superior, son muy valiosas por los sensatos consejos que contienen para hacer que la “devoción” –o sea, la vida cristiana– se adapte a todas las circunstancias y resulte amable y atrayente.

Tal fue el inicio de una abundante correspondencia que seguiría creciendo cada vez más, convirtiéndose pronto en una carga no ligera para el obispo[2]. “No había día en que no contestase a veinte o veinticinco cartas de toda clase de personas, de Francia o de Saboya”, afirmó el criado que “cerraba los sobres y hacía los paquetes”[3]. Pero, ¿acaso podía rechazar su ayuda a las personas que la solicitaban? Ellas le exponían sus dificultades, le confiaban sus aspiraciones; y él, con toda el alma, con “una suavidad sin igual”, una prudencia sobrenatural y una gran experiencia, respondía a sus deseos.

El éxito de la Introducción a la vida devota prueba que sobresalía como excelente director, pues este libro, en el fondo, no es más que una recopilación de notas y de “pequeños tratados” referentes a la vida espiritual, dirigidos a la Sras. de Chantal, Brûlart y, sobre todo, de Charmoisy –la Filotea de la Introducción.

El libro fue publicado por primera vez en 1609[4]. Se imprimió más de cuarenta veces en vida de su autor y Francisco, con su esmero de gran humanista, revisó cuidadosamente las diferentes ediciones. El éxito de esta obra maestra no ha conocido el ocaso y continúa encantando a sus lectores por la sencillez de su estilo, la superabundancia de imágenes, la naturalidad del lenguaje y la encantadora prudencia de sus consejos.

* * *

 El 24 de agosto de 1604 Francisco de Sales se reunió en Saint–Claude con la Sra. de Chantal, como lo habían acordado. Aceptó dirigir a esta alma que Dios, evidentemente, confiaba a su cuidado. Y la orientó hacia las cimas más altas de la santidad por la generosa abnegación de su propia voluntad en el cumplimiento lleno de amor de la voluntad de Dios.

Encontró en Juana Francisca Frémyot de Chantal un alma fuerte, muy templada y decidida a toda clase de entregas.

La baronesa de Chantal había quedado viuda, con cuatro hijos, a los veintiocho años, tras siete de una unión muy feliz. A partir de entonces se entregó por entero a la oración, a sus hijos y a las obras de caridad. No salía de su castillo de Bourbilly más que para cuidar de sus tierras, atender a los enfermos y visitar a los pobres. Su abnegación era total; su caridad, heroica, hasta el punto de recoger en su casa y cuidar, con la amorosa dedicación de una madre, a una mujer atacada de un horrible lupus que le destrozaba el rostro, o dar consuelo a un leproso, besándole en el momento de fallecer.

Sin embargo, poco después de la muerte de su marido, el padre de éste llamó junto a él a la baronesa. Se trasladó a Monthelon (no lejos de Autun) y encontró que junto al anciano vivía una sirvienta que había logrado un nocivo ascendiente sobre él y que pretendía no perder un ápice de su insolente dominio. Sin decir palabra la Sra. de Chantal aceptó esta humillante situación y se ocupó de los cinco hijos de la criada igual que de los suyos. ¿No era voluntad de Dios que ella pudiera así domar su orgullo y ejercitar la paciencia?

Tal era el valor humano y sobrenatural de aquélla que iba a ser la “piedra fundamental” de la congregación que san Francisco de Sales iba a fundar y cuyas grandes líneas poco a poco se perfilaban en su mente.

Durante el ejercicio de su ministerio, el obispo había encontrado a muchas jóvenes, señoras y viudas, a quienes las austeridades del claustro impedían abrazar la vida religiosa por la que suspiraban. Él soñaba con una congregación que no hiciera mucho hincapié en las penitencias corporales, y donde las Hermanas pudieran entregarse por entero al amor de Dios y a la práctica de las “pequeñas virtudes” de humildad, paciencia y dulzura, que obligan a una continua renuncia y al olvido propio.

Este proyecto había sido largamente madurado en la reflexión y en la oración. El 29 de marzo de 1610, la baronesa de Chantal dejaba a su familia[5] e iba a Annecy, y el 6 de junio, en la fiesta de la Santísima Trinidad, nacía en esta ciudad la “Visitación de Santa María”.

Este pequeño instituto iba a crecer rápidamente y a producir admirables frutos de santidad. Muchos capítulos del Tratado del amor de Dios[6] –que el obispo escribió aprovechando “los breves ratos libres” que lograba hurtar a “la urgencia de otros deberes”– fueron inspirados al ver las maravillas que el Espíritu Santo realizaba en la Madre de Chantal y en sus religiosas.

El obispo velaba celosamente por sus Hijas y las visitaba a menudo. Ellas le preguntaban sobre algún punto de sus constituciones o sobre la práctica de las virtudes. Él les respondía en su estilo sencillo, claro, rico en imágenes y dulce. Las religiosas anotaban en el momento sus respuestas, o las redactaban de memoria inmediatamente después. Estas notas, recopiladas cuidadosamente por la M. de Chantal, fueron editadas con el título de Conversaciones espirituales y son de un encanto y un sabor indescriptibles.

En 1618, Francisco de Sales volvió a París formando parte del cortejo que debía concertar el matrimonio del Príncipe del Piamonte, hijo del Duque de Saboya, con la Princesa Cristina de Francia, hermana de Luis XIII.

Enseguida los parisienses quisieron oír su palabra. En ocasiones tuvo que predicar dos, tres y hasta cuatro sermones al día. En los nueve meses que pasó en París predicó ciento sesenta y cinco veces.

Aparte de los sermones, dio conferencias que iluminaban a las almas y reavivaban su fervor. También confesó y dirigió espiritualmente a un grupo selecto de señoras de la nobleza que en esos comienzos del siglo XVII se sentían fuertemente inclinadas a la piedad. Al mismo tiempo se ocupó de preparar una casa de la Visitación –la sexta– que la M. de Chantal fue a fundar en la primavera siguiente y que él confió a un sacerdote que aún no era muy conocido pero que llegó a ser el gran “padre de los pobres”: Vicente de Paúl.

En esta época fue cuando conoció a la abadesa de Port–Royal, Angélica Arnauld. La visitó varias veces en su monasterio y cuando se marchó de París mantuvo con ella una correspondencia en la que se adivina lo que hubiera él conseguido de esta alma enérgica, autoritaria y obstinada, si su pronta muerte no le hubiera impedido seguir dirigiéndola.

 * * *

Las cartas de dirección espiritual y la fundación de casas de la Visitación estaban lejos de agotar toda la actividad del obispo que se dirigía, ante todo, a las necesidades de su diócesis, inmensas porque la herejía había hecho terribles estragos.

Había que reorganizar las parroquias y confiarlas al cuidado de un clero dedicado a los intereses sobrenaturales de las almas e instruido. Desde el primer contacto mantenido con sus sacerdotes, en el sínodo del año 1603, el obispo les dijo que “la ciencia, para un sacerdote, es el octavo sacramento de la jerarquía de la Iglesia”. Y no consintió jamás confiar la cura de almas a sacerdotes poco capaces, aunque le fueran recomendados por protectores influyentes.

Dedicó cuatro años, de 1605 a 1608, a visitar todas las parroquias de su diócesis, muchas de las cuales se encontraban en parajes montañosos, con accesos difíciles y a menudo peligrosos. En sus visitas animaba a los párrocos, estimulaba su celo y llevaba por todas partes, con la irradiación de su bondad, la llama de su palabra, siempre adaptada a las necesidades del auditorio. Uno de sus sirvientes, que le acompañó en esta gira agotadora, hacía notar con admiración que “aunque Monseñor predicaba en todas las parroquias, nunca le había oído repetir las mismas cosas”.

Le gustaba conversar amigablemente con los campesinos y se sentía edificado con el ejemplo de las “santas aldeanas”. Admiraba su fe sólida y sencilla, pero sufría por el mal que habían causado las nuevas doctrinas.

Sufría aún más por la relajación de los monasterios que, en su mayor parte, habían perdido el fervor primitivo. En estos antiguos núcleos de vida religiosa no había entonces más que vida mundana y fácil y, a veces, escandalosa.

¡Con qué prudente persuasión promovió la reforma! ¡Con qué incansable firmeza, y al precio de cuántos esfuerzos la consiguió en la abadía de Notre-Dame d’Abondance, en el monasterio de los canónigos de Sixt y en los benedictinos de Talloires…!

Y continuaba predicando. No sabía negarse a las invitaciones que le dirigían. Como él mismo reconocía, “prefiero predicar un sermón que decir ‘no’. Me haría falta un vicario que se negase por mí”. Eran sermones de circunstancia, que lograban convertir a las gentes. En época de adviento o cuaresma los fieles se apiñaban junto a su confesonario y alrededor del púlpito. Les decía: “La cuaresma es el tiempo de la cosecha de almas… Yo cosecho un poco con lágrimas, en parte de alegría y en parte de amor”[7].

El obispo de Ginebra, que nunca pretendió sino la gloria de Dios y la salvación de las almas, sufrió muchas veces la desconfianza de su soberano, el Duque de Saboya, Carlos Manuel. Éste sentía por él verdadera estima, pero como su carácter era suspicaz, prestaba fácilmente oídos a insinuaciones malévolas.

Por eso, cuando en 1609, Francisco atravesó Ginebra para ir a la región de Gex, a hacerse cargo de tres parroquias devueltas por Enrique IV al culto católico, el Duque se alarmó, temiendo que el obispo “anduviera en manejos de Estado con extranjeros”. Y a pesar de que Francisco apaciguó sus sospechas, el Duque le negó autorización para salir de Saboya y trasladarse a París, donde se le reclamaba para la cuaresma de 1611, así como para ir al año siguiente a Lyon.

Idénticas sospechas volvieron a surgir en 1615, cuando Francisco fue a Lyon para tratar con el arzobispo sobre las constituciones de la Visitación, y cuando tres meses después Mons. de Marquemont fue a Annecy, a devolver la visita al obispo.

Estos disgustos, que hubieran podido enojarle, no alteraron la serenidad del obispo, que se disculpaba con paz. Pero, en tono distinto y con firmeza llena de nobleza, alzó su voz en defensa de uno de sus hermanos y de su primo, el Sr. de Charmoisy, a quienes el Duque de Nemours había acusado injustamente ante Carlos Manuel.

La fama de que gozaba Francisco más allá de las fronteras saboyanas halagaba al Duque, orgulloso de tener tal súbdito en sus Estados. Quizá también le inquietaba, temiendo que Francisco se dejase retener en París. Eso era no conocerle bien. Enrique IV, que sentía gran admiración por el obispo de Ginebra, deseaba tenerlo a su lado. A través de su secretario, des Hayes, le hizo interesantes propuestas para lograrlo, a las que Francisco siempre respondió con un cortés y firme rechazo.

Incluso se quedó indiferente ante la perspectiva de un capelo cardenalicio que sus amigos quisieron procurarle, o ante la proposición de ser nombrado coadjutor que le hizo el cardenal de Retz, Enrique de Gondi, obispo de París. ¿Por qué iba a dejar Annecy? “Mi obispado –decía– es para mí tanto como el arzobispado de Toledo, pues puede suponerme el paraíso o el infierno, igual que le sucede al arzobispo de Toledo en su sede. Todo depende de cómo uno y otro nos comportemos en nuestros cargos”.

En el suyo, él se comportaba como un santo; un santo cuyo rostro aparecía, a veces, nimbado por una aureola luminosa, y que, como sin quererlo, hacía milagros[8]. Pero todo eso a sus ojos contaba poco:

Se esforzaba sobre todo en hacer más estrecha su unión con Dios mediante la meditación, el espíritu de oración, el cumplimiento de la voluntad divina; en hacer más perfecto su desprendimiento por el don de sí a los se le acercaban, siempre sereno, sonriente y bueno, sin que nadie supiese el “tormento de la multitud de preocupaciones” que le agobiaban[9].

Sin embargo, Francisco de Sales notaba que sus fuerzas declinaban y los achaques de salud le advertían que pronto llegaría al fin de su tarea. Ya tenía a su hermano Juan Francisco como coadjutor y soñaba con acabar sus días en soledad, lejos de la multitud de los asuntos, entregándose a la oración y ocupándose en escribir algunas obras que tenía en proyecto, sobre todo un tratado sobre el amor al prójimo.

Soñaba con soledad y reposo. El año 1622 le negó lo uno y lo otro. Al cansancio habitual de cada jornada, que minaba duramente sus energías, se unieron diversos acontecimientos que agotarían sus fuerzas y apresurarían su fin.

Por orden de Gregorio XV, que ignoraba el estado de salud del obispo, debió ir a Pignerol, al otro lado de los Alpes, para abrir el 30 de mayo el capítulo general de los padres cistercienses, que iban a elegir superior general.

Terminada esa misión, se trasladó a Turín, donde la Corte le reclamaba . Se alojó en el convento de los cistercienses, en una pequeña celda expuesta al ardor del sol. Agotado, se vio obligado a guardar cama durante varias semanas. Apenas recobró las fuerzas necesarias para retornar a Annecy.

Sin embargo, no permaneció allí mucho tiempo. El Duque de Saboya, Carlos Manuel, había decidido salir al encuentro de Luis XIII, que, tras derrotar a los hugonotes en Montpellier, recorría las ciudades del valle del Ródano de regreso hacia París. El Duque puso mucho empeño en que el obispo de Ginebra formase parte de su comitiva. A pesar de su gran agotamiento, y sin escuchar los consejos de quienes le instaban a excusarse, se unió a la Corte en Avignon, donde Luis XIII hizo su entrada el 17 de noviembre. El día 29 del mismo mes, tras un descanso en Valence, el cortejo real llegó a Lyon.

Francisco no admitió otro alojamiento que la humilde casa –“la chocita”– del jardinero de la Visitación. Hacía frío y la casa “estaba expuesta a todos los aires y al humo”, porque la chimenea funcionaba mal. A pesar de ello el obispo aseguró “que jamás estaba mejor que cuando no se encontraba bien”. Recibía con su benevolencia acostumbrada a todos los que deseaban verle. El tiempo que le dejaban libre las numerosas visitas que le asediaban y sus deberes para con la Corte lo consagró a sus Hijas de la Visitación.

En una breve entrevista que mantuvo con la M. de Chantal creyó notar en ella demasiado afán en hablar de su alma. “Qué es esto Madre mía –le dijo–, ¿aún tenéis deseos y gustos demasiado impulsivos?” Por lo que a él respecta, ya estaba abandonado a la voluntad divina. Se sentía cerca del puerto y murió apaciblemente en la tarde del 28 de diciembre a causa de una apoplejía, soportando con paciencia los dolorosos remedios con que los cirujanos trataron de salvarle.

Había pedido los últimos sacramentos y conservó hasta el fin su lucidez y su admirable fidelidad para aceptar amorosamente todas las exigencias de la voluntad divina, auténtica señal de santidad.



[1] Los calvinistas ocuparon Ginebra en 1534 y expulsaron al obispo de su sede episcopal. Los obispos de Ginebra acabaron estableciendo su residencia en Annecy, aunque conservaban el título de Príncipe–Obispo de Ginebra, como sus predecesores que, antes de la Reforma, ejercían jurisdicción espiritual y temporal en la diócesis.

[2] Se conservan unas dos mil cien cartas o fragmentos dirigidas a distintos destinatarios, que se recogen en los tomos XI al XXII de las Oeuvres. Es sólo una pequeña parte de su abundantísima correspondencia.

[3] Prólogo a las cartas. XI, XIX.

[4] Otros autores opinan que apareció a fines de 1608. (N.E.)

[5] Su hijo Celso Benigno, de 15 años, quedaba al cuidado de su abuelo Frémyot en Dijon, para que continuase sus estudios. Su hija María Amada, casada unos meses antes con Bernardo de Sales, hermano del obispo, vivía en el castillo de Thorens, no lejos de Sales. Francisca acompañaba a su madre a Annecy y Carlota acababa de morir a la edad de nueve años.

[6] El Tratado del amor de Dios se publicó en 1616, siendo fruto de una larga experiencia. En él el autor se propone “describir la historia del nacimiento, desarrollo, y decadencia del amor divino, así como de las actuaciones, propiedades, ventajas y excelencias del mismo”. Introducción al Tratado del Amor de Dios. IV. XXVI.

[7] C 391 a la Sra. de Chantal, 5 abril 1607. XIII, 275.

[8] Mgr. Trochu, “Saint François de Sales”, Tomo I, pg. 693; Tomo II, pgs. 127, 220, 230, 571, 604, 614, 686. Henry–Coüannier, “San Francisco de Sales y sus amistades”, pgs. 163, 200, 307, 351–354, 380, 381.

[9] C 237 a Mons. Antonio Revol, obispo de Dôle, 14 agosto 1604. XII, 297.


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