Textos de San Francisco de Sales

Sermón para el Miércoles de ceniza

 

San Francisco de Sales predicó este Sermón el miércoles de ceniza de 1622 en el monasterio de la Visitación de Annecy. Con sencillez, explica cuál es el verdadero ayuno: el ayuno corporal no tiene valor si no va acompañado del ayuno del espíritu, y el ayuno que se hace sin humildad es semejante al de los fariseos.

Estos cuatro primeros días de la santa cuaresma son como la cabeza, el prólogo o la preparación para pasar bien la cuares­ma y disponernos a ayunar bien. Por ello, he pensado tratar hoy sobre las condiciones que hacen bueno y meritorio el ayuno, pero brevemente y de la manera más familiar posible, tanto hoy como en los sermones que os dirigiré todos los jueves de la pre­sente cuaresma, los cuales serán de lo más sencillo, propios para vuestros corazones, si yo consigo explicarme.

El ayuno en sí no es una virtud, pues lo observan los buenos y los malos, los cristianos y los paganos. Los antiguos filósofos lo guardaban y recomendaban, sin que por eso fueran virtuosos ni pusieron en práctica ninguna virtud ayunando; el ayuno solo y es virtud cuando va acompañado de las condiciones que lo hacen agradable a Dios; de ahí que aproveche a unos y no a otros, porque no todos lo observan de igual manera. Esto lo vemos en los mundanos, que piensan que para ayunar bien durante la cua­resma no hace falta sino privarse de comer viandas prohibidas; pensamiento demasiado grosero para entrar en el corazón de religiosas, pues a vosotras es a quienes me dirijo, y a las personas consagradas a Nuestro Señor. Estas saben que no basta ayunar exteriormente si no se ayuna interiormente, si al ayuno del cuer­po no acompaña el ayuno del espíritu.

Nuestro divino Maestro, que instituyó el ayuno, quiso en el sermón de la montaña enseñar a sus apóstoles el modo de practicarlo (Mt 5,15-18), pues es de gran provecho y utilidad, ya
que no hubieran podido la grandeza y majestad de Dios enseñar una doctrina inútil; pero, sabiendo que para aprovechar la fuerza y la eficacia del ayuno se requiere algo más que la abstención de manjares prohibidos, les instruyó, y como consecuencia, les dispuso a recoger los frutos propios del ayuno, que son muchos; y entre todos los demás, estos cuatro: el ayuno fortifica el espíritu, mortificando la carne y su sensualidad; eleva el alma a Dios; abate la concupiscencia, dando fuerzas para vencer y amortiguar sus pasiones; y, por fi n, dispone el corazón a no buscar más que agradar puramente a Dios. No creo inútil explicar lo que se debe hacer para practicar bien el ayuno cuaresmal porque aunque todos estén obligados a saberlo y practicarlo, las religiosas y las personas consagradas a Dios lo están más especialmente. Sobre y las condiciones requeridas para ayunar bien, voy a señalaros tres principales.

La primera es que se debe ayunar de todo corazón, es decir, de buen corazón, con entero corazón, totalmente. Si os cito las palabras de san Bernardo respecto al ayuno, sabréis no solamente por qué está instituido, sino también cómo se debe guardar.

Dice san Bernardo que el ayuno fue instituido por Nuestro Señor como remedio de nuestra boca, de nuestra gula y de nuestra glotonería; pues como el pecado entró en el mundo por la boca, es razonable que también la boca haga penitencia con la privación de manjares prohibidos por la Iglesia, absteniéndose de ellos durante cuarenta días. Pero, añade este glorioso santo, que como no solo nuestra boca ha pecado, sino también todos nuestros sentidos, es preciso que nuestro ayuno sea entero y to­tal, es decir, que hagamos ayunar a todos los miembros del cuer­po; porque si hemos ofendido a Dios con los ojos, con los oídos, con la lengua y con los demás sentidos, ¿por qué no los hemos de hacer también ayunar? No solamente hay que hacer ayunar a los sentidos del cuerpo, sino también a las potencias y pasiones del alma, al entendimiento, la memoria y la voluntad, puesto que el hombre ha pecado con el cuerpo y con el espíritu. ¿Cuántos pecados entran en el alma por los ojos, que la Sagrada Escritura (1 Jn 2,16) llama concupiscencia de la vista? Es necesario ha­cerlos ayunar, llevándolos bajos y no permitiéndoles mirar ob­jetos frívolos e ilícitos; los oídos, privándoles de escuchar con­versaciones vanas que no sirven sino para llenar el espíritu de imágenes mundanas; la lengua, no profiriendo palabras ociosas relacionadas con el mundo o sus cosas. Se debe también cortar los pensamientos inútiles del entendimiento, así como las vanas representaciones de la memoria, los apetitos y deseos superfluos de la voluntad, obligando al alma a que no ame ni tienda sino al soberano Bien; de esta manera acompañaremos el ayuno exte­rior con el interior.

Esto es lo que quiere indicarnos la Iglesia durante el santo tiempo de cuaresma enseñándonos a hacer ayunar a nuestros oídos y a nuestra lengua; por eso suprime todos los cantos ar­moniosos, con el fi n de mortificar el oído; no dice ya aleluya, se reviste de ornamentos oscuros; y ya en el primer día nos dirige estas palabras: Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás (Gen 3,19), como si quisiera decirnos: «Abandona desde ahora mismo todas las alegrías y regocijos, todas las consideraciones alegres y placenteras, y llena tu memoria de pensamientos amar­gos, ásperos y dolorosos, haciendo ayunar de tal manera al espí­ritu con el cuerpo».

Así lo entendían los cristianos de la primitiva Iglesia, los cuales se privaban en este tiempo de las conversaciones ordi­narias con sus amigos y se retiraban a lugares solitarios y apar­tados del bullicio del pueblo para hacer mejor la cuaresma. De igual modo, los antiguos Padres y los cristianos, hacia el año 400 después de Jesucristo, se preocupaban tanto de hacer bien la santa cuaresma, que no les bastaba con privarse de viandas y manjares prohibidos, sino que no comían ni huevos, ni pesca­dos, ni leche, ni manteca, alimentándose de hierbas y de raíces. Y no contentos con hacer ayunar al cuerpo de esta suerte, hacían también ayunar al espíritu y a todas las potencias del alma. Po­nían un saco sobre su cabeza para aprender a llevar la vista baja; esparcían ceniza sobre ella en señal de penitencia; se aislaban en la más completa soledad para mortificar la lengua y el oído, sin hablar ni oír cosa vana e inútil. Practicaban ejemplarmente grandes y ásperas penitencias que maceraban el cuerpo y hacían ayunar todos sus miembros; y todo ello con entera libertad, sin verse forzados o constreñidos. Así es como su ayuno se cumplía con corazón entero y total; porque sabían bien que, como no solamente la boca había pecado, sino también los demás senti­dos de nuestro cuerpo y las potencias del alma, sus pasiones y apetitos están, como consecuencia de ello, llenos de iniquidades. Es, pues, razonable que el ayuno, para que resulte entero y me­ritorio, sea universal, es decir, practicado por el cuerpo y por el espíritu. He aquí la primera condición para ayunar bien.

La segunda condición es no ayunar por vanidad sino por humildad; si el ayuno se hace sin humildad, no agradará a Dios. Todos los antiguos Padres lo han declarado así, pero particular­mente santo Tomás1, san Ambrosio 2 y el glorioso san Agus­tín 3. San Pablo, en la epístola a los corintios, que leíamos el domingo pasado, declara las condiciones requeridas para pre­pararse bien al ayuno de la cuaresma (1 Cor 13). La cuaresma se acerca; preparaos a ayunar con caridad para no ayunar inú­tilmente, puesto que el ayuno, como todas las demás buenas obras, si no se hacen en caridad y por la caridad, no es grato a Dios. Aunque os disciplinéis, aunque hagáis largas oraciones, si no tenéis caridad, de nada os sirve; aunque hagáis milagros, si no tenéis caridad, no os aprovecharán; hasta si padecierais martirios sin caridad, vuestro sacrificio no valdría nada y no sería meritorio a los ojos de la Divina Majestad; pues todas las obras, pequeñas o grandes, por buenas que sean en sí mismas, nada valen ni apro­vechan si no se hacen en la caridad y por la caridad. Y yo digo lo mismo: si vuestro ayuno se hace sin humildad, de nada sirve y no puede ser agradable al Señor. Los filósofos paganos ayunaban así, y su ayuno no fue apreciado por Dios. Los pecadores ayunan de esta manera, pero como no tienen humildad, no les aprovecha nada. Si, como dice el apóstol, cuanto se hace sin caridad es des­agradable a Dios, yo os digo que, si ayunáis sin humildad, vuestro ayuno no os servirá de nada; si no tenéis humildad, estaréis sin caridad; si no tenéis caridad careceréis de humildad, ya que es casi imposible tener caridad sin ser humilde y ser humilde sin tener caridad; pues estas dos virtudes poseen tal simpatía y convenien­cia, que no pueden ir nunca la una sin la otra.

Pero ¿qué es ayunar con humildad? No ayunar por vanidad. ¿Cómo se ayuna por vanidad? De cien maneras nos señala la Sagrada Escritura; pero me contentaré con deciros una, pues no quiero cargar vuestra memoria con muchas cosas. Ayunar por vanidad es ayunar por la propia voluntad cuando esta voluntad no está libre de vanidad o, por lo menos, de la tentación de vani­dad. Y ¿qué es ayunar por propia voluntad? Es ayunar como uno quiere y no como los demás quieren; ayunar como nos place y no como se nos ordena y aconseja. Encontraréis quienes desean ayunar más de lo necesario y quienes no quieren ayunar como es debido. ¿Quién hace eso sino la vanidad y la propia voluntad? Todo lo que viene de nosotros nos parece mejor, mucho más fácil y cómodo que lo que el prójimo nos obliga a hacer, aunque ello sea más útil y propio para nuestra perfección; cosa esta natural y que nace del gran amor que nos tenemos a nosotros mismos.

Pongamos cada uno la mano en el corazón, y veremos cómo cuanto viene de nosotros, de nuestros propios sentidos y elec­ción, lo estimamos y amamos mucho más que lo que nos vie­ne del prójimo. Tenemos en ello una cierta complacencia y casi siempre vanidad. Hay mujeres que quieren ayunar todos los sá­bados del año y no en la cuaresma; están dispuestas a ayunar en honor de la Virgen y no lo quieren hacer en el de Dios Nuestro Señor, como si Nuestro Señor y la Virgen no tuvieran idénti­co culto; como si honrando al Hijo con el ayuno hecho en su atención no se contentara a la Madre o como si, honrando a la Virgen, no se agradara al Salvador: ¡Qué gran locura! Ved lo que es el espíritu humano; porque el ayuno que esas personas se imponen el sábado en honor de nuestra gloriosa Señora sale de su propia voluntad, les parece que es más santo y que les conduce a una mayor perfección que el ordenado en la cuaresma. Y así no ayunan como es debido, sino como ellas quieren.

Otros pretenden ayunar más de lo mandado, de los cuales el gran apóstol se quejaba (Rom 14,1-6) diciendo: nos preocupan mucho dos clases de cristianos en lo que respecta al ayuno; los unos no quieren ayunar cuanto deben y no pueden contentarse con los manjares permitidos (lo que hacen, aún hoy muchos mundanos, los cuales alegan para ello mil razones; pero no estoy aquí para hablar de tales cosas, pues me dirijo a religiosas). Los otros ―dice san Pablo― quieren ayunar más de lo debido.

Con estos tenemos más trabajo; a los primeros les demostramos claramente que están contraviniendo la ley de Dios y que, no ayunando cuanto está ordenado, pudiéndolo hacer, infringen los mandamientos. Nos cuesta más convencer a los débiles y enfermos, que no tienen robustez para ayunar y no quieren oír razones a favor de que no están obligados; y, a pesar de que se lo y digamos, se empeñan en ayunar más de lo exigido, no queriendo utilizar los alimentos que les ordenamos. Estos no ayunan por humildad, sino por vanidad; no quieren admitir que, estando débiles y enfermos, hacen mucho más por Dios no ayunando, comiendo lo que se les manda, que queriendo abstenerse por su propia voluntad; porque, si bien, a causa de la debilidad, su boca y no puede abstenerse de comer, deben hacer ayunar a los demás sentidos del cuerpo y a las pasiones y a las potencias del alma.

No hagáis ―dice Nuestro Señor― como los hipócritas, que cuando ayunan están tristes y melancólicos con el fi n de ser elogiados por los hombres y estimados grandes ayunadores; sino que vuestro ayuno sea hecho en secreto. Lavaos entonces el rostro, ungíos la cabeza; y vuestro Padre celestial, que está en lo secreto de vuestro corazón, os lo recompensarán (Mt 6,16-18). Nuestro divino Maestro no quiere enseñar que no debe preocu­parnos la edificación del prójimo, pues san Pablo dice: Que vues­tra modestia se manifieste a todos (Flp 4,5). Los que ayunan durante la santa cuaresma no han de esconderse para hacerlo; la Iglesia manda el ayuno y quiere que cada uno sepa que lo observamos. No debemos, pues, ocultar que lo guardamos a quienes nos lo pregunten para su edificación, pues estamos obligados a evitar todo motivo de escándalo a nuestros hermanos. Pero cuando Nuestro Señor dice: Haced vuestro ayuno en secreto, quiere decir: «No lo hagáis para ser vistos y estimados por las criaturas huma­nas; no hagáis vuestras obras para los ojos de los hombres; cui­daos de edificarlos bien, pero no para que os tengan por santos y virtuosos. No seáis como los hipócritas, no tratéis de parecer mejores que los otros practicando más ayunos y penitencias que ellos».

El glorioso san Agustín, en la Regla que escribió para sus religiosos y también en la de sus religiosas (pues redactó las dos sucesivamente), manda que se ayune en comunidad, como se pueda[1], queriendo decir: «No seáis más virtuosos que los demás , no pretendáis ayunar más, ser más austeros ni mortificaros más de lo que está ordenado; haced solamente lo que hacen los de­más y lo que se os manda en las Reglas, según la forma de vida que tengáis, y contentaos con ello». Pues aunque el ayuno y las demás penitencias sean buenas y laudables, si no son practica­dos por aquellos con quienes convivís existiría particularidad y, por lo tanto, vanidad o, por lo menos, alguna tentación de sobrestimaros por encima de los que no hacen como vosotros, con cierta complacencia de vosotros mismos, como si os tuvie­rais por más santos que ellos haciendo tales cosas. «Seguid, pues, en todo a la comunidad ―dice san Agustín―. Que los fuertes y robustos coman lo que se les manda, que guarden los ayunos y austeridades señalados y que se contenten con eso; que los débi­les y enfermos reciban lo que les sea dado para su debilidad, sin desear hacer lo que hacen los robustos; y que ni unos ni otros se entretengan en mirar si este come y aquel no come sino que cada uno quede satisfecho de lo que tiene y de lo que se le dé; de esta manera evitaréis la vanidad y la particularidad».

No se me traigan ejemplos para aducir que no hay tanto daño en no llevar vida común; que no se me diga que san Pa­blo, el primer ermitaño, vivió hasta los noventa años en una gruta sin oír la santa misa, y que es necesario, por tanto, que yo me quede retirado en soledad, en mi habitación, para allí tener éxtasis y arrobamientos, en lugar de bajar a los oficios. No, que no me digan nada de esto. Lo que hizo san Pablo fue por una inspiración particular, que Dios quiere que sea admirada, pero no imitada. Dios le inspiró retiro tan extraordinario con el fin de que los desiertos, entonces deshabitados, se volvieran aceptables; y así, después, muchos Santos Padres vivieron en ellos; pero tal inspiración no fue dada para que cada uno siguiera a san Pablo, sino para que él fuera espejo y prodigio de virtudes, digno de ser admirado por todos, aunque no imitado. Que no se mencione tampoco a san Simón Estilita, que vivió durante cuarenta y cuatro años sobre una columna, haciendo doscientos actos de adoración cada día por medio de genuflexiones[2]; por­que obraba de esta manera, como san Pablo, por una inspiración completamente particular, queriendo Dios hacer ver en él un milagro de santidad y cómo los hombres son llamados y pueden llevar en este mundo vida celestial y angélica.

Que se admiren, pues, todas esas cosas, pero que no se me diga que sería mejor retirarse en soledad, al igual que estos dos grandes santos, sin mezclarse con los demás ni hacer lo que ellos hacen, y entregarse a grandes penitencias. «No aparezcáis más virtuosos que los demás ―dice san Agustín―; contentaos con hacer lo que ellos hacen; llevad a cabo vuestras buenas obras en secreto y no para ser vistos de los hombres. No hagáis como la araña, que representa a los orgullosos, sino como la abeja, símbolo del alma humilde. La araña teje su tela a la vista de todo el mundo y nunca en secreto; va hilando por los vergeles, de árbol en árbol, en las casas, en las ventanas, en los techos; es decir, a los ojos de todos. Se parece en esto a los vanidosos e hipócritas, que lo hacen todo para ser vistos y admirados de los hombres; pero sus obras no son sino telas de araña, propias para ser arrojadas al fuego del infierno. Las abejas son más sabias y prudentes, pues fabrican la miel en la colmena, donde nadie puede verlas, y se construyen celdillas donde prosiguen en secreto su trabajo; esto representa muy bien al alma humilde, siempre retirada dentro de sí misma, sin buscar ninguna gloria ni alabanza por sus acciones, sino manteniendo escondida su intención, contentándose con que Dios la vea y sepa lo que hace».

Os voy a contar un ejemplo, pero familiarmente, como quiero platicar con vosotras. Es de san Pacomio[3], ilustre pa­triarca de monjes, de quien os he hablado a menudo. Paseaba un día con algunos padres del desierto, hablando de cosas santas y devotas, pues aquellos bienaventurados no hablaban nunca de cosas vanas e inútiles, siendo todos sus discursos piadosos e interesantes. Durante la conferencia, uno de los monjes, que había hecho dos esteras en un día, fue a extenderlas al sol en presencia de los Padres. Estos le vieron perfectamente, pero a ninguno se le ocurrió pensar por qué lo hacía, pues no se preocupaban nada de las acciones ajenas. Creyeron, pues, que su hermano obraba naturalmente y no sacaron ninguna con­secuencia de ello. No acostumbraban a censurar las acciones del prójimo; no eran como los que van siempre criticando los hechos de los demás, haciendo de todo lo que ven comentarios e interpretaciones.

Aquellos buenos monjes no pensaron, pues, nada del que así extendía sus dos esteras; pero san Pacomio, que era su supe­rior y a quien correspondía examinar el móvil que le empujaba, entró un poco en consideración sobre esta acción, y como Dios da siempre luz a los que le sirven, le hizo conocer que tal herma­no estaba guiado por el espíritu de vanidad y de complacencia por sus dos esteras, y que obraba con el fin de que él y los demás Padres vieran que había trabajado mucho aquel día.

Los antiguos religiosos se ganaban la vida con el trabajo de sus manos; se dedicaban no a lo que querían o les gustaba, sino a lo que se les ordenaba; ejercitaban su cuerpo con las faenas manuales, y el espíritu con la oración, uniendo así la acción a la contemplación. Su más corriente quehacer era trenzar esterillas, de las que cada uno debía hacer una por día. El hermano de que hablamos había hecho aquel día dos; pensó por eso que era más activo que los demás; las extendió al sol ante su vista para que estos se dieran cuenta. Pero san Pacomio, que tenía el espíritu de Dios consigo, hizo que fueran arrojadas al fuego; mandó a todos los monjes orar por el que había trabajado para el infierno y le recluyó en su propia celda durante cinco meses como penitencia de su falta a fi n de servir de ejemplo a los demás y enseñarle a hacer sus obras con humildad.

¡Que no se parezca vuestro ayuno al de los hipócritas, que ponen caras de melancolía y no estiman santos a quienes no aparecen flacos, como si la santidad consistiera en la delgadez! Santo Tomás de Aquino no era delgado, sino muy grueso, y sin embargo fue santo. Del mismo modo, muchos otros, que a pesar de no ser delgados no dejaban de ser austeros y excelentes siervos de Dios.

El mundo, que no mira sino al exterior de las cosas y de los hombres, no estima santos más que a aquellos que están magros y enflaquecidos. El espíritu humano no considera más que la apariencia; y realiza todas sus obras para aparentar ante los hombres.

Dice Nuestro Señor: No hagáis como esos; que vuestro ayu­no sea en secreto, a los ojos de vuestro Padre celestial, y Él os mirará y os recompensará. Esta es la tercera condición requerida para ayunar bien: mirar a Dios y hacer todo lo posible para agra­darle, recogiéndonos en nosotros mismos a imitación de cierto gran santo[4], que se retiró a un lugar secreto y apartado, donde permaneció algún tiempo sin que nadie supiera donde estaba, contentándose con que el Señor y sus ángeles lo supieran. A pesar de que todos los hombres deben buscar el agradar solo a Dios, las religiosas y todas las personas consagradas deben tener cuidado muy particular de esto, sin pensar más que en Él, contentándose con que Él solo vea sus obras y sin esperar recompensas más que de Él. Lo enseña muy bien el gran padre de la vida espiritual, Casiano, en su libro Colaciones[5], tan admira­ble, que grandes santos apreciaban mucho su contenido, hasta el extremo de no acostarse nunca sin haber leído un capítulo para concentrar su espíritu en Dios9. Dice, pues: ¿De qué te servirá lo que haces a los ojos de las criaturas? Solo de vani­dad y de orgullo, lo cual no es bueno más que para el infierno; pero si cumples tu ayuno y todas tus obras por agradar solo a Dios, trabajarás para la eternidad, sin complacerte en ti mismo, ni preocuparte de si eres visto o no por los hombres, puesto que lo que haces no es para ellos ni es de ellos de quien esperas recompensa. Debemos, pues, hacer nuestro ayuno en humildad y en verdad y no en mentira e hipocresía; es decir, para Dios y para agradarle solo a Él.

No son necesarios grandes discursos ni aguda discreción para comprender por qué se ordena el ayuno, y si está vigente para todos o solamente para algunos. Sabemos que fue impues­to en expiación del pecado de nuestro padre Adán, que prevari­có, rompiendo el ayuno mandado por la prohibición de comer la fruta del árbol de la ciencia. Por ello, la boca ha de hacer penitencia absteniéndose de los manjares prohibidos. Muchos tienen dificultades a este respecto, pero no estoy aquí para res­ponderles, ni menos aún para decir quiénes son los que están obligados a ayunar, pues nadie ignora que los niños no lo están, ni tampoco las personas de más de sesenta años.

Dejemos, pues, eso y veamos más bien, con tres ejemplos que os referiré, cómo es peligroso quererse hacer los discretos sobre los mandamientos de Dios o de nuestros superiores. Dos están sacados de la Sagrada Escritura, y el otro, de la Vida de San Pacomio.

El primero es de Adán, que habiendo recibido de Dios el mandato de no comer del fruto prohibido bajo pena de perder la vida, lo infringió empujado por Eva, a quien la serpiente ha­bía engañado. Pensando en su defensa, se dirían: «Aunque Dios nos haya amenazado de muerte no moriremos por esto; no nos habría creado para hacernos morir». Y, comieron la fruta y mu­rieron de muerte espiritual (Gen 3,1-6).

El segundo ejemplo es de ciertos discípulos de Nuestro Señor, que entendiendo que él hablaba de darles su carne y su sangre en forma de comida y bebida, quisieron hacerse los dis­cretos y prudentes preguntando cómo podría comerse la carne y la sangre de un hombre. Pero, como querían razonar, Jesucristo los reprendió (Jn 6,61-67).

El tercer caso está sacado de la Vida de san Pacomio[6]. Habiendo salido este cierto día de su monasterio para algún asunto que tenía en la gran abadía de su orden, donde habitaban tres mil monjes, recomendó a sus hermanos cuidaran de algu­nos hermanos pequeños que habían venido a él por particular inspiración. Como la santidad de los Padres del desierto se había extendido por todas partes, algunos jóvenes acudían a ellos y rogaban al santo que los recibiera para vivir según sus normas y costumbres. Este, conociendo que eran enviados por Dios, los había aceptado y tenía con ellos una solicitud muy especial. Al marcharse, recomendó se les cuidara y se les diera de comer hierbas cocidas; en esto consistían todos los mimos que se daba a aquellos muchachos. Pero apenas el santo Padre se ausentó, los monjes ancianos, pretendiendo ser más austeros, no quisie­ron comer hierbas cocidas, contentándose con comerlas crudas. Viendo lo cual, los que se encargaban de la comida pensaron que era tiempo perdido el cocer más hierbas puesto que, aparte de aquellos muchachos, nadie las comía.

Regresando san Pacomio al monasterio, salieron todos como abejas a su encuentro, besándole la mano unos, el vestido otros, como correspondía a Padre querido. Uno de aquellos jóvenes le dijo: «¡Ah padre mío, qué ganas tenía de que volvieras, pues no hemos comido hierbas cocidas desde tu marcha!». Oyendo esto Pacomio, se afectó muchísimo e hizo llamar al cocinero, a quien preguntó por qué no había cocido las hierbas. Este le contestó que porque nadie las comía fuera de los muchachos y por estimarlo cosa inútil; pero que no había descansado y había hecho unas esteras. El santo Padre le reprendió por esto gran­demente en presencia de todos y ordenó se arrojaran al fuego las esteras, diciendo que había de quemarse todo lo que se había hecho sin obediencia. «Porque ―añadió― yo sabía lo que estos jóvenes necesitaban y no se les puede tratar como a los otros; sin embargo, habéis querido, en contra de la obediencia, haceros los discretos».

He aquí cómo los que olvidan las órdenes y los mandatos y de Dios, que hacen interpretaciones o se las quieren dar de prudentes en las cosas mandadas, se ponen en peligro de muerte; pues todo el trabajo realizado según su propia voluntad o según la discreción humana, no es digno sino del fuego.

Esto era cuanto tenía que deciros respecto al ayuno y cuan­to es menester observar para ayunar bien. Lo primero, que vuestro ayuno sea entero y general; es decir, que hagáis ayunar a todos los miembros del cuerpo y a las potencias del alma, llevando la mirada baja o, al menos, más baja que de ordinario; guardando más silencio o, al menos, guardándolo más puntual­mente que de costumbre; mortificando el oído y la lengua para no oír ni decir nada vano e inútil; el entendimiento, para no considerar sino asuntos piadosos y santos; la memoria, llenán­dola del recuerdo de cosas ásperas y dolorosas y olvidando las graciosas y alegres; y, en fi n, sujetando vuestra voluntad y vues­tro espíritu a los pies del crucifijo y a algún santo y doliente pensamiento. Si hacéis así, vuestro ayuno será entero, interior y exterior, pues mortificaréis el cuerpo y el espíritu. La segunda condición es que no cumpláis vuestro ayuno ni llevéis a cabo vuestras obras para agradar a los hombres, y la tercera, que rea­licéis todos vuestros actos y, por consiguiente, vuestro ayuno, para agradar solo a Dios, al cual se rinda todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

(Oeuvres X, Ed. Annecy. 9 febrero de 1622)


[1] Carta 211, 5 y 9.

[2] Vidas de los Padres, lib.X, c.26.

[3] Surio, en el día 14 de mayo.

[4] Vida de san Gregorio Magno según Juan Diácono, 44; Vidas de los Padres, lib.X, c.37.

[5] Cf. lib.V, c.12; libro VIII, c.1.

[6] Vidas de los Padres, lib.I, c.43.


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