Sermón para el Segundo Domingo de Cuaresma

“Jesús, se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago, a lo alto de la montaña para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillantes de blancos. De repente dos hombres conversaban con Él: Moisés y Elías…”

Ciclos A, B y C: Mt 17,1-9; Mc 9,1-9 y Lc 9, 28B-36

La primera consideración es ésta: Jesús subió a la montaña y se puso a orar… Nosotros conoceremos que nuestra oración ha sido buena si, como nuestro Señor, salimos con la faz resplandeciente y los vestidos blancos como la nieve; quiero decir, si nuestra cara brilla por la caridad y nuestro cuerpo por la castidad. La caridad es la pureza del alma, pues no puede soportar en nuestros corazones ningún afecto impuro o contrario a Aquél a quien ama (la caridad y el amor son una sola cosa); y la castidad es la caridad del cuerpo, que rechaza toda clase de impurezas.

Si al salir de la oración tenéis un rostro hosco y melancólico, enseguida se verá que no habéis hecho la oración como debierais.

La segunda consideración es que los apóstoles vieron a Moisés y a Elías hablando a nuestro Señor del “exces” que Él iba a hacer en Jerusalén. Fijaros bien, durante la Transfiguración están hablando de la Pasión… “Exces” quiere decir “éxtasis”. Y ¿qué éxtasis es ése? El éxtasis de que un Dios descienda de su gloria suprema. Y ¿para qué desciende? Viene a tomar nuestra humanidad y a estar sumiso a los hombres, o sea, a todas las miserias humanas, hasta el punto de que, siendo inmortal, se sometió a la muerte y muerte de Cruz…

Me diréis: es bueno subir al Tabor para ser consolados porque eso empuja y hace avanzar a las almas débiles que no tienen el valor de hacer el bien si no sienten satisfacción. ¡Ah, no, perdonadme!, la verdadera perfección no se logra entre consuelos. Ya lo veis en la Transfiguración: los tres apóstoles que vieron la gloria de nuestro Señor, no dejaron por ello de abandonarle en su Pasión. Y San Pedro, que siempre había hablado con mucho atrevimiento, fue, sin embargo, un gran pecador, negando a su Maestro. Del Tabor se baja pecador y al contrario, del Calvario se baja justificado; claro está que siempre que nos hayamos mantenido firmes al pie de la Cruz, como nuestra Señora.

(Del Sermón del 23 de febrero de 1614)


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