Introducción

 

“He venido a prender fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo!”[1]

Es al sacerdote a quien Jesús ha confiado el cuidado de difundir y alimentar el fuego divino de la caridad. Para hacerlo capaz de su misión sublime, le ha abierto más que a ningún otro, los tesoros de su amor indefectible. Lo ha unido a Sí íntimamente, haciéndolo partícipe de su Eterno Sacerdocio: en efecto, el sacerdote es, con Jesús, sacerdote, pontífice, mediador, abogado, intercesor y es también con Él, ofrenda, expiación y víctima.

Por este particular estado de unión con Cristo, todos los actos del sacerdote están dotados de incomparable excelencia. El sacerdote, don precioso de Jesús a los hombres, auxiliar elegido por el Divino Maestro para continuar sobre la tierra su obra de amor, trabaja sin cesar con su acción sacerdotal para extender por todas partes las llamas de la caridad divina.

En el transcurso de los siglos, al enfriarse en el mundo esa caridad, Jesucristo decidió hacer una nueva efusión de amor en favor de su criatura. Manifestó su Corazón desbordante de Misericordia: “¡He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres!”[2], atrayendo las miradas de todos hacia aquella hoguera de amor, en la cual las almas ateridas y frías pueden ir a buscar el calor y la vida.

Pero, sobre todo, este Sagrado Corazón quiere manifestarse a sus sacerdotes; a ellos los llama para que reaviven y activen sobre la tierra el Fuego de la caridad. En su inefable bondad, quiere tener necesidad de ellos para realizar su obra. Por lo general, no realiza aquello que podría obrar directamente en las almas con su gracia, sino por medio y con la cooperación de sus sacerdotes. ¡Ah, si el sacerdote conociera, los tesoros de ternura encerrados para él en el Corazón de Jesús! ¡Con qué ardor iría a beber en esa fuente divina, para llenarse de amor hasta desbordar!

Jesucristo, al mostrar al mundo su Corazón, ha querido caldearlo, iluminarlo, salvarlo. Descubriendo a sus sacerdotes lo más íntimo de ese Corazón, quiere que moldeen corazones en su propio Corazón Divino, y que se identifiquen cada vez más con Él.  Quiere sobre todo revelarles su incomparable amor, y por este medio, inflamarlos de una caridad más ardiente hacia Él y suscitar en ellos una entrega más activa, más generosa y más tierna por la salvación de sus hermanos. Quiere comunicar a sus sacerdotes una superabundancia de vida, de vida divina, sobrenatural, a fin de que ellos mismos puedan vivificar a las almas.

Este es el plan de Jesús al manifestar su Corazón, estos son también los pensamientos que este humilde volumen querría expresar. ¡Ojalá que estas páginas logren fortalecer a las almas sacerdotales en el ardor de su vocación sublime y unirlas más que nunca con Jesucristo, sacerdote Eterno! ¡Ojalá que logren conducir a los fieles que las lean a una mayor confianza y a un respeto mayor y más filial por cada sacerdote, cualquiera que sea su jerarquía! ¡Ojalá que logren hacer aumentar cada vez más el conocimiento del Amor Infinito y el culto del Sagrado Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones!



[1] Lc 12, 49

[2] Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>