Capítulo 1 – EL SACERDOTE, CREACIÓN DEL AMOR INFINITO

 Dios reinaba desde toda la eternidad en la serena posesión de su felicidad suprema; pero, al sentir que el Amor Infinito se desbordaba de su Ser, quiso crear. Después de haber sacado de la nada, con la potencia de su Verbo, maravillas incomparables, formó al hombre, rey y centro de la Creación. ¿Quién podrá decir jamás lo que en aquel momento salió del seno del Ser Eterno en favor de esta criatura privilegiada? El Amor Infinito se revistió de todas las formas: fue liberal y magnífico como el amor de un Dios; previsor y sabio como el amor de un padre; tierno, delicado y profundo como el de una madre. El hombre se vio enriquecido con todos los dones, con todas las gracias, con todas las bellezas.

Pero el Amor Infinito no se detuvo aquí. Continuó expandiéndose con abundancia inagotable en toda la creación y fue alternativamente  o a la vez, amor que repara, que conserva y que vivifica; amor que protege, que perdona y que espera; amor que rescata, que purifica y que salva.

Y he aquí que, después de muchos siglos, el Verbo del Padre, el Amor encarnado, el Redentor del mundo, Jesús, vino a la tierra. Al vivir la vida del hombre, experimentaba sus debilidades, comprendía sus necesidades, reparaba la obra de la creación; pero, sobre todo, amaba… amaba apasionadamente a esa humanidad caída con la que se había unido íntimamente.

Y, cierto día, sintió que el Amor Infinito desbordaba de su Corazón; y queriendo crear un ser que pudiera continuar su obra y socorrer todas las necesidades del hombre, un ser que estuviera en condiciones de ayudar al hombre, sostenerlo, iluminarlo y acercarlo a Dios, ¡creó al sacerdote!

Jesús hizo partícipe de su poder al sacerdote, creación del Amor Infinito de su Corazón; depositó en el corazón del sacerdote la abnegación, el celo, la bondad, la misericordia que llenaban el suyo. Derramó en él, la humildad y la pureza; lo llenó de amor. Le confió, en fin, cuatro sublimes funciones, correspondientes a las cuatro grandes necesidades de la criatura humana.

1. El sacerdote instruye.

El hombre es profundamente ignorante. Aun después de la gracia del Bautismo, las sombras de la culpa original continúan oscureciendo su inteligencia. Los pecados personales hacen cada día más espesa estas sombras y su espíritu entenebrecido, sumergido en la ignorancia y en la incertidumbre, va casi sin darse cuenta, rumbo de la eterna perdición. Y el sacerdote instruye. Da la verdad a la inteligencia humana, muestra el camino que conduce a Dios, descubre a las almas los luminosos horizontes de la fe. Su misión consiste en disipar las tinieblas y hacer resplandecer ante las miradas de todos esas verdades superiores y divinas que junto con el amor, constituyen la vida del alma humana.

2. El sacerdote perdona.

El hombre es pecador. La primera caída ha dejado en su naturaleza huellas imborrables; un terrible peso lo inclina hacia el mal; tanto en sus facultades intelectuales como en sus sentidos, se hace sentir sin cesar una especie de desaliento y, a pesar de la gracia que lo eleva y del Amor Infinito que lo atrae hacia lo alto, no deja de pecar una y otra vez. Siempre manchado nuevamente, necesita ser nuevamente purificado. Y el sacerdote perdona. Depositario de la Sangre de Jesús, aplica este divino remedio a las llagas del pecado; se enriquece con el tesoro infinito de los méritos del Salvador y da nuevas fuerzas y ayudas al alma purificada.

3. El sacerdote consuela.

El hombre es infeliz. Desterrado del cielo, pasa sus días sobre la tierra en el trabajo y en el dolor. El sufrimiento lo rodea por todas partes: tan pronto abate su cuerpo con la enfermedad, como desgarra su corazón con desilusiones y duelos, o tortura su alma con el temor, el remordimiento o la duda. Y el sacerdote consuela.

Hace conocer a las almas el precio del sufrimiento; infunde la esperanza de una felicidad eterna en compensación de un dolor pasajero[1]; abre los abismos del Amor Infinito a los corazones afligidos y abandonados; levanta a las almas abatidas revelándoles las divinas misericordias, y, difundiendo sobre la tierra la luz y el amor, consuela toda aflicción y disipa todo temor.

4. El sacerdote ofrece el Sacrificio.

Finalmente, el hombre tiene necesidad de Dios. Su debilidad debe de apoyarse en la fuerza divina; su pobreza reclama los tesoros del cielo; su nada tiene continua necesidad de acercarse a la fuente del ser. En cambio, el pecado  lo aleja de la santidad divina. ¡Dios es tan grande, tan puro, está tan elevado en la altura inaccesible de la verdad y la justicia!… Es necesario un mediador entre Dios y el hombre; este mediador es Jesucristo. Pero el hombre es tan miserable que necesita otro mediador entre Jesucristo y él, ¡y este mediador es el sacerdote!

Y el sacerdote ofrece el Sacrificio. Toma entre sus manos consagradas la Víctima divina, la eleva hacia el cielo y, ante su vista, Dios se inclina hacia la tierra, la Misericordia desciende, el Amor Infinito se desborda con más abundancia del seno del Eterno Ser. ¡El Creador y su criatura se acercan, se abrazan en Cristo, se reúnen en el amor!

Estas son las magníficas funciones que cumple el sacerdote en favor de la humanidad: enseña, perdona, consuela, ofrece el sacrificio. ¡Jesús, el Sacerdote Eterno, las había realizado antes que él y con qué suma perfección! Si hubiera sido posible, habría querido ejecutarlas siempre directamente Él mismo; pero convenía que, después de experimentar el sufrimiento, Jesús volviera a entrar en la gloria[2]. Por eso su amor misericordioso formó al sacerdote en el cual Él mismo se perpetúa y revive incesantemente su vida de amor por los hombres, sus hermanos,. Por medio del sacerdote continúa instruyendo, purificando, consolando y acercando a Dios todas las generaciones que se suceden sobre la tierra.

En la dolorosa fase que atraviesa ahora el mundo, la Humanidad desviada siente más que nunca necesidades inmensas; más que nunca, reclama ser nutrida por la verdad, alejada del mal, consolada en sus tristezas, acercada a Dios y caldeada por el amor.

Parece que Jesucristo debería volver otra vez a la tierra. Pero no, su Humanidad resucitada puede permanecer en la gloria. Él ya ha provisto a todas las necesidades del mundo; ¡le ha dejado su Eucaristía y su Sacerdocio!

Con la Eucaristía el hombre puede alimentar su alma con la Verdad eterna y el Amor Infinito y, en cierto modo, divinizar su carne enferma y sus sentidos inclinados al pecado. En el Sacerdocio puede encontrar los auxilios que continuamente necesita en el transcurso de su pobre vida.

Sin embargo, si en la Eucaristía Jesús es siempre el mismo, eternamente vivo, en el sacerdote, su vida divina puede ser más o menos intensa; no porque Él no se dé siempre con la misma abundancia, sino porque el sacerdote puede aprovecharse más o menos de esta abundancia. Para que Jesús reviva en el sacerdote, es necesario que el sacerdote viva de Jesús.

El Amor Infinito, al desbordarse del Ser divino, había creado al hombre; este mismo Amor, rebosando del Corazón de Jesús, ha creado al sacerdote; y así como el hombre no encuentra su verdadera vida y la perfección de su ser sino volviendo a Dios, su eterno principio, así el sacerdote no puede poseer la plenitud de la vida y la perfección de su ser sacerdotal, sino yendo al Corazón de Jesús. Por esto, en estos tiempos en los que las santas funciones del sacerdote son tan necesarias para el mundo, Jesús llama a los sacerdotes a su Corazón para que en esta divina fuente se nutran de nuevas gracias y, sumergiéndose en este océano de Amor de donde han salido, encuentren en él una renovación y un acrecentamiento de vida sacerdotal.

¡Que el sacerdote vaya, por tanto, a Jesús, que se una estrechamente a Él! ¡Su misión es tan grande y su acción puede ser tan fecunda! ¡Que considere las acciones de este divino Modelo, que escuche sus palabras, que penetre en sus pensamientos, que lo siga paso a paso en el Santo Evangelio, que aprenda de este Maestro adorable a cumplir dignamente las sagradas funciones del Sacerdocio! Jesús ha sido el primero en ejercerlas; el sacerdote no tiene más que seguir sus divinas huellas. Revestirse de Cristo es imitar a Cristo, reproducir sus adorables virtudes, sus acciones santas, hasta sus mismos gestos divinas. Y si todos deben revestirse de Cristo, ¿no debe hacerlo más que nadie el sacerdote, que debe dar a Jesucristo al mundo?

¡Oh Jesús, Pontífice eterno, divino Sacrificador! Tú, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, dejaste brotar de tu Corazón Sagrado el Sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando en tus sacerdotes las ondas vivificantes del Amor Infinito.

Vive en ellos, transfórmalos en Ti; hazlos, por tu gracia, instrumentos de tu misericordia; obra en ellos y a través de ellos y haz que, después de haberse revestido de Ti por la fiel imitación de tus adorables virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizas para la salvación del mundo.

Divino Redentor de las almas, mira cuán grande es la multitud de los que aún duermen en las tinieblas del error; cuenta el número de las ovejas descarriadas que caminan al borde del precipicio; considera la muchedumbre de pobres, hambrientos, ignorantes y débiles que gimen en el abandono.

Vuelve, Señor, a nosotros, por medio de tus sacerdotes; revive realmente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo enseñando, perdonando, consolando, sacrificando, reanudando los sagrados vínculos del Amor entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre.

Así sea.[3]


[1] Cf. 2Cor, 4, 17

[2] Cf. Lc 24, 26

[3] El Papa Pío X concedió a quienes rezaran diariamente esta oración, una indulgencia parcial una vez al día, e indulgencia plenaria el primer domingo o primer viernes de cada mes. Estas indulgencias son aplicables a las almas del purgatorio. (3 de marzo de 1905). (Ver: Preces et Pia Opera, p. 508 Nº 659).


Comentarios

Capítulo 1 – EL SACERDOTE, CREACIÓN DEL AMOR INFINITO — 4 comentarios

  1. yo le ruego a toda la humanidad, que hagamos mucha oracion, para que Dios perdone a los sacerdotes, que con toda claridad vemos sus borracheras, fornicaciones, adulterios y todas sus concupiscencias y que tambien perdone a los obispos que por esta causa de sus subalternos se convierten en sus complices, casi toda la humanidad sabe que el que esta convertido le da asco la concupioscencia, pero a estos los deleita, rogemos por ellos

  2. Soy Médico Psiquiatra y Psicoterapeuta. Desde hace 24 años he venido preparando una monografía sobre el Sacerdote Católico Romano (Psicopatología). He descubierto, no sólo en la investigación bibliográfica, sino en mi práctica clínica, que actualmente muchos sacerdotes han dejado su Ministerio por la carencia de una vida espiritual. La solución a sus conflictos no está en que se les autorice contraer Matrimonio, sino en una conversión rumbo a aumentar su vida espiritual. En el tiempo presente, siendo ellos, el alma y la vida de una Comunidad Eclesial, necesitan aumentar la presencia del Espíritu de Dios en su vida. Es una tragedia que existan tantos Sacerdotes que requieren ayuda, pero es a través de la oración del feligrés y de toda la Iglesia, por donde se puede encontrar la solución para esta situación de la carencia de Sacerdotes santos.

  3. Si es verdad, no hay que perder de vista que son hombres y conviven con mucha gente y tienen enemigos poderosos. No solo Oremos por la santidad de nuestros sacerdotes, además ofrezcamos mortificaciones sacrificios por esa santidad y la de nosotros, no los dejemos solos

  4. parece que la VOCACION se vuelve PROFESION,porque pasa esto?, porque nosotros que somos su familia espiritual,los dejamos en el abandono, y nuestros Sacerdotes necesitan de su familia, que somos nosotros,compartiendos juntos momentos de aciertos y desaciertos,unirnos constantemente en esa oracion que tiene el poder de el misil mas poderoso. Unamosnos a Ser Guadias de Honor, para fundirnos en el AMOR, que nuestro amado Jesus, nos heredo.

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