Capítulo 2 – JESÚS MAESTRO

Después de una larga y silenciosa preparación de treinta años, Jesús comenzó a enseñar. Poseía en Sí mismo la plenitud de todas las ciencias; su inteligencia humana, dilatada y perfeccionada por la unión con la Inteligencia divina, abarcaba el inmenso conjunto de los conocimientos más sublimes y penetraba hasta en las cosas más insignificantes. La admirable armonía de las facultades de su alma y de los sentimientos de su Corazón, el equilibrio perfecto que reinaba en todo su ser, regulaban su pensamiento y sin haber tenido necesidad de trabajar para instruirse como los demás hombres, poseía sin esfuerzo el saber en su inteligencia, así como encerraba, sin obstáculo, el amor en su Corazón.

El mundo esperaba las lecciones de su boca divina para renacer a la vida y a la luz, ¡y sin embargo Jesús deja transcurrir treinta años antes de manifestar su sublime sabiduría! ¿Por qué esta espera tan prolongada? ¿Por qué privar por tanto tiempo a la humanidad de las luces celestiales que debían disipar la noche de su ignorancia?

No olvidemos que Jesús es nuestro modelo. Él sabía que el hombre necesita un prolongado trabajo y arduos esfuerzos para adquirir los tesoros de sabiduría y de ciencia indispensables para instruir a las almas y quería, por tanto, dar a sus sacerdotes el ejemplo de una lenta y seria preparación.

Si se trata de una enseñanza profana, basta el conocimiento y saber enseñar. Pero cuando hay que dar a Dios a las almas y las almas a Dios, ya no es suficiente la cultura del espíritu. El hombre entero debe ser transformado; él mismo debe pasar por una sucesión de pruebas y comenzar, al menos, a adquirir esa ciencia experimental de dolores, debilidades y miserias de la humanidad que deberá poseer para instruir e iluminar a sus hermanos.

Sin duda que el sacerdote puede dedicarse a esta primera función de su ministerio antes de los treinta años; pero cuánta prudencia necesita, cuánta desconfianza de sí mismo y cuánta humildad para recurrir a las luces de otros. El sacerdote debe instruirse sobre todo junto al Divino Maestro; que estudie, pues, a este sublime Preceptor de las almas y aprenda a hablar como El, a enseñar como El.

Cuando al dejar la vida oculta, Jesús comenzó a revelar los tesoros de verdad que llevaba dentro de Sí, el mundo entero se encontraba sumido en las tinieblas del error. El paganismo y los delitos que éste genera reinaban por doquier y, aun en el pueblo elegido, la verdad comenzaba a cubrirse de sombras. Los judíos, que hasta entonces habían custodiado el depósito de la verdad Divina, parecían estar a punto de perderlo. Numerosas sectas desgarraban el manto de la Sinagoga; el amor a las riquezas, la ambición por los honores habían derribado poco a poco el muro que separaba a Israel de las naciones idólatras. Los hijos de Abrahán sentían vacilar su fe y veían que la luz se apagaba en sus manos, a causa de las traidoras insinuaciones de una filosofía falsa, presionada por un sensualismo enervante y el desenfreno de las pasiones.

En aquel preciso momento apareció Jesús. Verbo increado, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero[1]. Venía a traer la verdad a la tierra, la verdad absoluta en toda su pureza y luminosidad, tal como está en Dios, en su eterno día, en su limpidez divina y en su soberana rectitud. Venía a reavivar la llama sagrada de lo justo y lo verdadero, sin la cual la humanidad no puede sino errar el camino a través de los tiempos. Venía a enseñar, con toda la autoridad de su divina Sabiduría, los derechos de Dios y los deberes del hombre, la misericordia de Dios y las miserias del hombre, y a restablecer el orden en la inteligencia humana trastornada por los errores del paganismo.

La Samaritana dijo un día al mismo Jesús: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, Él nos lo dirá todo”[2]. Ésta fue, en efecto, la gran misión del Salvador: ¡instruir a las almas! Su enseñanza fue universal: a todos y a todo llevó la luz de la verdad; combatió todos los errores de entonces y echó por tierra todos los que originaría después la actividad desorientada del pensamiento humano. Enseñó con los ejemplos de su vida y después con sus palabras lo que el hombre podía conocer de Dios. Lo mostró creador omnipotente, infinitamente santo y soberanamente justo, pero sobre todo lo reveló como Padre, inefablemente bueno y todo misericordioso.

El dogma, la moral, las relaciones del hombre con Dios y con sus semejantes, los grandes principios que deben regir la familia, la sociedad y guiar a la conciencia humana entre las sombras de la vida terrena, todo fue penetrado por los luminosos rayos de la verdad de Jesús. No dejaba pasar ocasión alguna de instruir al pueblo: “La gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad”[3].

En efecto, cuántas veces repitió este Adorable Maestro, siempre tan sobrio y medido en las palabras: “En verdad, en verdad te digo: Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto”[4].

Es realmente el Maestro, el Doctor infalible de la verdad.

Por eso, alzando la voz a las puertas del templo, pudo exclamar con razón: “Yo soy el camino, la verdad y la vida[5]…; el que me sigue no camina en tinieblas”[6]. Más tarde, en el momento de su dolorosa Pasión, de pie, en el centro del Pretorio, responderá a Pilatos con incomparable majestad: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”[7].

Esta voz de Jesús, tan humilde y dulce, no resonó más que por tres años en un pequeño ángulo del mundo, el más privilegiado de todos. Pocos hombres la oyeron; lo que enseñaba, en oposición a las ideas de aquel tiempo, parecía delirio y locura; ¡y no era más que la Verdad! Y la Verdad permanece, siempre termina por triunfar sobre la mentira y no perecerá jamás, porque ha nacido de Dios y es inmortal como Dios.

¡La Verdad! Es lo que, después de Jesús y con Jesús, el sacerdote debe dar al mundo. Pero para enseñarla, para comunicarla a los otros, tiene que poseerla en sí mismo, y para poseerla, debe ir a buscarla en su fuente divina, debe adquirirla junto al divino Maestro. El sacerdote, al recibir la misión de enseñar, recibe una abundancia de luz que debe desarrollar en sí. Es necesario que afiance y conserve intacta esta verdad que ha recibido; pero son tan numerosos los errores que la circundan que no puede defenderla y conservarla íntegra sin fatiga y sin lucha.

La verdad divina es inmutable y no puede cambiar. La Iglesia la posee en toda su plenitud. A través de los acontecimientos y las vicisitudes de los tiempos no cambia, sino en apariencia. La inteligencia humana, según sea más o menos pura, la recibe con mayor o menor claridad.

La verdad puede acrecentarse y desarrollarse, o por lo contrario, disminuir en la inteligencia humana; pero en sí misma es una e invariable. Puede precisarse, afirmarse en mayor o menor grado, definirse y explicarse, justificando así el proceso lento, pero incesante de las verdades enseñadas por la Iglesia. Pero verdades realmente nuevas, sobre todo en contradicción con la primera verdad, con la verdad antigua, no pueden existir.

El sacerdote maestro de las almas

Por tanto, el sacerdote, a fin de conservar intacta la verdad divina derramada por Jesús en su alma el día de la consagración, debe fortalecerse contra los ataques del error. Estos ataques llegan de tres partes a la vez: de Satanás, del mundo y de sí mismo.

1. — Satanás, espíritu maligno, eterno autor de discordias y odio, que trata de destruir la verdad doquiera la descubra, se esfuerza sobre todo por arrancarla del corazón del sacerdote, enemigo suyo declarado y en lucha continua contra su acción infernal.

2. — El espíritu del mundo y sus máximas tienden sin cesar a debilitar la verdad; y el sacerdote vive en medio del mundo, respira ese aire de mentira y sufre, casi sin darse cuenta, la influencia debilitante de sus falsas doctrinas.

3. — Por último, ¡cuántos fermentos de error viven en estado latente dentro de él mismo, en esas profundidades en las que el pecado original ha dejado sus huellas! El mínimo vestigio de orgullo puede despertarlos, la mínima contaminación puede hacerlos fecundos.

Para triunfar de estos múltiples enemigos, el sacerdote cuenta con tres armas poderosas que le aseguran siempre la victoria. Ante todo, la unión con la Iglesia, la fidelidad inviolable a la Santa Sede, órgano infalible de la Verdad. En efecto, ¿qué pueden los esfuerzos de Satanás contra la roca inconmovible sobre la cual ha sido fundada la Iglesia?

¿Puede temer extraviarse quien camina con Pedro, a quien el Maestro dijo: “Yo he pedido por ti, para que no tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos”[8]?

El sacerdote vence al espíritu del mundo por la unión con Cristo, vencedor del mundo; unión proveniente del espíritu de oración, del estudio del Corazón de Jesús, de sus adorables virtudes, y del alejamiento, interior, pero verdadero, de todo lo que Jesús condena y reprueba en el mundo.

Pero para triunfar de sí mismo, para anular en sí todo principio de error, para llegar a ser inaccesible a la mentira y permanecer firme en todos los ataques, para poseer con seguridad el tesoro de la verdad y conservarlo siempre intacto, el sacerdote no tiene otro medio que el de prosternarse con humildad. Una santa y justa desconfianza de sí y de su juicio particular, un acudir con sencillez a las luces de los demás, una humilde sumisión de fe, he ahí lo que necesita para permanecer en la verdad, para precaverse contra las ilusiones de una falsa ciencia, para ser, en una palabra, como Juan, esa lámpara siempre ardiente que ilumina los pueblos; para ser, como Jesús, la luz del mundo.

* * *

Jesús ha enseñado la verdad a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Desde el príncipe de los sacerdotes hasta la pobre samaritana, todos fueron instruidos por su palabra, todos recibieron la verdad de sus divinos labios. Con maravillosa adaptación de inteligencia e incomparable humildad, supo siempre adaptarse a la capacidad de aquellos a quienes debía instruir.

Con Nicodemo, doctor de Israel, es profundo, sublime y toca los misterios más elevados. Con los sacerdotes y escribas, sus enseñanzas se apoyan siempre en la Ley, los profetas y la Sagrada Escritura. Con el pueblo es sencillo, familiar, y se expresa con comparaciones sacadas de las labores campestres; tenemos así sus divinas parábolas: el sembrador, el grano de mostaza, la vid, etc. Se adapta siempre a su auditorio, sin caer nunca en lo vulgar, en lo afectado, en lo difícil de entender, aun en las materias más elevadas.

¡Qué encanto en las enseñanzas de Jesús, tan luminosas y simples, tan ricas de doctrina celestial y carentes de ornatos superfluos! ¡Qué dulce majestad en sus menores palabras! ¡Qué gravedad afable, qué modesta dignidad, qué fuerza persuasiva, qué claridad de exposición, cuánta gracia! ¡Qué poesía penetrante y sublime en esos ejemplos tomados de la naturaleza! ¡Oh, si se pudieran estudiar detalladamente las inefables bellezas de nuestro adorable Maestro! ¡Es el Verbo del Padre, el Maestro Divino, descendido del cielo para instruir a las almas! Con esto, ¿no está dicho todo?

También el sacerdote debe enseñar a todos la verdad. Si quiere ser verdadero apóstol, verdadero sacerdote de Jesús, debe hacerse, como Jesús, todo a todos. Su único fin debe ser comunicar la verdad que posee y el amor que le abrasa. Por tanto, que no aspire a un género particular, ni busque un método nuevo y personal que, a lo más, podrá interesar a algunos; sino que se esfuerce en adaptarse a su auditorio. Siempre claro y exacto, que anuncie la verdad sencillamente, con la única intención de hacer el bien. Entonces habrá encontrado el secreto de esa unción penetrante que viene del corazón y que el doble amor de Jesús y de las almas derrama, como naturalmente, en los labios del sacerdote. Al enseñar la verdad, es necesario que dé lo mejor de sí mismo, y que sin despreciar a nadie, se entregue por entero a su misión sublime de maestro de las almas.


[1] Credo de Nicea

[2] Jn 4, 25

[3] Mt 7, 28, 29. Mc 6. 2; 7. 37

[4] Jn 3, 11

[5] Jn 14, 6

[6] Jn 8, 12

[7] Jn 18, 37

[8] Lc 22, 32


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