Capítulo 2 – JESÚS MAESTRO – DIFICULTADES DE LA ENSEÑANZA

Cuando enseñaba, Jesús encontró muchos obstáculos, dificultades y sufrimientos y tuvo una paciencia infinita. No se dejó descorazonar por la rudeza de los espíritus, ni por la lentitud en comprender, ni por las objeciones sin fundamento. Las críticas, las injurias, la doblez de aquellos a quienes trataba de instruir e iluminar, no lograron cansarlo. En sus miras no figuró nunca la propia gloria; nunca buscó el éxito humano. Arrojó a manos llenas y de todo corazón la divina semilla en las almas, dejando al espíritu de Amor el cuidado de hacerla germinar y madurar.

Sabía que enseñando su moral, suave, es cierto, pero austera, muchos se alejarían de Él. Con su divina presciencia sabía que muchos de aquellos a quienes instruía dejarían que ese germen de vida pereciera por negligencia, o incluso lo arrancarían con sus propias manos. Y no obstante eso, no dejó nunca de dar sus lecciones divinas, ni de abrir a todos los tesoros de su sabiduría.

La contradicción, los desprecios las dificultades de toda índole se encuentran también en el camino del sacerdote; pero no debe dejarse abatir. Jesús, el Divino Maestro, ¿no está con él? ¿No tiene las divinas promesas de Jesús para consuelo y sostén? ¡Tome entonces la cruz del Maestro y camine!

Pero que se guarde, sobre todo, de alterar el Evangelio con el pretexto de conciliar entre sí el espíritu del mundo y el espíritu de Jesús[1] y de formarse un cristianismo de fantasía, para halagar las pasiones humanas. Las verdades evangélicas se imponen por sí mismas y el sacerdote debe tan solo presentarlas como son, iluminadas por los reflejos divinos de la dulzura y de la misericordia del Corazón de Jesús. Sí, que haga conocer bien los derechos de Dios, sus leyes justas y fuertes, y también su paciencia, su bondad, el inefable amor del Redentor por las almas; pero que no descienda nunca a compromisos bajos, a procedimientos humanos, a la búsqueda culpable del éxito personal.

“Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas”[2]. Son las palabras que Jesús dirigía a sus apóstoles, a sus sacerdotes, al enviarlos a anunciar la buena nueva. ¡Cómo sabía unir el adorable Maestro, la prudencia y la sencillez en su enseñanza! ¡Qué prudente se mostraba cuando instruía individualmente a las almas! Procedía gradualmente, soportando las debilidades, exigiendo a cada uno únicamente lo que podía dar, esperando con infinita paciencia, que se abriera a la gracia y respondiera a sus misericordiosas prevenciones. Preparaba lentamente y con dulzura los espíritus antes de descubrirles la verdad; fortalecía los ánimos abatidos y no exigía nada con dureza.

¡Y cuánta prudencia en su enseñanza pública! Se mostraba siempre respetuoso hacia las autoridades legítimas y amigo de la paz. Sabía desconcertar la astucia de sus enemigos con su sabiduría y después de tres años de predicación durante los cuales enseñó una doctrina y dio leyes opuestas por completo a las del mundo, no se encontró ningún testigo que pudiera deponer en su contra cuando se lo acusaba ante los jueces y los príncipes.

Cuando censuraba vicios y errores, nunca nombraba a los culpables. ¡Qué exquisita discreción en su conducta ante la adúltera! ¡Qué reserva en sus palabras cuando debía instruir a las gentes acerca de los más delicados preceptos de la moral, revelar la santidad del vínculo conyugal o los divinos encantos de la virginidad! Su prudencia en este punto es tan grande, sus palabras tan puras, que el alma del niño más cándido y desconocedor del mal, puede leer y releer el Evangelio sin que nada pueda turbar su pensamiento o cubrirlo de sombra alguna.

El sacerdote, según el ejemplo del Maestro, debe, pues, unir en su enseñanza la prudencia con la sencillez. Si quiere prodigar el bien en medio del mundo corrupto en el que debe vivir, es necesario que hable y proceda con divina sabiduría. Sea prudente en la predicación pública y más apóstol que polemista; con preferencia, más distribuidor de los dones de Dios y ministro de misericordia, que violento reformador del mundo. El odio se vence únicamente con amor[3]; el pecado se destruye tan solo con la sangre de Jesús, manso y humilde de Corazón. Es innegable que a veces hay que ser fuerte, pero la prudencia debe regular la fuerza, presidir al justo rigor y orientar tanto el castigo como perdón.

El sacerdote debe ser prudente en su enseñanza privada; estudiar bien las almas antes de dirigirlas. Sea prudente al decidir la vocación de los demás; prudente al hacerles contraer ligaduras que puedan vincular su porvenir y tal vez turbar sus conciencias. Prudente sobre todo en la enseñanza impartida a los jóvenes y a las mujeres. ¡Son ya de por sí imprudentes en demasía! Cuántas familias turbadas, cuántos esposos desunidos, cuántas almas desorientadas y a veces apartadas del camino de la piedad a causa de un consejo imprudente, de unas palabras justas y santas en el fondo, sin duda, pero que pueden ser mal interpretadas en su forma. El sacerdote debe rodearse de prudencia a ejemplo de su divino Modelo. También él es maestro, maestro de almas, de santidad y de virtud. Que sus palabras sean, por tanto, un eco de las palabras de Jesús, impregnadas de sabiduría, de prudencia y de verdad.



[1] Cf 2Tm 6, 3 ss..

[2] Mt 10, 16. Lc 10, 3

[3] Rm 12, 21


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