Capítulo 2 – JESÚS MAESTRO – ENSEÑANZA CON EL EJEMPLO

Nuestro adorable Maestro no se limitó a enseñar con la palabra, con la predicación pública y con la instrucción privada: sobre todo predicó con el ejemplo. “Jesús comenzó a hacer —dice la Sagrada Escritura— y a enseñar”[1] ¿No es, en efecto, la mejor lección la del ejemplo? Además, el ojo ve lo que el oído no sabría siempre escuchar y la impresión recibida por la mirada ¿no es más fuerte, más viva? ¿El corazón no se inflama con más facilidad por haber visto que por haber oído? Jesús lo sabía y por eso, al venir a enseñar las virtudes, comenzó por practicarlas todas. Las mostraba en sí mismo tan bellas, tan deseables, tan seductoras, que los corazones se inflamaban con el deseo de poseerlas.

Y aún ahora, ¿no es el recuerdo de las sublimes virtudes practicadas por Él sobre la tierra lo que nos mueve a imitarlo? ¿No es el pensamiento de su divina paciencia, el que nos hace pacientes? ¿No es el recuerdo de su humildad el que nos mueve a aceptar la humillación? Más aún que aquellas pocas palabras suyas que el Evangelio nos recuerda ¿no es el ejemplo de su adorable pureza y la de la Virgen, su Madre, el que ha hecho florecer la virginidad por todas partes?

Nuestra pobre naturaleza había sido tan profundamente afectada por el pecado original, que las palabras de Jesús, las palabras del Verbo Encarnado, aunque muy poderosas, quizá no habrían podido transformar tan pronto las almas, si nuestro Salvador no hubiera añadido su divino ejemplo.

Toda la virtud y santidad que Jesús pidió al hombre renovado, Él mismo fue el primero en realizarlo. Abrió el camino y fue el primero en recorrerlo, arrastrando en pos de sí a las almas de buena voluntad. Se colocó como modelo ante la humanidad desfigurada y descolorida, que hacía mucho tiempo había perdido la semejanza divina y le dijo: “Mírame y reproduce en el lienzo de tu alma mis divinos rasgos”. Jesús lavó esta tela con su Sangre dejándola completamente blanca. Luego vino la Iglesia; vio a la Humanidad débil y torpe,; le tomó maternalmente la mano y guió el pincel. Y muy pronto surgieron copias del Divino Modelo; ¡algunas eran tan semejantes y conformes al original, que el Padre celestial reconoció en ellas a su Hijo[2]!. Eran los santos, formados a ejemplo de Jesús, nutridos de su palabra y vivificados con su vida.

El sacerdote, como Jesús, enseña sobre todo con sus ejemplos. Debe ser la reproducción fiel de Jesús y presentar continuamente esta divina imagen a las miradas del mundo. Por eso debe presentarse como modelo perfecto de virtudes; modelo vivo y visible, fácil de imitar. Débil como los demás hombres, pero elevado por la gracia sobre las miserias y bajezas de la tierra, debe ayudar con su ejemplo a los demás hombres, sus hermanos, a subir hasta la altura de Cristo.

“Que vuestra modestia –decía el Apóstol a los fieles– la conozca todo el mundo”[3]. ¿Qué es la modestia? Es un velo transparente que atempera, sin esconderlas, dos virtudes sublimes, cuyo suavísimo perfume insensiblemente se esparce en los corazones, los atrae y los transforma: es la dulcísima fragancia de la humildad y de la pureza. Si el Apóstol recomendaba la modestia a los fieles, ¡cuánto más debía recomendarla a los sacerdotes!

Esta divina virtud resplandecía en los rasgos y en todo el exterior de Jesús y nacía de su profunda humildad y de su adorable pureza. Que sea también el ornato del sacerdote, lo circunde por todas partes, penetre en todos sus actos, se encuentre en sus palabras, lo acompañe en el ejercicio de su celo y de su abnegación. Así, el sacerdote será una predicación viviente de la verdad y de las virtudes de de Jesús.

En el sacerdote, todo debe instruir, todo debe edificar. Puesto como medio de unión entre Jesús y las almas, debe conducirlas y unirlas al Maestro en su propia persona. Es necesario que las almas lleguen a Jesús a través del sacerdote. Sus palabras, sus actos, la pureza, la humildad, la abnegación de su vida, deben ser poderosas palancas que eleven las almas, luces apacibles que las conduzcan a Dios.

¡Oh, Cristo, luz inefable, divino foco de la Verdad increada, ven a iluminar a las almas! Tú que eres el Verbo del Padre, el esplendor de su gloria y la luz del mundo, ven a disipar las sombras que avanzan en nuestros horizontes. Habla siempre, enseña siempre en tu Sacerdocio. Que tu luz llegue a nosotros a través de tus sacerdotes; y así como a través de sus manos recibimos tu Cuerpo adorable, que recibamos también tu Verdad de sus labios. Afiánzalos de tal modo en la posesión de lo justo y verdadero que no se aparten nunca de tu camino; únelos tan íntimamente a Ti, que no piensen sino lo que Tú piensas y enseñen sólo tu sabiduría. Únelos entre ellos tan estrechamente que se fortalezcan contra el espíritu del error, que sean invencibles a los asaltos del pecado. Llena sus espíritus de tu luz y sus corazones de tu puro amor, para que a su vez iluminen las almas que les has confiado. Así sea.



[1] Cf. Hch 1, 1

[2] Cf. Rm 8, 29

[3] Fil 4, 5


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