Capítulo 3 – JESÚS QUE PERDONA

“Dios es Amor”[1]. Su vida es el amor; todos sus divinos movimientos, ya sean internos, ya externos, son movimientos de amor. Si engendra en su seno, es su Verbo, sublime Palabra de amor que se dice a sí mismo. Si la belleza y excelencia de este Hijo increado lo arrebatan y provocan un movimiento de amor, y si al mismo tiempo el Hijo, arrebatado de amor por el Padre, efectúa un movimiento similar, procede de ellos el Espíritu Santo, suspiro de amor del Padre y del Hijo.

Todo lo que Dios crea fuera de Sí mismo es creación de amor, porque sólo crea para amar y porque los movimientos que realiza hacia sus criaturas son otros tantos movimientos de amor. Ordene o prohíba, castigue o perdone, favorezca o reprenda, es siempre el Amor.

Pero este amor inefable toma nombres diferentes, según su variado ejercicio: cuando ordena es poder; cuando favorece es bondad; cuando castiga es justicia, y cuando perdona es misericordia. Así, siempre el amor vive, actúa en Dios y si bien reviste varias formas, es un amor único, una acción única, una fuerza única. ¡Es Dios en su unidad absoluta, inmenso, profundo, sin límites, inconmensurable, eterno…!

Así pues, el hombre ha sido creado por el Amor, por un Amor fecundo, abundante, liberal, que siente la necesidad de expandirse; por un Amor de Padre que quiere comunicar su vida; por un Amor de artista, que quiere crear obras maestras. El Amor que favorece, colmó de sus dones al hombre inocente. Cuando el hombre pecó, el Amor que castiga, la justicia, iba a proceder con rigor, pero el Amor que perdona, la misericordia, estaba allí y detuvo el brazo que se levantaba para castigar.

El Verbo Divino, engendrado por el Amor, viviente en el seno del Amor, Amor Él mismo, se ofreció para pagar la deuda del culpable. Tomó la forma del Amor que perdona y durante una larga cadena de siglos, este Amor misericordioso se elevó, como baluarte, en el seno mismo de Dios, para preservar al hombre pecador de los golpes de la Justicia irritada.

Y una vez que la humanidad hubo sufrido y llorado largamente, cuando, después de repetidos golpes y una larga espera, terminó por conmover la piedad de Dios, el Verbo descendió a la tierra. Se revistió de nuestra carne, tomó nuestras debilidades y nuestra mortalidad ¡y fue nuestro Cristo, nuestro Jesús!

Amor inefable, Misericordia encarnada, vino no sólo a enseñar la Verdad, no sólo a iluminar con su Luz divina la inteligencia humana, sino, sobre todo, a traer el perdón de Dios a la tierra, a lavar en la propia sangre las iniquidades del mundo y a romper las ligaduras que retenían al alma del hombre como esclava del pecado. ¡El propio Jesús era este gran “perdón” de Dios, perdón sustancial y viviente, perdón eficaz y salvador! ¿Asombrará, entones, que digamos que la inclinación de Jesús fue la misericordia, que el movimiento sobrenatural, natural a su Corazón, fue siempre el de perdonar y de absolver?

Si nos proponemos seguir al divino Maestro en los tres años de su vida pública, si lo acompañamos paso a paso en ese tiempo tan laborioso y fecundo de su apostolado, lo veremos entregado sin cesar a la búsqueda de pecadores, continuamente ocupado en romper las ligaduras de iniquidad que envuelven a las almas. “Dios –dirá Jesús– no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”[2].

¡Oh, qué bien cumplirá su misión el Salvador! ¡Con qué ardor correrá en pos de las almas! ¡Cómo sabrá descender hasta la más profunda miseria del pecador, para elevarlo hasta su santidad divina!

Jesús ama a estos pecadores a quienes quiere perdonar, a quienes viene a absolver. Y, sin embargo, ¿qué son los pecadores ante Dios? ¡Son sus enemigos mortales! Ante todo, son unos ingratos; lo habían recibido todo de Dios y despreciando sus divinas liberalidades, han olvidado su bondad y pisoteado su Corazón. Son también unos rebeldes: obligados en su ser de criaturas a la dependencia y docilidad, han sacudido el yugo de la autoridad de Dios, tan legítima y dulce, y se han constituido en sus únicos señores. Son, en fin, unos traidores: se les había confiado el gobierno del mundo, debían custodiar todas las criaturas inferiores para guiarlas a Dios, mas traicionando la confianza divina, han alejado a esas criaturas de su fin, forzándolas, en cierto modo, a abandonar a su Señor, a su Creador y a su Rey.

¡Y Jesús ama a estos pecadores! ¡Sí, los ama! Su amor por ellos le hizo descender del cielo y venir a la tierra a trabajar, sufrir y morir en medio del dolor y la ignominia.

Mientras pasa por esta tierra que pronto será regada por su sangre, observemos  cómo frecuenta con gusto  a los pecadores, cómo permanece entre ellos y cómo recibe con alegría a todos los que se le presentan. Se encuentra con ellos con tanta frecuencia y les demuestra tanta bondad, que los fariseos celosos dicen a sus discípulos: “¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?”[3] Y se aprovechan de su bondad misericordiosa para negar su misión divina: “Si éste fuera profeta –dicen en la amargura de sus corazones egoístas y sin compasión– sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando: pues es una pecadora”[4] y no soportaría su contacto. ¡Qué lejos estaban de conocer a Jesús aquellos que creían que la miseria debía alejarlo y que el pecador que lloraba era indigno de su misericordia!

Hay una palabra de Jesús, adorable en su sencillez y profundidad, que nos revela brevemente, tanto la inclinación misericordiosa de su Corazón, como la misión divina de perdonar y absolver que le confiara el Padre: “He venido –dijo un día– a buscar y a salvar lo que estaba perdido”[5]. En efecto, Jesús no estuvo entre nosotros únicamente para recibir a quienes iban a Él, para acoger con el perdón al pecador penitente, sino para salirle al encuentro, para buscar, allí donde se encuentren, a las pobres almas cegadas por el pecado, detenidas por la vergüenza o dominadas por la cobardía.

Durante los tres años de apostolado no hará otra cosa que ir en busca de almas; recorrerá continuamente las ciudades y aldeas de Judea y Galilea; dirigirá su barca hacia todas las orillas del lago de Genesareth; se internará en los desiertos; pasará por las tierras paganas de Tiro y de Sidón; costeará las riberas del Jordán y las orillas del mar; irá a mezclarse, con peligro de su vida, entre las grandes muchedumbres venidas a Jerusalén para las fiestas; frecuentará los atrios del Templo donde disputan los doctores, y los pórticos de la piscina Probática donde se amontonan los enfermos. Nada lo hará retroceder en su búsqueda; nada detendrá el ansia infatigable de encontrar almas que salvar. Esta ardiente pasión de salvar almas enajena a Jesús, multiplica sus fuerzas humanas, le hace emprender innumerables obras, ¡hasta le conducirá al Pretorio y al Gólgota!

El sacerdote, a quien Jesús ha elegido para continuar su vida en la tierra, este privilegiado, a quien la participación en la unción del Cristo-Salvador lo hace, a la vez, salvador y libertador de almas, debe tener en su corazón esa llama ardiente, ese deseo vehemente, esa santa pasión por la salvación de sus hermanos. Investido por el divino Maestro del poder sublime de perdonar y absolver, no debe desear otra cosa que hacer uso de él; con generoso ardor debe, por tanto, ir en busca de almas con las aspiraciones y el ardor de su corazón, y si es preciso, con largos recorridos y viajes peligrosos.

Debe emplear todos los recursos para salvar un alma; olvidarse de sí mismo, abandonar las miras personales, alejar de sí todo deseo de descanso o de satisfacción propia. ¿Acaso Jesús ahorró fuerzas o tiempo? Por el contrario, ¿no los consumó enteramente? ¿No se dio por completo? ¿Pensó, quizá, en las alegrías terrenas, en una vida sosegada, en una segura tranquilidad? ¿Creyó que se podía ser salvador conservándose a sí mismo y dar vida abundante a muchos sin entregar y perder la propia?[6]

El sacerdote de Jesús, heredero de los sentimientos de su divino Maestro, posee el corazón grande, el alma ardiente. Segador incansable, quiere recoger coronas de almas para dárselas a Dios, quiere distribuir con abundancia el perdón divino. Nada le importa que el sol lo abrase, que el sudor corra por sus miembros cansados. ¡Sabe que al llegar el ocaso de la vida, cuando el tiempo de trabajar haya terminado, encontrará un inefable refrigerio en el Corazón del Maestro!



[1] 1Jn 4, 8

[2] Jn 3, 17

[3] Mt 9, 11. Mc 2, 16

[4] Lc 7, 39

[5] Lc 19, 10. Mt 18, 11

[6] Cf. Mt 16, 25. Lc 9, 24


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