Capítulo 3 – JESÚS QUE PERDONA – LA MAGDALENA Y ZAQUEO

Mientras el divino Salvador iba buscando almas para perdonar y absolver, encontró a su paso varias clases de ellas. Unas, como la Magdalena, se acercaban a Él espontáneamente. El hastío del pecado se apoderó cierto día de la pecadora de Magdala. Una gracia íntima había solicitado su corazón para volver al bien; una palabra de Jesús, oída al acaso, venció la última resistencia. Acudió a postrarse a los pies del Maestro e hizo, entre lágrimas, la humillante confesión de sus culpas. Llena de dolor, aunque también de confianza, permaneció allí, besando los divinos pies del Salvador, en espera de la absolución que debía desligarla de sus cadenas, en espera del perdón que la haría para siempre ¡la afortunada conquista del Amor Infinito!

El adorable Maestro había reconocido en ella un alma de elite, una de esas almas ardientes, a las que el placer puede fascinar durante breves instantes, pero para quienes los amores terrenos son demasiados fríos, demasiado inestables y de duración demasiado breve. Sus corazones atraídos por el Amor Infinito, pero desconocedores del camino que conduce a él, se dejan engañar un tiempo por el espejismo de los afectos humanos y poco a poco descienden en el fango, pero no pueden permanecer en él. Así era Magdalena. La hermana de Marta y de Lázaro, arrastrada por el corazón, había olvidado las tradiciones santas de su estirpe y los ejemplos de los suyos, había caído en el pecado, arrojando el dolor y la vergüenza sobre su familia. Pero su alma era demasiado elevada como para satisfacerse en el mal y su corazón demasiado grande como para contentarse con el amor de las criaturas; debía pertenecer a Cristo ¡y Cristo la conquistó!

¡Qué dulce emoción invadió el Corazón de Jesús cuando contempló esa alma caída, es cierto, pero que ante una sola palabra suya se levantaría; esa alma que su perdón haría tan hermosa! Él ya ve en ella admirables virtudes. Posee la fe, pues viene por sí misma a implorar el perdón; la esperanza y una confianza sin límites la retienen a los pies del Maestro; el amor la ha subyugado y vencido… ¿Qué más puede desearse? Las palabras inefables de Jesús: “Han quedado perdonados tus pecados”[1], son la respuesta a las lágrimas y a la amorosa confianza de María.

Y el Maestro ya no la abandona más. Continúa instruyéndola, le exige a veces actos heroicos, la conduce lentamente hacia la eterna beatitud: de Magdala a Betania, de Betania al Calvario, del Calvario al Cielo, haciéndola pasar por la abnegación del “No me retengas…”[2] y por las persecuciones de Jerusalén.

Él hace de esta pecadora un milagro de amor… ¡Será la santa, la enamorada, la predilecta de su Corazón, y será la obra de su perdón misericordioso!

* * *

Entre las almas que encontraba el Maestro, otras, como Zaqueo, habían pecado por seguir el camino ancho y fácil, trazado por el espíritu del mundo. El rico publicano de Jericó, llegado a la opulencia por medios más o menos justos, gozaba de los placeres de la vida sin pena ni remordimiento. Hasta que cierto día, una gracia secreta introdujo en su alma algo así como un deseo de vida mejor. No fue más que un pensamiento fugaz, que la premura de los negocios y la administración de sus grandes bienes no le permitieron considerar. Sin embargo, la fama de los milagros de Jesús había llegado hasta él, y de improviso, se entera de que el gran Profeta va a entrar en la ciudad. Cierta curiosidad, que juzga natural, pero que en realidad es un toque de la gracia, le hace desear ver a Jesús. No ciertamente para hablarle; no cree tener nada que decir; tan sólo quiere ver y observar a ese hombre extraordinario, cuyo nombre está en boca de todos y a quien aclaman los pueblos.

Las críticas y desprecios de los judíos nunca habían turbado a Zaqueo en su vida lujosa y cómoda, y ahora que quiere ver a Jesús no le detiene tampoco el respeto humano. Trepa a uno de los sicómoros que flanquean el largo camino de Jericó y espera el paso del Maestro.

Mientras lo ve avanzar lentamente, rodeado de la multitud, siente de pronto que la mirada de Jesús se fija en él. Esa mirada profunda, dulce y deslumbrante de luz que penetra hasta el fondo del alma lo conmueve de modo insólito; y siente que le llaman por su nombre: “Zaqueo –le dice Jesús con infinita dulzura– date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”[3]. ¡En su casa! Apenas puede convencerse de haber oído bien. Conmovido hasta lo más íntimo por esta atención del Maestro, no encuentra palabras para contestarle. Corre a casa, imparte órdenes, hace preparar todo, quiere que Jesús sea recibido con hospitalidad amplia y magnífica.

Bien pronto, el Hijo de David, el gran Profeta de Israel, seguido por la multitud, llega a las puertas de la suntuosa mansión. Entra en ella… En ese instante, ¿qué sucede en el alma de Zaqueo? Una viva luz le revela la injusticia de su vida; la bondad de Jesús, que se ha dignado elegirlo como huésped, no obstante el desprecio general de que es objeto por parte de los judíos, le parece tan dulce y misericordiosa, que su corazón se siente profundamente conmovido. A la vista de Jesús, pobremente vestido, que vive de limosnas y pasa haciendo el bien y difundiendo la luz y la paz, con la frente serena, la mirada toda llena de misericordia y la mano siempre elevada para bendecir, el rico publicano comprende la vanidad de los falsos bienes en los que hasta entonces había puesto su felicidad. Comprende que su alma ha sido creada para algo más grande, más útil y mejor.

De pie, ante el Maestro, al que ha recibido en su casa como a un rey, con el corazón generoso y la voluntad enteramente determinada al bien, dice: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”[4]. No dice que dará, sino que da; su voluntad ya lo ha hecho; y si ha cometido injusticias (y qué fácil es cometerlas cuando el amor a las riquezas domina el corazón…), las repara generosamente.

¡Qué alegría experimenta Jesús al ver que Zaqueo responde con tanta fidelidad a la gracia! Sus misericordiosas miradas no se han dirigido en vano hacia esa alma; ¡esta vez, sus tentativas llenas de amor no han sido rechazadas! Al considerar la obra sublime lograda por su misericordia, el divino Maestro exclama: “¡Hoy ha sido la salvación de esta casa!”[5] Y fijando de nuevo la clarividente mirada en lo más íntimo de esa alma regenerada por su amor, dice: “También éste es hijo de Abrahán”[6] ; luego añade estas hermosas palabras, sumario espléndido y divino de su propia vida: “Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”[7].



[1] Lc 7,48. 5,20. Mt 9,2

[2] Jn 20,17

[3] Lc 19, 5

[4] Lc 19,8

[5] Lc 19,9

[6] Ibid.

[7] Lc 19,10


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