Capítulo 3 – JESÚS QUE PERDONA – LA SAMARITANA

Sin embargo, Jesús no siempre encontraba en su camino conquistas tan fáciles. A veces debía aguardar largo tiempo a la puerta de las almas, cansarse en buscarlas y entablar una lucha con ellas. Tenemos un ejemplo en la conversión de la Samaritana.

Con su divina presciencia, el Maestro había visto muchas almas que salvar en la ciudad de Sicar. Entre ellas había descubierto a una mujer pecadora y en su misericordia había resuelto no sólo apartarla del mal, sino también convertirla en apóstol de sus conciudadanos. No pocas veces, Él había tomado la humilde actitud de suplicante ante el Padre y había enviado su gracia a aquella alma culpable que había permanecido siempre cerrada a las suaves influencias de su amor. Pero cierto día, el Maestro quiso dar un último asalto y se dirigió hacia Samaria junto con sus discípulos.

Se acercaban a Sicar. El sol de mediodía caía de plano en la llanura, haciendo brillar en el horizonte la alta cumbre del Garizim. Las espigas sin madurar aún ondeaban a lo lejos mecidas por el viento. Junto al camino se erguía en toda su blancura, a la sombra de las palmeras, la fuente del Patriarca. Jesús, cansado, se detuvo. Dejó que los discípulos continuaran su camino hacia la ciudad, y Él, pensativo y triste, fue a sentarse junto al pozo de Jacob.

¡Divina debilidad, adorable cansancio de Jesús, qué misteriosos sois! Sin duda que no era sólo el cansancio del camino lo que le abatía de esta forma. Víctima de amor, cargado voluntariamente con los pecados del mundo, sentía a veces que, bajo su peso, sus fuerzas disminuían. La prolongada resistencia de la pecadora de Sicar, el conocimiento que poseía de las luchas de tantas otras almas contra los esfuerzos de su misericordia, le sumía en una profunda tristeza. Su Corazón lleno de amor, palpitaba dolorosamente y su cuerpo delicado se sentía desfallecer.

Pronto vio venir hacía Sí a aquélla cuya salvación le había costado ya tantos suspiros y lágrimas. ¿Qué le quedaba aún por hacer en esa alma para inducirla a la conversión? Las doctrinas erróneas que había asimilado desde su infancia en aquella tierra de Samaria, donde algunos restos de la revelación divina se mezclaban con la más grosera idolatría, las influencias variadas que sobre ella ejercieron aquellos a quienes se había entregado sucesivamente, habían falseado su espíritu y corrompido su juicio. Un carácter tenaz, razonador, inclinado al sarcasmo; una naturaleza sensual, enemiga del trabajo y del esfuerzo, constituían nuevos obstáculos para su retorno hacia el bien. Jesús, sin embargo, no se descorazona. Médico caritativo de las almas, ha venido no para los que están bien, sino para los enfermos[1]. Él es la resurrección y la vida de los cuerpos y de las almas y quiere resucitar a ésta que, con claridad, ve muerta a la vida de la gracia.

El Maestro comienza entonces aquel sublime coloquio con la pecadora que el Santo Evangelio nos ha transmitido. El respeto de Jesús por las almas, la rara prudencia que acompaña todas sus palabras y todos sus actos, su dulzura, paciencia y humildad, no se revelan menos que su profundo conocimiento de los corazones. Pide, al principio, un pequeño servicio a la Samaritana. Soporta sin alterarse su mordaz impertinencia. Poco a poco penetra en su espíritu excitando con santa habilidad su natural curiosidad. La conduce de este modo a declarar la irregularidad de su situación. Sólo cuando ella misma dice: “No tengo marido”[2], Jesús le hace ver que conoce el estado de pecado en que vive. Pero lo hace con sencillez, sin añadir reconvenciones, sabiendo que ella no es capaz de recibirlas, sin herirla con desprecios y ni siquiera humillarla con una sola palabra dura.

Esta dulzura admirable, esta mirada divina que lee en su alma, infunden en la pobre mujer confianza para interrogar a Jesús, y Él, con incomparable bondad, responde a sus preguntas, disipa sus dudas e ilumina su inteligencia. Cuando se ha adueñado así de su espíritu, le declara su divina misión.

Presa de la emoción más viva, la mujer vuelve apresuradamente a la ciudad. Cierta extraña turbación se ha apoderado de ella, le asaltan pensamientos que antes nunca había tenido. Ante la influencia de la gracia, se va operando en ella un cambio del que aún no tiene plena conciencia. De regreso en Sicar, se siente impelida a decir a todo el que encuentra: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será éste el Mesías?”[3] Todavía no sabe si debe creer, pero ya comprende que ese hombre tan puro, tan grave y tan dulce, que le ha hablado en el camino, no es una criatura vulgar, y quiere que los demás juzguen.

Cuando la tarde de ese mismo día, llamado por los habitantes, Jesús entró en Sicar, volvió a encontrar a la pecadora; la gracia omnipotente la había transformado. Vino entonces, por propia iniciativa, hasta su caritativo Salvador, no para confesar sus culpas que Él ya conocía, sino para recibir el perdón que su fe y arrepentimiento reclamaban, y que el Corazón infinitamente bueno de Jesús suspiraba por darle. Una vez más, triunfó la misericordia. De una criatura miserable, en la que todo parecía impuro y viciado, hizo un alma enriquecida por la gracia, un apóstol de la verdad, un trofeo glorioso para Jesús. Había realizado un nuevo milagro.

Y cuando, a los dos días, Jesús se alejó de la ciudad, aquellos a quienes Él había atraído a su Amor, iluminados por su verdad y salvados por su misericordia, por primera vez le tributaron con unánime aclamación el nombre tan dulce de Salvador.

Diecinueve siglos han repetido ya la palabra de los afortunados samaritanos: “Este es de verdad el Salvador del mundo”[4]. Tal vez muchos otros siglos lo repitan aún y resonará sin fin en los ecos de la eternidad. Sí, Jesús es el Salvador del mundo, porque es la Misericordia; ¡el mundo tiene tanta necesidad de perdón misericordioso!



[1] Mt 9,12

[2] Jn 4,17

[3] Jn 4, 29

[4] Jn 4,42


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>