Capítulo 3 – JESÚS QUE PERDONA – EL LUNÁTICO

El divino Maestro pasaba haciendo el bien y, mientras de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, derramaba los tesoros de su incomparable ternura, se encontraba con frecuencia ante cierta categoría de almas, cuyo mísero estado afligía profundamente su Corazón.

Las multitudes, entusiasmadas por sus prodigios, le conducían de todas partes una gran cantidad de enfermos e impedidos, y también de pobres posesos, a fin de que los liberara. Sin duda, algunos no estarían en estado de pecado. El demonio puede, cuando Dios lo permite, tomar posesión de los cuerpos, pero no puede poseer el alma sin el consentimiento de la voluntad desviada del hombre. En cambio, muchos otros gemían bajo el yugo agobiador de una doble posesión: la del cuerpo y la del alma. ¡Qué pena para Jesús constatar los estragos horribles operados en el alma humana por la presencia del espíritu del mal! ¡Con qué dulce piedad acudía en su socorro! ¡Con qué premura utilizaba su divino poder para arrojar fuera al espíritu de las tinieblas!

Al leer el Santo Evangelio, a primera vista puede parecer que Jesús no utilizaba más que su autoridad soberana y su palabra omnipotente para liberar a los pobres posesos. En cambio, un pasaje de la Sagrada Biblia nos enseña que recurría también a otros medios.

Cierto día, el divino Maestro bajaba del Tabor, donde había dejado entrever un reflejo maravilloso de su divinidad, ante las miradas atónitas de los tres discípulos privilegiados y su hermoso rostro conservaba aún la huella radiante de la transfiguración. Al pie de la montaña, se había reunido una gran multitud; algunos discípulos discutían en medio de ella; reinaba una viva agitación. Apenas llegado, Jesús se informó del motivo del tumulto. Se le respondió que un joven, poseído del demonio, había sido presentado a los discípulos para que lo exorcizaran pero que se habían esforzado en vano por liberarlo. El Salvador llama junto a Sí al padre del pobre joven. Exige primero un acto de fe y de confianza, luego, haciéndose conducir al endemoniado, habla con autoridad al espíritu maligno, libera al pobre poseso y lo entrega sano al padre.

Cuando la muchedumbre se retiró, Jesús entró con los discípulos en una casa cercana. Asombrados por la falta de éxito de sus esfuerzos, ellos le interrogan para saber la causa. Siempre dispuesto para instruirlos, el Maestro les descubre la insuficiencia de su fe, les enseña a no apoyarse humanamente en la propia acción, sino a entrar en la divina potencia con una confianza humilde pero firme e ilimitada en la infinita bondad de Dios. Luego agrega: “Esta especie sólo puede salir con oración y ayuno”[1]

¡Cuántas enseñanzas en estas palabras! ¡Hasta Jesús rezaba y hacía penitencia para salvar a las almas! Esas largas oraciones durante la noche[2], esas privaciones de toda índole a las que voluntariamente se sometía, esas marchas prolongadas, esos largos ayunos, ese dormir en tierra desnuda… eran otros tantos medios de que se servía para librarnos del yugo de Satanás.

¿Tenía Él necesidad de esos medios? Siendo el Verbo del Padre, por cuyo medio han sido hechas todas las cosas, ¿acaso una sola palabra de su boca, un solo movimiento de su omnipotente voluntad no era más que suficiente para echar a los demonios y sepultarlos en los profundo del infierno? Sin duda; mas no olvidemos que Jesús se hizo nuestro modelo. Nosotros, pobres pecadores, aunque colmados de los dones divinos, no podríamos hacer lo que Él podía con su virtud divina.

La humanidad purísima de Jesús no interponía ningún obstáculo a la acción de su divinidad. Podía actuar siempre como Dios. No tenía, por cierto, necesidad de recurrir a otros medios que a su voluntad omnipotente, para cumplir sus grandes obras. En cambio, nuestra humanidad, manchada por el pecado original y por gran número de otros pecados, privada al menos de su primitivo candor por esa innumerable multitud de imperfecciones y debilidades en las que caemos cada día, constituye un permanente obstáculo a las operaciones de la gracia en nuestra alma y a la plena efusión de los dones de Dios en nosotros.

El sacerdote está revestido por Jesús de sus poderes divinos y como quiera que sea, siempre será sacerdote. Desde el día en que el sagrado carácter del Sacerdocio se imprime en su alma, puede realizar las obras del Sacerdocio; participa del poder divino para consagrar, absolver, sacrificar. Podrá pecar, pero es siempre sacerdote; sacerdote indigno, es cierto, objeto de horror ante Dios y de escándalo para el mundo. El carácter sagrado, fulgurante sobre su frente, no hará sino iluminar las profundidades de su miseria y el triste naufragio de todas sus grandezas; pero es siempre sacerdote… Tu es Sacerdos in aeternum![3]

Sin duda, aún puede consagrar, absolver, sacrificar. Pero esa corriente divina de gracias inherentes al Sacerdocio, ese poder de amor sobre las almas para volver a conducirlas a Dios, esa autoridad para poner en fuga a los espíritus malignos; esas luces admirables para discernir la llamada de cada alma, los designios de Dios para con ella y el camino por el que guiarla; ese coraje para sostener las luchas del apostolado y los rigores de las persecuciones, esa elocuencia para defender la verdad, esa fuerza para permanecer casto, esos privilegios, esos dones, esas gracias destinadas por Dios al Sacerdocio, no se le conceden sino en la media de su amor y su pureza.

Pues bien, el sacerdote, para obtener, conservar y acrecentar en sí el amor y la pureza, debe recurrir a la oración y a la penitencia. He aquí por qué dijo Jesús a los discípulos: para expulsar esta clase de demonios, para tener un poder en todo semejante al mío, para realizar las obras que Yo hago, añadid a la gracia grande del Sacerdocio que Yo os comunicaré, y de la que ya en parte os he revestido, la oración y la penitencia.



[1] Mc 9,28

[2] Lc 6,12

[3] Sal 109,4


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