Capítulo 3 – JESÚS QUE PERDONA – EL SACERDOTE QUE PERDONA CON JESÚS

El sacerdote en su paso por el mundo, en seguimiento de Jesús, se encuentra con las mismas almas que el Maestro. A veces, encuentra por el camino pobres criaturas poseídas por el espíritu maligno. ¿Qué puede hacer por ellas? ¿Intentará convencerlas? Están demasiado alejadas de él para que puedan oír su voz. ¿Procurará conquistar esos corazones mediante beneficios y pruebas de afecto? Huyen de su presencia y rechazan sus beneficios. ¿Qué hará, entonces, para arrancárselas a Satanás y llevarlas a Dios? Se postrará en oración, pedirá misericordia, importunará al Corazón de Dios; añadirá a las súplicas, obras de penitencia; renovará en su propia carne los padecimientos de Cristo, o por lo menos impondrá a sus sentidos el yugo saludable de la mortificación que Jesús llevó constantemente sobre Sí. Uniendo así la oración y la penitencia a la firmeza de una fe iluminada y a una confianza sin límites, el sacerdote podrá echar al demonio de los pobres corazones poseídos y destruirá la nefasta influencia que ejerce en el mundo.

Otras veces, encontrará almas a las que, como la Samaritana, deberá esperar mucho tiempo y con las cuales deberá actuar con prudencia extrema. ¡Pobres almas envueltas en el mal! El sacerdote rogará por ellas, será paciente en esperarlas y estará pronto para aprovechar cualquier ocasión de hacerles un poco de bien. Cuando tenga que tratar con ellas, les impondrá respeto con modesta gravedad. Las convencerá no con discusiones violentas ni controversias ardientes, sino con palabras medidas, benévolas, sencillas, claras y siempre humildes. Conmoverá sus corazones con una bondad sin debilidad y un sincero interés. Como Jesús, nunca se asombrará ante el mal. ¡Estos asombros resultan tan duros a los pobres pecadores! Nunca se mostrará aburrido de escucharlas, ni escandalizado de sus confesiones. De esta forma, poco a poco llegará a revelarles a Jesús, ¡misericordioso Salvador de las almas!

Si el sacerdote encuentra Zaqueos, esas almas buenas en el fondo, pero sin luz, absorbidas por los negocios, disipadas por los placeres del mundo, heridas por la intolerancia de algunos cristianos de espíritu farisaico, deberá acercarse a ellas y tratarlas con el corazón abierto, dándoles con la propia vida ejemplo de virtudes realmente cristianas. Que puedan ver a Jesús reflejado en su propia persona, a Jesús con su Corazón tan bueno, su espíritu tan amplio, su virtud tan sencilla… Y reconocerán por sí mismas la miseria de sus vidas y la vanidad de los bienes que apetecen. Ganadas por la mansedumbre y por los ejemplos del sacerdote, volverán a Jesús, divino Sacerdote.

Y si el Maestro pone en su camino almas como la Magdalena, recíbalas piadosamente de sus manos. Purifíquelas, instrúyalas, y rodéelas de vigilantes cuidados. Cultívelas con amor para que produzcan ese exquisito fruto de virtudes perfectas que Jesús espera de ellas. Son un regalo divino que le hace Jesús y él podrá amar a esas almas, tan dóciles en sus manos, tan obedientes a su voz. Podrá darles lo mejor de sí mismo y preferirlas entre todas las demás; pero que sea siempre con el Corazón de Cristo.

¡Ah, es necesario que este Corazón de Jesús, tierno como el de una madre, ardiente como el de una virgen, puro como el de un niño, fuerte, generoso y entregado como el de un padre, lata en el pecho del sacerdote! Ya que participa del poder de Jesús, debe participar de su amor. Será realmente sacerdote cuando viva de la vida de Jesús, cuando obre por virtud de Jesús y cuando ame con el Corazón de Jesús. Por lo tanto, que se una a este Maestro adorado, que se inspire en sus ejemplos, acepte sus consejos en las dudas y se haga instruir por Él.

La misión del sacerdote junto a las almas es difícil. Es una misión toda de amor y misericordia. Exige grandes luces, extrema prudencia, abnegación ilimitada, paciencia inagotable. Únicamente Jesucristo, Dios y Hombre, puede cumplirla dignamente, o bien, aquellos que, transformados por Él y que viven de Él, no tienen sino un mismo corazón y un mismo espíritu con Él.

Hemos dicho que Jesús es el Amor que perdona. Por tanto, si bien prefiere a las almas bellas y puras que han conservado siempre el esplendor de la divina semejanza, siente tal vez una inclinación más tierna hacia aquéllas que Él ha purificado. “Hay más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”[1] Ese Cielo es su Corazón; su Corazón, Sagrario del Amor Infinito, que desborda de alegría cuando puede ejercer en un alma el oficio de Salvador.

Jesús lloró a menudo a causa de los pecados del mundo. Derramó lágrimas amargas y de sangre por las almas extraviadas que rechazan su Misericordia. ¡Cuántas veces le hemos visto expresar su dolor sobre la infiel Jerusalén! ¡Cuántas veces, postrado ante su Padre, prolongó su plegaria y lloró a fin de obtener para un alma la gracia preciosa de la penitencia! En Getsemaní no solamente sus ojos derramaban copiosas lágrimas, sino todo su cuerpo lloraba lágrimas de sangre[2]. La tierra se impregnaba de este rocío de amor que Jesús destilaba sobre ella para fecundarla. ¡Oh, cuán a menudo ha llorado Jesús por nosotros!

El Evangelio no habla de su sonrisa. ¡Y sonrió con mucha frecuencia! Sonreía a María, su Madre Inmaculada. Sonreía ante la inocencia de los niños que se le presentaban en gran número. Después de una jornada fatigosa, sonreía a sus discípulos para reconfortarlos y alegrarlos. Sonreía al sufrimiento como a una esposa predilecta por medio de la cual engrendraba pueblos de redimidos y elegidos.

Pero la sonrisa más dulce de Jesús, la que reservaba a su divino Padre y cuya radiante expresión ninguna criatura pudo sorprender jamás, ¿cuándo afloraba a sus labios? Por la noche, cuando Jesús se retiraba completamente solo para orar; si en el día trascurrido había otorgado su perdón a las almas y si había librado de sus cadenas a muchos cautivos, entonces la alegría iluminaba su alma. Y allí, bajo la bóveda del cielo centelleante de estrellas, ante su Padre Celestial que le abrazaba con amor, sonreía con extática sonrisa en arrebato divino.

¡Oh, Jesús, Amor Infinito, Bondad misericordiosa, que has venido a la tierra para buscar lo que se había perdido, purificar lo que estaba manchado y levantar lo que estaba caído, derrama en el corazón de tu Sacerdocio el celo ardiente y las divinas ternuras que inundan tu Corazón adorable!

Haz que, a imitación tuya, tus sacerdotes se entreguen con valor incansable a la búsqueda de las ovejas perdidas y que, llenos de amor y piedad, después de haberles curado las llagas, las devuelvan a tu divino redil.

Concede a tus sacerdotes la gracia de conmover los corazones. Dales el consuelo íntimo de ganar muchas almas a tu amor, para que un día puedan oír de tus labios las divinas palabras: “Venid, siervos buenos y fieles, entrad en el gozo de vuestro Señor”[3]. ¡Así sea!



[1] Lc 15,7

[2] Lc 22. 44

[3] Mt 25, 21


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