Capítulo 4 – JESÚS CONSOLADOR – CONSOLADOR DEL PUEBLO

Sigamos ahora con el Evangelio a Jesús en su misión de Consolador; porque durante los tres años de su vida pública no se conforma con enseñar la divina doctrina y con purificar a las almas pecadoras con su perdón sublime[1], sino que pasa, Consolador dulcísimo, en medio de las miserias humanas sanando cuerpos que sufren, curando llagas de corazones lacerados, derramando en las almas su paz, esa paz que sobrepasa todo sentimiento y mitiga todo dolor[2].

Al principio de su ministerio, comienza por transformar nuestras apreciaciones con respecto al dolor. Antes, el sufrimiento era una humillación y el dolor una vergüenza; un cuerpo enfermo era objeto de horror y el gemino de los corazones destrozados no encontraba eco. Pero desde el momento en que la voz potente del Maestro proclamó en la montaña: “Bienaventurados los pobres… bienaventurados los que lloran… bienaventurados los que sufren…”[3], el alma humana ha conocido el valor del sufrimiento. Conocer su valor inestimable, saber lo que expía, lo que obtiene y lo que merece; sentir el peso inmenso de la gloria que algunos días de sufrimiento soportados en la tierra procurarán en la eternidad[4], ¿no es acaso un consuelo? ¡Y qué consuelo tan sobrenatural y elevado! Eleva los corazones, fortifica las voluntades naturalmente débiles ante el dolor; multiplica el valor al hacer entrever recompensas inmortales.

Para enseñarnos cuánta estima debemos tener por el dolor, Jesús lo toma como su herencia[5]. Lo elige con preferencia a todas las alegrías de este mundo. Se sujeta, como hemos visto, a todos los tipos de sufrimientos que afectan a nuestra pobre humanidad. Se hace pobre para consolar a los pobres. Quiere ser rechazado y calumniado para estimular a quienes el mundo rechaza y persigue. Sufre voluntariamente en todo su ser moral y físico[6] a fin de que lo encontremos cerca de nosotros en todos nuestros dolores.

Su piedad para con los enfermos es profunda. No puede escuchar sus lamentos sin que su Corazón se conmueva… y le vemos apresurarse por aliviarlos y curarlos. A favor de ellos se complace en hacer uso de su divino poder. No se aleja de ninguno por humilde, miserable y repugnante que sea. “Todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y Él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando”[7]. Va incansablemente de un lugar a otro, en busca de quienes necesitan de su socorro. ¡Y cuánta dulzura en sus palabras! ¡Y con qué arte delicado dice la palabra adecuada a los afligidos que se agolpan en torno suyo!

Con el Corazón lleno de compasión, escucha la humilde plegaria del oficial de Cafarnaum que apenas osa solicitar al Maestro la salud para el hijo enfermo. Presuroso por dar consuelo a este padre, sumido en el dolor, le dice con sencillez: “Anda, tu hijo vive”[8].

Al paralítico que implora la salud, pero cuya alma se repliega dolorosamente en un pasado culpable, le dice: “¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados”[9]. La salud de los miembros no era suficiente para consolar a aquel que sufría también con el recuerdo de sus culpas; ante todo era preciso alegrar a esa alma entristecida otorgándole el perdón.

Cierto día, entre la muchedumbre, la divina sensibilidad de Jesús percibe una gran tristeza. Una mujer se esfuerza por acercarse a Él, diciendo para sus adentros: “Con solo tocarle el manto, curaré”[10]. Jesús, lleno de compasión, deja salir de Sí una virtud divina y la pobre enferma se siente atendida. Toda turbada por la audacia que ha tenido y, más aún, por las miradas que la rodean, permanece allí confusa e inmóvil. Pero Jesús, en su Corazón tan bueno, encuentra una palabra consoladora: “¡Ánimo, hija, tu fe te ha salvado”[11]. Es la fe la que ha conducido a esa mujer en medio de las gentes. El Maestro, que lee los corazones, lo sabe y con estas únicas palabras, “tu fe te ha salvado”, la consuela de los penosos esfuerzos que ha debido realizar para acercarse a Él, de la larga, prolongada espera, en la confianza de encontrar a su Salvador.

En otra ocasión, Jesús visita la piscina probática. Numerosos enfermos se han reunido en aquel lugar en espera del milagroso movimiento de las aguas. Entre ellos, la mirada penetrante del divino Consolador ha divisado un pobre enfermo de rostro triste y abatido. Nada pide; no implora al Maestro ni la curación ni la limosna; no sabe que Jesús tiene el poder de otorgar la salud. Su Corazón le lleva hasta ese dolor mudo y dirigiéndole por primera vez la palabra le dice: “¿Quieres quedar sano?”[12] Ante este desheredado a quien nadie venía a ayudar y socorrer Jesús se inclina; cual dulce Consolador, va a llevarle la salud y la alegría.

Y cuando el Maestro encuentra corazones destrozados por la muerte de seres queridos, ¡cómo comparte su dolor y se apresura a hacer uso de su omnipotencia para hacerles objeto de su ternura!

Jairo se halla preso de la desesperación. La única hija se encuentra moribunda… ya ha muerto. Su abatimiento es tan profundo que apenas puede creer al Maestro lo suficientemente poderoso para devolvérsela. No obstante, le llama, y Jesús acude, porque tiene prisa en consolar a este padre afligido. “No temas –le dice lleno de ternura– basta que creas y se salvará”[13], y la hija resucitada es devuelta a los asombrados padres.

Pero esto no basta aún al Corazón de Jesús. Quiere que tengan la alegría no sólo de ver a la hija viva, sino llena de fuerza y salud. “Y ordenó que le dieran de comer. Sus padres –dice el Evangelio– quedaron atónitos” [14] y llenos de alegría.

En uno de sus viajes, al entrar en la aldea de Naim, el Maestro encuentra a una madre que llora, acompañando el cuerpo exánime del hijo único. Se conmueve por este dolor maternal y desea derramar consuelo en aquel corazón desgarrado. Acercándose a la madre afligida le dice: “No llores”, y el joven, resucitado por la palabra omnipotente del Maestro, es devuelto a su madre[15].

Lázaro acaba de morir. Jesús, que le amaba como a fiel amigo, se entristece por su muerte. Se entristece tal vez más por Marta y Magdalena, a las que sabe agobiadas por el peso del dolor. Siente la necesidad de ir a consolarlas y se dirige hacia Judea, a pesar de las prudentes advertencias que desean disuadirle del retorno.

Llegado a Betania, encuentra a Marta y se esfuerza por levantar el ánimo caído, recordándole la vida eterna y el eterno encuentro. Magdalena, a su vez, recibe consuelos sobrenaturales; pero la pecadora convertida, de corazón tan amante, se encuentra en tal disposición de espíritu que rechaza todo consuelo. Jesús se estremece ante dolor tan profundo; y llora con las inconsolables hermanas de Lázaro[16]. Va al sepulcro y dirigiéndose al Padre celestial le ruega que le escuche una vez más: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por los que me rodean, a fin de que crean que Tú me has enviado. Y dicho esto exclamó en alta voz: ¡Lázaro, sal fuera! Y al punto, el que había estado muerto salió fuera, las manos y los pies ligados con lienzos y el rostro cubierto con un sudario. Y Jesús les dijo: Desatadle y dejarle ir”[17].

El sacerdote, embajador de Jesús[18], a menudo está llamado, como Él, a consolar a quienes sufren por debilidad o enfermedad, y a reanimar los corazones abatidos por separaciones dolorosas. Si bien no le es posible sanar y resucitar los cuerpos, como su divino Maestro, puede, en cambio, con la gracia de Cristo que habla por su boca, aliviar muchos dolores y enjugar muchas lágrimas.

¡Qué parte tan hermosa y consoladora del ministerio sacerdotal es la visita a los enfermos! Debe darles su consuelo más dulce e ir hacia esas imágenes vivientes del divino Crucificado con toda la ternura de su corazón. ¡Puede disminuir tanto la intensidad de sus sufrimientos, mostrándoles el valor de los mismos y guiando sus pensamientos hacia la esperanza eterna! Que el sacerdote emplee, por tanto, la mayor prudencia y la caridad más delicada para elevar las almas hacia Dios, para hacerles comprender la vaciedad de los bienes de este mundo y la ilusión de las amistades vanas. ¡Cuando el cuerpo sufre, el alma se acerca tan fácilmente a Dios!

Pero que sea siempre sobrenatural en los consuelos que da, y que sus palabras, como las de Jesús, sean todas de confianza y de fe. Fe en las divinas promesas, confianza en el Amor Infinito y misericordioso de Jesús; he aquí lo que el sacerdote debe dar como el mejor y más sólido de los consuelos a quienes la enfermedad retiene en el lecho del dolor o lloran junto al féretro de un ser querido.



[1] Cf. Jn 4; Lc 7; Jn 8

[2] Fil 4, 7

[3] Mt, 5, 3-9

[4] Cf. 2 Cor 4,17

[5] Cf. Mt 11,29

[6] Cf. Is 1,6

[7] Lc 4,40

[8] Jn 4, 50

[9] Mt 9,2

[10] Mc 5,28

[11] Mt 9,22

[12] Jn 5,6

[13] Lc 8,50

[14] Lc 8,55-56

[15] Lc 7,11-17

[16] Jn 11,33-38

[17] Jn 11,41-44

[18] 2 Cor, 20


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