Capítulo 4 – JESÚS CONSOLADOR – CONSOLADOR DE LOS SUYOS

Jesús se muestra suavemente consolador sobre todo para con sus discípulos fieles y sus apóstoles.

Cierto día, los nota tristes por su escaso número y pobreza, e inquietos ante el porvenir incierto que se abre ante ellos. Quiere darles seguridad y levantar sus ánimos: “No temas, pequeño rebaño –les dice–, ya que vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”[1].

A las turbas, el Maestro predica la verdad en todo su rigor, les anuncia la venida del Hijo del Hombre en el último día y las señales terribles que la acompañarán. Pero para sus discípulos encuentra palabras consoladoras: no quiere dejarlos con una impresión tan penosa y les dice: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.[2]

Y cuando los tres años de apostolado de Jesús tocan a su fin, cuando está a punto de dejar el mundo para volver al Padre, su Corazón se mueve a compasión por sus queridos discípulos, dolorosamente agitados por la inquietud de su próxima partida. Trata de consolarlos con las más dulces palabras: “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en Mí…”[3] “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”[4].

Y Jesús comienza a anunciarles un nuevo socorro. Fiel a cuantos ha elegido, continuará viviendo en ellos con su gracia, con su Eucaristía; y además, el Espíritu Santo descenderá en ellos, los llenará de luz y de fuerza y terminará de instruirlos: “El Consolador, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recaordando todo lo que os he dicho[5]; no se turbe vuestro corazón ni se acobarde[6]. Si permanecéis en Mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis y se realizará[7]… Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo[8]… Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de Verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí…[9] Os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré”[10].

En aquella última noche, el Corazón tan bondadoso del Maestro derrama los consuelos más sobrenaturales y dulces en el corazón de los discípulos. Nunca se ha mostrado tan tierno, tan confidente, tan divinamente familiar. ¡Es porque los ve sufrir! Siente que sus almas están turbadas por terribles perspectivas y que sus corazones sangran ya por la separación inminente, a la que precederán tan dolorosos sucesos. Sabe que el sufrimiento es un bien para aquellos que le son queridos, pero como madre cariñosa quiere endulzar la tristeza de sus discípulos predilectos con la delicadeza de su amor.

Comienza la dolorosa Pasión. Jesús está a punto de ser inundado de amarguras; lejos de replegarse, se olvida de Sí mismo para consolar a los suyos. Agobiado bajo el peso de su Cruz, encuentra aún la fuerza para reanimar el valor de las piadosas mujeres que le siguen de cerca[11]. Suspendido en el infame patíbulo, presa de los más atroces dolores, derrama consuelo en los corazones afligidos que le rodean. Se apresura a anunciar la gloria que reserva al buen ladrón. Parece decirle: Anímate, tu sufrimiento no se prolongará, “hoy estarás conmigo en el paraíso”[12].

¡Querría consolar a la Virgen, su Madre, y a Juan, el discípulo fiel! Los ve sumidos en tan profundo dolor, agonizar con Él y desolados ante el pensamiento de la separación. ¿María quedará sola, desamparada, sin esposo ni hijo, sin defensa ni sostén? ¡Qué duro habría sido este abandono y qué amarga esta soledad! ¿Y Juan? Juan, que ha sacrificado por Jesús todos los afectos de la tierra, que lo ha dejado todo para unirse a Él, ¿quedará sin guía y sin amor? ¿Deberá privar a ese joven y ardiente corazón de toda ternura humana?

¡No! Jesús encuentra un medio de endulzar los sufrimientos de cada uno de estos dos seres queridos. Hace al uno entrega del otro. María encontrará otro hijo en la persona de Juan. Éste podrá volcar en María ese afecto filial y puro que tenía para con Jesús. ¡Ambos se unirán en el amor del Maestro, se consolarán al evocar ese recuerdo sin igual y trabajarán para difundir su doctrina y hacerle conocer y amar!

Jesús, al desaparecer de nuestra vista, no nos ha dejado huérfanos. Ha enviado el Espíritu Santo a la Iglesia y para continuar en la tierra su misión de Consolador ha formado al sacerdote, otro Jesús, a cuyo corazón ha traspasado el suyo.

¡Qué hermosa es esta misión del sacerdote! ¡Qué dulce pero, al mismo tiempo, qué difícil y delicada! Para cumplirla dignamente deber estar al tanto de los sufrimientos de sus hermanos y esforzarse por comprender los dolores íntimos que, después del pecado, han invadido a la humanidad y son tanto más punzantes cuanto más profundos y secretos.

El alma y el corazón del hombre son dos instrumentos llenos de armonía, pero delicados y frágiles. La mano que los pulsa debe ser suave, pero también segura y firme, sin vacilación. El sacerdote consolador debe poseer un perfecto discernimiento, tanto de los tormentos del corazón como de las torturas del alma. Las almas son tan diferentes, que la misma prueba, el mismo dolor, produce en cada una distintos tipos de sufrimiento. Es necesario un consuelo diferente para cada alma, para cada herida.

El conocimiento de los dolores humanos por medio de su inteligencia, no bastaría, sin embargo, al sacerdote, para hacerle un consolador eficaz. El consuelo debe llegar al corazón que sufre, y por tanto, debe brotar del corazón que compadece. Por eso, el sacerdote debe formar su corazón según el Corazón del divino Maestro, participar de todos sus sentimientos de tierna compasión y de sobrenatural entrega.

El sacerdote consolador debe estar, como Jesús, todo lleno de bondad, de paciencia y de dulzura. La nobleza y pureza de sus sentimientos, hacen que capte con exquisito tacto todos los dolores que se le confían. Como Jesús, le gusta inclinarse hacia ellos. Su misión consiste en enjugar las lágrimas, devolver la paz a las almas turbadas y derramar alegría sobrenatural en los corazones entristecidos y abatidos.

Decimos alegría sobrenatural, porque es preciso que el sacerdote tenga cuidado de no dar nunca consuelos humanos. Las verdades que predica son verdades divinas; la palabra que dirige a las almas es la misma palabra de Dios; los consuelos que derrame deberán ser los del Corazón mismo de Jesús, Corazón infinitamente bueno y compasivo, pero también sumamente fuerte y sobrenatural.

Debe tratar de aliviar a las almas, hacer que se eleven en la prueba e impedir que se replieguen sobre sí mismas. El dolor es una baño saludable y fortificante que templa y purifica las almas; es preciso que los consuelos humanos y las palabras blandas no destruyan su benéfica acción.

Jesús, en la admirable parábola del buen Samaritano, parece indicarnos el socorro lleno de caridad, dulce y fuerte al mismo tiempo, que el sacerdote debe dar a las almas heridas que encuentre en su camino. En el camino que va de Jerusalén a Jericó yace tendido un hombre despojado y herido, sin fuerzas ni ayudas. Los caminantes que pasan cerca de él y lo ven en ese estado que mueve a compasión, siguen indiferentes y se alejan sin dirigir al infeliz una mirada de piedad, una palabra de consuelo. Pasa un samaritano y su corazón se compadece. Se apresura a acercarse al pobre herido, derrama aceite y vino en sus llagas y lo venda con cuidado. Luego, levantándolo en sus brazos con precaución delicada, lo pone sobre su cabalgadura y lo conduce al albergue cercano. Aquí le prodiga cuidados y, obligado a alejarse, lo confía a corazones caritativos y provee a sus necesidades.

El sacerdote, digno continuador de la obra de Jesús, no se desvía cuando encuentra un dolor en su camino. Su corazón es demasiado bueno, demasiado semejante al del Maestro para permanecer indiferente ante las desgracias de sus hermanos. Por el contrario, se acerca, se inclina hacia esos corazones privados de afecto, a esas almas heridas en los combates de la vida. Con vendajes de la más tierna caridad, envuelve esas llagas sangrantes, derrama en ellas aceite y vino: la dulzura de su compasión y la fuerza de los grandes pensamientos de la fe. Consuela con el ardor de su celo a esas almas debilitadas y las lleva dulcemente hacia Dios. Las introduce poco a poco en las moradas de la caridad divina donde el mismo Médico celestial curará las heridas de su criatura predilecta con el bálsamo de su Amor Infinito.

Esta es, pues, la obra del sacerdote consolador, obra de misericordia y de amor. ¡Es Jesús que en él continúa pasando haciendo el bien[13], derramando los tesoros de su Corazón divino, la sobreabundancia de su alma penetrada por el Amor Infinito, en todos los que gimen y sufren! La unión íntima con el Corazón del Maestro, la dependencia absoluta de las mociones del Espíritu Santo, harán del sacerdote el perfecto consolador que la humanidad sufriente implora y necesita para continuar su camino sin debilitarse en esta vida mortal.

¡Oh, Espíritu Santo! Divino Consolador enviado por Jesús a nuestra tierra desolada, llena el corazón de tu Iglesia, llena al Sacerdocio santo, con las llamas de tu ardiente caridad.

La humanidad gime bajo el peso de múltiples sufrimientos. Para proseguir su camino hacia su fin inmortal entre las tinieblas del dolor debe ser guiada, sostenida, consolada.

¡Oh, Espíritu Santo! Amor sustancial del Padre y del Hijo, derrama en los sacerdotes la abundancia de tus dones. Derrama en sus corazones los sentimientos de suave compasión y divina ternura que desbordaban del Corazón de Jesús para que, iluminados por Ti, penetrados de la caridad de Jesús, puedan dar al mundo mediante una fe y un amor renovados, el consuelo a todo sufrimiento y la calma a todo dolor. Así sea.



[1] Lc 12,32

[2] Lc 21,28

[3] Jn 14,1

[4] Jn 14,18

[5] Jn 14,26

[6] Jn 14,27

[7] Jn 15,7

[8] Jn 15,9

[9] Jn 15,26

[10] Jn 16,7

[11] Lc 23, 27ss

[12] Lc 23,43

[13] Hch 10,38


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