Capítulo 5 – JESÚS SACRIFICADOR

Figuras del Sacrificio

 Una gran tristeza ha invadido la naturaleza: el hombre, rey de la creación, que debe guiar a todas las otras criaturas hacia Dios, se ha apartado del camino recto; ha ofendido a su Dios y Creador: ¡ha pecado!

Tras los breves instantes de deleite que siguen al pecado, Adán, culpable, se siente invadido de temor; conoce la bondad de Dios, pero sabe que también es justo y poderoso, y el pensamiento de ese poder y de esa justicia que están a punto de irritarse contra él, lo sume en un loco terror. Por primera vez, el hombre siente temor de Dios, y al sentir la voz divina que resuena en el jardín esa voz tan dulce y tan grave que hasta entonces no le había dirigido más que palabras paternales, se esconde tembloroso[1].

Bien pronto se pronuncia la terrible sentencia[2]. Seguido de su infeliz compañera, Adán, caído, abandona el Paraíso de delicias para comenzar en la tierra menos fértil y bajo un cielo a menudo muy oscuro, esa vida de trabajo, de lucha y de dolor que será, hasta el fin de los tiempos, la herencia de su posteridad…

Pero de vez en cuando, el pensamiento del hombre retorna a los días felices del Edén, a los días de intimidad con su Creador, y se lamenta, llora, trata de volver a encontrar la felicidad, de acercarse a Dios y de ponerse, como otras veces, en comunicación con Él. Pero el Cielo está cerrado a sus miradas y sordo a su voz, y el hombre pecador busca en vano reanudar con su Creador esas ligaduras de amor que el pecado ha roto. Obligado a luchar contra los elementos enfurecidos, contra las fuerzas de esa naturaleza ahora rebelde, pero que en los primeros días de la Creación había visto tan sometida y tan admirablemente ordenada, siente más vivamente la potencia infinita de Dios, su grandeza, su poder soberano, e invadido por el sentimiento de la propia debilidad y de su nada, se postra en adoración.

Cuando comprende la grandeza de Dios, el hombre se siente aún más conmovido por su bondad. Después del pecado, Dios podía haberle anonadado, o bien, si deseaba conservarle para una larga expiación, podía haber destruido las espléndidas bellezas e innumerables riquezas que, si ahora son màas difíciles de obtener, permanecen no obstante a su alcance. Por eso, el hombre, en medio de su desventura, reconoce la bondad de Dios y su corazón siente impulsos de elevar al cielo un canto de agradecimiento y alabanza.

Pero entonces vuelven a su mente las últimas palabras que Dios indignado pronunció en contra de él al echarlo del Edén. Vuelve a ver la espada llameante del Ángel que custodia la entrada del jardín y el recuerdo de la terrible manifestación de la justicia divina detiene el cántico de gratitud que iba a brotar de sus labios y lo deja frío de espanto. Se estremece, se avergüenza; querría reparar la ofensa a costa de la propia vida, pero el grito desesperado que envía hacia el cielo no recibe respuesta alguna de perdón.

No obstante, poco a poco retorna la calma a aquella alma torturada. Recuerda la promesa hecha por Dios de un Salvador y postrándose de rodillas en la tierra desnuda, tan a menudo regada con su sudor y sus lágrimas, el culpable se esfuerza en hacer descender hasta él la misericordia prometida, mediante gemidos y con el ardor vehemente de su plegaria.

Así, casi en todo momento, en su angustiosa soledad y bajo el peso agobiante de su pecado, el alma del primer hombre se siente combatida, desgarrada por estos sentimientos diversos. Y un día, tratando de reunir en un solo acto la expresión íntima y personal de su adoración, reconocimiento, reparación y plegarias apremiantes, ofrece el primer sacrificio a su Dios…

Bajo el firmamento inmenso, cuyas profundidades azules están llenas de misterio, en medio de la vasta extensión de la tierra apenas poblada, el hombre depone su ofrenda sobre una piedra de granito que le sirve de altar. Indudablemente, no es de valor, pero a él le parece preciosa porque le ha costado trabajos y fatigas y sabe que le es útil. Son frutos arrancados a la tierra estéril con la fuerza de los brazos, es un animal que alimentó con solicitud y crió con trabajo, primicia de su rebaño. Presenta esta ofrenda a Dios y la destruye. La inmola a la gloria de la majestad soberana, esperando así conmover su Corazón y obtener su divino perdón… Y el Altísimo se digna inclinarse hacia el hombre arrepentido.

En efecto, en los comienzos del mundo, vemos que Abel ofrece sus sacrificios a Dios, “y el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda”[3].

El Altísimo continúa recibiendo con agrado estos sacrificios y a veces hasta envía desde el Cielo una llama ardiente que consume el holocausto[4], respuesta de misericordia a los débiles esfuerzos con que el hombre intenta acercarse a su Dios y Creador.

Pero ¿ese sacrificio puede agradar al Ser supremo, al Dominador del mundo? ¿Cómo pueden glorificar a Dios, aplacar su justicia y obtener sus favores este sacrificador culpable y esta víctima sin inteligencia?

¡Dios es Amor! Veía que el pecado cubría con su ignominia el alma humana y mucho antes que el hombre pensara ofrecerle un sacrificio, en el seno del Amor Infinito se realizaba un sublime consejo. El Verbo, Hijo Único del Padre, se ofrecía a pagar la deuda de la humanidad culpable. Se encarnaría en el tiempo y, Sacerdote y Víctima a la vez, se inmolaría voluntariamente. Así, se devolvería toda la gloria a la Divina Majestad; la Justicia se satisfaría por esta reparación de valor infinito y los sagrados vínculos establecidos por amor entre el Creador y la criatura, y rotos por el pecado, se reanudarían para siempre con ese sacrificio divino.

El Padre Celestial y el Espíritu de Amor habían asentido a la propuesta de la Sabiduría increada; la Justicia se había visto desarmada por la Misericordia; la Potencia y la Bondad se unían para preparar una obra maestra: ¡Jesucristo, Sacerdote divino, Víctima divina del único sacrificio digno de la suprema Majestad!

He aquí por qué los sacrificios imperfectos que el hombre ofrecía sobre la tierra agradaban a Dios: la Santísima Trinidad veía en ellos la figura, el símbolo de aquel adorable sacrificio del Verbo Encarnado que se ofrecería un día y que, con virtud divina, efectuaría la reconciliación definitiva del cielo con la tierra.

Al desperdigarse, la humanidad llevaba por doquier la idea del sacrificio. En efecto, no hay un pueblo ni una religión que no tenga el sacrificio como base de su culto. Mas, a causa de la perversión de la inteligencia y del corazón, el hombre debía perder poco a poco el conocimiento de su Dios y en casi todos los lugares sacrificaría a ídolos miserables. Sólo el pueblo elegido, la nación santa, destinada a conservar el culto del verdadero Dios, continuará ofreciéndole oblaciones, hasta el día en que, cediendo todo lo imperfecto el lugar a lo perfecto, el Sacerdote de la Nueva Alianza ofrecerá a la Divina Majestad la única Víctima capaz de agradarle.

En el Antiguo Testamento no había nada perfecto ni completo. El sacerdocio levítico que era como el alma de la Ley, resultaba débil e impotente. Pero debía surgir otro Sacerdote, Sacerdote según el orden de Melquisedec, el cual, sacrificando una Víctima santa, pura y agradable a Dios, llevaría a una justicia perfecta a todos los que debían ser santificados.



[1] Cf. Gen 3,8

[2] Cf. Gen 3, 9.20

[3] Gn 4,4

[4] Cf. 1R 18,38


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