Capítulo 5 – JESÚS SACRIFICADOR – EL SACRIFICIO CRUENTO

Había llegado el tiempo en que la ley de gracia debía derogar la ley del temor. La prolongada espera de los patriarcas, los ardientes suspiros de los profetas y los gemidos del alma humana habían llamado a la Misericordia: el Verbo se encarnó.

En medio de las sombras de la noche, mientras en lo alto de los cielos los ángeles cantan el gloria, el Sacerdote de la Nueva Alianza hace su ingreso en la tierra en la humildad de un establo.

¡Ha nacido la Víctima santa que Él inmolará![1] Ahí está, rodeada de viles animales, en un mísero pesebre, en espera de la hora, aún lejana, de la gran inmolación. La Virgen María, Madre Inmaculada, tomando entre las manos el tierno cuerpecito de su Hijo, lo eleva al cielo y lo ofrece al Padre Celestial.

¿Quién puede medir el valor infinito de este primer sacrificio en que Jesús, recién nacido, se ofrece a Sí mismo en la plenitud de su voluntad, preludiando el supremo sacrificio del Calvario, en el que la Virgen–sacerdote, con el generoso arrebato de un amor incomparable, a pesar de la pena de su corazón maternal, ofrece por anticipado el fruto de su seno a la inmolación de la Cruz?

Durante treinta años, el Hijo y la Madre renovarán a cada momento, en la intimidad de sus corazones amantes, esta oblación inestimable. En los días de la Circuncisión, de la Presentación en el Templo, el sacrificio será más solemne, pero continuará durante los años del exilio en Egipto y en la vida tranquila y silenciosa de Nazaret. Por estar oculto a las miradas del mundo, no será menos eficaz y sublime a las miradas de Dios. Durante esos largos años, Jesús será Sacerdote y Víctima; Sacerdote, Mediador poderoso entre la Divinidad y la Humanidad; Dios y Hombre al mismo tiempo y, en consecuencia, único digno de presentarse a Dios, de inmolarle una Víctima sin mancha, de ofrecerle el sacrificio de adoración, de alabanza, de acción de gracias que merece; de interceder por los pecadores, sus hermanos, de obtener los dones de la infinita Bondad con el ardor de su plegaria.

Víctima santa, siempre ofrecida, la única capaz de ser aceptada plenamente y cuyo suavísimo olor, al subir hasta el trono de Dios, aplaca su justicia y obtiene misericordia.

Los años transcurrirán en esta inmolación misteriosa. Poco a poco, Jesús, Sacerdote y Víctima, llegará a la plenitud de la edad y lo veremos en la sinagoga y bajo los pórticos del Templo desbaratar la erudición y falsa ciencia de los escribas, de los doctores y sacerdotes, con la claridad de su ciencia infinita.

Bien pronto, este magnífico Templo, erigido a la gloria de Jehová y de estructura tan maravillosa, será destruido y no quedará piedra sobre piedra. ¿Qué importa? La obra espléndida de Salomón es un templo indigno para el Sacerdote divino; su templo es el universo y Él quiere cumplir las funciones de su sacerdocio y sacrificar en todo tiempo y lugar. Es Sacerdote, pero ante todo es sacrificador, y el altar de bronce sobre el que se ofrecían los holocaustos, no era un altar digno de la augusta Víctima que el divino Sacerdote debía ofrecer.

Esta Víctima es Jesús mismo. Apenas salga de las sombras de su vida oculta y sea descubierto por el Precursor, éste exclamará señalándolo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”[2]. Jesús es el Cordero divino de la nueva Pascua, cuya sangre preservará de la destrucción a quienes sean señalados con ella, cuyos huesos se consumirán en el fuego del amor y cuya carne será manjar en perpetuo banquete.

Así, durante los últimos años de su vida mortal, Jesús se nos mostrará siempre como Sacerdote y Víctima a la vez. Es Sacerdote cuando postrado en la campiña o en la cima del monte, prolonga su oración con las manos elevadas al cielo e intercede ante al Padre celestial a favor de la humanidad caída. Es sacerdote en su predicación ardiente, en sus pacientes enseñanzas, en los consuelos que derrama ante los dolores de la tierra. Es Sacerdote, sobre todo, cuando en medio de múltiples dolores, en espera de la Cruz, sacrifica e inmola su sagrada Humanidad a la gloria del Padre y por la salvación del hombre.

Es Víctima incesantemente; en el ayuno y soledad de cuarenta días, en las fatigas de las correrías apostólicas, en las privaciones que se impone, en el desgarramiento del corazón, en el sudor de sangre en el huerto, en las torturas del alma, en el ofrecimiento siempre renovado de su vida y en la aceptación de su suplicio.

Y al fin llega el día del gran sacrificio. El Sumo Pontífice, revestido con la púrpura de la propia sangre, ceñida la frente con la corona que los soldados del pretorio han formado para Él, se adelanta con la majestad de su real Sacerdocio, seguido por un cortejo que le acompaña lentamente por las laderas del monte Calvario.

Llegado a la cima, en presencia de la muchedumbre atenta, la Víctima santa se coloca sobre el altar y el augusto sacrificio continúa hasta la inmolación completa.

Jesús, suspendido de la Cruz, sigue siendo Sacerdote y Víctima. Sacerdote porque se inmola voluntariamente con la plena posesión de su voluntad. ¿No le ha respondido a Pilato hace pocas horas: “No tendrías ninguna autoridad sobre Mí si no te la hubieran dado de lo alto”?[3] ¿No ha dicho en medio de los dolores inenarrables de su agonía: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu?”[4] ¿Y no exclama ahora, en la suprema entrega de su alma sacerdotal: “¡Todo está cumplido!”?[5]

¡Víctima! ¿Quién podrá decir hasta qué punto fue Víctima en el sangriento patíbulo? ¿Quién podrá contar las llagas que lo laceraron, los tormentos que sufrió provocados por la áspera punta de los clavos, por la horrible distensión de los nervios, por los innumerables dolores que torturaron su sagrado cuerpo y por la sed que lo abrasó? ¿Y el martirio de su Corazón lleno de amor al ver las lágrimas y el dolor de los suyos; ante la ingratitud de aquellos a quienes había colmado de beneficios, el desprecio de un pueblo que lo aclamaba cinco días antes, el odio de los verdugos enfurecidos por su fracaso…? Y el alma santísima de Jesús que, olvidando en cierto modo su divinidad, parecía abandonada por el Padre celestial, agonizó en la noche sin auxilio y sin luz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”?[6]

¡Sí, “todo se ha cumplido”! Jesús Sacerdote inmoló a Jesús Víctima; el cielo se acercó a la tierra. Dios perdonó la iniquidad del hombre. Con este sacrificio cruento, Jesucristo alabó magníficamente a la Bondad Infinita ofreciéndole el mayor homenaje de adoración que pueda recibir, dio gracias al Padre Celestial por todos los bienes que la divina munificencia derramó sobre la creación entera; aplacó a la Justicia divina irritada por el pecado del hombre y que exigía reparación completa; en fin, obtuvo todos los favores, socorros y perdones que nuestra miseria humana necesitaba… ¡Todo está consumado…!



[1] Cf. Lc 2, 6ss

[2] Jn 1,29

[3] Jn 19,11

[4] Lc 23,46

[5] Jn 19,30

[6] Mt 27,46. Mc 15,34


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>