Capítulo 5 – JESÚS SACRIFICADOR – EL SACRIFICIO INCRUENTO

Jesucristo, la Víctima divina ha expirado; el mundo está rescatado y se ha firmado la paz entre el cielo y la tierra. La Justicia y la Misericordia se han abrazado sobre el ara de la Cruz, y el Amor Infinito, volcándose sobre la humanidad entera mediante la Redención, le devuelve la vida sobrenatural que el pecado le había arrebatado.

Mas Jesús no se ha contentado con ofrecerse una sola vez a Dios, su Padre, en holocausto de amor por la salvación eterna de su amada criatura. Ha querido hacer aún más. No obstante la gracia abundante de la redención, el pecado debe continuar cometiéndose de generación en generación, pues la naturaleza humana se encuentra debilitada y los enemigos que la rodean son audaces y provocadores. El hombre debe también sentir siempre la íntima necesidad de elevarse hacia su Dios con el ofrecimiento de un sacrificio. Por eso, el Sacerdocio de Jesús no debía desaparecer con su muerte, pues Él continúa siendo Sacerdote por toda la eternidad, y su sacrificio será permanente. Así el hombre débil y pecador podrá rendir siempre el culto de honor y alabanza que debe a su Dios e inmolar la única Víctima que la Divinidad acepta.

¡Oh, incomprensibles misterios del poder, sabiduría y bondad de Dios! ¿No bastaba que el Verbo Encarnado se sacrificara una vez? ¿Es necesario que esta vida que recobró con la resurrección sea de nuevo inmolada?

Dejemos el Calvario donde, entre las tinieblas que lo rodean, se yergue lívido el cuerpo del divino ajusticiado, frío e inerte. Volvamos con el pensamiento a aquella noche en la que Jesús y los apóstoles reunidos en el Cenáculo celebraban la antigua Pascua, cerrando de esa forma la cadena del culto antiguo y de la antigua Alianza, a la que estaba a punto de suceder la Alianza Nueva y el culto nuevo.

Era la hora de la Cena. Jesús iba a ser entregado a sus enemigos. Deseoso de dejar a su Iglesia, a esa Iglesia tan querida que entonces fundara, un sacrificio visible y perpetuo, su amor crea la Eucaristía. Sacerdote según el orden de Melquisedec, en la majestad de su eterno Sacerdocio, Jesús ofrece a Dios, su Padre, el propio cuerpo y sangre bajo las apariencias de pan y vino y los presenta a sus discípulos, a quienes, al mismo tiempo, instituye sacerdotes del Nuevo Testamento. “Haced esto en memoria mía”[1], dice a sus apóstoles y a sus sucesores en el Sacerdocio, ordenándoles así ofrecer su sagrado cuerpo y sangre divina en sacrificio incruento.

Este sacrificio debía representar no sólo el sacrificio de la Cruz, sino también aplicar su saludable virtud para la remisión de los pecados que se cometerían en el transcurso de los siglos. ¿Acaso el Señor no había dicho por medio de su profeta que se ofrecería en todas partes una oblación totalmente pura, en su nombre, que sería grande entre los pueblos[2]?

De esta forma, en el Cenáculo, el Amor Infinito realizó en un instante dos maravillosas creaciones: ¡la Eucaristía y el Sacerdocio!

¡La Eucaristía! ¡Jesús vivo en la verdad de su carne adorable y de su sangre divina, con su corazón tan ardiente y puro, con su alma tan maravillosamente adornada, con sus dos naturalezas unidas en una sola persona! ¡Jesucristo, tal como fue en su vida mortal, tal como se encuentra en la gloria a la diestra del Padre Celestial, tal como será por toda la eternidad! ¡Jesucristo, Dios y Hombre, Verbo humanado con la majestad sublime del poder, de la sabiduría y de la bondad, con el incomparable esplendor de su divinidad, con la humildad profunda, la suave dulzura, el misericordioso atractivo de su humanidad! ¡Jesucristo!

¡Y Jesucristo Víctima! Ofrecido en oblación voluntaria, colgado en la Cruz no una sola vez, sino todos los días y a cada instante, en la oscuridad del templo, en el fondo del sagrario, en el copón, donde quiere reposar… Inmolado por indignos verdugos, allá, en el Calvario, exhalando un fuerte grito hacia el Padre, no una sola vez, sino en todo el universo, por cada uno de sus sacerdotes, sobre el altar del sacrificio, en el silencio de sus sagradas especies… Jesucristo: transformado en alimento del hombre, viático de su viaje hacia la eternidad, sagrada bebida que hace germinar en su alma la flor de la virginidad y los frutos de las virtudes fuertes! ¡La Eucaristía: todos los bienes, el único bien, Dios y todas las gracias de la redención, de salvación y de vida eterna…!

¡Oh, hombre, criatura privilegiada, alégrate! ¡Tu Dios está contigo, es tuyo! Se hace tu alimento para purificarte, fortificarte, divinizarte. ¡Se da a ti totalmente y se sacrifica por ti…! Postrado y lleno de agradecimiento, adora la sublime magnificencia de tu Dios…

La Eucaristía es para ti:  para ti también el Sacerdocio, por medio del cual te llega la Eucaristía! ¡Alégrate! Tu Jesús, tu Sacerdote está eternamente vivo contigo. Lo puedes encontrar a tu lado en todas las necesidades de la vida. Si tienes sed de verdad, Él te instruye y derrama luz en tu inteligencia; si has pecado, Él está ahí para absolverte y levantarte; si sufres, si te oprimen los dolores del mundo, Él te consuela; si buscas un mediador que en tu nombre se presente ante la divina Majestad y presente tus sacrificios al Señor con la certeza de ser siempre recibido favorablemente, Él sube las gradas del altar y habla en tu lugar…!

Jesús Sacerdote, eternamente vivo, vive en el Sacerdocio. Es el Sacerdote por excelencia, el único Sacerdote del Altísimo, sin el cual no puede existir sacerdocio alguno. Gracias a la fe en su promesa y la esperanza en su venida, eran eficaces las oraciones y sacrificios del Sacerdocio antiguo que lo había precedido. El Sacerdocio nuevo que Jesús Sacerdote acaba de instaurar, surgido de Él, injertado en Él, no existe ni tiene virtud sino por medio de Él. Solo Jesús es Sacerdote en los sacerdotes de la nueva Ley, por medio de ellos ejerce su Sacerdocio en el tiempo, con ellos lo continuará eternamente en la gloria.

Si Jesucristo vive en la Eucaristía, si vive en el Sacerdocio, ¡qué estrechos deben ser los lazos que existen entre el sacerdote y la Eucaristía! El mismo Jesucristo es ese lazo divino. Por lo tanto, ¡qué culto ferviente, qué tierno respeto y cuánto amor debe tener el sacerdote hacia este Jesús oculto en el Santísimo Sacramento, que se pone en sus manos y se hace Víctima, sin duda por todos los fieles, pero sobre todo por sus sacerdotes! En el Evangelio ¿no escuchamos a Jesús decir a los apóstoles a la hora de la Cena, al consagrar el cáliz de su sangre: “Este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por muchos”[3]? Incluso en aquel solemne momento, Jesús distingue ante todo a sus sacerdotes; en su pensamiento, los demás fieles se presentan sólo después de ellos.

Sí, ante todo se hace sacramento por ellos, para ser su compañero de ruta en la búsqueda de almas, su amigo fiel, su consolador en el día de la prueba, alimento fortificante de sus almas y cuerpos. Por medio de ellos quiere ser siempre de nuevo sacrificado, por medio de ellos quiere darse a todos.

La Eucaristía constituye el tesoro divino del sacerdote. Por eso, que lo custodie con atención y lo dispense con liberalidad, porque cuanto más se esfuerce por enriquecer con la Eucaristía a sus hermanos, tanto más se enriquecerá a sí mismo.

Jesucristo se encuentra en la Eucaristía; por consiguiente, el sacerdote debe tener la más ardiente y tierna devoción hacia este sacramento de amor. Jesucristo se encuentra en el sacerdote, está en él vivo y operante por medio de su Sacerdocio eterno. ¡Qué respeto tiene que sentir el sacerdote hacia sí mismo! ¡Cuánta atención debe tener para que Jesús aparezca en él y en todas sus acciones!

Pero, dondequiera y siempre, Jesús es Sacerdote y Víctima. El alma elegida por Jesús para continuar su Sacerdocio entra a participar de estos estados divinos y es también sacerdote y víctima.

El sacerdote es sacerdote de su Dios, sacrificador de la única Víctima augusta que obtiene misericordia, mediador entre la divina Majestad y los hombres, sus hermanos. ¡Es sacerdote! Es necesario que se vea resplandecer en él la dulce majestad, la gravedad serena, la asiduidad en la oración y la suave benignidad de Jesús Sacerdote. ¡Es Víctima! Debe vérsele humilde y manso, siempre entregado y siempre donante, ofrecido en sacrificio perpetuo como Jesús Víctima.

Ofrecer sacrificios y sacrificarse a sí mismo,, tal fue la vida de Jesucristo: tal debe ser la vida del sacerdote. Pero “¡vosotros que me habéis seguido” –dijo el Maestro– que me habéis seguido en la prueba y en las alegrías, que habéis participado de mi estado, que habéis continuado mi vida de Víctima y de Sacerdote aquí en la tierra, “vosotros que me habéis seguido, cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel!”[4].

Oh, Padre Eterno, Dios omnipotente, Tú que nos has amado hasta sacrificar a tu único Hijo para que fuera nuestro Sacerdote y nuestra Víctima, nuestro mediador siempre escuchado y nuestro rescate sobreabundante, dirige, te suplicamos, tu amorosa mirada a nuestros altares donde aún se realiza el sublime Sacrificio.

Reconoce la imagen viviente de tu adorable Hijo en los sacerdotes  que lo ofrecen. Como Él, pasan haciendo el bien, expandiendo luz, derramando perdón, consolando los corazones; beben del mismo cáliz, le siguen al Calvario y se transforman con Él en holocausto de agradable perfume. Unidos por el mismo Sacerdocio con tu divino Hijo, son dispensadores, como Él, de tu caridad infinita y de tu amor misericordioso.

Haz, oh Padre Celestial, que los sacerdotes de Jesucristo sean, por tu gracia omnipotente, tan semejantes al divino Ejemplar, que viéndolos, Tú puedas decir: “He aquí a mis hijos muy amados, en quienes he puesto mi complacencia, escuchadlos”[5]. Así sea.


[1] 1 Cor 11,24

[2] Cf. Mal 1,11

[3] Cf. Lc 22,20. Mt 26,28

[4] Mt 19,28

[5] Cf. Lc 3,22. Mc 1,11


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