Primera Semana de Adviento

Domingo

 “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento” Mc 13,33-3.

Cristo viene en nuestra búsqueda y la Iglesia nos invita a recibirle bien… Pero ¿por qué habla Jesucristo del juicio y del fin del mundo? Para llenarnos de temor. Y ¿por qué quiere Él que temamos? Para que amemos, porque el temor “es el principio de la sabiduría”, y el salmista añade: Bienaventurados los que temen al Señor.” Pero para comprender mejor una cosa tan necesaria, sabed que hay dos clases de temor: el uno, humano; el otro, divino; el temor de esclavos y el temor de los hijos. El temor servil permanece en nosotros para servir al amor… y el amor emplea el temor servil para rechazar al enemigo.

Los barqueros, aunque partan con viento favorable y en estación propicia, jamás olvidan llevar consigo los cordeles, las áncoras y otras cosas que se requieren en momentos difíciles de accidentes y de tempestades; pues así, el servidor de Dios, jamás debe estar desprovisto del temor de los juicios divinos, sino que se servirá de él en las tormentas y en los asaltos de las tentaciones.

La piel de la manzana, aunque de poco valor en sí, sin embargo sirve perfectamente para conservar la manzana a la cual recubre. Así el temor servil, que comparado con el amor tan poco vale, también es muy útil para conservar el amor en medio de los riesgos de esta vida.

El que ofrece una granada, ciertamente la da por los granos y el jugo que lleva dentro, pero no deja de dar también la cáscara. Pues así el Espíritu Santo entre sus dones confiere el del temor amoroso a las almas de los suyos, a fin de que teman a Dios como Padre y Esposo, pero tampoco deja de darles el temor servil, como complemento del otro; porque el temor, como dice San Agustín, es el servidor de la caridad, a la cual prepara la morada.

(Sermón 1610, VIII, 62 y Tratado Amor de Dios XI, 513)

 

Lunes

Sobre el misterio de la Encarnación

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”Jn 3,16

 Estamos esperando la venida, el nacimiento de nuestro querido Salvador y Maestro. Bien; mi plan es daros una pequeña catequesis sobre la Encarnación, ya que esto no es ni una predicación ni una exhortación. Según Sto. Tomás, todos estamos obligados a oír sobre los misterios de la fe y a saber lo que debemos creer; no como los teólogos, para discutir esos misterios; ¡No! No digo eso, sino a la manera que conviene a los simples fieles.

Por tanto, no voy a hablar aquí doctamente sobre el misterio de la Encarnación, sino con sencillez, para que se me pueda comprender mejor. Y para ello dividiré mi discurso en tres puntos:

En el primero veremos quién ha hecho el misterio de la Encarnación.

En el segundo, lo que es la Encarnación.

En el tercero, para qué se ha llevado a cabo la Encarnación.

Ante todo, sabemos que es el Padre quien nos ha dado a su Hijo, pues leemos que “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único.” Sin embargo, no es sólo el Padre el que ha hecho la Encarnación, sino también el Hijo y el Espíritu Santo. Y aunque toda la Santísima Trinidad haya intervenido en este misterio, sin embargo, es solamente la Segunda persona la que se ha encarnado.

Los antiguos doctores nos aportan muchas comparaciones para que lo comprendamos; pero para hacerlo más inteligible, me acomodaré a nuestra manera.

Pensemos en una joven a la que se la da el hábito: la Superiora, la Maestra, la visten, le ponen el hábito, pero no por ello deja ella misma de colaborar. Por tanto, intervienen tres personas en este acto: la Superiora, la Maestra y la joven y sin embargo, una sola queda vestida, la que toma el hábito. Así pasa en la Encarnación: El Padre hace la Encarnación, el Espíritu Santo la hace y lo mismo el Hijo, que es el que se encarna. Ni el Padre ni el Espíritu Santo se encarnan, solamente la persona del Hijo es la que queda revestida de nuestra humanidad.

Así podemos entender cómo las tres Personas de la Santísima Trinidad han colaborado en el misterio de la Encarnación, aunque solamente el Hijo se haya revestido de nuestra naturaleza.

(Sermón a las religiosas de la Visitación de Annecy: 24 de diciembre 1620)

  

Martes

 Sobre el misterio de la encarnación (continuación)

“El Verbo se hizo carne” Jn 1, 14

 El segundo punto es: ¿Qué es la Encarnación?

No es otra cosa sino la unión hipostática de la naturaleza humana con la divina, unión tan estrecha que si bien hay dos naturalezas en ese Niñito que va a nacer, esas dos naturalezas no forman sino una sola Persona.

¡Oh admirable invención de la Providencia de Dios! Esta divina Majestad, al ver que los hombres no conocían la Divinidad, quiso encarnarse y unirse con la naturaleza humana, a fin de que bajo esa capa de humanidad, la divinidad pudiera ser reconocida.

Además, si han conocido a Dios no lo han reconocido y esto es lo que importa. Por tanto, si nuestro Señor no se hubiera encarnado, hubiera permanecido siempre escondido en el seno del Eterno Padre y hubiera seguido siendo desconocido para los hombres.

Ciertamente, en la Encarnación dejó ver algo que no cabía en la mente humana, ni hubiera podido nunca comprender: que Dios se hizo hombre y que el hombre se hizo Dios. El inmortal, mortal; sujeto al calor, al frío, al hambre, a la sed… en resumidas cuentas: el hombre divinizado y Dios humanizado. De forma que Dios, sin dejar de ser Dios, sea hombre, y el hombre, sin dejar de ser hombre sea Dios.

¡Bien se puede decir que cuando los Magos besaron los pies del Niñito recién nacido, besaron los pies de Dios! Pero ¿cómo de Dios? porque Dios, en cuanto Dios, no tiene cuerpo; y si no tiene cuerpo ¿cómo le besaron los Magos los pies? Y sin embargo es así porque a causa de la unión de las naturalezas, no resulta más que una Persona.

Ambas naturalezas están de tal manera unidas que se puede decir sin que sea blasfemia: esta Sangre es la Sangre de Dios, la Sangre del Cordero muerto por los pecados de los hombres. Dios ha sido flagelado… azotado… las manos de Dios fueron extendidas y clavadas sobre la Cruz…

Podemos hablar así con toda verdad por la estrecha unión entre la naturaleza humana y la divina.

(Sermón a las religiosas de la Visitación el 24 de diciembre de 1620)

 

Miércoles

 Sobre el misterio de la Encarnación(continuación)

 Vais a entender aún mejor lo que es la Encarnación mediante este símil.

(Los fabulistas aducían una cierta razón para decir que es una falta de educación hablar de la esponja. Pero desde que los judíos la presentaron a nuestro Señor cuando en la pasión dijo que tenía sed, y la esponja hubo tocado los labios del Divino Salvador, fue canonizada, y a partir de entonces no hay dificultad en sacarla a relucir cuando se habla de cosas santas; por eso me voy a servir de ella para haceros comprender lo que es la Encarnación).

Imaginaros, pues, una esponja grande, criada en el mar y que nunca ha sido usada por una criatura. Si os fijáis en esa esponja cuando está en el mar, veréis que hay agua en todas y cada una de sus partes, tiene el mar encima y debajo y no hay ni una partícula que no esté mojada. Y a pesar de ello, ni la esponja pierde su naturaleza ni el mar la suya. Pero fijaros que aunque el mar esté en cada una de las partes de la esponja, ésta no lo está en toda la extensión del mar, puesto que el mar es un grande y vasto océano, que no puede estar comprendido en la esponja.

Este símil nos representa bien la unión de la naturaleza humana con la divina. La esponja figura la sagrada Humanidad de nuestro Señor; el mar, su divinidad, la cual, de tal manera ha empapado a la Humanidad, que no hay ni una partícula, ni en el cuerpo ni en el alma de nuestro Señor, que no esté llena de la Divinidad, sin que por ello esta naturaleza humana haya dejado de ser lo que era.

Pero la humanidad no puede estar en todas las partes en que se encuentra la Divinidad, que es un mar infinito y comprende y llena todo, y no puede ser abarcada por nadie.

Por estas comparaciones podéis ver lo que es la Encarnación. Así que cuando os pregunten qué es este misterio, responderéis: es una tal unión de la naturaleza humana con la divina, una tal conjunción de la divinidad con la humanidad, que por ella, el hombre se ha hecho Dios y Dios se ha hecho hombre, tomando su naturaleza.

(Sermón a las religiosas de la Visitación, el 24-12-1620)

 

Jueves

 Sobre el misterio de la Encarnación (continuación)

En primer lugar os pido que contempléis al recién nacido en el pesebre de Belén, que escuchéis lo que os dice, que miréis el ejemplo que os da. Ha escogido todo lo más duro, lo más doloroso que nos podamos imaginar, para el momento de su Natividad. ¡Oh Dios mío! el que pueda permanecer junto al pesebre se deshará de amor al ver al Niñito en tan pobre lugar, llorando y temblando de frío. ¡Con cuánta reverencia la gloriosa Virgen miraría ese corazón que Ella veía palpitante de amor en su sagrado pecho… cómo iría enjugando las dulces lágrimas que tan suavemente corrían de los dulces ojos del angelito!

¡Ahí tenéis al Dios encarnado! ¡Qué maravilla es considerar el misterio tan alto, tan profundo de la Encarnación de nuestro Salvador!

Pero todo lo que nosotros podamos entender y comprender con nuestro raciocinio, no es nada. Bien podemos decir a este respecto lo que decía un sabio que estaba leyendo un libro oscuro de un antiguo filósofo (no recuerdo su nombre). Confesaba francamente: “este libro es tan docto y tan difícil que apenas comprendo nada; lo poco que comprendo es bellísimo, pero creo que lo que no entiendo lo es aún más”Y tenía razón al hablar así.

Nosotros podemos utilizar esas palabras al considerar el misterio de la Encarnación y decir: “este misterio es tan bello y tan profundo que no entendemos nada; lo que sabemos y conocemos es bellísimo, pero creemos que lo que no comprendemos, lo es aún más.” En fin, algún día lo sabremos, allá arriba, donde, con gozo incomparable celebraremos esta gran fiesta de la Encarnación; allí veremos claramente todo lo que sucedió en este misterio y bendeciremos eternamente al que, estando tan alto, se ha rebajado de ese modo para exaltarnos.

¡Qué Dios nos conceda esa gracia! Amén.

(Sermón a las religiosas de la Visitación, el 24 de diciembre de 1620) 

Viernes

 “Se despojó y se anonadó…” Flp 2, 6-11

 Para ver la humildad de nuestro Señor, escuchemos lo que sobre ella nos dice San Pablo: “siendo como era Hijo de Dios, se vació de Sí mismo.” Es decir, que por algún tiempo, encerró toda su gloria en la parte superior de su alma, dejando la parte inferior expuesta y a merced de todos los sufrimientos, abyecciones y repugnancias que le iban a sobrevenir. ¡Oh Dios, qué admirable es esto: que el Verbo se anonade y se desprenda de su propia gloria por unas criaturas que tan mal corresponden a su amor!

Se ha hecho obediente hasta la muerte y hasta la muerte de cruz. Es por tanto muy razonable que nosotros le obedezcamos hasta la muerte, incluso hasta la muerte de cruz, para demostrarle nuestro amor. Hay algunos que no temen la muerte y hasta la abrazan con gusto, siempre que vaya acompañada de gloria, pero ¡por Dios! no hemos de elegirla a nuestro gusto, antes bien, debemos aceptar con agrado la que el Señor tenga a bien darnos, sea la que sea. Y no digo solamente la muerte, sino toda clase de penas, aflicciones, contradicciones y abyecciones.

No deberíamos encontrar nunca demasiados ni demasiado largos nuestros sufrimientos, así durasen hasta el fin de nuestra vida, ya que ninguno de ellos se aproxima ni se puede comparar con los que él ha sufrido por nosotros.

Tenemos que acrecentar nuestro valor e imitar el de nuestro Capitán: no rendirnos jamás, sino combatir valientemente hasta la muerte. Y sin asombrarnos de lo numerosos que son nuestros enemigos.

Tendríamos razón en sorprendernos por ello si nos apoyásemos en nuestras fuerzas, pero hemos de confiar en la virtud de Dios, que está de nuestra parte si combatimos por su amor; y hemos de decir con su apóstol: “Soy más fuerte cuanto más débil me siento.” Y aunque cometamos imperfecciones en este combate, no nos sorprendamos ni perdamos el ánimo mientras tengamos la voluntad de enmendarnos.

Para el amor nada es imposible: Él destruirá todo aquello que en nosotros desagrada a la divina Majestad.

(Sermón del 28 de marzo de 1614)

 Sábado

 “Se despojó y se anonadó.” Flp 2, 6-11

 Cuanto mayor es la dignidad de la persona que se humilla, más estimable es el acto de humildad que hace. ¡Ya veis qué grandeza la de nuestro Señor y la de nuestra Señora, que es su Madre! Consideración, la más hermosa y la más útil y provechosa que pudiéramos hacer sobre esta virtud de la humildad que tanto ha amado el Señor. Parece que ha sido su preferida y como si solamente hubiera bajado a la tierra por amor de ella.

Es la más grande de todas las virtudes morales, ya que no estamos hablando del amor de Dios ni de la caridad, pues ésta no es solamente una virtud particular, sino una virtud general, que se extiende sobre todas las otras y de la cual sacan todas su esplendor.

Pero en cuanto a virtudes particulares, no hay otra más grande ni más necesaria que la humildad… Con el divino ejemplo se nos enseña que no debemos contentarnos con practicar la humildad en algún acto aislado o solamente por un tiempo, sino siempre y en todas las ocasiones, hasta llegar a la mortificación de nosotros mismos, humillando así el amor a nuestra propia estima y la estima de nuestro propio amor.

No hay que entretenerse en practicar una cierta humildad de apariencias y de palabras, que consiste en decir que no somos nada y en hacer reverencias y humillaciones externas, tantas como queráis… y qué se yo cuántas cosas por el estilo, que son todo menos humildad.

La humildad verdadera nos hace flexibles, manejables y sumisos a los demás.

Hay muchos que se engañan del todo pensando que la humildad es cosa que sólo han de practicar los principiantes que cuando ya han hecho un poco de camino hacia Dios, bien pueden relajarse en esa práctica. ¡Qué bien sabía nuestro divino Maestro que su ejemplo nos era muy necesario!, puesto que Él no tenía necesidad ninguna de rebajarse y sin embargo perseveró en ello, dada la necesidad que nosotros teníamos.

Nuestro Señor no dijo: “el que comience…”, sino: “El que persevere en la humildad se salvará.”

(Sermón de 1610 y Tratado del amor de Dios)


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