Segunda Semana de Adviento

Domingo

  “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos… que lo torcido se enderece…” Mt 3, 1-12; Mc 1, 1-8; Lc 3,1-6

 Los caminos tortuosos no sirven sino para cansar y desviar a los que transitan por ellos; por tanto hay que enderezarlos e igualarlos para la venida de nuestro Señor. Hay que enderezar tantas intenciones desviadas, para no tener sino una, la de agradar a Dios, haciendo penitencia. Esa es la meta a la que debemos aspirar.

Como el marino que conduce su barquilla tiene siempre puestos los ojos en la aguja marinera y los que conducen grandes barcos tienen bien sujeto el timón, también nosotros debemos tener los ojos bien abiertos para abrazarnos a los actos de penitencia y ejercitarnos en ellos.

Pero hay personas que no quieren saber nada de penitencias hasta que no tienen otro remedio. ¡Oh!, dicen ellas, “Dios es tan bueno y tan misericordioso que nos podremos arreglar muy bien con Él; pasémoslo bien ahora y cuando vayamos a morir rezaremos devotamente el Confiteor y Dios nos perdonará.” ¿Qué es eso, sino una gran presunción por parte de ellas, que quieren aprovechar la bondad divina para seguir encenagados en su pecado?… Enderezad los caminos del Señor”, es decir, igualad vuestro humor mediante la mortificación de las pasiones, inclinaciones y aversiones. Esta igualdad de carácter es la virtud más agradable de la vida espiritual, y por la que siempre debemos trabajar.

¡Dios mío, qué cosa más amable y más agradable es ver en alguien esta igualdad de carácter! ¡Estamos tan alejados de ella! ¡Somos tan variables y tan inconstantes…! Esos son los caminos que tenemos que “enderezar”para la venida de nuestro Señor; y para conseguirlo, vayamos a la escuela del glorioso San Juan Bautista y entremos -o mejor- roguémosle que nos reciba en el número de sus discípulos.

(Sermón del 20 de diciembre de 1620)

 

 Lunes

 “Preparad los caminos…” Lc 3,4

 Preparad los caminos, allanad las sendas. Aunque estas palabras fueron pronunciadas con ocasión de que Ciro el Grande iba a dejar volver a los israelitas de la cautividad a la tierra prometida, sin duda el profeta Isaías tenía la intención de hablar de la venida de nuestro Señor. Por eso San Juan, al predicar la penitencia y anunciar al pueblo de Dios que el Salvador estaba ya próximo, se sirve de las mismas palabras del profeta y dice: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor, porque el Señor está ya cerca.” ¿Y qué tendremos que hacer para preparar su venida? San Juan nos lo enseña en sus predicaciones al decir: “haced penitencia, porque el Señor está ya próximo.” Y ciertamente, la mejor disposición para la venida del Salvador es hacer penitencia; todos tenemos que pasar por ahí. Y como todos somos pecadores, todos tenemos necesidad de penitencia. Pero decir esto, es decir algo muy vago y general, así que vamos a tratar de algunas particularidades.

San Juan indica en su Evangelio: “Allanad los caminos del Señor, rellenad los valles, abajad los montes y colinas.” Hay tantos montes… tantos valles… tantas tortuosidades… Para enderezar todo eso, no hay otro medio que la penitencia.

Los valles que San Juan quiere que se rellenen no son sino el temor, el cual, cuando es muy grande, lleva al desánimo. Rellenad los valles, es decir, llenad vuestros corazones de confianza y de esperanza porque la salvación está cerca. Ésos son los barrancos y los valles que hay que rellenar para la venida de nuestro Señor.

El temor y la esperanza nunca deben estar el uno sin el otro, ya que si el temor no va acompañado de esperanza ya no es temor sino desesperación; y la esperanza sin el temor es presunción.

Por tanto, hay que rellenar esos valles que el espanto ha excavado y que provienen del conocimiento de nuestras faltas; os digo que hay que rellenarlos de confianza en Dios.

(Sermón del 20 de diciembre de 1620)

 

 

Martes

“Que las colinas sean rebajadas…” Lc 3,5

 “Rebajad, dice San Juan, los montes y colinas y montañas.” ¿Qué montes son éstos? La presunción y el orgullo, que son un gran impedimento para la venida de nuestro Señor. Porque Él acostumbra a humillar y rebajar a los soberbios, y penetra hasta el fondo del corazón para descubrir el orgullo que allí esconde.

Ante Él, nada vale decir: soy Obispo, soy Sacerdote, soy Religiosa… Todo eso está muy bien, pero: si eres Obispo, ¿cómo te comportas en tu cargo? ¿cuál es tu vida? ¿es conforme a esa vocación? ¿no estás lleno de soberbia, de presunción como el fariseo del que habla la parábola en el Evangelio? ¿o quizá te pareces al publicano?

El fariseo era una montaña de orgullo, tenía algunas virtudes aparentes, de las que presumía y se gloriaba. Y decía con seguridad: “Señor, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: pago el diezmo, ayuno…” y otras cosas parecidas que él alegaba. Pero Dios, al ver su orgullo, lo rechazó.

Y el pobre publicano, que ante el mundo era una montaña alta y abrupta, fue rebajado y allanado ante la divina Majestad cuando vino al templo; porque “no osaba levantar los ojos para mirar al cielo” a causa de sus grandes pecados y se quedó a la puerta con un corazón contrito y humillado. Y por ello fue digno de encontrar gracia ante Dios.

Tengo más cosas que decir a este respecto, pero me contento con lo que os he dicho, que es bastante por esta vez.

(Sermón del 20 de diciembre de 1620)

 

 

Miércoles

 “Voz del que clama en el desierto: allanad los caminos…” Lc 3,4

 Os ruego que os fijéis en la perfecta humildad de Juan: cuanto más avanzan los enviados del Señor, tanto más va él retrocediendo y hundiéndose en su nada, subiendo siempre a un mayor grado de humildad. ¡Esa humildad tan necesaria al hombre sobre la tierra! Con mucha razón se dice que ella es la base de todas las virtudes, pues sin ella no hay ninguna otra. Y aunque no sea la primera, pues la caridad y el amor de Dios la sobrepasan en dignidad y excelencia, la caridad se corresponde tan perfectamente con la humildad, que jamás va la una sin la otra.

La humildad y la caridad van juntas, como van San Juan Bautista y nuestro Señor. La humildad es como la ayudante y la precursora de la caridad, como San Juan lo era del Salvador. Ella es la que prepara los caminos; es una voz que clama: “allanad los caminos…” , y así como Juan Bautista vino antes que el Mesías, la humildad viene a vaciar los corazones, que así luego podrán recibir a la caridad, pues ésta jamás morará en un alma sin que antes la humildad le haya preparado la morada.

Hay personas tan llenas de orgullo que no pueden sujetarse a nadie, ni aguantan que les digan lo que son. Se prefieren a todos y creen no tener necesidad de maestro y sin embargo, generalmente tales personas son muy ignorantes, pero nadie osa decírselo pues presumen de ser una maravilla.

Dios las ignora y su mirada va a los pobres humildes; a los que no se enojan si se les dice que son imprudentes, que carecen de ingenio o de buen juicio, sino que se abajan. Entonces Dios las exalta dándoles su Espíritu, por medio del cual ellas obran grandes cosas.

(Sermón del 13 de dic. 1620.)

Jueves

 El recogimiento de María

“María conservaba todas estas cosas en su corazón”Lc 1,

 No hablo aquí, Teótimo, del recogimiento por el cual los que quieren orar se ponen en la presencia de Dios, entrando en sí mismos y recogiendo, por así decir, su alma dentro de su corazón, para hablar a Dios. Este recogimiento se hace por mandato del amor. Pero el recogimiento del que yo quiero hablar no se hace por mandato del amor, sino que lo hace el amor mismo, o sea, que no lo hacemos por nuestra propia elección, ya que no está en nuestra mano el tenerlo cuando queremos y no depende de nuestros desvelos. Dios nos lo da cuando le place a su santísima gracia.

El Señor derrama imperceptiblemente en el fondo del corazón una cierta dulce suavidad que testimonia su presencia; y entonces las potencia, es decir, los sentidos exteriores del alma, por cierto secreto consentimiento, se vuelven del lado de esa parte íntima, donde está el amabilísimo y queridísimo Esposo… Al hacer sentir su amabilísima presencia, atrae hacia Sí todas las facultades de nuestra alma y éstas se recogen en Él, se detienen en Él como en el objeto más deseado. Quien metiese un trozo de imán entre muchas agujas, vería que inmediatamente todas las puntas se volvían del lado de su imán querido, adhiriéndose a él. Así, cuando nuestro Señor hace sentir en el centro de nuestra alma su deliciosísima presencia, todas nuestras facultades vuelven sus puntas de ese lado para unirse a esa dulzura incomparable.

Imagínate, Teótimo, a la Santísima Virgen, nuestra Señora, cuando concibió al Hijo de Dios, su único amor. El alma de esta Madre queridísima, sin duda se recoge toda alrededor del Hijo amadísimo, ya que ese divino amigo está en sus entrañas sagradas, y por tanto, todas las facultades de su alma se repliegan en sí, como santas abejas dentro de la colmena en la que tienen su miel. Y a medida que la divina grandeza se va escondiendo y menguando en su seno virginal, su alma engrandece y magnifica las alabanzas de esa infinita Bondad y su espíritu se estremece de alegría en su cuerpo, como San Juan Bautista dentro del de su madre, al estar en la proximidad de su Dios, que Isabel siente por dentro. María no exteriorizaba sus pensamientos ni sus afectos, ya que su tesoro, sus amores y sus delicias los llevaba en sus entrañas sagradas.

(Tratado del Amor de Dios)

Viernes

El recogimiento de María (continuación)

 Estando pues el alma tan recogida en sí misma, en Dios o ante Dios, se hace a veces tan atenta a la bondad de su Amado, que casi le parece que su atención no es atención; tan sencilla y delicadamente ejerce.

Lo mismo que ocurre con algunos ríos: corren con tal suavidad e igualdad que a quienes los contemplan o navegan por ellos les parece no ver ni sentir movimiento alguno, al no ver ondas ni fluctuaciones. A este amable reposo del alma es al que la bienaventurada virgen Teresa de Jesús llama oración de quietud, no muy diferente de lo que ella misma denomina sueño de las potencias, a mi entender…

Cuando estéis pues en esta simple y pura confianza filial junto a nuestro Señor, permaneced así, querido Teótimo, sin hacer movimiento ni actos sensibles, ni del entendimiento ni de la voluntad. Porque este simple amor de confianza, este adormecimiento amoroso de vuestro espíritu en brazos del Salvador excede con mucho todo lo que podáis buscar aquí o allá siguiendo vuestro gusto. Mejor es dormir sobre ese sagrado pecho que velar fuera de él, sea donde sea.

Os ruego me digáis, Teótimo, ¿de qué se puede inquietar un alma que está recogida en su Dios? ¿No tiene motivos para estar tranquila y en calma? ¿Qué otra cosa puede buscar? Ha encontrado al que buscaba. No le queda ya sino decir: he encontrado a mi bien amado; lo he aprehendido y no lo soltaré. Ella ya no tiene necesidad de entretenerse en discurrir con el entendimiento, porque tiene la dulce visión de su Esposo presente, y los discursos le son ya inútiles y superfluos.

Y si no lo viera con el entendimiento, tampoco se preocuparía, contentándose con sentirlo cerca de ella, por la alegría y la satisfacción que la voluntad recibe.

¡Oh, la Madre de Dios, nuestra Señora y Maestra, camino de Belén, no veía a su Hijo divino, pero le sentía dentro de sus entrañas, verdadero Dios! Y ¡qué gozo sentía por ello!

(Tratado del Amor de Dios)

Sábado 

El recogimiento de María (continuación)

 Hay mentes activas, fértiles y frondosas en consideraciones, que querrían verlo todo y escudriñar lo que pasa dentro de ellas, volviendo perpetuamente sobre sí mismas para conocer sus adelantos. Hay quienes no se contentan con estar contentos si no notan, ven y saborean su contento; son como el que estando bien abrigado contra el frío, no cree estarlo si no comprueba cuánta ropa lleva encima. O el que, aunque vea sus cofres llenos de oro no cree ser rico si no sabe exactamente el número de sus escudos.

Todos esos caracteres están ordinariamente sujetos a turbaciones en la santa oración. Porque si Dios les da el reposo de su presencia, la dejan voluntariamente para estudiar cómo se comportan en la oración y para examinar si en ella encuentran contento; y se inquietan por saber si su tranquilidad es tranquila y su quietud, quieta; es decir, que en lugar de ocuparse suavemente con su voluntad en sentir las suavidades de la presencia divina, están empleando su entendimiento en discurrir sobre los sentimientos que tienen, igual que si una esposa se entretuviera en mirar el anillo de su desposorio sin mirar al propio esposo, que es quien se lo ha dado.

Hay mucha diferencia, Teótimo, entre estar ocupado en Dios que nos da el contento, y ocuparse del contento que Dios nos da.

El alma a quien Dios da la santa quietud amorosa en la Oración, debe abstenerse todo lo que pueda de mirarse a sí misma ni a su reposo, el cual, si se le quiere guardar, no se le debe observar con curiosidad; porque quien se aficiona a él, lo pierde. Y la mejor regla para tomarle afecto es la de no exponerse a perderlo.

Como el niño, que para ver dónde tiene sus pies separa su cabeza del pecho de su madre, pero vuelve enseguida a él por estar ahí muy a su gusto; así nosotros, en cuanto nos demos cuenta de estar distraídos por la curiosidad de saber lo que hacemos en la oración, volvamos rápidamente a poner nuestro corazón en la suave y apacible atención de la presencia de Dios, de la cual nos habíamos separado.

(Tratado del Amor de Dios)


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