Tercera Semana de Adviento

Domingo

 “Surgió un hombre…” Jn 1, 6-8, 19-28.

La ley prometía al pueblo judío que se le iba a enviar un gran profeta. Y había diversas opiniones sobre quién sería ese gran personaje; la más común pensaba que no era otro que el Hijo de Dios. San Juan se dio perfecta cuenta de que no le estaban preguntando simplemente si él era profeta, y que si afirmaba que lo era, le creerían el gran Profeta prometido y le reconocerían como tal; y por eso lo negó, pues comprendió que, sin mentir, podía muy bien responder que no lo era.

Si me preguntaseis sencillamente quién soy, yo os respondería sencillamente: “me han enviado para preparar los caminos del Mesías.” Ahí tenéis cómo San Juan rechazó esa tentación de orgullo y de ambición; y cómo la humildad le procuró recursos e ideas admirables para no admitir ni recibir el honor que se le quería otorgar, disimulando y negando ser lo que verdaderamente era…

¿Queréis saber quién soy yo? yo os digo que no soy nada más que una voz… San Juan no hubiera podido rebajarse más al decir que era sólo una voz. “Creéis que soy el Mesías y yo os aseguro que no soy más que una simple voz.” En resumen, nuestro Señor nos propone a san Juan como modelo a imitar para toda clase de personas.

No solamente deben copiarlo los prelados y predicadores, sino también los religiosos y religiosas tienen que considerar su humildad y su mortificación, para ser ejemplo suyo, voces los unos para los otros, voces que clamen que hay que preparar y allanar los caminos del Señor para que, recibiéndole en esta vida, gocemos de Él en la otra…

Sermón del 13 de diciembre de 1620

Lunes

“Juan Bautista decía: arrepentíos, porque el Reino de los Cielos está cerca.” Mt 3, 2

“Te amé con amor perpetuo y por eso te atraje, teniendo piedad y misericordia de ti…” Son palabras de Dios, por las cuales promete que al venir el Salvador al mundo establecerá un nuevo reino en su Iglesia. Ya ves, Teótimo, que no ha sido por el mérito de nuestras obras, sino según su misericordia, por lo que nos ha salvado; por esa caridad antigua, eterna, que ha movido a su divina Providencia a atraernos hacia Sí. Que si el Padre no nos hubiera atraído, nunca hubiéramos llegado al Hijo, nuestro Salvador, ni por tanto a la salvación.

…Esta caridad eterna, en su compasión, envía el viento favorable de su santísima inspiración, que viniendo con una dulce violencia a nuestros corazones, se apodera de ellos y los mueve, elevando nuestros pensamientos y empujando nuestros afectos. Y ese primer impulso o sacudida que Dios da a nuestros corazones para incitarlos al bien, se realiza ciertamente en nosotros, pero no lo realizamos nosotros; puesto que llega de improviso, antes de que hubiéramos pensado en él, sin poder pensar en él, ya que por nosotros mismos no tenemos ninguna suficiencia para pensar cosa alguna tocante a nuestra salvación, sino que toda nuestra suficiencia está en Dios, el cual no solamente nos ha amado antes de que fuéramos hechos, sino para que fuéramos hechos; y que fuéramos hechos santos. Como consecuencia de ello nos previno con las bendiciones de su dulzura paternal y excita nuestro espíritu para empujarlo al santo arrepentimiento y a la conversión…

¿No es verdad, querido Teótimo, que esta primera moción y sacudida que siente el alma cuando Dios, al prevenirla con su amor, la despierta y la mueve a dejar el pecado y volverse a Él? Y no sólo la sacudida sino todo el despertar, tiene lugar en nosotros y para nosotros, pero no lo hacemos nosotros.

Se nos despierta y no somos nosotros quienes nos despertamos, es la inspiración la que nos despierta y nos mueve y nos sacude. Dice la devota esposa: “yo dormía, pero mi Esposo, que es mi corazón, velaba. Y he aquí que me despierta, llamándome por mi nombre.”

Tratado del Amor de Dios II, 9

Martes

“Id y referid a Juan lo que habéis visto y oído” Mt 11, 4-5

Ahí tenéis la respuesta que dio el Señor a los discípulos de Juan… Algunos doctores filosofando sobre esta respuesta, se maravillaban. Dicen que el Señor no obró muchos prodigios ante los discípulos de San Juan, que solamente lo supieron porque se los contaron los Apóstoles.

Cierto es que los Apóstoles tenían mucho empeño en contar a esos dos discípulos las obras maravillosas de su Maestro; pero nuestro Señor no dejó de hacer muchos milagros en su presencia y por eso les dijo: “decid a Juan lo que habéis visto y oído….” ¡Oh admirable humildad de nuestro querido Salvador, que viene a confundir nuestro orgullo y a destruir nuestra soberbia! Al preguntársele: “Quién eres tú?”, Él no responde sino: “decid lo que habéis visto y oído”, para enseñarnos que son las obras y no las palabras las que dan testimonio de lo que somos; ¡y estamos llenos de orgullo!

Si le preguntamos a un hidalgo “¿quién eres?”, nos hablará de su estirpe, nos hará ver sus cartas de nobleza y ¡qué sé yo cuántas cosas! Y no hacen falta tantas cosas para probar que se es un caballero. Si a nosotros se nos hiciese tal pregunta, lo bueno sería poder responder: “decid que habéis visto a un hombre bondadoso, cordial, humano, caritativo…” Si habéis visto y oído todo eso, podéis asegurar que habéis visto a un caballero.

Son las obras, buenas o malas, las que hacen de nosotros lo que somos, y por ellas debemos ser reconocidos. Cuando se os pregunte: “¿Quién eres?”, no os conforméis con contestar como los niños en el catecismo: “soy cristiana”, sino vivid de tal manera que se pueda decir de vosotras: “He visto a una religiosa que ama a Dios con todo su corazón, que guarda sus mandamientos y todas las demás cosas dignas de una verdadera religiosa.” No estoy diciendo que cuando se nos pregunte quiénes somos, no haya que decir que somos cristianos, ¡oh, no!; es el más hermoso título que se nos puede dar, y siempre he tenido mucha devoción a la santa Blandina, martirizada en Lyon. Lo que quiero decir es que no basta con decirse cristiano si no se hacen las obras de un cristiano.

Sermón del 6 de diciembre de 1620

Miércoles 

“Decid a Juan: los ciegos ven…” Mt 9, 4-5

¡Oh, Dios mío! ¡Qué ceguera tan grande la nuestra! Estando tan llenos de abyección y de miseria, queremos sin embargo ser tenidos en algo; y ¿quién nos ciega de esa manera sino nuestro amor propio, el cual, además de ser ciego de por sí, ciega también a aquel en el que habita? Los que han pintado a Cupido lo han hecho vendándole los ojos, para decir que el amor es ciego. Y muy bien se puede decir eso del amor propio, que no tiene ojos para ver la nada de la cual ha salido y de la que está amasado.

Es ciertamente una gracia grande cuando Dios nos da luz para conocer nuestra miseria, y es signo de conversión interior. El que se conoce bien a sí mismo no tomará a mal si se le tiene o se le trata por lo que él es, puesto que ha recibido esa luz que le ha librado de su ceguera.

Los cojos andan derechos… Los impedidos de que habla el Señor podían cojear de uno de los dos lados, no tiene importancia; pero la mayoría de los que viven en el mundo son cojos de ambos lados. Todos tenemos dos partes, que son como dos piernas con las cuales andamos, y son: la irascible y la concupiscible. Y cuando esas dos partes no están bien reglamentadas ni mortificadas, dejan al hombre cojeando. La parte concupiscible codicia bienes, honores, dignidades y preeminencias, y hace al hombre ávido de esas cosas. Y el hombre cojea de ese lado.

Hay otros que no son avariciosos pero tienen la parte irascible tan fuerte que cuando no está sometida a la razón, esa persona se conturba y se resiente vivamente por las menores cosas que se le hagan; se alza y rebusca modos de vengarse por una palabrita o una pequeña ofensa que se la haya podido hacer.

Hay muchos que tienen ambas partes estropeadas y cojean de ambos lados; los anteriores no cojeaban sino de uno. Nuestro Señor vino para enderezar a los torcidos, vino para hacerles caminar con rectitud ante su rostro y dijo a los enviados: “Decid a Juan que los cojos andan derechos.”

Sermón del 6 de diciembre de 1620

Jueves

“Decid a Juan: los leprosos son curados… los sordos oyen…” Mt 9, 5

Hay muchísimos leprosos en el mundo. Ese mal consiste en una cierta languidez en el servicio de Dios.

No se tiene fiebre, ni es enfermedad peligrosa, pero el cuerpo está de tal manera manchado por la lepra, que se siente débil y abatido: quiero decir que no se tiene grandes faltas, pero se cometen tantas pequeñas, tantas omisiones, que el corazón anda lánguido y endeble. Y la mayor desgracia es que en este estado, si alguien nos tocase, nos ofenderíamos hasta lo más hondo de nuestro corazón.

En verdad, los que están manchados de esta lepra se parecen a las lagartijas que, aunque débiles, por poco que se las toque se vuelven para morder. Lo mismo hacen esos leprosos espirituales: están cubiertos de infinitas manchas, de pequeñas imperfecciones, pero son tan altivos que no quieren que se les note y menos, que se les toque; a nada que se les reprenda se vuelven para morder.

“Los sordos oyen…” ¡Hay una sordera espiritual que es muy peligrosa! Y es, yo no sé qué vana complacencia en sí mismo, en sus acciones, que le parece a uno que ya no tiene necesidad de nada.

Ya no se preocupan por escuchar la Palabra de Dios, leer libros devotos ni ser reprendidos ni corregidos. Se entretienen con simplezas y se ponen en grave peligro porque, así como es una buena señal cuando una persona escucha con gusto la palabra divina, así también es un mal signo cuando esa Palabra hastía y uno se cree que ya no tiene necesidad de escucharla.

Por la Palabra sagrada es por donde nos vienen las buenas inspiraciones, y también por medio de la lectura se nos vivifica el corazón, tomando cada vez nueva fuerza y vigor.

Sermón del 6 de diciembre de 1620

Viernes

“¿Qué habéis ido a ver al desierto…?” Mt 9, 7

 Cuando los discípulos de Juan se marcharon, Jesús dijo a los judíos: “¿Qué habéis ido a ver al desierto?”Pensad en ese hombre que habéis visto, o mejor, a ese ángel revestido de cuerpo humano. No habéis visto una caña sino una roca firme, un hombre de una igualdad admirable en las más diversas circunstancias: virtud, la más agradable y deseable en la vida espiritual. No habéis visto una caña, ya que Juan es el mismo en la adversidad que en la prosperidad; el mismo en la prisión en medio de las persecuciones, que en el desierto en medio de los aplausos. Tan alegre en el invierno de la adversidad como en la primavera de la prosperidad; hace lo mismo en la prisión y en el desierto.

Nosotros, por el contrario, somos variables, vamos según el tiempo y la estación. Hay personas muy excéntricas que cuando el tiempo es bueno, nadie más alegre que ellas; y cuando es lluvioso, nadie más triste. Alguno es fervoroso, pronto y alegre en la prosperidad, pero si llega la adversidad está flojo, abatido y desanimado; y hay que mover cielo y tierra para conseguir sosegarlo, si se puede, que a veces no se logra. Otros desean la prosperidad ¡porque les parece que entonces van a hacer maravillas! También hay quien prefiere la adversidad, y dicen éstos que la tribulación les hace volverse a Dios. En fin, que somos variables y no sabemos lo que queremos.

Hay otros que en la alegría no se les puede moderar y cuando están tristes no hay quien los consuele. Si se hace todo lo que ellos quieren, si se les escucha todo lo que dicen, si no se les contraría, ¡Dios mío, qué buenos son!, pero… si se les toca, aunque sea un poco, ¡todo se ha perdido! Hemos de luchar mucho para poder aceptar una palabra que no sea de nuestro agrado, y esa lucha nos desasosiega el corazón: ¡Cuántos parches habrá que aplicarle luego!

¡Dios mío, cuánta miseria y cuánta excentricidad la nuestra!. Ciertamente que no tenemos ecuanimidad y sin embargo es una de las cosas más necesarias en la vida espiritual. Somos como cañas, que nos dejamos llevar por nuestros humores.

Sermón del 6 de diciembre de 1620

  

Sábado

“Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: ¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” Mt 11, 2-3

 Cuando preguntamos, no siempre ignoramos lo que hemos preguntado. Lo hacemos por otras razones. El glorioso San Juan envió a sus discípulos al Señor para saber si Él era el Mesías o no, pero él nunca lo dudó, sino que mandó preguntarlo por tres razones.

La primera para que todos conocieran al Señor. Juan había predicado tanto sobre su venida, sus maravillas y sus grandezas, que les envió hacia Aquel que él les había anunciado.

Esa es verdaderamente la meta principal de todos los predicadores: hacer conocer a Dios. Los maestros, los que tienen el gobierno o cura de almas no deben buscar ni procurar sino a Aquel a quien ellos predican y en nombre del cual enseñan. Y tal era el deseo de ese glorioso santo. La señal para encontrar a Dios y conocerle es Dios mismo…

La segunda razón por la que los envió fue porque él no quería atraerlos hacia sí, sino hacia su Maestro, a cuya escuela él los enviaba para ser instruidos de sus propios labios… Como si dijera: “no me basta con aseguraros que es el que esperamos, sino que os envío para que Él mismo os instruya.” Y ciertamente, los que tienen cura de almas jamás harán nada de importancia si no envían a sus discípulos a la escuela de nuestro Señor, si no los sumergen en ese mar de ciencia, si no les insisten y dirigen hacia el Salvador para ser instruidos por Él.

La tercera razón fue para que no se apegasen a su persona, temiendo que cayeran en el gran error de valorarle más a él que al Salvador.

De un Sermón


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